Hijos dorados VI
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—Intenta no pensarlo —le había sugerido una de esas noches en las que cenaban juntas. Habían cocinado una pasta con gorgonzola buenísima y disfrutaban de la comida con una copa de vino tinto y jazz de fondo—. Solo… duerme.

—No es tan fácil. A la que me tumbo entro en bucle.

—¿Has probado meditar?

—Eso es para débiles.

Vera había decidido cambiar de tema. Pero quería ayudar a su amiga. Veía su sufrimiento y sabía que, aunque quisiera aparentar frialdad y fortaleza, valoraba tener a alguien que se preocupara por ella.

Bajó las cuatro escaleras del porche y empezó el recorrido.

Normalmente dedicaba unos minutos a calentar y ganar velocidad, pero aquella mañana el frío había apretado y, por eso, pasó de cero a cien.

Las primeras respiraciones las sintió como cuchillos en la garganta y, pese a haberse vestido con ropa de deporte más abrigada, su cuerpo tardó en entrar en calor.

Vera se centró en el tempo de sus pisadas.

Izquierda, derecha, izquierda, derecha.

Y así entró en trance. Correr era su terapia, su forma de abstraerse y dejar de pensar en todo aquello que la preocupaba.

Cuando lo hacía, se olvidaba de que debía miles de dólares al banco, que no tenía un plan B al que acudir si no conseguía la beca, que la gran mayoría de su promoción había pasado de no conocerla a despreciarla, que cada vez hablaba menos con Tina o que su madre pensaba que estaba tomando todas las malas decisiones.

Tuviste que marcharte con los gringos.

Izquierda, derecha, izquierda, derecha.

Correr neutralizaba todos esos pensamientos que la acechaban. Los dejaba anestesiados. Sabía que después volverían, pero, al menos, durante una hora, podía desprenderse de ellos.

Enfiló Delaware Avenue y giró por Irving.

Charles la estaba esperando delante de su casa, preparado para unirse a la carrera.

Unos pasos por detrás, vestido con solo un batín azul y una taza de café humeante en la mano, estaba Connor.

Tenía el pelo rubio alborotado y los ojos entornados. Madrugar no era lo suyo.

Saludó a Vera y murmuró un «buenos días» que más bien sonó como el maullido de un gato.

Vera miró a Charles, confundida, pero este negó con la cabeza.

—Después te lo cuento —susurró cuando llegó a su lado.

Tras despedirse de Connor, gesto que el chico respondió con un bostezo, se focalizó de nuevo en su ritmo.

Izquierda, derecha, izquierda, derecha.

Charles no acompañaba a Vera cada mañana, pero los días que lo hacía eran, con diferencia, los que más disfrutaba. Correr junto a su amigo implicaba un ritmo y un recorrido más exigentes.

Pero ese día, cuando apenas llevaban cinco kilómetros, Charles paró en Stewart Park, a escasos metros de la orilla del lago Cayuga, para recuperar el aire.

—¿Charles? —Vera paró junto a él y posó una mano en su espalda. Sintió su respiración agitada.

Charles se enderezó, se dirigió a la fuente más cercana y se mojó la cara con agua helada.

—Perdona, es solo que… —Dejó la frase a la mitad.

Y entonces Vera reparó en el azul oscuro que enmarcaba los ojos de su amigo y su expresión cansada. Normal que no hubiera podido acabar la carrera.

Charles se percató de que ella lo estaba estudiando.

—Ayer me quedé hasta tarde redactando una primera línea de estrategia para el Caso Magno. Me está costando dar con el enfoque correcto.

El día en que les habían asignado los roles para preparar el caso había marcado un antes y un después en el curso. Vera había sentido como si alguien hubiera dado el pistoletazo de salida para la maratón más importante de su vida.

—Por eso Connor estaba despierto. —Charles dibujó una media sonrisa, la primera que le había visto aquella mañana—. Blythe lo ha obligado a estar en la cafetería a las ocho en punto. Bueno, más bien lo ha amenazado.

Vera no pudo evitar reírse, eso lo explicaba todo.

La preparación y defensa del Caso Magno podía hacerse de forma individual, como lo haría Charles, o en parejas. Los cinco se habían quedado sorprendidos cuando leyeron la lista de asignaciones que les habían enviado por correo y vieron que tanto Connor y Blythe como Roman y Vera formaban equipo.

—Es un poco raro, ¿no? —había comentado Vera.

A lo que Connor había respondido que él no veía ningún problema.

—Es más, me parece perfectamente normal —había añadido.

Blythe y Vera habían intercambiado una mirada y confirmado que sí, había algo raro.

—Qué has hecho. —No, no fue una pregunta. Para ese momento, Blythe ya estaba convencida de que Connor tenía algo que ver en las asignaciones.

—¿Yo? Señoría, me declaro inocente de los cargos que se…

—Déjate de estupideces y dinos qué mierda has hecho —lo cortó Roman.

Connor les había explicado que quizá, podía ser, había una posibilidad de que, hubiera movido hilos para que lo pusieran con Blythe. En lo de Roman y Vera, juraba y perjuraba, no había tenido nada que ver.

Como era de imaginar, Blythe había entrado en cólera y había perdido los papeles en medio del restaurante al que habían ido a comer; Charles había intentado calmar las aguas restándole importancia al asunto y Roman se había quedado mirando a Vera con una expresión que ella todavía no sabía descifrar. ¿Era enfado o indiferencia?

Vera apoyó el talón del pie izquierdo en uno de los bancos del parque y estiró el isquiotibial.

—Sigue chocándome que Connor pueda manipular a la facultad con solo unas palabras —confesó. Sentía que Charles era el único de los cuatro con el que podía ser cien por cien transparente y expresar lo que pasaba por su cabeza, incluidas sus dudas y miedos.

—¿Te molesta?

Una pregunta que en realidad significaba: «¿Desapruebas que seamos como somos?».

—No —respondió. Y era verdad.

Charles asintió.

—Si tú tuvieras el poder para hacerlo, ¿lo harías?

Vera cambió de pierna. Si le preguntaran eso en medio de una conferencia o estuviera hablando con cualquier otro estudiante dudaría sobre qué respuesta dar; obviamente, lo correcto sería decir que no, cómo se le podía ocurrir a alguien abusar del estatus y emplear los contactos de esa forma tan descarada.

Era reprochable. Inmoral. Intolerable.

Pero no estaba en una conferencia ni la persona que tenía al lado era un estudiante cualquiera. Era Charles. Así que no se lo pensó dos veces.

—Sí.

Su amigo volvió a asentir.

—Lo que no hubiera hecho es escoger a Roman como mi pareja. Dios, creo que habría sido la última persona en mi lista de preferencias.

Charles se rio de esa forma suave y grave tan suya.

—Mejor que no te escuche decir eso.

—Oh, creo que estaría de acuerdo conmigo. La mayor parte del tiempo que estamos juntos tengo la sensación de que quiere asesinarme.

—Bueno, me puedo imaginar por qué —respondió, ahora más serio.

—¿Qué me estás queriendo decir?

—Nada, solo que… Roman es Roman. Creo que la mayoría de las veces ni él mismo se entiende. Es… complicado.

—¿Te refieres a él o a la situación?

—A ambos.

—Vale, ahora sí que me he perdido.

Charles caminó hacia la orilla del lago y Vera lo siguió. A esa hora el agua todavía estaba cubierta por una fina neblina que le daba al paisaje un aspecto tétrico.

—Ayer me comentó que habéis quedado para empezar a preparar el caso.

—¿Eso te dijo?

—Sí.

—En teoría tengo que estar a las cuatro de la tarde en su casa.

—¿En teoría?

Vera se encogió de hombros, restándoles importancia a sus palabras.

—Todavía puede cancelar el plan. —Al fin y al cabo, desde que se habían conocido, Roman nunca la había invitado a su casa ni hecho ningún gesto por pasar tiempo con ella a solas.

En el lago, un jilguero planeaba a ras del agua.

— A veces queremos lo que queremos aunque sabemos que nos matará —citó el chico, su mirada fija en el ave.

—Donna Tartt. —Vera lo imitó, siguiendo también el elegante aleteo.

—Sí, Donna Tartt.

—Que sepas que sigo sin entenderte.

—Tranquila, ya lo harás.

Vera no insistió.

A veces, era mejor dejar las cosas ir.

Resultaba que el mensaje nunca había llegado. Así que Vera se había plantado a la hora acordada en la puerta de Roman y había llamado al timbre.

—Llegas tarde —dijo el chico como saludo nada más abrir la puerta.

—Pero si son solo las cuatro y cinco.

—Precisamente.

Y dicho esto, se hizo a un lado para dejarla pasar. Vera entró en la casa a regañadientes. Iba a soltarle un reproche, pero las palabras se le quedaron atragantadas.

Delante de ella se abría un espacio estilo industrial decorado con un gusto que nunca hubiera asociado con Roman.

Lo primero en lo que se fijó fue en la enorme mesa de madera, dispuesta al lado de un par de ventanales por los que entraba toda la luz que Ithaca podía conceder una tarde de principio de otoño.

Del techo, y a diferentes alturas, colgaban cuatro lámparas negras y sencillas.

Unos metros delante de la mesa había un sofá gris oscuro frente a una enorme televisión de pantalla plana y, por encima, cinco estanterías de caoba que recorrían el largo de la pared. Estaban repletas de libros.

La cocina, dispuesta a la izquierda de la mesa y el sofá, era estilo americano. Delante de la isla central, había cuatro taburetes. Uno para Charles, uno para Connor, uno para Blythe, y por supuesto, uno para él.

No había ninguno para Vera. Nunca para Vera.

Roman pareció leer su mente, porque carraspeó y le preguntó si quería algo de beber. Pero Vera le dijo que no.

Por mucho que lo intentara, no podía sacudirse la sensación de que para Roman ella no era una más del grupo. Vera estaba convencida de que nunca la había aceptado. De hecho, esa era la primera vez en diez meses que había pisado su casa o estado con él a solas.

Por eso las recriminaciones, los silencios y las miradas indiferentes cuando Vera hablaba.

Por eso la incomodidad entre ellos.

Por eso cuatro taburetes.

Bueno, pues allá él. Como diría Tina, se podía ir al carajo.

Roman fue a la nevera, sacó una cerveza y se sentó en uno de los taburetes.

—¿Cómo lo ves?

—¿El qué? —¿Que fuera incapaz de tolerarla? ¿Que en su casa no existiera un espacio para ella? ¿Que se sintiera desplazada y eso, por mucho que no quisiera, le afectara?

—El caso.