Hijos dorados V
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Cuando Blythe se dejó caer en el sofá eran las diez menos cinco de la noche. Agarró el mando de la televisión y entró en Netflix. Puso el primer programa que encontró, Nailed it! , e intentó centrarse en eso, en mirar la pantalla.

Cinco minutos.

Quizá lo que necesitaba era estar más cómoda. Se tumbó, se rodeó de cojines y se cubrió con una manta.

Diez minutos.

¿Y si le hacía falta algo de comer? Ya había cenado, pero si la gente se compraba palomitas cuando iba al cine era por algo.

Mejoraba la experiencia. Se levantó, fue a la cocina y sacó un paquete de galletas de la despensa.

Las que compraba Vera. Pensar en su amiga la sacudió por dentro.

Desde que vivían juntas habían tomado como costumbre, algunas noches, cocinar y cenar en casa con una buena botella de vino mientras charlaban de todo y de nada. Era su momento.

Pero esa noche Vera no estaba.

Volvió al sofá con la caja de galletas.

Quince minutos.

Debería haberse puesto una mascarilla facial. O los parches para los ojos que le había regalado su hermana por Navidad porque, según ella, tenía mal aspecto y necesitaba relajarse más. Sí, Jia podía ser una cabrona.

Veinte minutos.

No, definitivamente eso no estaba funcionando.

Había muchas cosas que Blythe detestaba, pero no tener el control era, sin lugar a duda, la mayor de todas.

No tener el control de situaciones, pensamientos, conversaciones e, incluso, de personas. Y ahora mismo, ni siquiera podía centrarse en ese absurdo programa (porque, siendo sincera, la repostería le importaba una mierda).

Su mente no paraba de volver y volver a lo mismo.

Al Baile de Navidad y todo lo que había venido después.

En realidad, llevaba días así. Los mismos días que Vera llevaba sin aparecer por casa.

No sabes lo que tienes hasta que lo pierdes.

Se cubrió la cara con uno de los veinte cojines que tenía desperdigados a su alrededor y ahogó un grito. No recordaba la última vez que se había sentido tan impotente y vulnerable.

El móvil sonó y Blythe se incorporó del susto.

Era Vera.

Descolgó al instante.

—¿Vera? —susurró.

—¿Blythe? Blythe. Es él. Tienes que venir. Ahora.

—¿Dónde estás?