Hijos dorados IV
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IV

IV

Connor disfrutaba del poco sol que Ithaca les estaba regalando esas semanas de invierno.

Ojos cerrados, cigarrillo en mano y piernas cruzadas, escuchaba a sus amigos tumbado sobre la hierba del jardín de la Facultad de Ingeniería, al que solían acudir entre clase y clase.

Bueno, más bien escuchaba a Blythe, porque Roman estaba a un lado sin decir nada y Charles ojeaba un libro que había sacado de la biblioteca mientras sorbía té de su termo.

—Podríamos hacer algo este fin de semana. —Desde que habían vuelto de las vacaciones de invierno, Blythe no paraba de insistir en organizar una escapada—. ¿Qué os parece Spruce Peak? Rome, ¿tu familia sigue teniendo buen trato con los dueños del resort ?

Roman dejó escapar un hmm que tanto podía ser un «sí» como un «no», pero que Blythe interpretó como que sí, por supuesto.

—Si salimos el viernes después de Procesal Civil, podemos estar en Spruce Peak esa misma noche. Creo que puede irnos bien para despejarnos.

Connor soltó una carcajada porque la idea que tenía su amiga de «despejarse» distaba mucho de la suya.

La conocía muy bien y sabía que lo único que quería era cambiar de aires.

Esas semanas en las que no habían tenido clases, solo había vuelto a Nueva York para Navidad.

El resto de las vacaciones las había pasado en su casa de Ithaca, estudiando como una loca para los exámenes.

Sí, quizás en su súper plan de ir como una familia feliz a Spruce Peak entraban algunas horas de esquí y spa, pero Blythe planeaba pasarse la mayor parte del fin de semana preparando los casos y ejercicios que les habían puesto para los próximos días. Connor no tenía ninguna duda de ello.

—¿Charles? —Como Rome solía ignorarla y Connor llevarle la contraria, Blythe siempre acudía a él.

Charles era el más comprensivo de los cuatro, el que sabía escuchar mejor, ponía paz cuando Connor y Blythe se picaban por cualquier tontería y calmaba a Roman los días en que volvía alterado tras estar con su familia o luego de hablar con su hermano por teléfono.

—No me parece mal plan… Pero ¿cómo tenías pensado ir?

Connor miró al que llevaba siendo su mejor amigo desde que eran niños. Sabía por qué hacía esa pregunta y el gesto lo conmovió. Alargó la mano y la posó sobre la pierna de Charles, que se tensó levemente ante el contacto.

— Blythe quiere ir en coche porque cree que ya es hora de que Connor supere su trauma. —Las palabras de Roman se le clavaron como cuchillos.

—Gracias por tu gran aportación, Rome. —Roman solo se encogió de hombros—. Connor, no es eso. Solo había pensado que quizás era una buena oportunidad para que… ya sabes… le perdieras un poco de miedo… Tú me entiendes.

Bueno, al menos le tenía que dar puntos por el esfuerzo y no comportarse con su característica frialdad.

Connor se incorporó y le dio una calada a su cigarrillo. Dios, por mucho que se lo propusiera sabía que nunca sería capaz de dejar de fumar. Intentó imaginarse a sí mismo entrando en el coche, cerrando la puerta, atándose el cinturón y…

Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo.

De repente, volvía a estar en medio de la carretera serpenteante, la tiniebla tragándose el coche, los gritos de horror cercenándolo por dentro, la sangre empañándole la visión.

De repente, escuchaba a sus padres. Le hablaban en una lengua que teóricamente era la suya pero que no entendía: promesas y mentiras y amenazas y más mentiras.

«Te prometo que no te va a pasar nada malo», le había repetido una y mil veces su madre.

«No ha sido tu culpa», había sentenciado su padre.

«Si abres la boca, estamos todos perdidos, ¿lo entiendes?

», palabras que lo habían atormentado noche tras noche.

«No le des más importancia de la que tiene, acabarás olvidándote», eso se lo habían dicho los dos, entre el segundo plato y el postre de la primera comida que habían compartido tras el accidente.

Pero sí que había pasado algo malo y sí que había sido su culpa, tal y como le había confesado a Charles nada más encontrarse con él en la casa de la montaña donde todo había empezado. Y sí que le había dado importancia.

Incluso seis años después, se la seguía dando.

Quizá George y Sarah Hannaway hubieran perdido la humanidad hacía tiempo, pero él no podía (ni quería) desprenderse de ella. El momento en el que lo hiciera sería cuando no le quedara nada en el mundo por lo que luchar. Así que no.

No era capaz de ir en coche.

Al menos no todavía.

—No —repitió, ahora en voz alta.

—¿No qué?

— Su Señoría , me niego a ir en coche —entonó con una ligereza que no sentía pero que necesitaba. A veces, aquel era el único mecanismo al que podía recurrir para hacer frente a sus pesadillas.

—¿Y cómo pretendes que vayamos?

Adiós al esfuerzo y a la sensibilidad.

—¿Que cómo pretendo ir a este plan que te acabas de sacar de la manga y al que todavía no hemos accedido?

—Sí, ¿piensas volar en el jet privado de tus padres?

—Pues sí, quizás haga eso. —Connor ni sabía si sus padres tenían un avión privado, pero en aquel momento era irrelevante.

—A ver, no hace falta que os pongáis así, podemos escoger un sitio al que podamos llegar en autobús, ¿verdad, Rome? —Cuando notó que la conversación comenzaba a escalar, Charles dejó el termo en el suelo y cerró el libro.

—No pienso ir en autobús cuando… —empezó Blythe.

Pero Roman la cortó:

—¿Cómo se llamaba la nueva?

Connor siguió la mirada de Roman y vio a una chica cargada con una mochila pasar por delante y dirigirse a uno de los bancos del jardín. Una vez sentada, sacó una libreta, se colocó unos auriculares y comenzó a escribir.

—Vera Velasco —Blythe lo murmuró con un deje de rabia que no pasó desapercibido.

¿Cómo conseguir que Blythe dejara de discutir sobre algo? Muy sencillo, échale otra cosa que le dé todavía más coraje. Y por la media sonrisa de Roman, eso era lo que su amigo acababa de hacer.

Cabrón inteligente…

—Se ha transferido desde USC, por eso ha empezado a mitad de curso. Parece un poco rara, siempre va sola a todas partes y en las clases se sienta en una esquina al fondo. Me pregunto a quién me recuerda… —Otra cosa no, pero Blythe había dedicado tiempo a observarla.

—Yo coincidí con ella la semana pasada en un seminario que daba la asociación de estudiantes de Derecho latinoamericanos y parece una chica inteligente. No paraba de intervenir.

Los tres miraron a Charles, pero fue Connor quien expresó lo que, de seguro, Blythe y Roman también estaban pensando:

—¿Desde cuándo te interesa la asociación de estudiantes latinoamericanos?

—El seminario era sobre la legalidad de las políticas antiinmigración de Trump. Estoy escribiendo un paper sobre eso.

—Un poco amplio, ¿no? —Roman acababa de sacar un paquete de tabaco del bolsillo.

—Me estoy centrando en la construcción del muro fronterizo y la Ley de Tolerancia Cero.

Roman se encendió un cigarro a la vez que murmuraba «interesante» y le pedía a Charles que le contara un poco más.

Emocionado, Charles sacó el ordenador de su maletín negro Montblanc, se acercó a Roman y se puso a listar los casos que había encontrado sobre apropiación de tierras privadas y que, según explicó, respaldaban la ilegalidad de una de las políticas. En ese punto, Connor desconectó.

En el banco, ajena a todo, la chica seguía escribiendo en su libreta.

Meses después, Connor dramatizaría aquel momento contando que había sentido el impulso de dirigirse hacia Vera. Pero la realidad era que se había acercado a la chica nueva porque sabía que aquello molestaría a Blythe y no le apetecía ponerse en modo académico con Charles y Roman.

Connor se levantó y caminó hacia el banco ignorando el «qué se supone que estás haciendo» que Blythe le lanzó. Y se quedó allí de pie, delante de la chica. La verdad es que no había pensado qué decirle.

—¿Qué hay? —saludó.

¿Qué hay? Como si fuera un cuñado llegando a la comida familiar de los domingos. Primera impresión de mierda asegurada.

Al ver a Connor, la chica se sobresaltó y cerró la libreta de forma abrupta.

—Perdona, no quería asustarte. —Silencio—. Me llamo Connor Hannaway, soy estudiante de primero de JD.

Le tendió la mano.

—Vera Velasco. —Se la estrechó—. Lo sé, coincidimos en algunas clases.

Connor se quedó paralizado. Esa frase, la cadencia de su voz, el tono dorado de sus ojos…

Las palabras que acababa de pronunciar Blythe, hacía apenas unos minutos, volvieron flotando como fantasmas: «Me pregunto a quién me recuerda…».

La chica nueva, Vera Velasco, era la viva imagen de Nathalie Porter.

Incluso la forma en la que lo estaba observando, con cautela pero a la vez con seguridad, le recordó a ella.

Sacudió la cabeza, intentando desprenderse de esa idea.

Céntrate, Connor. Que dos personas se parezcan no significa que sean iguales.

Trató de pensar de forma lógica y focalizarse en el verdadero significado de lo que acababa de decirle Vera (que, por supuesto, no tenía nada que ver con Nathalie).

Que supiera quién era solo podía significar una cosa: conocía los rumores.

Llevaba menos de un mes en Cornell y ya le habían largado todas las estupideces que se decían sobre él y sus amigos.

Una vocecita que se parecía demasiado a la de Charles le susurró: A ver, es que hay cosas que son verdad.

Connor le dijo que se callara, pero la vocecita insistió: Nos lo hemos ganado .

Por supuesto, todo esto sucedió en la cabeza de Connor mientras la chica, Vera, guardaba la libreta en su mochila y se metía los auriculares en el bolsillo de su chaqueta estilo Barbour. ¿Sería de segunda mano o una imitación?

—¿Te importa si me siento?

Ella negó.

—Cuéntame, Vera Velasco —repitió el nombre a propósito, una forma de intentar desvincular a la chica de sus recuerdos—, ¿cómo has acabado en la universidad donde cualquier persona puede estudiar cualquier cosa?

—Apliqué y me aceptaron —respondió ella, omitiendo la referencia al lema de Cornell que Connor acababa de hacer.

—Fascinante.

—En realidad, no.

Vera estaba procurando no darle más información de la necesaria. Charles tenía razón, era inteligente.

—¿Cansada del sol de California?

Vera frunció el entrecejo y Connor la miró divertido como queriendo decirle «sí, yo también sé cosas sobre ti», aunque realmente esa información la hubiera aprendido de Blythe hacía escasos minutos.

—Eso y que la escuela de Derecho de Cornell le da mil vueltas a la de USC.

—Veo que tienes las cosas claras.

Vera le dijo que sí y desvió la atención a sus tres amigos. Seguían en el sitio en que los había dejado y, al parecer, habían decidido que disimular no era lo suyo, porque estaban observando la escena como linces.

Bueno, Blythe más bien parecía una pantera a punto de comerse a su presa, y Roman… Connor apartó la mirada del chico. Podía imaginarse lo que estaba pasando por su cabeza y, honestamente, prefería no pensar en ello.

—Eh… sí, esos son mis amigos —explicó Connor—. Podría decirse que son un poco… intensos.

Pero a diferencia de la mayoría de estudiantes de la facultad, que no querían tener nada que ver con ellos y los contemplaban con una mezcla de rabia, envidia, miedo y desprecio, Vera los estaba mirando con… ¿sorpresa? ¿Curiosidad?

—Lo sé. Os vi el día que llegué a Ithaca en un aula de la facultad. Por cierto —añadió devolviendo la atención a la conversación—, yo también opino que el veredicto del juez en «Dred Scott contra Sandford» fue el correcto.

Y fue ese comentario, esa transparencia y sinceridad al admitir que los había escuchado a escondidas hacía semanas, el que borró cualquier prejuicio, comparación o mal recuerdo que hubiera podido tener.

No , reafirmó, que dos personas se parezcan no significa que sean iguales .

—¿Quieres venir a cenar con nosotros? —preguntó de forma impulsiva.

Quizá Charles fuera el más brillante de los cuatro, Blythe la más trabajadora y Roman el más astuto, pero Connor siempre acertaba con sus intuiciones.

Eso era lo que les repetiría una y otra vez a sus amigos horas después, cuando le estuvieran recriminando y atacando por haber invitado a aquella chica que «claramente era una copia de Nathalie» (estas últimas, palabras de Blythe).

Pues había tenido una intuición. De las buenas. De las de verdad. Y por eso lo había hecho.

Punto y final.

Además, añadiría ante sus miradas furiosas, ya le darían la razón en cuanto la conocieran.

Vera iba a pronunciar lo que seguro era un «no» rotundo, pero Connor se lo impidió:

—Los miércoles quedamos en la casa que compartimos Charles y yo.

—Señaló a su amigo, y el aludido, sin saber muy bien por qué Connor estaba apuntándole con el dedo, saludó.

¿Qué problema tenían? —. Estudiamos un rato y pedimos pizzas.

Roman nos convence para ver en la televisión alguna lucha de boxeo que a nadie le interesa y, si Blythe consigue robar el mando, cambia al tenis, que sigue sin interesarle a nadie. ¿Te apuntas?

—No sé yo si…

Connor sacó su cigarrillo electrónico, le dio una calada y le pidió a Vera papel y boli.

—Ten, esta es la dirección.

Vera no tuvo otra opción que agarrar el trozo de papel, tras lo cual Connor se levantó y le lanzó una última sonrisa.

—Un placer conocerte, Vera Velasco , te veo más tarde.

Se giró sin esperar a que respondiera.

Volvió sobre sus pasos hacia sus amigos, que habían empezado a levantarse. Charles le tendió su maletín, y Connor se lo cruzó por encima de la gabardina.

—¿Qué has hecho? —obviamente, quien soltó la pregunta fue Blythe.

—Nada, de verdad, nada —murmuró.

Y antes de que pudieran añadir algo más, puso rumbo de vuelta a la facultad.

Si Vera decidía obviar la invitación que acababa de extenderle, el enfado de sus amigos quedaría solo en eso, un simple enfado.

Pero si aparecía esa tarde en su casa… bueno, las cosas se pondrían interesantes.