Hijos dorados III #2
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III #2

Charles le aseguró al profesor Glassberg que así lo haría y volvió a su ordenador. Roman no despertaba pasiones entre el claustro y solía ser tratado de forma más bien ruda por la mayoría de los profesores.

—Le encantará la noticia —masculló Blythe.

Vera contestó uniendo las manos en posición de oración y llevando la mirada al cielo porque sí, ese día Roman estaría más que cruzado.

El resto de la clase transcurrió según lo habitual. El profesor Glassberg les fue lanzando preguntas complejas para desgranar el caso y cubrir las vicisitudes de constituir una empresa en un territorio distinto a Estados Unidos.

—Teniendo en cuenta que OpCo, la empresa encargada de realizar las operaciones más sustanciales dentro de nuestro grupo empresarial, pretende abrir una nueva línea de negocio en Alemania para fabricar piezas de repuesto para la industria aeronáutica y quiere registrar dichas piezas como patentes —aportó Vera para responder a la última cuestión que había planteado Glassberg—, una de las primeras verificaciones que haría es determinar si existe una potencial infracción de derechos de terceros.

—Bien —concedió Glassberg—. Ahora imagine que no hay ninguna patente registrada en Alemania, pero sí una empresa competidora que está en el proceso de desarrollar piezas como las de OpCo y también tiene la intención de registrar su propia patente, ¿qué debería hacer OpCo?

—Se había acercado por el pasillo lateral del anfiteatro y estaba a escasos pasos de Vera.

Vera sabía que Glassberg estaba poniéndola a prueba. El profesor era conocido por llevar a sus alumnos al límite. Pero Vera confiaba en su conocimiento de la materia y, además, había preparado las respuestas del caso de forma exhaustiva y contemplado posibles réplicas como esa.

Dicho de otra forma, tenía la respuesta perfecta preparada.

Sonrió con suficiencia.

—Debería pisar el acelerador y registrarla antes que su competidor.

En temas de patentes, aparte de otros requisitos que también deberían tenerse en cuenta, el primero que llega al registro es el que se lo queda.

First come, first served —puntualizó haciendo referencia a la expresión anglosajona con la que comúnmente se conocía ese principio.

—Bien —repitió Glassberg.

Cuando les dio la espalda para volver a la tarima, Connor se giró y susurró:

—Nunca decepcionas. —Y dándole un codazo a su amigo, añadió—: Charles, esa no me la has chivado.

Vera puso los ojos en blanco y Blythe le propinó una colleja seguida de un «cállate».

Charles hizo una intervención brillante sobre estructuras empresariales y Blythe se metió en un debate encarnizado con Jared sobre doble imposición.

Por supuesto, Blythe lo apisonó como un tren de carga y, al ver que Jared se encogía un poco en su silla, sonrió complacida.

Vera no tenía ninguna duda de que aquello era su venganza particular por no haber podido intervenir al principio y por vete a saber qué más.

Lección de vida: nunca antagonices a Blythe.

No quería ni imaginarse cómo tenía que ser convertirse en el objeto de su malestar, así como tampoco tenía ninguna duda de que, si su amiga quería destrozar a alguien, lo haría sin pestañear siquiera.

El profesor Glassberg despidió la clase recordándoles que dentro de poco tendrían un examen sorpresa sobre la materia que habían dado desde principios de curso.

—Eh, yo no pongo las normas —se excusó ante las protestas de los estudiantes—.

Ya saben que tengo que evaluarlos de alguna forma antes de que acabe el primer semestre.

Lo que me recuerda… —Deslizó la vista hasta la zona del anfiteatro donde Vera y sus amigos estaban sentados, dirigiéndose a ellos—.

Me han pedido que les informe de que los roles para el Caso Magno se enviarán por correo durante el día de hoy.

Y no, no sé a qué hora exactamente ni he tenido acceso a la lista para saber lo que le ha tocado a cada uno, así que no me pregunten.

Y dicho esto, se fue.

Vera empezó a recoger sus cosas junto a los demás.

—Rome ha escrito por el grupo, dice que nos espera en Stone Arch. —Charles les enseñó el mensaje.

—Pensaba que llegaría más tarde —comentó Vera.

—Ni idea. Le digo que ahora vamos. —Tecleó a la velocidad del rayo.

Cuando llegaron a Stone Arch, Roman ya estaba allí.

Apoyado en la piedra oscura del puente, manos refugiadas del frío en el bolsillo estilo canguro de su sudadera gris, tenía la vista fijada en una pareja que, al otro lado de la calle, discutía.

Los observaba con una intensidad arrolladora, de esas que te ponen en alerta y hacen que te replantees cada pensamiento y palabra que sale de tu boca.

No los miró hasta que los tuvo a escasos pasos y, cuando lo hizo, cuando esa intensidad recayó sobre ellos, Vera advirtió que tenía el ojo izquierdo morado y el labio partido.

—Pero ¿tú no te ibas con tu familia? —Blythe se acercó a Roman de forma instintiva, pero él la esquivó y retrocedió un par de pasos.

—Sí. —Esa fue toda su respuesta.

—Rome, parece que te hayan dado una paliza —soltó Connor preocupado.

Y no era para menos. No solo eran las heridas, sino también el aire que desprendía, de agotamiento mental y físico.

—¿Por qué supones que me han dado una paliza y no que la he dado yo, Con? —le dijo Roman con una sonrisa irónica mientras le quitaba el cigarrillo electrónico de la mano y se lo llevaba a la boca con total normalidad.

Pero Vera sabía que esa sonrisa era falsa. Un mecanismo de defensa. Era la misma que ella utilizaba cada vez que veía a sus padres y tenía que fingir que, pese al dinero que debía y la presión que tenía encima, estaba genial.

—Bueno, ¿qué me he perdido? —les preguntó Roman con una clara intención de cambiar de tema y dejar de ser el foco de la conversación.

Charles sabía que su amigo no iba a dar más explicaciones y que no tenía ningún sentido insistir, así que contestó que, en realidad nada, no se había perdido gran cosa.

No lo presiones, Vera Velasco.

—Según lo que nos ha dicho Glassberg —continuó Charles—, hoy nos enviarán los roles para el Caso Magno, así que ya podremos empezar a prepararlo.

La clase ha ido bien —hizo una pequeña pausa y se llevó las manos a la sien—, solo que Glassberg ha visto que no estabas y quiere que le entregues por escrito el caso que hemos comentado antes de mañana a las ocho.

—De la mañana —puntualizó Connor.

La mandíbula de Roman se tensó. Por un momento, pareció que iba a decir algo, pero solo asintió.

—Ya sabes cómo es, Rome. —Blythe intentó quitarle importancia al asunto—. Hoy ha querido apretar a Vera con un tema de patentes y a Cara Miller la ha puesto en ridículo.

Roman posó sus ojos en Vera. El verde, en contraste con el moratón apagado y triste, brillaba como la luz de un faro en la noche.

—¿Patentes? —le preguntó, seco.

Ella se cruzó de brazos.

—Ya tienes algo que incluir en tu resolución. De nada.

Connor soltó una carcajada y dejó caer un «venga, vamos a comer algo» mientras giraba sobre sus talones y empezaba a caminar en la dirección por la que habían venido.

Charles y Blythe asintieron.

Todavía mirando a Vera, Roman volvió a asentir. Pero antes de subirse la capucha de la sudadera para ocultar sus heridas y retrasar los cuchicheos que seguro llegarían, Vera creyó atisbar una media sonrisa.

Y esa, pensó, esa era de las de verdad.