Hijos dorados III
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Entraron en el aula justo cuando el timbre marcó el inicio de la clase de las diez y cuarto.

Hacía más de un mes que había dado comienzo el segundo año de los tres que conformaban el JD, posgrado que les permitiría presentarse al examen llamado BAR que, si aprobaban, les abriría las puertas a la abogacía.

La carga de estudio que requería cada curso era alta, algo que convertía las clases en una carrera por conseguir cubrir y asimilar la mayor materia posible.

Los alumnos de Derecho sabían que los segundos impartidos por sus profesores valían oro.

Por eso, Vera se sorprendió tanto ante la ausencia del profesor Glassberg.

—Quizá se ha perdido en su propio tupé —bromeó Connor haciendo referencia al peinado del abogado.

—Oh, vamos, si te encanta —devolvió Blythe a la vez que dejaba caer su pesado bolso sobre uno de los pupitres.

Acudieran al aula que acudieran, siempre ocupaban el mismo espacio en el anfiteatro: centro, lado derecho. No demasiado cerca de la tarima, pero tampoco demasiado lejos.

Vera sacó su tableta del bolso y la colocó en el pupitre frente a su café.

Abrió la aplicación en la que tomaba apuntes y empezó a repasar las respuestas al caso práctico que, en teoría, iban a resolver ese día.

A su lado y un asiento por delante, Blythe y Charles hacían lo mismo en sus respectivos ordenadores.

Connor sacó el cigarrillo electrónico del bolsillo interior de su gabardina y empezó a darle caladas mientras ojeaba el periódico que había robado de la cafetería.

—Algún día conseguirás que te expulsen —advirtió Charles.

Connor lo miró divertido porque, por supuesto, aquello era imposible.

Él era un Hannaway. Y eso, en Cornell —más bien en todo el estado de Nueva York—, significaba impunidad.

Los padres de su amigo nadaban en dinero e influencias.

Sin ir más lejos, eran dos de los miembros más destacados del patronato de la Facultad de Derecho.

Como solía decir Blythe, incluso el aire que respiraban lo había pagado la familia Hannaway.

Así que la dinámica era de lo más sencilla: si Connor quería fumar en todas sus clases o robar periódicos, podía hacerlo.

Es más, si quería suspender sus cursos y pasarse las clases bailando una conga, también podía permitírselo. Acabaría con el JD de igual forma.

—¿Algún alma caritativa que me resuma el caso en un par de frases? —Connor les dedicó una de sus encantadoras sonrisas.

Realmente era la persona más vaga y despreocupada que conocía. Nunca se preparaba las clases y estudiaba a última hora para los exámenes. A Vera, aquella actitud la desesperaba, y por eso le espetó que se podía meter la explicación del caso por el culo. Blythe directamente ni le contestó.

Charles, en cambio, lo miró de forma cómplice, un leve rubor tiñendo sus mejillas:

—Ya sabes lo que quiero a cambio.

Connor soltó un «me sales caro», pero le dio la mano saldando su pacto. Lo que acordaban cada vez que ocurría un intercambio como ese, nadie lo sabía, y Vera no iba a ser la primera en preguntar. Había cosas que era mejor no saber.

El profesor Glassberg entró por la puerta unos minutos después y aterrizó de forma estrepitosa sobre la mesa de la tarima.

Murmuró una especie de «perdón» que la mayoría de los estudiantes ignoró y apuntó en la pizarra electrónica Constitución de empresas en el extranjero , el tema del día.

Se dirigió al aula y les anunció que iban a saltarse el repaso.

Resolverían directamente el caso práctico que, asumía, todos se habían preparado.

Puede que esto último lo dijera mirando de reojo a Connor.

Blythe se ofreció junto a otros alumnos para exponer el supuesto de hecho y cuando Glassberg escogió a Jared para la tarea, un chico rubio que siempre se sentaba en primera fila, lo fulminó con la mirada.

—Ups, ¿problemas en el paraíso? —la fastidió Connor haciendo referencia al par de noches que la chica se había acostado con Jared y que, según ella, no tenían más objetivo que ayudarla a liberar el estrés de los estudios.

—Cállate y mejor ocúpate de tu paraíso, lo veo un poco… descarrilado .

Connor endureció el semblante.

—Relájate, Blybie —dijo utilizando el apodo que la chica tanto odiaba—. No lo decía en serio. Además, este curso ya no necesitas ser una máquina de participar en clase.

—Estar entre los quince no significa que no te puedan arrebatar la beca si ven que no das la talla —contestó Blythe sin parar de prestar atención—. Harías bien en aplicarte el consejo.

Connor se limitó a encogerse de hombros, como si aquello no fuera con él.

Pero Blythe llevaba razón. Que sus amigos —Connor incluido— y ella hubieran conseguido acabar primero de JD entre los quince mejores alumnos de la promoción no les garantizaba la beca. Eso mismo le había comentado Vera a Tina la semana anterior cuando la había llamado un día por la noche.

«No entiendo qué haces estudiando a estas horas cuando el curso acaba de empezar. Además, ¿no se suponía que este año iba a ser más relajado?».

«No es tan tarde, son solo las…», había mirado su reloj, «¿once y media?».

Vale, sí, era un poco tarde. Pero en su defensa, tenía que entregar un ejercicio de Derecho Administrativo a la mañana siguiente.

Se lo había intentado explicar a su hermana, pero ella ignoró sus palabras y empezó con el sermón que llevaba repitiéndole desde que había llegado a Cornell: que si ese lugar iba a acabar con ella, que si ya no llamaba tan seguido, que si estaba más ausente, etcétera, etcétera.

«Tina, no lo entiendes», frustrada, Vera había cortado a su hermana.

«Sí, es verdad, pensaba que este curso podría permitirme frenar un poco, pero no ha sido así, ¿vale?

Solo me van a dar la beca si ven que soy una de las cuatro mejores estudiantes de la promoción.

Y eso solo lo voy a conseguir si sigo estudiando como nadie».

«Pensaba que una vez que eras unas de las quince mejores notas ya solo importaba el Caso Mango».

«Magno».

«¿Qué?».

«Se llama Caso Magno, no mango ».

«Ah, ya, pero mango es más divertido. Que por cierto, eso es lo que te falta, diversión ».

«Tina, no empieces…».

Pero había empezado, por supuesto que lo había hecho.

Mientras su hermana se marcaba un monólogo sobre las mil y una razones por las que Vera iba a acabar mal si seguía ese camino académico de destrucción —palabras de Tina—, ella había vuelto a su obsesión de los últimos meses: la Beca Steven Greenberg y Jacob Hughes.

Bueno, hablando en términos estrictos, no era una beca como tal, sino más bien una oportunidad para trabajar durante todo el verano en Greenberg & Hughes, el despacho de abogados con más reconocimiento y prestigio de Estados Unidos.

Era una ventana perfecta para que los alumnos se introdujeran en el mercado laboral y demostraran lo que valían.

Porque si lo daban todo, hacían un buen trabajo y gustaban, lo más probable era que terminaran con una oferta de empleo más que atractiva encima de la mesa.

Sí, la beca significaba estatus y dinero. Y Vera la necesitaba más que al propio oxígeno si quería tener un futuro prometedor. Ah, y pagar el enorme préstamo que le había tenido que pedir al banco para permitirse estudiar y vivir en Cornell.

Punto negativo: había cuatro plazas por promoción, lo que significaba que solo los cuatro alumnos con mejor promedio del curso conseguirían ese billete dorado que les abriría las puertas de la abogacía más renombrada del país. Inciso, su promoción tenía ciento treinta y cinco estudiantes.

Punto positivo: había superado el obstáculo más grande, acabar primero de JD siendo una de los quince estudiantes de Derecho con mejor media de la promoción.

Punto negativo: ahora tenía que enfrentarse a esos quince alumnos en el Caso Magno, un simulacro de juicio que se celebraría a principios de febrero del próximo año y que acabaría determinando los cuatro elegidos.

Y lo peor era que mientras preparaba el Caso Magno, algo que requeriría muchas — muchísimas — horas de estudio, su media no podía verse afectada.

De lo contrario, la facultad podría quitarle la beca bajo el pretexto de no tener suficiente capacidad para gestionar el estrés y la carga de trabajo, habilidad que, según les habían repetido cientos de veces los profesores, era esencial en el día a día de un abogado.

Punto positivo: ya no había más puntos positivos.

Mierda.

En cuanto Tina había tomado aire para proseguir con su largo monólogo, Vera había murmurado que tenía que ir al baño y había colgado. Claramente su hermana se había molestado, porque llevaba desde entonces sin llamarla.

Ya se le pasará , se volvió a decir Vera mientras devolvía su atención a la clase.

Jared seguía explayándose.

Blythe giró la pantalla de su ordenador y Vera leyó las palabras que había escrito en grande junto a sus apuntes: A veces no entiendo a Connor .

Vera asintió. Porque ella tampoco.

Para Vera, al igual que para Blythe, Charles y Roman, cada intervención, caso, examen y ejercicio contaban. Estaban cada vez más cerca de conseguir la Beca Steven Greenberg y Jacob Hughes y no permitirían que nada ni nadie les arrebatara la oportunidad.

Connor era un caso distinto.

Ninguno sabía a ciencia cierta si realmente la quería.

A veces parecía que sí porque era capaz de pasarse tardes estudiando junto a ellos y, para qué mentir, era brillante y tenía más conocimiento que la mayoría de su promoción.

Pero otras veces, daba la sensación de que estaba en otro mundo y que lo relacionado con la beca le era indiferente.

—¿Dónde está Cagliari? —La pregunta del profesor Glassberg resonó desde la tarima.

Los ojos de toda el aula se clavaron en ellos.

—Está indispuesto, profesor. —Fue Charles quien respondió.

—Claro. —No parecía muy satisfecho con la justificación—. En ese caso, le comentarán a su amigo que estaré esperando su resolución del caso por escrito mañana a primera hora —puntualizó.