II #2
Tina ayudó a Vera a deshacer la maleta y colocar sus pertenencias en los estantes y los cajones.
Media hora después se estaban despidiendo en el arcén.
Tras repetirle veinte veces que no estudiara demasiado y la llamara para informarle de todo, subió al coche y puso rumbo a Nueva York, donde esa noche se embarcaría en un avión de vuelta a Los Ángeles.
Vera se quedó en la calle hasta que perdió de vista el Ford Fiesta de alquiler.
Se dio cuenta de que por primera vez estaba realmente sola.
Su infancia y su adolescencia las había vivido en la casa familiar de sus padres, en Lima, y cuando había decidido dar el salto e iniciar sus estudios universitarios en Estados Unidos, su hermana se había mudado con ella.
Así que sí, era un cambio importante. Pero no le daba miedo. Todo lo contrario, tenía ganas de enfrentarse a esa nueva etapa y sentir que, de ahora en adelante, dependía solo de ella.
Esa tarde se sorprendió a sí misma yendo junto con Kasey a conocer la universidad.
Su plan había sido acercarse sola, pero en el momento en que había abierto la puerta de su habitación para salir de casa, Kasey había sacado la cabeza de su cuarto y le había preguntado si iba al campus.
Y al ver que sí, que ese era el plan de Vera, había soltado uno de sus grititos de emoción seguido de un «agarro mis cosas rápido, súper rápido, y vamos juntas», a lo que Vera no había podido negarse.
—Tengo que hacer unas gestiones en la facultad, pero cuando acabe puedo enseñártela bien. Mira, justo allí está uno de los gimnasios de la universidad. ¿Haces deporte? Increíble, pues puedes apuntarte. Está cerca de la facultad, así que van bastantes alumnos del JD.
En Estados Unidos, JD era la abreviatura que se utilizaba comúnmente para hacer referencia al posgrado en Derecho. Expresiones del estilo «el JD me está matando» o «me arrepiento de haber empezado el JD», eran de las más populares entre los estudiantes.
—¿La tienda oficial de Cornell está muy lejos? —preguntó Vera.
—A unos diez minutos de la facultad, ¿por? ¿Con ganas de comprar algún suvenir?
—Voy a trabajar allí unas horas a la semana. —No dio más explicaciones, pero Kasey la entendió al instante.
—Yo trabajo en una de las cantinas, en el puesto de tacos. No es porque los prepare yo, pero son los mejores de todo el campus. Si alguna vez te apetece, puedes pasarte y quién sabe, quizá te pongo extra de guacamole —le guiñó un ojo.
Vera forzó una sonrisa.
La Facultad de Derecho estaba casi desierta.
Normal, teniendo en cuenta que el semestre de primavera no empezaba hasta la siguiente semana.
El edificio de ladrillo era imponente y recordaba ligeramente a las estructuras neogóticas de algunas de las universidades europeas más antiguas.
Vera se quedó sin palabras. Estar allí no tenía nada que ver con los cientos de fotografías que había buscado durante horas por internet.
Entraron por una de las puertas principales y Kasey le explicó dónde podía encontrar las aulas, la biblioteca y los baños.
—Ah, y en la última planta hay un par de salas de estudio con máquinas de café.
La gente suele ir cuando prefiere un ambiente un poco más distendido.
Si quieres puedes esperarme allí mientras voy a Administración, o también puedes dar una vuelta, lo que quieras.
Cuando acabe te llamo —dijo tendiéndole su móvil para que Vera apuntara su número.
Cuando lo tuvo, Kasey se despidió con un «genial, ahora nos vemos», y desapareció por unas escaleras que bajaban a lo que debía ser, entre otras cosas, el Departamento de Administración.
Vera no perdió ni un segundo. Quería, más bien necesitaba , empaparse de ese lugar.
Decidió que subiría a las salas de estudio de la tercera planta y después se pasearía por el jardín interior del edificio.
La biblioteca la dejaría para otro día, quería tener tiempo a solas para explorar cada rincón.
Estaba a punto de poner rumbo al ascensor cuando una voz captó su atención.
—Sigo pensando que la decisión del juez en «Dred Scott contra Sandford» fue la correcta.
Provenía del aula que tenía más cerca. Decidió asomarse.
El chico que estaba hablando se encontraba de pie en el lateral derecho de la sala con forma de anfiteatro.
Tenía un pie apoyado en una silla y gesticulaba de forma exagerada.
Con una de las manos aguantaba un cigarrillo electrónico de esos que se estaban poniendo de moda.
Cada pocos segundos le daba una calada y se apartaba el flequillo rubio (sin éxito), porque a la que alejaba la mano le volvía a caer, cubriéndole los ojos.
Frente a él había otros tres estudiantes sentados en sus respectivos pupitres. Uno de ellos, de pelo oscuro ligeramente rizado y rasgos suaves, lo escuchaba concentrado mientras pasaba las páginas de unas notas que tenía apoyadas en sus rodillas.
—No, no. —Negó con la cabeza, y sus gafas redondas se sacudieron con el movimiento—.
Se debería haber buscado una interpretación alternativa que permitiera una decisión menos radical.
Nueva York, Connecticut, Massachusetts, Vermont, Rhode Island y muchos más ya eran estados libres.
Y, al fin y al cabo, Scott venía de vivir en ellos.
Este hecho debería haber tenido un peso considerable en el caso.
El rubio dio otra calada y apuntó a su amigo —serían amigos, ¿no?— con el cigarrillo electrónico.
—Y allí es donde estás equivocado, querido Charles.
Estamos hablando de Missouri. Y por las circunstancias sociales y las leyes que estaban en vigor en Missouri y solo en Missouri , el razonamiento del juez no podría haber sido otro.
Estaba atado de pies y manos, así que no hay nada que interpretar.
No podría haber sentenciado de otra forma, ¿verdad, Rome?
El interpelado, sentado un asiento por detrás del chico de cabello oscuro, respondió sin apartar la vista del cuaderno en el que, parecía ser, garabateaba algo:
—Dura lex, sed lex.
Ese apunte avivó todavía más el debate entre los dos estudiantes.
En cambio, el chico que había pronunciado el latinajo siguió centrado en su cuaderno.
Junto a él, una chica tecleaba sin parar en su portátil.
Desde la distancia, Vera podía apreciar su piel perfecta, sus rasgos delicados pero desafiantes, su brillante pelo negro y su ropa, que parecía salida de una de las tiendas más lujosas de Nueva York, esas que se encontraban en la Quinta Avenida.
Clic, clic, clic , un lápiz rasgando papel y dos voces que llenaban cada rincón del aula.
Vera se sintió en una especie de trance, observándolos desde la puerta.
Por alguna razón que no podía explicar, no se veía capaz de apartar sus ojos de ese grupo de cuatro.
Tenían una esencia que hacía imposible fijarse en algo que no fuera ellos.
Quizás era la forma en que se expresaban e interactuaban o cómo iban vestidos.
¿Serían de primer año? ¿Coincidirían en alguna clase? Podría…
Alguien la agarró de la mano. Vera ahogó un grito y se giró de golpe.
Era Kasey.
—Casi me matas del susto.
—Los del Departamento de Administración son unos inútiles. Te puedes creer que… —No acabó la frase. Tiró de ella hacia el otro lado del pasillo, lejos del aula—. ¿Qué estabas haciendo?
—Nada, yo…
—¿Les has dicho algo?
—Eh… no, yo solo…
—Mejor vamos afuera —lo dijo en un susurro. Y una vez estuvieron en los jardines del campus, añadió—: Pensaba contarte esto con un par de copas de vino y cuando ya fuéramos más, ya sabes…
No, Vera realmente no lo sabía.
— Amigas —terminó Kasey con un tono de voz que denotaba que, para ella, su inminente amistad era evidente—. Pero bueno, ya que los has visto, te lo digo ahora. No te acerques a ellos.
—¿A quiénes?
—¿A quiénes va a ser? Connor, el chico que estaba de pie fumando como si estuviera en su casa. Charles, el de rizos oscuros. Blythe, la chica del ordenador. Y Roman, el de detrás con cara de protagonista de novela atormentado.
Al ver que Vera no la estaba tomando en serio, Kasey insistió:
—Hay rumores, Vera. De ellos y sus familias. Y nadie sabe el rollo que se traen. Es raro y turbio. Hazme caso, no quieres mezclarte con ese grupo.
—¿Quién ha dicho que yo quiera…?
Pero Kasey la cortó.
—Estabas embobada mirándolos. Lo entiendo. Están forrados, son de los más inteligentes de la facultad y sí, son atractivos. Pero no te acerques. La última chica que lo hizo, Nathalie Porter, acabó mal.
—¿A qué te refieres?
—Desapareció del campus de un día para otro. Sucedió las Navidades pasadas. Nadie sabe qué ha ocurrido con ella.
Esa noche, tumbada en la cama de su pequeña habitación en las afueras de Ithaca, Vera reflexionó sobre los acontecimientos de ese día. No le sorprendió darse cuenta de que, al final de cada pensamiento, la imagen de los cuatro estudiantes se dibujaba nítida y reluciente.
Y en la punta de la lengua, como queriendo escapar de su boca, sus nombres:
Connor.
Charles.
Blythe.
Roman.