Hijos dorados II
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El coche se detuvo en la acera frente a uno de los cientos de edificios que constituían la ciudad de Ithaca. Vera bajó la ventana y extendió el brazo. Al instante, pequeñas gotas humedecieron su piel.

Olía a lluvia y a arce.

—Vas a conseguir que nos dé una pulmonía —soltó Tina desde el asiento del conductor—. Sube la ventana y ayúdame a encontrar Madison Street. Según maps ya estamos cerca…

Vera hizo caso a su hermana. Sacó su móvil del bolsillo y abrió la nota en la que había apuntado los datos importantes para su traslado a la Facultad de Derecho de Cornell.

Había procurado introducir las direcciones de los lugares que iba a frecuentar más, entre ellos la casa en la que había alquilado una habitación.

—Aquí pone que tenemos que seguir recto y girar por la siguiente. En cinco minutos deberíamos de estar allí.

Efectivamente, llegaron a su destino un par de calles después.

Vera se puso la chaqueta y salió del coche sin esperar a que Tina apagara el motor. Llevaba demasiado tiempo imaginando ese día, llegar a Ithaca para poder estudiar Derecho en Cornell y encarrilar su futuro.

Bueno, quizás «encarrilar» no fuera la palabra exacta.

Vera tenía claro que, si se hubiera quedado a estudiar Derecho en USC, la universidad de California en la que había cursado sus cuatro primeros años de grado, podría haberse labrado una muy buena carrera como abogada.

USC no era para nada una mala universidad. Pero Cornell estaba a otro nivel.

Cornell era una de las ocho universidades privadas de Estados Unidos que conformaban la Ivy League: la liga de élite, la crème de la crème de la educación académica, el sueño de millones de alumnos.

Brown, Columbia, Cornell, Dartmouth, Harvard, Princeton, Pensilvania y Yale.

Conseguir una plaza en una de ellas era extremadamente complicado. De hecho, la Ivy League se caracterizaba por su selectividad en la admisión de estudiantes.

Y Vera lo había conseguido.

El pensamiento le arrancó una sonrisa y ni siquiera el recuerdo de su madre achacándole que si se hubiera quedado a estudiar en Lima no solo no estaría endeudada hasta las cejas, sino que ya estaría trabajando de abogada, pudo detener el orgullo y la felicidad que sintió en ese momento.

Porque sí, habían sido días y noches de estudio, años renunciando a planes con su hermana porque tenía que acabar un trabajo o prepararse la clase del día siguiente, y luchas constantes consigo misma en las que tenía que repetirse una y otra vez que el camino que había escogido valía la pena.

Es cierto, había optado por la vía difícil: estudiar en un país que no era el suyo y con un sistema educativo mucho más costoso, difícil y largo, ya que para dedicarte a la abogacía en Estados Unidos no solo tenías que superar cuatro años de grado en una universidad, como había hecho Vera en USC, sino también tres duros cursos de posgrado.

Pero lo había conseguido.

—Bueno, pues pinta mejor que en las fotos, ¿no? —Ya a su lado, Tina estudiaba con atención la casa en la que Vera iba a vivir durante los próximos cursos.

Tenía dos pisos, además de lo que parecía ser una buhardilla, y estaba pintada de un color entre verde apagado y gris. Vera coincidió con su hermana, se la había imaginado más pequeña y destartalada.

—Lo malo es que tengo que caminar una media hora para llegar a la Facultad de Derecho, pero a mitad de curso es imposible encontrar algo mejor.

Decir que ser admitida en Cornell había sido difícil era un eufemismo.

Vera había entrado de milagro.

La primera respuesta que había recibido de la universidad, en abril del año anterior, había sido para comunicarle que estaba en la lista de espera.

Ni admitida, ni rechazada: vamos, en el puto limbo.

Valentina había intentado consolarla diciéndole que seguro cambiaban de opinión, pero Vera sabía cómo funcionaban esos procesos y que en ese momento su futuro estaba en manos de otro estudiante.

«Solo valorarán aceptarme si otra persona decide declinar su plaza, y nadie en su sano juicio le dice que no a la Facultad de Derecho de Cornell», le había explicado, más bien gritado, a su hermana el día en que había recibido la noticia.

Pero sí, resultaba que alguien había decidido darle la patada a Cornell.

Se había enterado en septiembre, algo inusual ya que el curso empezaba a finales de agosto.

Al no recibir ninguna respuesta por parte de Cornell y haber sido rechazada de Brown, Vera había tenido que recurrir al plan C: matricularse en la escuela de Derecho de USC, donde sí la habían admitido.

El correo había llegado en la mañana, mientras estaba en clase de Contratos.

Lo primero que había hecho al leer que la habían sacado de la lista de espera y tenía una plaza con una beca del cincuenta por ciento había sido chillar. Sí, en medio de la clase. Lo segundo, salir corriendo del aula entre disculpas y lloros, y lo tercero, llamar a su hermana.

«¿Qué pasó?», había preguntado Tina al descolgar el teléfono y escuchar los sollozos.

«Me…», sollozo, «han…», sorbida de mocos, « aceptado».

«Vera, no te entiendo. ¿Estás bien?».

Ella no había podido evitar reír, claro que estaba bien. Estaba en una nube. Le había repetido a su hermana que había sido admitida y, para asegurarse de que aquello estaba pasando, le había leído el correo tres veces.

Los siguientes meses habían sido una carrera a contrarreloj por hacer todas las gestiones a tiempo.

El Departamento de Admisiones de Cornell le había recomendado que, dado que el curso ya había empezado hacía casi un mes, lo mejor era que se transfiriera a Cornell para el semestre de primavera, que daba comienzo a finales de enero.

«Sigo sin entender por qué lo llaman “semestre de primavera” cuando empieza en pleno invierno», le había repetido su hermana unas mil veces en el transcurso de esos meses.

La verdad es que Vera tampoco lo comprendía, pero por ella podían llamarlo «primavera», «verano» o como les diera la gana.

Había entrado en Cornell.

Todo lo demás no importaba.

El sonido que hizo la puerta principal al abrirse devolvió a Vera al presente. Una chica pelirroja y un poco más baja que ella salió de la casa y se acercó con una sonrisa.

—He oído cómo un coche aparcaba en la acera y al ver que te quedabas mirando la casa he imaginado que serías la nueva. Me llamo Kasey —le tendió una mano y Vera se la estrechó—, escrito con K, no con C.

A su lado, Tina susurró en castellano un «me estás hueveando» que no pasó desapercibido. Vera le dio un pisotón. No necesitaba que Tina se pusiera en plan Tina.

Kasey abrió sus ya de por sí grandes ojos y sonrió. Claramente pensaba que Valentina le acababa de regalar el cumplido más bonito del mundo.

—¿Eres española?

— Peruana —corrigió Vera.

La chica soltó un gritito de emoción, como si ser de Perú fuera lo más exótico y raro que hubiera escuchado en su vida, y un «increíble» que reafirmó que sí, pensaba que ser de Perú era lo más exótico y raro que había escuchado en su vida.

—¿Te ayudo a instalarte? Uy, ¿solo una maleta?

¿Tus cosas llegan más tarde? No puede ser que te haya cabido todo en una maleta.

Yo también estudio en la Facultad de Derecho y estoy en primer curso.

Me hizo tanta ilusión ver tu solicitud para alquilar la habitación que ha dejado Sophie.

La verdad, su salida nos tomó muy por sorpresa.

Pero la buena noticia es que has venido tú.

Ahora no tendré que ir al campus sola. Sabes, no pareces peruana. ¿Te lo han dicho alguna vez?

Vera lanzó una mirada a su hermana para advertirle que ni se le ocurriera hablar y se limitó a responder a Kasey con un «sí».

Sí, agradecía que la ayudara a instalarse.

Sí, una sola maleta porque allí cabían todas sus pertenencias —o al menos las que importaban de verdad.

Y sí, le habían dicho mil veces que «no parecía peruana».

Pero pasaba de meterse en ese tema y soltarle algo del estilo «y cómo se supone que debería ser una peruana», porque sabía que no llegaría a ninguna parte.

Así que siguió a Kasey al interior de la casa mientras detrás de ella Tina refunfuñaba.

Lo primero que le llamó la atención fue la cantidad de cosas que había esparcidas por todas partes: un tendedero con ropa colgada junto al sofá, una mesa de centro con libros, bolis, papeles y un cenicero con alguna que otra colilla, la cocina con platos sucios y sartenes y ollas y vasos, unas zapatillas justo delante de las escaleras que daban al segundo piso.

—Al ser cuatro nos cuesta un poco mantener el orden, pero te acostumbrarás. Jen y Payal tienen sus habitaciones en este piso, al fondo del pasillo. Las nuestras están arriba.

El cuarto que iba a ocupar Vera era sencillo. Tenía una cama individual, un escritorio con una silla y un armario.

—Para mí es el mejor de la casa porque entra luz todo el día y da al patio de la vecina. Es pequeño pero mono, ¿no?

Vera asintió.

—Bueno, te dejo instalarte. Si necesitas cualquier cosa estoy en la habitación de al lado —se despidió, y cerró la puerta tras ella.

Cuando se quedaron solas, Vera se dejó caer sobre la cama. Le daba igual lo desordenada que pudiera estar la casa o que tuviera que caminar media hora para llegar al campus. Estaba allí .

—¿Estarás bien? —Tina la miraba apoyada en el estrecho armario con una expresión rara. ¿Era preocupación?

—¿Me estás jodiendo? Tina, tú más que nadie sabes que esto —abrió los brazos para abarcar la habitación, la casa, Cornell, Ithaca— es mi sueño.

—No sé… Es tan diferente a California, por no decir a Lima… Y esa chica… No quiero que este sitio te cambie.

—¿Quién eres tú y qué has hecho con mi hermana?

Tina pareció darse cuenta de que aquella inseguridad no era propia de ella. Así que se despegó del armario y señaló a Vera con un dedo.

—Como no atiendas el teléfono o des señales de vida en más de veinticuatro horas, pienso venir hasta aquí para matarte, Vera Velasco.

Ese ya era un comportamiento más normal.