Hijos dorados I
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Eran las nueve en punto de un lunes cualquiera y la cafetería estaba más abarrotada que de costumbre.

Vera subió las escaleras que conectaban uno de los muchos jardines del campus con la planta principal del Edificio Este y, mientras contaba una por una las personas que hacían cola para pedir algo de desayuno, entró en la sala.

Treinta y cuatro.

¿Qué hacían treinta y cuatro estudiantes a las nueve en punto de un lunes cualquiera en una de las cafeterías menos concurridas de toda la Universidad de Cornell?

Un par de chicos la miraron con reproche como queriendo decir «ponte a la cola», pero Vera los ignoró. No necesitaba pedir comida. Ya había desayunado.

Cada mañana seguía la misma rutina. Su despertador sonaba a las seis y media, momento en el que salía disparada de la cama.

Cambiaba el pijama por ropa de deporte en cuestión de minutos y, con cuidado de no hacer ruido para no despertar a su amiga —que dormía en la habitación de al lado—, salía de casa a las seis cuarenta y cinco, lista para su carrera matutina.

Solía correr diez kilómetros, lo que equivalía a una hora de recorrido por los parques y calles de Ithaca.

Entre las siete cuarenta y cinco y las ocho, enfilaba Stewart Avenue y bajaba el ritmo hasta llegar al número veintitrés.

Para esa hora, Blythe ya se había marchado de casa.

Vera hacía unos estiramientos en el porche y se daba una ducha de agua fría sin importar la estación del año.

Desayunaba mientras repasaba sus apuntes para ese día y, a las nueve menos diez, volvía a salir por la puerta, rumbo a la cafetería donde sus amigos tenían la costumbre de reunirse para tomar un café y comer algo antes de la primera clase.

Sí, allí estaban, hablando de forma desenfadada en la mesa de siempre, la de la esquina izquierda, justo al lado de los ventanales.

Vera se abrió paso entre la multitud para dirigirse hacia ellos y dejó caer sus cosas en la silla al mismo tiempo que Connor la saludaba con un efusivo buongiorno, principessa al más puro estilo Benigni y le tendía un plato con un par de magdalenas de chocolate.

—Querían comérselas todas, pero te he guardado un par —añadió con esa sonrisa pícara que tanto lo caracterizaba.

—¡Eh, eso no es verdad! —protestó Blythe levantando la vista de su ordenador portátil.

Siempre era la primera en llegar porque le gustaba disfrutar de tiempo a solas para poder estudiar un rato sin que nadie la molestara—.

Vera, las hemos comprado pensando en ti, no te creas ni una sola palabra que salga de su boca.

Hoy se ha despertado particularmente… —guardó silencio antes de concluir— dramático.

Connor la apuntó con un dedo y le reprochó que lo que decía no tenía ningún sentido, y Blythe soltó una carcajada porque sabía que si algo le molestaba a su amigo era que lo llamaran «dramático».

A lo que Connor apuntó con todavía más firmeza, a lo que Blythe rio más alto, y así podían seguir durante horas.

—¿Cómo ha ido el entreno? —Charles estaba reclinado en la silla de enfrente y bebía su té negro ajeno al escándalo que estaban montando Connor y Blythe. La miraba tras sus gafas redondas medio empañadas por el vaho de la bebida. Parecía cansado.

Al igual que ella, Charles amaba salir a correr.

Había competido en el equipo de atletismo de Columbia, la prestigiosa Universidad de Nueva York, durante los cuatro años de grado que había cursado allí, antes de acudir a la escuela de Derecho de Cornell.

Así que podría decirse que se había convertido en una especie de entrenador particular porque, a diferencia de ella, que solo corría porque le ayudaba a no pensar y poner la mente en blanco, Charles tenía experiencia y técnica.

Cuando salían a correr juntos, Vera le pedía consejo y él corregía la forma en la que pisaba, colocaba los brazos e incluso la retaba a ponerse distintos objetivos y superarlos.

—Diez kilómetros, no me he alejado mucho, pero he ido a buen ritmo e incluso he hecho algún intervalo a más velocidad. He conseguido bajar mi tiempo.

Charles asintió satisfecho.

—Esta semana podemos hacer la ruta que pasa por al lado del jardín botánico, ¿sabes? —continuó Vera—. Esa que comentamos el otro día cuando estábamos con… —Fue entonces cuando se percató de algo—. ¿Dónde está Roman?

Dio un repaso rápido a la cafetería, como si esperara verlo en algún rincón. No solía llegar tarde al desayuno (en realidad no llegaba tarde a nada) y ya eran las nueve pasadas.

Connor apoyó un brazo en el respaldo de la silla de Vera y explicó que la noche anterior Charles y él habían pasado por casa de Roman para ver si quería ir a buscar una hamburguesa, pero no lo habían encontrado.

—Le escribí para preguntarle dónde estaba y me respondió que de camino a Tunkhannock, así que supongo que le ha surgido un tema familiar.

La familia de Roman tenía una mansión en Tunkhannock, un pueblo un poco más al sur de Ithaca, en el estado de Pensilvania, en la que solían celebrar reuniones familiares.

Sí, una mansión .

Para. Reuniones. Familiares.

Si recibía una llamada de su padre o hermano comunicándole que se iban a reunir todos en Tunkhannock, Roman no tenía otra opción que agarrar el coche y conducir dos horas a toda velocidad.

Detestaba a su familia, pero las consecuencias de no verlos cuando se lo pedían (u obligaban) eran peores que evitarlos y quedarse en el campus.

Todo eso se lo había contado Blythe una noche en la que ella y Vera habían salido a tomar unas cervezas.

La conversación había empezado con un «a Roman no le gustaría que te contara esto pero…

» y había dado rienda suelta a toda la información que sabía sobre su amigo y su respectiva familia, que tampoco era mucha.

Al terminar de hablar, Blythe había apurado su bebida y, con una exhalación cansada que a Vera le había recordado a las que profería su madre cuando llegaba a casa después de trabajar, le había advertido que ni se le ocurriera hacerle ningún comentario a Roman.

Si él quería hablar de su relación con su familia, ya lo haría, «pero no lo presiones, Vera Velasco».

Vera no había entendido a qué venían tanta insistencia y precaución, pero después de meses junto a sus amigos se había dado cuenta de que Roman era una cuestión delicada y, si Blythe, Connor y Charles bromeaban con él y se tomaban ciertas licencias como molestarle o repetirle que era un insensible —cortesía de Connor—, era porque lo conocían desde hacía años.

Para Vera, Roman era como una muñeca rusa: conocerlo estaba resultando ser un proceso de sacar figura tras figura hasta que, en algún momento, suponía que llegaría a la más pequeña.

—Estupendo, volverá de mal humor —se resignó Blythe—. Mejor aprovechar el desayuno antes de que arruine el almuerzo. ¿Magdalenas? —Esto último lo dirigió a Vera, que todavía no había comido los dulces que le habían comprado sus amigos.

Agarró una y añadió que no hacía falta antes de darle un buen mordisco.

Blythe entrecerró los ojos rasgados como retando a Vera a repetir aquello.

Sabía que sus amigos se preocupaban por ella, que no querían que se sintiera obligada a desayunar en casa todos los días o traerse túpers a la hora de la comida para no gastar dinero.

A ellos no les importaba comprarle una ensalada o invitarla a cenar al restaurante de moda que acababa de abrir en Ithaca, o incluso ofrecerle unas absurdas pero riquísimas magdalenas de chocolate en su cafetería preferida.

Pero Vera no podía evitar sentirse incómoda cada vez que hacían un gesto como el de esa mañana.

No tanto porque gastaran su tiempo y dinero en satisfacerla, sino porque era un recordatorio de los abismos infranqueables que existían entre Vera y ellos.

Así que fue a por la segunda magdalena y, al verlo, Blythe esbozó una pequeña sonrisa.

—Se hubiera puesto todavía de peor humor si hubiera venido —continuó Vera, e hizo un gesto con la mano para señalar la cantidad de gente que, desperdigada por la sala, hablaba, comía y tomaba café.

—Se ve que en la cantina principal se ha ido la luz —aportó Charles.

Bueno, pues eso explicaba las treinta y cuatro personas haciendo cola en la entrada de la cafetería.

Cuando Vera hubo terminado de comer, Blythe se puso en pie y empezó a recoger sus cosas.

—¿Ya? —Connor miró su reloj—. Blythe, no fastidies, quedan veinte minutos para que empiece la clase y estamos a cinco de la facultad. ¿Tú también? —añadió con un tono chillón al ver que Charles había imitado a su amiga y estaba en proceso de ponerse la gabardina y la bufanda.

Charles se encogió de hombros y señaló a Blythe como queriendo decir «ella manda, a mí no me mires».

—Vuestro sentido de la responsabilidad me irrita.

—Pues entonces, quédate aquí solo leyendo el periódico. —Blythe se echó el enorme bolso al hombro. Honestamente, Vera todavía no comprendía cómo aguantaba semejante peso en tan solo un brazo.

—Jamás.

Y así, los cuatro salieron de la cafetería —Connor con el diario bajo el brazo— rumbo a su primera clase de la mañana, Estructuras Mercantiles.

Al ser estudiantes de Derecho de segundo año no estaban obligados a tomar ese curso.

En teoría, sus esfuerzos debían centrarse en especializarse y, por lo tanto, escoger si querían enfocar su carrera profesional en la práctica mercantil, la administrativa, la fiscal, o cualquier otra; para lo que se recomendaba cursar diferentes optativas en lugar de materias troncales.

Pero algunos profesores les habían recomendado estudiar esa asignatura junto con otras tres aunque ello supusiera una mayor carga de trabajo. Por supuesto, ellos habían obedecido.

Empezaba a hacer frío, el cielo estaba medio encapotado y el suelo mojado por la fina lluvia que había caído a lo largo de la noche. Vera miró las nubes y sintió el viento de principios de otoño en la piel.

—¿Estás teniendo uno de tus momentos que nadie entiende? —Connor siempre la fastidiaba por su clara preferencia por los climas fríos.

—Cuando vives toda tu infancia y tu adolescencia cerca del Ecuador y estudias tus cuatro primeros años de universidad en California aprendes a valorar este tiempo. Además, Blythe me entiende.

Unos pasos por delante, Blythe caminaba impasible a la baja temperatura.

Iba vestida con un chaleco de cachemira de rombos de diferentes tonos marrones sobre una camisa blanca, una falda plisada y medias finas.

Ni chaqueta, ni guantes, ni nada. De hecho, llevaba el largo pelo negro recogido en una coleta alta, con lo que la nuca le quedaba expuesta a la inclemencia del clima.

Connor se inclinó hacia Charles y le dijo al oído:

— Nah , lo de Blythe es diferente. Los vampiros no sienten el frío.

Vera soltó una carcajada porque, por supuesto, Connor había hablado lo suficientemente alto como para que las dos chicas lo escucharan. A su lado, Blythe lo fulminó con la mirada.

—¿Te has despertado con un deseo de muerte, Connor?

El chico le lanzó un beso y rodeó a Charles con el brazo mientras le empezaba a explicar algo que había leído en un libro sobre la figura del vampiro en la Edad Media, conversación en la que Charles —curioso por naturaleza— se metió de lleno.

A Blythe el enfado no le duró ni un minuto, porque no pudo evitar añadir lo absurdas que le parecían determinadas creencias de la época teniendo en cuenta la intensidad religiosa de la sociedad, y expresó su convicción de que si Roman estuviera allí coincidiría con ella.

A lo que Charles replicó y Connor apuntó y Vera se limitó a escuchar, porque esa era una de las pequeñas cosas de las que más disfrutaba: escuchar a sus amigos debatir, divagar, teorizar…

Le sorprendía cómo, poco a poco, se había hecho un hueco en ese grupo que de primeras le había parecido tan hermético y distante.

De hecho, estaba casi segura de que el resto de estudiantes de la Facultad de Derecho ahora la miraban igual que ella había mirado a Roman, Blythe, Charles y Connor al llegar a Cornell, cuando todavía no los conocía y todo lo que sabía sobre ellos era lo que se hablaba por las calles del campus.

Que nadaban en el dinero de sus familias, que eran inteligentes pero que, si estaban considerados entre los mejores estudiantes de la facultad, era debido a sus contactos y no a sus méritos, que no se relacionaban con nadie, incluso que los vínculos que tenían entre ellos eran turbios, tóxicos y ambiguos.

Y todos esos comentarios se hacían en el mismo tono: una mezcla de fascinación, envidia, rabia, rechazo e incluso, a veces, anhelo.

Vera admiraba a sus amigos por varias razones, pero la principal era que tenían claras sus metas.

Para ellos solo existía una única opción de futuro: uno brillante.

No había otra. Y no porque sus familias pudieran garantizárselo con un gesto tan sencillo como sacar la chequera y escribir unos cuantos ceros, sino porque realmente lo deseaban. E iban a luchar por conseguirlo.

Cuando estaba con ellos, Vera sentía que ella también podía serlo: brillante.

Tener poder.

Por eso, sabía que la decisión que había tomado tras unas semanas de llegar a Cornell, la de acercarse a Blythe, Connor, Charles y Roman, era la correcta. No tenía ninguna duda.

Ojalá alguien le hubiera advertido de lo equivocada que estaba.