Hijos del invierno (La estirpe del halcón 3) 56
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Cuando lo vio aparecer, pensó que el cielo se abría paso ante sus ojos.

Recibió cada uno de los mensajes que su mirada le envió. El calor de su cuerpo, a pesar de que ni siquiera se tocaron.

Hasta que el infierno pareció caer sobre Duntrune Castle, y se vio obligada a luchar por su hogar, por su gente… Por Rurik.

Incluso por Alasdair.

Pensó que sus ojos la engañaban cuando lo vio aparecer, acompañado de Tavish. Inmerso en la lucha con tanta ferocidad que no pareció darse cuenta de su presencia.

Eithne lo agradeció. Verlo tan lleno de vida, como si no hubiera sufrido ni la más mínima lesión, la llenó de la esperanza que necesitaba para seguir adelante. Ya habría tiempo para las explicaciones, para los reencuentros.

Antes, había una plaza que recuperar. Una batalla que ganar.

Un hombre al que ayudar.

Subió por las escaleras laterales de piedra hacia las galerías y balaustradas que dominaban el patio de armas y lo buscó con desesperación. Por unos angustiosos momentos, pensó que sería uno más de los cadáveres que comenzaban a poblar el duro suelo de piedra…

Hasta que lo oyó.

Eithne ya había visto la ira reflejada en los ojos de Rurik.

Una rabia fría, sin arrebatos, que solía dejar congelado a su destinatario.

Pero jamás había presenciado nada comparable a la intensa cólera que tenía en aquel momento ante sus ojos.

Era una rabia tan concentrada en su interior como en cada músculo. En cada respiración corta y seca.

Ambos hombres estaban heridos, pero fue su esposo quien recibió un golpe por la espalda que terminó con él en el suelo.

Lachlan fue más rápido y elevó la punta de su espada sobre el cuello de Rurik.

Contaba con unos segundos para actuar. Con el viento de la bahía azotándole la capa que no se había quitado, y la cuerda del arco ya tensada en sus dedos, se concentró en el blanco y disparó.

La flecha se clavó en el hombro de su primo.

Soltó la espada con un alarido que llegó hasta ella, pero aquello le proporcionó a Rurik el tiempo necesario para ponerse en pie y recuperar su arma.

Como una exhalación, Eithne descendió hasta el mismo centro de la batalla.

Los leales a De Grey apenas mostraban ya resistencia, pero no había ni rastro de Alasdair y Tavish.

—¡No! —exclamó cuando Rurik, renqueante, comenzó el golpe que significaría la muerte de Lachlan—. ¡No lo mates!

—¡Eithne! —Su marido la miró de reojo, con una mueca de incredulidad, pero detuvo su ataque—. ¿Se puede saber qué demonios haces aquí? ¿Por qué me pides tal disparate?

—¡Porque yo he sido quien ha disparado la flecha que te lo ha servido en bandeja de plata!

¡Es mi presa! ¡Quiero ser yo quien decida sobre su destino!

—No tuvo más que empujarlo con el pie para que el malnacido cayera al suelo, moribundo—.

Su muerte bajo tu espada sería demasiado rápida.

Incluso demasiado indolora para lo que se merece.

—¡Pero no podemos…!

—Ya lo creo que podemos. —Sonrió ante su idea.

Sin un rastro de remordimientos cuando Erling se unió a ellos para sostener a su amigo, que comenzaba a desvanecerse—.

Quiero que conserve la vida y sea llevado a las mazmorras.

Que, a partir de ese momento, sea alimentado solo con líquidos…

aderezados con ruda. Que beba de su propio veneno, hasta que muera.

Solo así consideraré vengada la muerte de mis dos hijos.

Un silencio sepulcral se hizo a su alrededor, roto tan solo por los lamentos de los heridos y los gritos de los prisioneros. Duntrune regresaba a sus dueños legítimos, pero el coste en vidas había sido demasiado alto.

Comenzando por las que ella había albergado en su vientre.

—Que así sea.

La voz de Alasdair tras ella la sacó de su estupor. De pronto, mientras dos hombres se llevaron a Lachlan a rastras para cumplir con su mandato, las piernas comenzaron a flaquearle. Se giró para ver a su hermano. Para comprobar que, en efecto, estaba vivo.

Lloró y rio al mismo tiempo, incapaz de pronunciar una sola palabra, cuando se abrazó a él con fuerza. Fue el único modo que se le ocurrió de dar salida a toda la angustia que la había atormentado…

—¡No lo entiendo! —fue lo que murmuró, con la cara pegada al peto sucio de su hermano—. ¡Todo este tiempo estabas vivo y, sin embargo…!

—Muerto en vida, querida hermana. Pero el fantasma del castillo me curó.

—El fantasma…

—Ya te lo presentaré. Y te lo explicaremos todo. Cuando te encargues de tu esposo, antes de que me derrumbe bajo su peso.

Solo entonces Eithne se dio cuenta de que su hermano se había apartado de ella para sostener a Rurik, con la ayuda inestimable de Erling. Sus ojos volaron hacia la herida de la que manaba sangre.

—Oh, santo cielo…

Aprovechando que lo sostenían dos hombres tan robustos como él, se inclinó a examinarla. Después, soltó un suspiro de alivio.

—Es profunda, pero no grave. No tendré problema en cosértela, vikingo —afirmó con severidad.

—Escuchándote, cualquiera podría pensar que lo que quieres de verdad es despedazarme…

—¡Ya lo creo que sí! —Eithne tomó una prudente distancia y puso los brazos en jarras.

Así, al menos, podría controlar el temblor que la sacudía de pies a cabeza mientras desafiaba su autoridad delante de sus guerreros y sus aliados, que observaban la escena entre intrigados y divertidos—.

Mis señores Gunnar, Hauksson, MacSween, Lamont…

Tanto mi hermano como yo os estaremos agradecidos de por vida por vuestra colaboración.

—Sois afortunados. Tenéis todo su agradecimiento. Yo recibiré otra cosa, a juzgar por cómo le brillan esos preciosos ojos suyos…

—¡No intentes engatusarme con palabras bonitas, porque sabes que no lo lograrás!

—Como por arte de magia, todos los demás desaparecieron de su mente para centrarse solo en su esposo, que la miraba con una ceja alzada y una mano presionando la herida—.

¿Cómo te has atrevido a venir hasta aquí, desafiando ya no a las fuerzas de Lachlan, sino a las de la naturaleza? ¡Pudiste morir en el estrecho!

—Supongo que yo podría recriminarte lo mismo, esposa —respondió él con la voz queda—. Junto con otros detalles sin importancia, como, por ejemplo, el hecho de que te marcharas sin una sola explicación, arriesgándote a que pensara que volvías a rechazarme…

—Esto se pone interesante, Eirik —murmuró Gunnar con una sonrisa cómplice dirigida a su sobrino, que asintió.

—Me recuerda cierto momento con Freydis que… —añadió Caelen, pero ante la mirada furiosa de Eithne, decidió callar—. Lamont, creo que deberíamos retirarnos con nuestros hombres, antes de que el señor de Jura pierda los estribos y nos ofrezca un espectáculo, como mínimo, dudoso.

—Os doy la razón, señores —afirmó Alasdair—. Yo lo haría con vosotros, si no fuera porque tengo que sostener a una de las partes…

—¿Vas a seguir hostigándome delante de los hombres que han luchado por los MacSorley?

¿Vas a seguir recriminándome que, a pesar de todo, haya acudido a por ti?

—El tono de voz de Rurik seguía siendo suave, aunque su mirada decía todo lo contrario—.

¿Vas a romper nuestro compromiso de un año y un día, antes de que este termine, dejándome en ridículo en este preciso instante, escocesa?

—¡No! No —repitió más calmada. Y más consciente de que eso era precisamente lo que estaba haciendo.

Inspiró hondo, hasta que parte de su furia remitió, y examinó con más detalle el aspecto de su esposo.

Sucio, ensangrentado, herido, pero tan digno como su cargo exigía, a pesar de apoyarse en Alasdair y Erling—.

Pero no sé a qué atenerme contigo, vikingo —añadió—.

Y quiero aclararlo. Aquí y ahora. Con testigos o sin ellos, me es indiferente.

—¿Estamos negociando?

—Tómalo como gustes.

Los murmullos que se oían a su alrededor cesaron. Rurik lanzó una mirada a su alrededor. Por un momento, Eithne pensó que ordenaría que los dejaran solos, pero él apartó los brazos de los hombros de los hombres sobre los que se apoyaba y lanzó un gruñido.

—¿Es que no veis lo que voy a hacer, mastuerzos? —refunfuñó—. ¡Quiero arrodillarme delante de ella como es debido! ¿No podéis ayudarme, en lugar de quedaros ahí como pasmarotes?

Erling y Alasdair intercambiaron una sonrisa.

—Claro, amigo, cómo no —afirmaron, antes de presionarlo sin ningún cuidado, hasta que estuvo a sus pies.

Rurik carraspeó y tomó la helada mano de Eithne entre las suyas.

—Las palabras y yo solemos ponernos la zancadilla, ya lo sabes. Siempre he sido más de hechos —empezó—. Cuando supe que te habías ido, confieso que temí que te hubieras arrepentido de nuestro matrimonio para acudir de buen grado a los brazos de Lachlan.

—Si piensas eso, es que no me conoces en absoluto. ¡Soy una mujer capaz de reconocer sus errores, aunque miles de oídos me estén escuchando! ¡Cometí uno muy grave con Sorcha…!

—Yo también, aunque lo enmendé. O eso creo.

Era una respuesta inesperada, pero ella se sobrepuso enseguida a la sorpresa y continuó con su ataque y defensa.

—¡Marsaili fue la que orquestó cada una de las trabas que estuvieron a punto de acabar con nosotros!

¡Era aliada de Lachlan, y una persona muy inteligente!

—El detalle de que compartían padre se lo guardó para sí—.

¡Me dejó una nota haciéndose pasar por ti, donde me citabas junto a la tumba de Lillias!

—Y tú acudiste, claro.

—¿Qué otra cosa iba a hacer? ¡Aquel día desperté sola, casi a media tarde! ¡Quería hablar contigo, así que sí, acudí a la supuesta cita! ¡Ella me sorprendió, me ató a un árbol y me mantuvo allí horas, mientras me contaba su historia! ¡Y cuando se dispuso a cortarme el cuello, Sorcha me salvó!

—La heroína de Jura.

—¡Oh, eres…!

Quiso apartarse, tan furiosa que temblaba de arriba abajo, pero él no la dejó. Y la súplica que vio en sus ojos la empujó a permanecer donde estaba.

—Admiro tu valor, igual que el suyo. Pero los celos pueden privar de juicio a un hombre, y yo los sufrí en su momento.

Cúlpame de eso, no de correr a tu lado con la intención de sacarte de la ratonera en la que te habías metido.

No me recrimines intentar salvarte, cuando tú pretendías lo mismo conmigo, ayudada por lady Sorcha.

Te juro que cuando te vi, a punto de ofrecerte a ese malnacido, tuve ganas de estrangularte.

Pero ahora mismo, herido y desfallecido, solo puedo agradecerte que me hayas salvado la vida, kàlfrinn .

Sin tu providencial flecha, es probable que ya estuviera en el Valhalla.

—Hizo una pausa para tomar aire. La mano que sostenía las de ella se cerró con más fuerza, como si aún tuviera miedo de que se marchara antes de escucharlo—.

Por eso, tengo que decirte que... te quiero, Eithne.

Te quiero a ti, no a ninguna idea de ti.

Amo tu vehemencia, tu arrojo y también tu cobardía, porque, al final, no es muy diferente de la mía.

—Rurik, tú no...

—Por favor, déjame terminar o nunca lo lograré —le rogó—.

Durante mucho tiempo me creí enamorado de Freydis, pero en cuanto te conocí, conocí también las diferencias de ambos sentimientos.

Me absorbiste por completo, y no solo por tu facilidad para crearme problemas, sino por tu don para solucionarlos.

Me enseñaste que esconder la cabeza también es una opción cuando te quedas sin más caminos, siempre que pienses en levantarla a la mínima ocasión.

Tú lo hiciste. Conmigo o sin mí, lo hubieras hecho de igual manera.

—Rurik...

—Soy un hombre del norte. He peleado por mi rey, por mi estirpe, por unos compañeros que siempre fueron mucho más que eso, porque me los impusieron.

Por Freydis. Pero, sin darme cuenta, comencé a hacerlo por ti.

Porque te amo, Eithne MacSorley. Con todo mi cuerpo, si lo deseas.

Con todo mi corazón, si confías en él. Con toda mi alma, si la reclamas para ti.

Acababa de admitir que había amado a lady Freydis, al mismo tiempo que reconocía su amor por ella, delante de todo el que quisiera escucharlo. Pálido y débil, seguía arrodillado ante ella, esperando una respuesta.

Eithne cayó frente a él, tan emocionada que apenas pudo enmarcar su rostro barbudo entre las manos para llenarlo de besos.

—Has tardado demasiado, vikingo —lo regañó con suavidad—.

Todo este tiempo, yo luché contra lo que me hacías sentir porque representabas el final de todo lo predecible y ordenado en mi vida, después de que Lachlan la hubiera puesto patas arriba.

Pero también hiciste que me sintiera viva.

Borraste todo lo que yo esperaba, todas mis pretensiones, toda la mediocridad con la que me fui de mi hogar.

Me mostraste lo vacía que era mi vida hasta entonces, sin ti.

Lo falsos que eran mis valores. Lo poco que me quería a mí misma.

—Conseguiste todo lo que te merecías en mi fortaleza.

—Me sentía plena, pero me revolví contra ese sentimiento.

Podría haberme quedado contigo allí, feliz para siempre.

Porque allí lo compartimos todo. La verdad, el dolor, la realidad.

Tienes un temperamento peligroso, eres muy testarudo y aún más orgulloso —murmuró, de nuevo entre lágrimas de alegría—.

Pero también reconoces tus errores en privado, eres directo, leal, amable y sensible conmigo...

No creo que quieras una esposa que tenga miedo de ser todo eso también.

—Mi amor por Freydis fue muy especial —le dijo Rurik, cuando consiguió que su voz dejara de temblar y pudo apretarla contra él—.

Tanto como solo pueden serlo la juventud robada, la inocencia perdida y el primer beso.

Pero mi amor por ti es el de un hombre, Eithne.

El que dejó atrás algo intangible que nunca fue correspondido, y que nunca fue amor.

Eres parte de mí. Nadie, guerrera o no, escocesa o no, logrará que cambie lo que siento por ti.

Ninguna guerra ni ningún fantasma se interpondrán jamás entre nosotros.

Supongo que el precio de querer tan profundamente es que un día toca aprender a despedirse.

—No tendrás que hacerlo…

Rurik se puso en pie a duras penas, sin ayuda, y logró encerrarla entre sus brazos. Antes de que Eithne pudiera protestar, selló sus débiles palabras con un beso inolvidable que levantó los silbidos y los aplausos de todos los que contemplaban la escena.

Aunque ellos ni siquiera los escucharon. Entrelazaron la fuerza de sus miradas, creando un muro a su alrededor. Después, él limpió sus lágrimas con la mano que aún se hallaba manchada de sangre y se las arregló para sonreír.

—Aunque fuera así, mi pequeña cervatilla, volvería a elegirte —murmuró—. A ti y solo a ti. Una y mil veces. Pero para que pueda cumplir mi promesa… ¿Te importaría llevarme a algún sitio donde curarme?