55
Duntrune Castle
—Eithne MacSorley está casada conmigo.
Rurik observó el efecto de su declaración en cada uno de los presentes antes de mirar a Eithne, aunque fuera de reojo.
Parecía encontrarse en perfecto estado de salud. Dispuesta a sacrificarse por lo que consideraba un bien mayor. Sin tenerlo en cuenta.
Durante un instante, permitió que su furia se apoderara de él. Después, cuando recibió la mirada emocionada que ella le dirigió, solo pudo rezar para que mantuviera la compostura, al menos el tiempo necesario hasta que el cuerno de guerra sonara y la batalla comenzase.
Había empleado toda su capacidad de concentración y sangre fría en organizar hasta el más mínimo detalle, con el apoyo de los otros jefes que habían acudido a su llamada, después de permitir que Sorcha regresara a su tierra. Un alarde de confianza que podría costarle caro...
La gente de Jura se había hecho con el control de las salidas por mar, mientras Hauksson, su tío, MacSween y Lamont hacían lo propio por tierra.
Tenían órdenes estrictas de atacar si él tardaba en salir. No había encontrado grandes obstáculos para penetrar en la fortaleza. La mitad de los guerreros eran fieles a Alasdair, y la otra mitad no habían ofrecido resistencia a su espada y a la de Erling.
Después del desconcierto inicial, se hizo el silencio entre los miembros del Consejo, mientras Lachlan exhibía su sonrisa más escalofriante.
—Bienvenido a mis dominios, vikingo. Después de tanto tiempo, es agradable comprobar que mi mayor enemigo se encuentra en perfecto estado de salud. De ese modo, mi victoria será más justa y aplastante.
—¿Del mismo modo que venciste cuando perdiste el ojo, De Grey?
Un murmullo de estupor recorrió a los ancianos del Consejo. Lachlan palideció, pero en un segundo su rostro se deformó por la rabia cuando desenvainó su espada.
—¡Llegas tarde, vikingo! —vociferó, avanzando un paso mientras los guardias del salón desenfundaban sus armas—. ¡Este castillo es mío! ¡Ni saldrás vivo, ni saldrás con ella!
—Compruebo con agrado que sigues pecando de confiado —replicó Rurik con una sonrisa amarga y despiadada.
Antes de que Lachlan pudiera dar la orden de ataque, los ventanales altos del salón temblaron.
Un ruido atronador retumbó desde fuera, seguido por el sonido inequívoco de los cuernos de guerra nórdicos resonando en la bahía.
En ese mismo instante, desde el pasadizo inferior del castillo, estalló el clamor de la rebelión interna.
La voz de Alasdair y el metal de los hombres leales a los MacSorley que irrumpían en el patio de armas se dejaron oír.
—Alasdair…
Fue lo último que Rurik pudo escuchar por boca de Eithne, antes de que el caos se apoderara del Gran Salón.
—¡Matadlos! ¡Matadlos a todos! —aulló Lachlan, desencajado.
En ese momento apareció Erling. Se lanzó hacia adelante derribando a los primeros mercenarios que intentaron cortarles el paso, para abrir un pasillo de sangre entre el desorden.
Rurik no apartó los ojos de Lachlan, pero la masa de guardias que se interpuso entre ambos y la marea de combatientes que empujaba hacia las puertas los arrastró en el tumulto hacia la salida.
La confrontación verbal saltó por los aires: el salón se convirtió en una trampa de acero y, en cuestión de segundos, la disputa personal de dos hombres se volcó hacia el patio de armas, inundando Duntrune con los sonidos y los olores de la batalla.
Rurik intentó por todos los medios mantener a Eithne con él, pero si permanecía un segundo más en el Gran Salón, Lachlan se le escaparía, tal vez para siempre.
—¡Eithne, no! —Intentó retenerla junto a él, pero se le escapó y se escurrió entre los confundidos miembros del Consejo, que intentaban ponerse a cubierto, hasta recuperar su arco y su carcaj—. ¡No lo hagas!
Un golpe en su cabeza lo dejó aturdido. Tambaleante, se apoyó contra la pared y parpadeó para aclarar la vista.
Fue entonces cuando sus ojos conectaron con los de su esposa.
«¡Ponte a cubierto! ¡Ahora!», le gritó en silencio.
No había ni rastro de reproche, sino la misma determinación feroz que lo había llevado hasta ella, con la frialdad de un estratega nato y la entrega de un guerrero de la Estirpe del Halcón.
Estaba dispuesto a protegerla a cualquier precio.
Ella recibió el mensaje. Y en lugar de obedecer como una buena esposa, asintió, como si así confirmara que estaba lista para luchar a su lado, justo antes de buscar cobijo tras los pesados pilares de piedra del salón.
Rurik contempló boquiabierto cómo, desde allí, utilizó su posición para obstaculizar a los guardias que intentaron cerrar las salidas y bloqueó el paso al que custodiaba la puerta de acceso a los pasadizos inferiores que conocía a la perfección.
Ella sola. Facilitando que, de pronto, un nutrido grupo de guerreros, comandados por Tavish y un joven al que los dos reconocieron al mismo tiempo, irrumpiera desde las entrañas del castillo.
—Alasdair… —murmuró, atónito.
—¡Alasdair!
El grito de Eithne lo hizo reaccionar. Empuñó la espada dispuesto a impedir que la sorpresa y la alegría por la aparición de su hermano con vida terminaran con la de su esposa, pero Erling lo detuvo en seco.
—¡Rurik, allí!
Entre el tumulto de cuerpos entrelazados, luchando y cayendo, distinguió el de Lachlan, que montaba en un caballo cualquiera con la clara intención de irse.
Salía huyendo, como el cobarde que era. Incluso alguien como él veía la tremenda desventaja en la que se encontraba.
Caelen MacSween, junto con Eirik Hauksson, Gunnar y el joven Alasdair, estaban consiguiendo acorralar a los efectivos del usurpador.
Sin duda Lachlan pretendía escapar hasta la costa.
«Ve a por él. Yo estoy bien».
Recibió el mensaje de los ojos de su kàlfrinn un segundo antes de que la viera desaparecer escaleras arriba. Todo él se vio impulsado a ir tras ella, pero recurrió a los últimos rastros de sangre fría que le quedaban.
Podría protegerla en aquel momento. Pero si no acababa con Lachlan, la amenaza seguiría.
Cuando giró la cabeza y vio los intentos de su enemigo por escapar, no pudo por menos que sonreír como un lobo al acecho.
—¡Toma! ¡Ve tras él antes de que sea demasiado tarde!
Se encontró con las riendas de Aska en la mano.
Montó y azuzó al caballo, que pisoteó a todo aquel que intentó ponerse en su camino.
La fuerza descomunal de su brazo manejó la espada para cercenar los cuerpos de los pocos que salieron ilesos y pretendieron detenerlo, y lanzó un grito de guerra tan antiguo y salvaje como sus ancestros.
Sus hombres, junto con los pocos que habían acompañado a Alasdair por la parte trasera de la fortaleza, salieron para encontrarse cara a cara con sus enemigos, en el mismo instante en el que él cortaba la retirada de Lachlan.
—¿Ibas a alguna parte, De Grey? —le preguntó con socarronería—. Te advierto que no he venido hasta aquí solo para recuperar a mi mujer.
—¿Tu mujer? ¡Ja! ¡Nunca has sabido conservar a tus mujeres, vikingo!
—Se apeó de su montura y lanzó un mandoble dirigido a sus piernas con tanta rapidez que Rurik apenas tuvo tiempo de hacer otro tanto, para defenderse y alejar a Aska de la batalla—.
¡Lillias nunca fue tuya, igual que su hijo o Eithne!
¡Estás destinado a abandonar este mundo en completa soledad!
¿De qué demonios estaba hablando?
Dudó apenas un instante. Suficiente para que la ofensiva de Lachlan se recrudeciera. Levantó su enorme espada dispuesto a partirle en dos, pero la providencial hacha de Erling detuvo el ataque.
—De nada, amigo —le dijo, guiñándole un ojo para seguir luchando como un auténtico demonio del norte.
No intervino en su lucha particular contra De Grey, pero frenó él solo a las oleadas de soldados que acudían en defensa de su líder. Le despejó el camino, creando un muro infranqueable con su hacha y su espada. Los dejó aislados.
Tal y como él esperaba.
—¿No preguntas por qué he dicho lo que acabas de escuchar? —le preguntó Lachlan, mientras comenzaba a caminar en círculos, sin perderlo de vista—. ¿No quieres saber a quién amaba realmente Lillias? ¿Quién era el verdadero padre de su hijo? ¡Yo y solo yo!
—Mientes, maldita serpiente…
—Ella acudió virgen a tu cama la noche de bodas.
Pero yo disfruté de su cuerpo más tarde, mientras ella me aceptaba a la fuerza.
Fue entonces cuando quedó encinta. ¡La criatura que permanece enterrada con ella es mía, no tuya!
—Con un rugido de rabia, lanzó una estocada mortal con la intención de partirlo por la mitad, pero Rurik lo esquivó con agilidad—.
¡Prefería mi compañía a la tuya! ¡Incluso me citó en el monasterio, la noche antes de su muerte!
Lo que estaba escuchando era demasiado aberrante para ser cierto.
Incesto, en el mejor de los casos. En el peor, una mujer violada por su propio hermano, que había callado las horribles consecuencias en la esperanza de que su hijo naciera en el seno de una familia convencional. Aunque tuviera por padre a un vikingo desarraigado.
Aquel monstruo que no dejaba de examinarlo, buscando su punto débil para apuntillarlo, había destruido la vida de dos mujeres, y no pretendía detenerse ahí.
—No lo permitiré —murmuró entre dientes—. ¡No lo permitiré!
Se lanzó a una ofensiva mortal con la espada elevada sobre su propia cabeza, sujeta con ambas manos. Lachlan no se esperó el movimiento y consiguió herirlo en un brazo, pero aun con la visión de un único ojo, consiguió retroceder para repeler los siguientes movimientos.
Rurik no se detuvo. A cada paso veía el hermoso rostro de Lillias, asegurándole que lo amaba, mientras le ocultaba un secreto retorcido y oscuro. El de Eithne, pálida, mientras la vida se escapaba entre sus piernas…
Giró sobre sí mismo con la hoja en horizontal y alcanzó el muslo de su oponente. Lo oyó gritar, pero supo que no sería suficiente.
Quería su cabeza, y la tendría.
De pronto el combate comenzó a inclinarse a su favor. El placer que experimentaba al percibir en sus manos la empuñadura de su espada goteando sangre, era casi sexual.
Se sentía vivo, enérgico. Los deseos que fluían desde lo más oscuro de su alma le hacían sentir capaz de todo, de realizar cualquier hazaña. Vencer cualquier obstáculo, superar cualquier amenaza que se interpusiera entre él y su destino.
Tuvo ganas de echar la cabeza atrás y desafiar a gritos a los hados que aseguraban saber cómo gobernar su futuro.
Tuvo ganas de proclamar a voces su triunfo sobre los demonios que le habían acosado durante tanto tiempo. Que habían asomado sus malditas cabezas una y otra vez para burlarse de él. Para atormentarlo con pensamientos de odio y venganza.
Por los años que había vagado sin objeto alguno, luchando y matando en nombre de causas erróneas. Por un pasado vendido antes de poder ser disfrutado. Pero, sobre todo, por aquella criatura del averno que pretendía seguir defendiéndose de sus golpes, mientras se mantenía en pie a duras penas.
Debía continuar. Hasta la muerte, si era preciso.
Con un escalofriante grito de guerra, lo embistió como un toro furioso. El hombro impactó contra su vientre, dejándolo sin respiración por unos segundos preciosos.
—Es posible que lo que me hayas contado sea cierto —murmuró, agotado por el esfuerzo—. O que sean un puñado de palabras destinadas a distraerme. No importa, De Grey. He sobrevivido a la travesía que me ha traído hasta aquí con un solo propósito: acabar contigo de una vez y para siempre.
Lo tenía a su merced. Renqueante por la herida de la pierna y débil, pero aún armado.
Era su momento, pero alguien le propinó un golpe por la espalda y le hizo caer al suelo.
Su arma salió disparada lejos de él. Cuando intentó recuperarla, Lachlan lanzó su espada contra él.
Gracias a su movimiento de última hora, solo consiguió rasgar su costado, pero fue suficiente para que su propia arma quedara lejos de su alcance.
Y él, a merced de su enemigo.
—Vaya, vikingo. Parece que las tornas han cambiado —murmuró, amenazando su garganta—. Puede que este sea mi final, pero te arrastraré conmigo, aunque sea lo último que haga.