54 #2
—Tú te habías encargado de mis hijos mejor que mi esposo.
Y yo… —Su mano derecha se alzó poco a poco, hasta que Tavish pudo distinguir el muñón informe en el que se había convertido—.
¡Me convertí en un monstruo! Hubiera muerto de mil formas distintas antes que obligarte a tolerar mi presencia.
Alasdair y Eithne tampoco la hubieran soportado.
Ellos estaban destinados a algo más grande, ¿recuerdas? Ese fue nuestro trato.
—Nuestro trato fue que ocultarías a Niall la paternidad de nuestros hijos —replicó con desesperación—.
Que él asumiría esa paternidad, porque de ese modo Alasdair sería laird , y Eithne aspiraría a algo mucho más alto que llevando mi apellido.
Que podría hacerme cargo de ellos como su preceptor, y así siempre mantendría el contacto…
—Yo amaba a Niall, siempre lo supiste. —Blair inclinó tanto la cabeza que él apenas pudo escucharla—. Pero también te amaba a ti. Fui egoísta. Incapaz de renunciar a ninguno de los dos. Pero jamás pretendí haceros daño con mi conducta.
—Lo hiciste. A él. A mí.
Casi se derrumbó al recordar el dolor que lo había atravesado el día que le dijeron que ella había muerto en aquel incendio.
El pundonor que tuvo que exhibir en su entierro, ocultando lo que de verdad sentía por ella.
Manteniéndose en un segundo plano, cuando todo en él le empujaba a gritar que aquellos dos niños eran suyos.
—Entonces no hay nadie enterrado en tu… tumba —afirmó, tan aturdido que ni siquiera fue consciente de lo que estaba diciendo.
—Morgana me dijo que, cuando Niall encontró un cadáver carbonizado, dio por supuesto que era yo. En realidad se trataba de una sirvienta. Es ella quien ocupa esa tumba.
Después hubo un largo silencio entre los dos. Poco a poco, el escocés fue aceptando que aquello era real. Que la mujer de su vida estaba viva y había decidido aparecer justo en ese momento. Justo…
—¿Por qué ahora? —preguntó, con la garganta tan seca como los ojos fijos en cada detalle de ella, ya que no se atrevía a tocarla por miedo a que se volatilizase—.
Lachlan de Grey ha tomado Duntrune hace mucho tiempo.
Eithne lo ha pasado lejos de su tierra, yo la seguí en un intento torpe de protegerla, y Alasdair…
—Lachlan de Grey debía dar su verdadera cara para poder luchar contra él, como así ha sido, pero siempre lo he mantenido vigilado.
Incluso he podido dejarme ver, solo para comprobar el terror que lo dominaba cada vez que pensaba que el fantasma había decidido hacer acto de presencia.
Sé que Eithne se marchó, pero ha sobrevivido gracias a ti.
—Gracias a sí misma —la corrigió él, mucho más seguro y menos temeroso a medida que sus ideas comenzaban a aclararse —. Ha pasado un verdadero infierno, para al final repetirlo junto a un hombre que detesta, y que la matará en vida.
Blair inclinó la cabeza hacia el exterior de las mazmorras, donde comenzaban a escucharse los primeros gritos de alarma provenientes de los vigías.
—Ya vienen. Su esposo vikingo y sus aliados se encargarán de que eso no suceda, no debes temer —le aseguró, con esa sonrisa que en su día le había paralizado el corazón, y que todavía lograba hacerle dudar incluso de sí mismo—. En cuanto a Alasdair… Este también es su momento.
—¿De qué hablas, mujer?
Por toda respuesta, ella rebuscó entre las llaves que llevaba en su mano sana hasta encontrar la que abría sus grilletes.
Cuando lo liberó, le hizo una seña para que la siguiera en completo silencio.
Tavish no titubeó ni un segundo. Si el destino le concedía aquella inesperada segunda oportunidad, no pensaba desaprovecharla.
Con demasiada agilidad para tratarse de una persona impedida por el fuego, Blair tomó la antorcha encendida y atravesó el corredor echando alguna que otra mirada por encima de su hombro, como para asegurarse de que él la seguía, hasta internarse en la cueva de uno de los pasadizos que conectaban las mazmorras con el interior de la fortaleza.
Se hizo a un lado para que él pudiera entrar, y alumbró con la antorcha el interior.
Alasdair permanecía de pie en toda su imponente estatura, como si no hubiera sufrido unas heridas que a punto habían estado de acabar con él. Vestía como el mismísimo señor de la guerra y rezumaba fuerza, vitalidad. Decisión. El don de mando de un jefe incuestionable.
Justo lo que él era.
—Tavish… —le oyó murmurar con la voz ronca por la emoción.
Aunque eso no fue nada en comparación con lo que escuchó después.
—Sí, Alasdair, es Tavish —afirmó Blair, sonriendo satisfecha—. Tu verdadero padre, hijo mío. Tuyo y de Eithne. Ha llegado para ayudarte a recuperar lo que siempre fue tuyo. Vuestro. Porque, a pesar de que lleváis su sangre en las venas, es el apellido MacSorley el que siempre reivindicaréis.
La mano de Alasdair se quedó inmóvil alrededor de la empuñadura de su espada.
Sus ojos, clavados en los de Tavish, como si su madre no estuviera presente, no expresaban emoción alguna.
Tenía la mandíbula tan rígida como el resto de su cuerpo, mientras el escocés contenía la respiración, pero el joven no reaccionó como él esperaba.
Parpadeó muy deprisa, como si quisiera despertar de un sueño, y, poco a poco, una pequeña sonrisa le curvó los labios.
—Siempre supe que nuestra relación era especial, maestro —dijo—. Ahora entiendo por qué.
—¿Entonces…?
—Entonces, De Grey, tendrás que hacer honor a nuestro parentesco.
Ahí afuera hay unos hombres que siempre han sido nuestros, que han renegado de la autoridad de Lachlan y que esperan a ser comandados, junto a nuestros aliados, si me fío de la información de madre.
Todos liberaremos Duntrune del yugo que nos tiene aprisionados.
—Con una naturalidad pasmosa, besó la frente de Blair y se encaminó a la salida—.
Y a Eithne. Sobre todo a Eithne —añadió, esperando que, una vez más, Tavish lo siguiera.