Hijos del invierno (La estirpe del halcón 3) 54
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—Mi señor, contáis con el apoyo total de Eirik Hauksson y su tío Gunnar, así como con el del laird Caelen MacSween…

Rurik no siguió escuchando al mensajero que él mismo había enviado tiempo atrás, y que al fin volvía con las noticias esperadas.

Ni siquiera parecía centrado en los apresurados preparativos que había ordenado para emprender viaje a Duntrune.

Solo una cosa ocupaba su cabeza: Eithne se había ido.

Había vuelto con Lachlan. Eso le había contado Sorcha, en un alarde de valentía al presentarse ante él para delatar, en compañía de Lorna, a la verdadera culpable de sus desdichas más recientes.

Solo empleó un momento en acompañar a ambas mujeres hasta la tumba de Lillias, para comprobar que un poco más allá se hallaba el cadáver de Marsaili, con el colgante de Eithne.

—Iré con vos. Me aseguraré de que contáis con la lealtad de los míos —afirmó—. Y cuando hayáis recuperado Duntrune para Eithne, ella misma corroborará mi historia.

Decidió otorgar el beneficio de la duda a esa escocesa que ignoró por completo a Erling, para centrarse en él y en su viaje inminente.

Intentó con todas sus fuerzas mantener la cabeza fría mientras trenzaba su cabello y tomaba sus armas, que antes había extendido sobre el fuego del Gran Salón para bendecirlas.

Después, compartió un trago de hidromiel con todos los que lo acompañarían, y salió al exterior, ataviado con el gambesón bajo su cota de malla y el yelmo en la mano.

—Las tropas de todos ellos ya marchan hacia Duntrune, pero permanecerán a una distancia segura hasta que vos y vuestros guerreros os unáis a ellos y deis la orden de atacar —continuó el emisario, siguiendo sus pasos—. Solo vos tenéis el mando de la operación, mi señor.

—Rurik, reacciona o la perderás antes de intentar siquiera encontrarla.

—Erling se interpuso en su camino para evitar que siguiera avanzando como si tal cosa—.

¡Vuelve de dondequiera que estés! ¡Ni siquiera te atrevas a pensar que ella te ha abandonado!

¡Y si lo ha hecho, ha sido por lealtad a nosotros! ¡A ti!

—La lealtad y la estupidez son dos cosas distintas. Y ella ha demostrado ser muy estúpida arrojándose a los brazos de De Grey. Tanto si lo ha hecho de buen grado, como si su intención ha sido huir de mí.

Siguió cargando a Aska con todo lo que necesitaría para el viaje, con el estómago estrangulado ante cualquiera de las dos posibilidades, pero antes de que pudiera montar para dar la orden de partida, Erling le dio un inesperado puñetazo que lo tumbó de espaldas.

—Te lo debía. Y te lo mereces —le advirtió, con un gesto tan amenazante como el suyo—. Si quieres perder el tiempo peleando, adelante. Pero no voy a consentir que faltes al respeto a la mujer a la que amas, solo porque piensas que te ha dejado por otro.

—¡A estas alturas, ella puede estar muerta!

—¿Y crees que eso es razón suficiente para lamentarte como una criatura de pecho? ¡Si haces eso, es que has olvidado quién eres! ¡De dónde procede la sangre que corre por tus venas!

—Lo recuerdo tanto, o tan poco, como el resto —replicó Rurik con voz de hielo.

—Entonces es que te has perdido en algún punto del camino.

Porque no eres un hombre del norte. ¡No eres el mismo que no dudaba a la hora de seguir a rajatabla las directrices de la estirpe con mano de hierro!

¡Ni el mismo que las desafió al enamorarse de Freydis! ¡Eithne merece al menos el mismo honor!

Todavía tenía la mandíbula dolorida cuando se puso en pie y lo fulminó con una mirada oscura. Cualquier cosa antes de darle la razón.

Freydis.

Tenía que esforzarse para recordar su rostro, y cuando lo intentaba, era a Eithne a quien veía.

Bailando bajo las velas del Gran Salón el día de su enlace, o en el bosque, bañada por los rayos de sol a la orilla del río.

O mirándolo con los ojos llenos de magia, en el instante en que descubrió el éxtasis entre sus brazos.

Erling le había dicho que había llegado la hora de dejar que los fantasmas reposaran. Quizá tenía razón y el lugar de Eithne fuera Duntrune... Pero para dilucidarlo con garantías de que no cometería un error, debía prestar atención a su corazón.

Lo sentía latir contra su pecho, pidiendo ser escuchado.

Lo había mantenido prisionero tanto tiempo que era ahora cuando echaba de menos la calma, la ternura, la confianza que Eithne le había regalado, sin esperar nada a cambio.

Sí, había pasado sus días más aterradores en Escocia, pero también había encontrado la felicidad, si es que alguien podía llegar a ella. El sentido de las cosas...

Y el amor.

Amaba a su esposa, quisiera asumirlo o no. Pero el terror de perderla lo mantuvo rígido, incapaz de pensar en otra cosa distinta de su enemigo. O de lo que ocurriría con la estirpe.

Había intentado por todos los medios protegerla de sí mismo, sin lograrlo.

Ahora debía acudir a un destino desconocido, sin saber cómo la encontraría.

Montó en Aska, se aseguró de que todos los demás, incluida Sorcha, hacían lo mismo, y lanzó una mirada más allá de la puerta que se abría para ellos. Hacia la costa escarpada, con el mar embravecido que los esperaba.

—¡Somos hijos del norte! ¡Del frío! ¡De esas aguas que pueden terminar convirtiéndose en nuestra tumba! —gritó, recorriendo con la mirada a todo su pequeño ejército—. ¡Somos hijos del invierno! ¡Y como tales, arrasaremos con todo el que se interponga en nuestro camino, hasta conseguir nuestro fin!

Desenvainó su espada y la agitó por encima de su cabeza, en dirección hacia donde les esperaban los birlinns . Lanzó un alarido y se entregó a un galope casi suicida.

Estaban en manos de los dioses. Cristianos o no, se encomendarían a ellos. Aun así, una ola de odio, negra y corrosiva como la peor gangrena, subió hirviendo desde algún escondite de su alma. Le calentó la sangre y le provocó calambres en el vientre y los muslos.

—Lachlan de Grey, no volverás a hacerlo. Nunca más —juró entre dientes.

Tavish aceptó convertirse en prisionero solo por Eithne.

Se hubiera dejado desollar vivo si con eso la ayudaba a conseguir sus propósitos.

Arriesgados, desde luego. Más que temerarios, si pensaba en la frialdad con la que se los había expuesto, o en el peligro que habían corrido navegando hasta allí.

Inútiles, si el gran Rurik el Escocés malinterpretaba su ausencia y los perseguía, furioso.

Pero necesarios para que ella volviera a ser Eithne MacSorley.

Se arrepentía, por supuesto. Horas después, encerrado en aquella celda putrefacta, con tan solo el débil reflejo de una antorcha colgada en la pared como única iluminación, no paraba de preguntarse qué habría dictaminado el Consejo. Cómo habría reaccionado Eithne ante semejante presión…

—Tavish… ¿Eres tú, Tavish? ¿O es solo mi imaginación, dañada después de tanto tiempo de oscuridad?

El hombre se levantó de un salto a pesar de sus cadenas y achicó los ojos, en busca de la persona que había preguntado aquello con una dulzura tan conocida y tan añorada por él.

Demasiado tarde se dio cuenta de que había sido una jugarreta de su mente.

Estaba a punto de darse por vencido cuando sus ojos registraron un ligerísimo movimiento al otro lado de la puerta.

Una sombra apenas visible, que pareció deslizarse para después volver sobre sus pasos y privarle de aquel pequeño haz de luz que lo salvaba de la oscuridad más absoluta.

—Sí, Tavish, soy yo.

—No puede ser… —Empezó a temblar. Se pegó a la pared por instinto, pero seguía con la mirada fija en la sombra, que se quitó la capucha con la que cubría su cabeza para dejarse ver—. ¡Es imposible! ¡Estás muerta! ¡Tú… tú solo eres un fantasma!

—Eso dicen muchos. El fantasma de Duntrune Castle, me llaman.

Y si te soy sincera, llevo tanto tiempo nutriéndome de las sombras que he empezado a creérmelo.

Incluso a sacar más de una ventaja. —Dios.

La risa cristalina y queda que escuchó era bien terrenal…

Tavish se frotó los ojos, pero cuando volvió a mirar, la mujer comenzaba a maniobrar con un manojo de llaves—.

Oh, la humedad de los pasadizos me ha convertido en una inútil, con unos dedos que me duelen a cada movimiento.

Pero tranquilo. Los refuerzos están rodeando la fortaleza por los cuatro costados.

Podremos salvar a nuestros hijos antes de que Eithne se condene para siempre.

Cuando al fin la puerta cedió y el fantasma pareció flotar hacia él, Tavish se tragó un alarido de terror, que murió en su garganta cuando los rasgos de la cara de la mujer se hicieron más visibles.

Poco a poco, alzó una mano, esperando atravesar la visión que lo estaba torturando de esa manera, pero se encontró con la misma piel suave que lo había enamorado, con unas pocas arrugas añadidas por el paso del tiempo.

Aquellos ojos eran iguales a los de Eithne, como los rizos castaños que caían sueltos.

—Señor de los cielos, eres… —El resto de la frase quedó olvidada cuando se topó con la otra parte de su cara. Un amasijo de cicatrices que respetaban el párpado, pero que habían acabado con el resto—. Blair… Mi Blair…

—El incendio en las cocinas fue fortuito, nadie tuvo la culpa, Tavish.

—Blair inclinó la cabeza avergonzada, cuando percibió que él comenzaba a prestar más atención de la debida a su cicatriz—.

Me afectó al lado derecho de mi cuerpo. Apenas puedo moverlo.

Por eso parece que me deslizo, como un fantasma, en lugar de caminar.

Estuve al borde de la muerte, pero una aldeana de las tierras vecinas me encontró fuera de aquí y me salvó por pura humanidad, sin saber quién era yo.

Sin embargo, tardé en recuperarme lo bastante como para que Niall hubiera muerto cuando me atreví a regresar.

Y para entonces muchas cosas habían cambiado aquí.

—Nada cambió. Nada hubiera cambiado entre nosotros.