53
Duntrune Castle, días después
—No tenemos noticias de Jura. Y ese miserable escocés debería haber vuelto ya con alguna…
—El tiempo ha empeorado mucho, mi señor —murmuró el anciano más venerable del Consejo, encogido y debilitado ante él, igual que el resto de su círculo más cercano.
Habían sido víctimas de una crueldad implacable solo para conseguir unanimidad ante el hecho de partir hacia la isla para atacar al señor vikingo que la comandaba—.
Lo más probable es que haya perecido tragado por el mar.
—O que se haya burlado de mí y haya huido, en cuyo caso sé que jamás lo encontraré.
Lachlan dio un nuevo puñetazo sobre la mesa para desahogar una pequeña parte de su frustración. Después, dirigió su oscura mirada más allá del viejo, mientras maquinaba un nuevo plan a seguir.
Urgía encontrar una esposa de sangre MacSorley, noble, a la que unirse para aplastar cualquier intento de rebelión, antes de acometer empresas más grandes.
Necesitaba asegurarse la lealtad de todo guerrero reclutado para viajar a la isla. No podía perder el tiempo en vigilar su espalda, o el vikingo averiguaría lo que se proponía y ni siquiera contaría con el factor sorpresa.
—¿Habéis hecho lo que os he pedido? ¿Alguno de vosotros se ha molestado en encontrarme una novia a la altura de las circunstancias? —preguntó con aspereza, con la mano aferrando la empuñadura de su espada.
—Sí, mi señor. Hemos dedicado todos nuestros esfuerzos a buscarla, pero, excepto la joven Eithne MacSorley, no hay ninguna más disponible para acompañaros en Duntrune…
—¿Ninguna entre los MacSorley de Argyll?
—No, mi señor.
—¿Y entre los MacSorley de Lochaber?
—Cinco hijas, todas casadas con grandes señores escoceses, mi señor.
El puñetazo se volvió a repetir.
¡Maldición! Desde que se había deshecho de aquella campesina de Jura, no había vuelto a tener noticias de Marsaili. Ignoraba si Eithne había sobrevivido a sus intrigas o había muerto. Viajar en persona hasta allí para averiguarlo era un lujo que no se podía permitir.
Contaba con el beneplácito real a su cargo como laird de Duntrune. Con los efectivos suficientes para aplastar a Rurik el Escocés de una vez por todas. Con las ansias de venganza que lo llevarían a conseguir todos sus objetivos…
Pero le faltaba lo más importante: la fe ciega con la que aquellos hombres deberían seguirlo. La seguridad absoluta en que así sería.
Cerró los ojos con fuerza y siseó blasfemias que hubieran asustado al mismísimo Belcebú. Pero cuando los abrió, procuró mostrarse tan frío y calculador como siempre.
—Hay que encontrar una mujer que al menos reúna las características más importantes, viejo —afirmó, con una suavidad engañosa—. ¡Ahora!
—Mi señor…
Lachlan se giró hacia el sirviente que se había atrevido a interrumpirlo y aparecía en la puerta, tan compungido como parecía estar el miembro del Consejo.
—¡Más vale que tengas una razón de peso para molestarme, o tu cabeza aparecerá en una pica! —vociferó.
—Yo… Mil perdones, mi laird , pero hay una dama que desea hablar con vos.
—¡No estoy de humor para dama alguna, a no ser que se apellide MacSorley y venga dispuesta a casarse conmigo!
La cara aterrorizada del sirviente se iluminó de pronto con una sonrisa.
—¡Ah, mi laird , pero es que eso es precisamente lo que me ha dicho que quiere! —exclamó—. ¡Se trata de la joven lady Eithne, mi laird ! ¡Está en unas condiciones deplorables, pero lo primero que ha afirmado es que llega para contraer matrimonio con vos!
No perdió el tiempo en sospechar que podría tratarse de una argucia. Arrastró al pobre hombre con él escaleras abajo, sin detenerse hasta que salió al patio de armas.
Allí, en efecto, Eithne y Tavish de Moray lo esperaban.
Ella portaba un arco y su carcaj, pero no hizo ademán alguno de utilizarlo.
Más tarde ordenaría que la desposeyeran de todo lo que pudiera usar contra él. En ese momento, bastante tenía con asimilar que lo que veía no era ninguna alucinación.
Ella le aguantó la mirada mientras se cubría aún más con su capa y, sin tener en cuenta su palidez, su cansancio ni el frío que la paralizaba, se plantó delante de él con la dignidad de una reina.
—Primo —lo saludó.
—Prima —respondió él, lanzándole una mirada lasciva sin el menor disimulo—. Qué agradable sorpresa y cuánto tiempo desde la última vez que nos vimos…
—El suficiente como para haber perdido un hijo y un hermano por tu culpa.
—Minucias, si has decidido regresar al que siempre fue tu hogar. —Eithne entrecerró los párpados con furia. Bajo su capa, él pudo distinguir un temblor que acentuó su sonrisa—. Como ves, no te guardo rencor después de lo ocurrido entre nosotros.
—Soy yo quien debería guardártelo a ti. Pasé un infierno por tu causa, pero vengo dispuesta a impedir que ese infierno se extienda más allá de estas fronteras.
—Su mirada no expresaba emoción alguna cuando se inclinó ante él—.
Mi gente jamás confiará en ti, De Grey. A no ser que yo les induzca a esa confianza con nuestro casamiento.
—¿Eso es lo que has venido a ofrecerme, armada y con un hombre experimentado en el arte de la guerra como paladín?
—Tavish también maneja el arte de la diplomacia, como bien sabes.
Ya que veo que tu interés aumenta conforme hablamos, me gustaría seguir haciéndolo en un lugar más cálido y cómodo, si no tienes inconveniente —pidió Eithne con sequedad—.
Como puedes comprobar, llegamos cansados y sucios después de un largo viaje.
—Pero vivos, superando el temible estrecho que nos separa de Jura, y con la mente despejada, como también he comprobado —le replicó, con una sonrisa de suficiencia—.
Me entrevistaré contigo aquí, prima. De Moray no significa para mí más que un traidor que prefirió desaparecer antes que aceptar a su nuevo señor, como hicieron el resto de los miembros del Consejo.
—Está bien. Puedo exponerte mis condiciones aquí mismo, si es lo que deseas.
—¿Condiciones?
—Por supuesto. No pensarás que iba a ofrecerme a cambio de nada, ¿verdad?
Lachlan se mordió la lengua conteniendo una respuesta mordaz y frunció el ceño.
—Confieso que no esperaba menos de ti, después de lo sucedido entre nosotros, pero adelante. Habla —le dijo, contrariado—. Explícame a qué aspiras a cambio de tu supuesto sacrificio.
—No es supuesto, sino real.
—¿Tanto como tus verdaderas intenciones?
Eithne apretó los labios. Después de un instante de titubeo, arrojó a sus pies el arco y las flechas y abrió los brazos para que pudiera ver el interior de su capa. Su cuerpo vestía una túnica tan lujosa como la capa de piel con la que se guarecía del frío.
—Acabo de desprenderme de las únicas armas que poseo —declaró con serenidad—. Puedes comprobarlo por ti mismo, si así lo quieres.
—Después, en la intimidad. Ahora, prefiero atender al arma más afilada de todas: tu inteligencia.
No me creas tan tonto como para pensar que ignoro lo que puedes conseguir desde tu posición de esposa del nuevo laird , si accedo a ello —afirmó—.
Es posible que tengas intención de entregarte a mí, pero lo haces para salvar intereses más altos.
Los de tu vikingo, por ejemplo. Veo que no te ha seguido de cerca, como el perro que sin duda es.
A cambio, te has hecho acompañar por un hombre aparentemente inofensivo para que yo termine confiando en ti.
—No voy a negar un pasado al que tú mismo me empujaste.
Ni tampoco que espero ocupar el lugar que me corresponde en este presente —declaró Eithne—.
Junto a mi gente. Como la única MacSorley viva que todavía puede ostentar ese cargo.
Sin embargo, las ventajas que obtendrías a cambio son tan evidentes como mis intenciones.
Exijo libertad total para mí en Duntrune, con todo lo que eso implica, a cambio de un enlace que te procurará más adeptos de los que sin duda mereces.
Con tu palabra de que desistirás de atacar Jura, por supuesto.
Tuvo que contener la risa para mantener su aspecto de indiferencia. ¿Es que acaso no sabía que su palabra no valía nada? Siempre se había regido por la ley del más fuerte. Por sus propios intereses. Incluso con ella. Seguiría haciéndolo, ya que le había dejado aquella inesperada puerta abierta.
—Acepto tu ofrecimiento y tus condiciones, pero también deberá aceptarlo el Consejo en pleno, como bien sabes. Un Consejo en el que De Moray no participará. —A una señal suya, los dos guerreros se colocaron a ambos lados de Tavish—. A él le daré el trato dispensado a los traidores.
—¡No! —Eithne intentó recuperar sus armas, pero él la sujetó con facilidad por la cintura—. ¡Si lo matas, jamás me casaré contigo! ¡Y sin este matrimonio, nunca conseguirás de mi gente la lealtad que pretendes!
—Está bien. —Esperó a que dejara de patalear para ponerla de cara a él—. En consideración a ti, solo lo encerraré en las mazmorras hasta que la ceremonia se haya llevado a cabo.
—¡Dame tu maldita palabra de que así será!
Otra vez aquella molestia para su conciencia muerta…
Lachlan puso los ojos en blanco con expresión de fastidio y la soltó.
—Te la doy, si te sirve para comportarte como una mujer sumisa y complaciente ante mí y el Consejo, en lugar de como una fiera salvaje —concluyó.
En su mente ya comenzaba a perfilar el plan con el que arrasaría con Jura y con el maldito vikingo que había hecho de su vida un infierno. Recogió el arco y el carcaj y congregó a todo el Consejo, con la silenciosa compañía de Eithne, en el Gran Salón.
Dejó que los ancianos intervinieran. Que ella tuviera oportunidad de retractarse, o de defenderse. Y cuando comprobó que comenzaba a sentirse acorralada, se puso en pie, dispuesto a dar la estocada final con una simple pregunta:
—Querida lady Eithne, ¿aceptáis mi petición de mano? ¿Me aceptáis a mí como vuestro esposo?