52
Eithne tardó una eternidad en asimilar lo que había ocurrido.
Solo podía mantener sus ojos fijos en el mango del cuchillo utilizado por Sorcha, sobresaliendo de la nuca de Marsaili cuando su amiga, con un gemido de agonía, lo recuperó y corrió a cortar sus ligaduras.
—Reacciona. ¡Por Dios, Eithne, reacciona!
¡Eres mucho más fuerte que ella! ¡Más fuerte que yo!
Necesito que camines, porque yo me veo incapaz de hacerlo sola.
Que seas el hombro en el que apoyarme, porque ahora mismo solo me considero una asesina.
Necesito que me perdones, porque después de todas las penurias que has pasado, he sido incapaz de asegurarte mi inocencia.
Porque he caído en el peor de los pecados y he perdido mi honor y mi virtud a manos de un hombre que finalmente me ha rechazado…
—Se miró las manos empapadas en sangre, horrorizada, y cayó de rodillas delante de ella—.
Por favor, por favor, perdóname… Debí defenderme en el juicio al que me sometieron el laird y Tavish.
¡Sabía que si me iba, te dejaría sola con ella, y aun así callé para protegerme y proteger a Erling!
—¿Quieres decir que… sospechabas de ella?
—¡Desde el primer momento! ¡Pero tú parecías muy contenta con sus servicios y su compañía, y yo…! ¡Yo no tenía ninguna prueba que la incriminase, porque hablar hubiera supuesto delatarme y delatar a Erling!
Se derrumbó a sus pies. Enterró la cara en la tierra húmeda, en medio de un llanto tan desgarrador que Eithne descubrió que ella también lloraba. Que deseaba tanto otorgarle ese perdón como ser perdonada también.
—Sorcha, me has salvado la vida… ¡Me has salvado la vida!
—Sentía cómo la vitalidad volvía a correr por sus venas cuando la obligó a incorporarse para envolverla entre sus brazos con fuerza—.
¡Nunca podré agradecértelo lo suficiente!
No debo perdonarte, porque no hay nada que perdonar.
Al contrario, soy yo la que debo reconocer mis errores con humildad, esperando recuperar lo que tenía contigo, y que perdí por culpa de mi necedad.
—Eithne, no soy digna de tu gratitud. ¡Por mi causa, perdiste a tu pequeño!
—Fue Marsaili. Ella vertió ruda en los cuencos que tenías en tu habitación cuando acudí a hablar contigo, y descubrí el colgante. Sabía que ese encuentro se produciría, y quiso asegurarse de que conseguía su objetivo.
—Por eso yo me encontré mal después de nuestra discusión…
—murmuró Sorcha. Parpadeó confundida, pero no pareció aliviada por el descubrimiento—.
No importa. Tal vez, si yo hubiera intentado calmarte, no habríamos llegado a esos extremos.
Tú no te habrías alterado tanto, y la ruda hubiera tardado más en hacer efecto en tu cuerpo.
Pero todo fue tan rápido, y mi terquedad tan absurda…
Quiso apartarse, pero no la dejó. Le despejó la cara de los mechones de pelo que se le habían pegado a ella por las lágrimas, y la observó. Hasta ese momento no se había dado cuenta de lo demacrada que estaba. Del dolor que reflejaban sus ojos, y que iba mucho más allá de sus desavenencias mutuas.
Era una clase de dolor que ella conocía demasiado bien. Provenía del rechazo, del desengaño, del vértigo producido por el miedo al futuro.
—Pensarás que soy una cualquiera. Sobre todo, después de echarte en cara una conducta que yo estaba repitiendo —murmuró Sorcha, avergonzada—. ¡Pero es que no sabía cómo hacerte ver…! ¡Cómo conseguir que te alejaras de…!
—¿Mi hermana? —El corazón le aporreaba las sienes, la cabeza, el cuello.
Cada parte de sí, cuando volvió a apretar a su amiga contra su pecho, mientras elevaba una silenciosa plegaria de agradecimiento por haber abierto los ojos, aunque fuera a base de muerte y sufrimiento—.
No, lady Sorcha. Cometí el error de alejarme de ti, y ella hizo el resto.
—¿Acabas de llamarla hermana?
—Porque todo parece indicar que lo era. Compartíamos padre, pero nada más.
Una breve mirada de compasión se le escapó hacia el cadáver de Marsaili.
Quiso odiarla, pero no pudo. Por unos instantes, se preguntó cómo hubiera sido tenerla como hermana de verdad.
Aceptarla en el seno familiar como una MacSorley.
Sintió pena por la muchacha risueña que había conocido.
Nostalgia, al no haber compartido con ella más que la distante relación entre señora y sirvienta, antes de que desvelara su verdadera cara.
Después tomó el colgante de la runa que todavía llevaba al cuello dispuesta a recuperarlo, pero se lo pensó mejor.
—Has muerto por él. El único recuerdo de tu madre, que nuestro padre me entregó con el mismo fin. Justo es que vaya contigo adondequiera que tu alma esté ahora mismo —murmuró.
Entre Sorcha y ella la arrastraron a un rincón fuera del cementerio, al pie de un árbol cualquiera, y la cubrieron con hojas y piedras. Cuando terminaron, la noche ya era casi cerrada.
Y Eithne recordó el motivo que la había llevado allí.
—Rurik se preguntará dónde me he metido. Ven conmigo.
—Pero el laird aún piensa que soy la responsable de tu aborto, entre otras cosas. Si me ve de nuevo, no tendrá tanta piedad conmigo. Se enfurecerá tanto que ni siquiera te atenderá antes de dictar mi sentencia de muerte…
—Sorcha, escúchame.
—No, escúchame tú. Durante este tiempo, Lorna me ha dado cobijo en su casa.
A cambio, la he ayudado en todo lo que he podido.
Gracias a esa ayuda, vi a Marsaili caminando hacia aquí cuando recolectaba setas y bayas para la comida en el bosque.
Al principio no le di importancia, pero cuando poco después comprobé que seguías su misma dirección, cabalgando como si te persiguiera el diablo, comprendí que algo malo estaba a punto de ocurrir y corrí tras de ti, armada tan solo con el cuchillo que estaba utilizando.
—Ese cuchillo fue providencial para las dos. Marsaili conocía tu paradero. Planeaba acabar contigo después de haberlo hecho conmigo.
—Hubiera tenido que pasar ya no solo por encima de Lorna, sino también por otros aldeanos y pescadores con los que he establecido lazos de afinidad.
—La muchacha lanzó una mirada temerosa al horizonte, desde el que aún se distinguía la costa y se escuchaba la furia de las olas del mar—.
Dicen que cruzar el estrecho en esta época del año es poco menos que un suicidio.
Pero Lorna lo consiguió no hace tanto tiempo, llevada por el amor hacia su niño.
Yo lo intentaré del mismo modo, para regresar a tierras Lamont.
Para ayudarte a recuperar lo que es tuyo.
Porque ya no estás sola. Cuentas con el poder de tu esposo, de tus aliados…
y de la amiga que nunca te va a abandonar.
Tenía ese gesto de terquedad que le advertía que sería inútil intentar convencerla de lo contrario.
Estuvo a punto de advertirle acerca de ese peligro mortal, que para ella suponía solo un mero inconveniente, pero en cambio, sonrió.
—Siempre tan valiente. Hasta el punto de clavar una daga en la nuca de mi agresora sin pensar en las consecuencias —murmuró, sacudiendo la cabeza.
—Las consecuencias hubieran sido irremediables para nosotras si no me hubiera atrevido. Pero espero no tener que volver a demostrar mis dotes con las armas. Tú eres la diestra con el arco y las flechas.
—Nunca más, Sorcha.
—Nunca más, Eithne.
Su abrazo supo a despedida. A tristeza y a incertidumbre, pero también a seguridad.
Porque Eithne estaba segura de que Sorcha conseguiría la ayuda necesaria para regresar con los suyos. Convencer a su familia de que la apoyara, como legítima MacSorley, sería la parte más fácil.
Confiaba en ella, se dijo cuando montó en su yegua y emprendió el regreso a casa. Si debía convencer a Rurik para que la ayudara cuanto antes, lo haría sin dudar. El relato escalofriante de Marsaili, y su cadáver si fuera necesario, serían pruebas más que concluyentes.
Con una sonrisa muy parecida a la que llevaba cuando había salido de Dùn na Seabhaig, entró en el patio de armas, pero se le borró de la cara en cuanto un guerrero corrió hacia ella, con el gesto desencajado y su vestimenta llena de polvo.
—¡Mi señora, qué bien que os encuentro! —exclamó—. Mi señor no se encuentra aquí, y Erling ha salido en su busca. ¡Solo el señor Tavish de Moray ha podido recibirme! Y ahora mismo se encuentra tan indeciso como yo acerca de lo que hacer…
—¿Qué ocurre?
El hombre lanzó una mirada por encima de su hombro y se acercó a ella.
—¡Acabo de recibir noticias de Duntrune, mi señora! —murmuró—. ¡Lachlan de Grey está preparando una ofensiva total contra Jura! ¡Será cuestión de días, semanas a lo sumo, que nos ataque!
Siguió hablando, pero Eithne acababa de recordar las palabras de Marsaili.
«Lachlan llegó a contemplar la posibilidad de casarse contigo para acceder a Duntrune…».
Se permitió el lujo de imaginarse a Rurik, de pie frente a ella.
La brisa mecería su pelo rubio rojizo. Su mirada sería distante, indescifrable.
Y su actitud, tan impredecible como siempre.
Si estuviera allí, se movería con la elegancia de un felino, porque tenía un cuerpo que la hacía pensar en la gracilidad un instante, y en un poder invencible al siguiente.
Rurik era un solitario. Un renegado ante la suerte que otros eligieron para él, aunque la llevara encima, sí. Pero Eithne había descubierto su capacidad para ser compasivo, amable. Para amar.
Y pensaba llevársela con ella, estuviera él de acuerdo o no.
Sería lo único que conservaría de él. Porque cuando abandonara Jura, también dejaría todo lo que había vivido en ella.
Pensar en el destino que ella misma buscaría le provocó un escalofrío de terror.
Iba a regresar junto a Lachlan. El hombre que la engañó, la mancilló y luego la utilizó, para terminar provocándole un aborto del que a duras penas logró reponerse.
Había utilizado el mismo método que Marsaili, y habían obtenido idéntico resultado. Habían intentado destruirla de todas las formas posibles, pero cuando tomó su arco y sus flechas, intactas desde que había pisado Dùn na Seabhaig, supo que no lo habían logrado. Ni lo lograrían.
Una Eithne MacSorley muy distinta de la cervatilla asustada que Rurik había rescatado, se disponía a reclamar su sitio.
El coste sería demasiado alto, pero a cambio, podría al menos honrar la memoria de su hermano, allá donde estuviera, y manejar a su gente desde dentro, para conseguir hacer frente al invasor.
El dolor que sentía en el pecho aumentó hasta que la presión amenazó con ahogarla, pero se sobrepuso a él.
Tavish la ayudaría, porque siempre había creído en ella.