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Cuando terminó de contar aquella historia oscura y retorcida, Marsaili se sentó frente a ella, sin emoción ni sentimiento alguno.
—Como ves, nuestra diferencia de edad es mucho menor que otras a las que padre me sometió desde mi nacimiento —afirmó.
Un poquito más joven que ella. A Eithne le bastó ese dato para sacar conclusiones. Si todo lo que acababa de escuchar era cierto, significaba que su padre se había arrojado a los brazos de la madre de Marsaili antes de que la suya falleciera.
—Mientes —murmuró, al mismo tiempo que comenzaba a retorcerse otra vez, con la discreción suficiente como para que su captora no se diera cuenta—. ¡Estás mintiendo! ¡Mi padre siempre le fue fiel a mi madre!
—¿Así como tu marido te ha sido fiel a ti, suspirando por esa perra nórdica casada con el MacSween?
—Soltó una risotada, pero después volvió a su gesto sombrío cuando la miró—.
Supongo que será cuestión de sangre… Una sangre que compartimos, para bien o para mal.
Bien para mí, que al fin accederé a lo que siempre me perteneció gracias a Lachlan; mal para ti, que has confiado en la persona equivocada.
Otra vez, querida Eithne. Siempre siendo el juguete de los hombres, su moneda de cambio, su sustituta…
—¿De qué hablas ahora?
—De Lachlan y su amor enfermizo por su hermana Lillias, por supuesto.
¿No lo sabías? Por tu cara ya veo que no —añadió con su sonrisa siniestra, mientras Eithne sentía que la sangre comenzaba a abandonar su cara y el resto de su cuerpo—.
Claro que entonces tampoco sabrás que el hijo que ella esperaba no era del vikingo…
Después de haber escuchado una historia demasiado rocambolesca, y al mismo tiempo demasiado coherente, como para resultar falsa, aquello fue como una puñalada en su propio corazón.
—Todo el sufrimiento de Rurik al sentirse culpable de la muerte de su propio hijo… ¿Fue para nada? ¿Eso es lo que tratas de decirme? —exclamó, cada vez menos temerosa y más envalentonada—. ¡¿Estás intentando hacerme daño con esa mentira retorcida, a través de mi esposo?! ¡¿Es eso?!
—Por supuesto que no, hermana. No necesitaré recurrir a artimañas tan simples para acabar contigo cuando llegue el momento.
Solo me limito a contarte toda la verdad.
Lachlan te utilizó, no solo para acceder a Duntrune Castle después de haberse hecho con el control del resto del territorio MacSorley, sino también para apagar el fuego que le ardía en las entrañas por su hermana —añadió, con un encogimiento de hombros.
Como si, en lugar de destrozar su vida instantes antes de su muerte, le estuviera hablando del tiempo—.
Tuvo que ceder a las órdenes de Alexander cuando la entregó en matrimonio al vikingo, pero eso no impidió que pudiera acostarse con ella una última vez, justo después del casamiento.
Hasta entonces la había mantenido virgen en aquel monasterio, para que nadie dudara de su pureza.
La quería para él, pero no deseaba su desgracia. ¿No es bonito?
Eithne fue incapaz de responder. Observó la mirada febril de Marsaili. Algo se rompió dentro de ella. No fue por ira o rabia, sino por tristeza. Porque descubrió que, en medio de su delirio, solo le estaba contando la verdad.
—Lillias era tan noble como el estúpido de su esposo.
Por eso decidió hacer a su hermano una última visita, concertada en el mismo monasterio —continuó la sanadora, inmersa en su relato—.
Pero discutieron, él intentó tomarla una vez más y…
bueno, no conozco más detalles, pero supongo que la tensión del momento le pasó factura justo cuando ella regresó a Dùn na Seabhaig. El resultado lo tienes delante de ti.
—De modo que Lachlan es el culpable de esto…
—Me trae sin cuidado lo que opines de él.
Para mí, fue lo más parecido a un padre que conocí.
Siempre lo he servido con confianza ciega.
Incluso cuando, después de la muerte de Lillias, la curandera de la isla fue expulsada y yo ocupé su lugar —explicó, con una sonrisa que pretendía ser de orgullo, pero que le contrajo el estómago—.
No siento el menor remordimiento por haber empujado a algunos aldeanos a comenzar pequeñas rebeliones que estaban destinadas al fracaso.
Yo lo sabía, pero formaba parte del plan.
Igual que acercarme a ti para desplazar a esa entrometida de Sorcha.
Aunque lo cierto es que sus revolcones con la mano derecha del vikingo me lo pusieron mucho más fácil de lo que esperaba.
—¿Y mi hijo? —Las lágrimas de pena, pero también de rabia, le empaparon la cara cuando recordó el infierno que había sufrido dos veces—. ¿También formaba parte del plan?
—Lachlan se encargó del primero. En eso yo no tengo nada que ver, pero supongo que no quería un bastardo, sobre todo cuando su hijo con Lillias se había malogrado, junto con la propia Lillias —respondió, con esa indiferencia que retorcía las entrañas de Eithne—.
El segundo no debía nacer. Ni siquiera debió concebirse.
Mi misión consistía en minar la confianza del rey en Rurik para dejarlo desprovisto de cualquier poder con el que pudiera defenderse de Lachlan llegado el caso.
Tu presencia aquí, y tu casamiento con él, complicó esa parte, pero me ofreció una ocasión única para preparar mi propia venganza.
Y como mi benefactor no se opuso, me recreé contigo.
»Sorcha ya había contribuido sin saberlo, así que solo tuve que alimentar tus sospechas con respecto a ella, y aprovechar la oportunidad que se me presentó aquel día.
Tu amiga acababa de despedir a su amante.
Cuando vi que se dirigía a las cocinas para que le sirvieran dos cuencos de caldo, diciendo que uno sería para ti porque pensaba hablar contigo.
Seguro que quería sincerarse, al fin. Por eso supe que aquel era el momento.
»En un descuido de la cocinera, vertí la ruda en los dos cuencos.
Así, tomaras el que tomaras, haría su efecto.
Poco tiempo después, llegaste tú. Solo tuve que insinuarte un par de cosillas para incentivar tus dudas y tu rabia contenida hacia tu mejor amiga, y saliste a su encuentro más que enfadada.
Fue cuestión de suerte que aceptaras beberte uno, y que te hiciera efecto tan pronto y de una forma tan fulminante.
Había ayudado el estado de agitación en el que se encontraba cuando fue a ver a Sorcha, y que se agravó conforme sus acusaciones eran más fuertes, y su silencio más empecinado.
Apretó los dientes y su presión contra las cuerdas hasta el dolor. Intentó controlarse, pero la rabia superó con creces al miedo y la prudencia. De pronto, todo comenzó a tener sentido.
Sorcha y el aspecto con el que entró en la fortaleza, la noche del secuestro del pequeño de Lorna.
Sus silencios cargados de rubor cuando Marsaili le afeaba su descuido con la indumentaria.
El color de sus mejillas, el brillo de sus ojos y su pelo descolocado, al igual que su bata, cuando aquel día le había abierto la puerta de su cuarto.
El silencio con el que recibió cada una de sus acusaciones, mientras sacudía el colgante delante de sus narices.
Y después, la indiferencia con la que la había mirado mientras ella bebía del cuenco envenenado. Como si en realidad ignorara lo que contenía.
En realidad lo ignoraba.
Todo se debía a su relación con Erling. Al honor que se había empeñado en mantener, incluso en el juicio donde tanto Rurik como Tavish la habían declarado culpable.
Cuando pensó en lo injusta que había sido con ella, desconfiando después de tanto tiempo de amistad incondicional. En las consecuencias de aquel error. En el destino que en aquel instante tendría la que siempre había sido su mejor amiga…
—Yo soy tu hermana. ¡Ella te ocultó tantas cosas que se merece lo que le ocurrirá!
—Sabes dónde está… —Eithne pareció salir de su sopor cuando Marsaili comenzó a zarandearla—. ¡Sabes lo que ha sucedido con ella!
—¡Claro que lo sé! Se encuentra con esa campesina, Lorna…
Tuve que quedarme con su mocoso para lograr que viajara hasta Duntrune con un mensaje para Lachlan, pero cuando regresó, comprobé de primera mano que había sido entregado, y que a su vez me traía otro de su parte.
¡Traía la impronta de mi mentor en su cuerpo!
Soltó otra carcajada, que se cortó de cuajo cuando recibió una inesperada zancadilla que la hizo caer al suelo. El cuchillo escapó de su mano, pero antes de que Eithne pudiera hacer algo al respecto, lo recuperó.
—Si vuelves a intentarlo, todo habrá acabado —le advirtió, hundiendo la punta en la piel de su cuello, hasta que un hilillo de sangre comenzó a manar—.
Aunque en realidad ya está todo dicho entre nosotras.
Te perdono porque ignorabas mi existencia y mi historia, pero ahora que ya la conoces, solo estoy esperando tu aceptación.
—¿Aceptación de una hermana que pretende matarme? ¿Que ha actuado movida por un rencor de años, en lugar de presentarse ante mí mucho antes? ¿Que se ha preocupado de dejarme sin el apoyo de mis seres queridos para poder atacarme con garantías de victoria?
—Cállate.
—¡La única manera de conseguir mi silencio es acabando conmigo!
—He dicho que te calles…
—¡Adelante! ¿No era eso lo que pretendías?
Cerró los ojos, esperando que todo ocurriera de una manera rápida, pero cuando los abrió, Marsaili seguía frente a ella.
Dudando.
Entonces fue cuando detectó el primer movimiento tras los arbustos situados a la espalda de la sanadora. Algo tan leve que pensó que se lo había imaginado. Pero a continuación, una silueta de sobra conocida por ella comenzó a tomar forma, mientras le indicaba con el dedo que guardara silencio.
—¿No te atreves? —siguió provocando a su medio hermana, solo para atraer su atención—. ¿Es que después de todo sí que tienes un corazón?
—Mi corazón se quedó con mi madre muerta el mismo día que mi padre me abandonó a mi suerte y se llevó el único recuerdo que podría tener de ella.
—Su mirada desquiciada se dirigió al colgante un segundo.
Cuando regresó a Eithne, tenía los ojos llenos de lágrimas—.
¿Sabes? Lachlan llegó a contemplar la posibilidad de casarse contigo para acceder a Duntrune por medios pacíficos, después de deshacerse de Alasdair, claro está.
Era la mejor forma de asegurarse la lealtad de hasta el último MacSorley, sin necesidad de imponerse por la fuerza.
Pero ahora ya no tendrá que hacerlo. Ni siquiera podrá, aunque aún lo desee.
Se abalanzó sobre ella con un grito domesticado y la enorme hoja en alto. Eithne intentó apartarse todo lo que pudo, pero no pudo evitar que Marsaili cayera sobre ella con todo el peso de su cuerpo…
—Ya puedes abrir los ojos. Sigues viva. Es un milagro, pero sigues viva.