50
Duntrune, años atrás
Su madre tenía sangre del norte.
O al menos eso era lo que siempre le habían contado a ella. Eso, y que el laird MacSorley era su padre.
Nunca se había atrevido a pronunciar su nombre en voz alta. Ni siquiera cuando las visitaba de vez en cuando, y la obsequiaba con alguna golosina que se llevaba del castillo especialmente para ella, o con algún par de zapatos que reemplazaran a los que tenían tantos agujeros como un colador.
—Eres preciosa, chica —solía agasajarla, cuando la veía vestida con alguno de los atuendos que también solía regalarle—. Te pareces demasiado a tu madre…
—¿Y vuestros otros hijos, laird ? ¿También se parecen a su madre?
Las preguntas procedían de la inocencia que solo una niña podía tener, pero aquella fue la única vez que vio furioso a Niall MacSorley.
—Jamás vuelvas a mencionarlos mientras vengo a visitarte a ti. Solo a ti —recalcó, agachándose junto a ella para estar a su altura, y que de paso viera la furia en aquellos ojos de tormenta—. Ellos pertenecen a mi linaje por derecho.
—¿Yo no? ¿Es que acaso no soy vuestra hija, como dicen por ahí?
—Deberías poner remedio a la curiosidad de esta niña antes de que sea demasiado tarde, Marsaili —le dijo entonces a su madre con severidad—. O nos meterá en graves problemas.
Como respuesta, los dedos nerviosos y agrietados por el trabajo de Marsaili se fueron directos al colgante que pendía de su cuello. Toqueteó la runa Algiz con nerviosismo, mientras asentía.
—Por supuesto, mi señor. Pero comprended que es una niña muy pequeña. Escucha cosas, es inteligente… Y saca conclusiones sin ayuda de nadie.
—Córtale las alas, si no quieres que yo lo haga.
Después de aquella visita, el laird tardó mucho tiempo en volver. Pero su madre se tomó muy en serio su advertencia.
—Cariño, conoces el significado de esta runa. Yo te lo expliqué —le dijo en un susurro, como si temiera que el señor regresara de un momento a otro y las sorprendiera.
—Sí, madre. Protección, defensa y conexión con lo divino.
—Muy bien. Sabes que es lo único valioso que poseo de tu padre, ¿verdad?
—Sí, madre. Pero si es el laird , podrá regalaros otras muchas cosas valiosas. No hará falta que la tengáis como si fuera de oro. Solo es una piedra.
—¡Es mucho más que eso, jovencita! —Vio cómo se dirigía hacia la única ventana de su desvencijada cabaña, y miraba por ella.
Con aquella luz en sus ojos que siempre resplandecía cuando aparecía Niall, y que se apagaba cuando volvían a compartir su soledad de madre e hija—.
Es nuestro sustento. Nuestro apoyo. Del mismo modo que yo he sido el suyo…
—Madre, ¿él se ha apoyado en vos? ¡Es muy grande! ¡Os aplastaría!
—No en el sentido literal de la palabra, cariño —rio ella, cuando la condujo hacia la mesa para servirle un delicioso cuenco con gachas—. Pero cuando su esposa murió…
—¡Yo creía que para tener hijos, había que tener un esposo!
—No es necesario, aunque sí muy conveniente. —Sus mejillas se colorearon cuando ella carraspeó, incómoda—. Supongo que sí habrás oído que su esposa falleció hace años…
—Y que tiene dos hijos. Alasdair y Eithne. Y que Eithne es un poquitín más joven que yo…
—Eso es porque el laird y yo nos conocimos antes de que su mujer muriera.
Fue algo pasajero, que los dos intentamos olvidar.
—Mientras hablaba, su mano se enredaba en el cabello rubio de la niña con aire soñador—.
Pero no pudimos. Porque estabas tú. Y porque cuando ella faltó, él se dejó consumir por la pena y acudió de nuevo a mí.
—¿Por eso no nos falta nunca de comer? ¿Y a veces viene con vestidos bonitos para mí o para vos? ¿Y cuando me porto bien, me deja montar en su corcel cuando no nos ve nadie?
—Es que nadie puede veros, ni tampoco debes contárselo a nadie, ¿me has oído?
—La niña asintió, cohibida por el arranque de genio de su madre—.
Hasta ahora, solo corren rumores sin fundamento que no son difíciles de ignorar, pero si se convirtieran en algo más, ¡incluso podría peligrar nuestra propia vida!
—¿Por qué? ¿Los hijos del laird van a pegarme? Si son unos niños como yo…
—No, mi amor. No son como tú. Ellos están muy por encima de ti. De nosotras —la aleccionó la mujer, con una ternura llena de tristeza cuando la besó en la mejilla.
Sin embargo, la cabecita de la pequeña no dejó de maquinar.
—Pero si su mujer ya no está y os quiere a vos, ¿por qué no os casáis? Así Eithne y Alasdair serán mis hermanos de verdad.
—Es algo mucho más complicado, cielo. Algo que solo incumbe a los mayores. Tú debes preocuparte de comer y descansar bien, de jugar y de aprender a ser una buena esposa. Algún día, un hombre se enamorará de ti y te querrá…
Pero ella dudaba que ocurriera algo así. Su madre era guapa, joven y lista, y nadie quería casarse con ella. Ningún hombre se atrevía a acercarse a ella, sobre todo cuando las visitas del laird se reanudaron con relativa frecuencia de nuevo, como si nada hubiera pasado…
Hasta que pasó.
Marsaili enfermó. Al principio, la niña pensó que era un resfriado que se curaría con las hierbas que su madre le había enseñado a usar para poder combatir la enfermedad en casos de urgencia.
Pero cuando pasaron los días y no mejoró, supo que tenía que hacer algo al respecto. Sola, si era necesario.
Se desplazó a Duntrune Castle lo más rápido que pudo. Para su sorpresa, los vigías la dejaron pasar en cuanto les dijo de quién era hija. El peor obstáculo lo representaba el propio laird . La pequeña dudaba que pudiera convencerlo, pero al verla, Niall supo que algo malo sucedía.
—Es madre. Está muy enferma.
Dos frases que la convirtieron en el centro de atención durante la siguiente semana.
El laird movilizó a sus médicos particulares, a la sanadora oficial de los MacSorley e incluso a algún otro que le debía más de un favor, según sus palabras.
Ninguno pudo hacer nada por Marsaili.
Murió una semana después, consumida por la fiebre. En silencio, sin quejarse, tal y como había vivido. Cuando la niña se levantó y vio que no se movía, corrió hacia ella para tomar su mano.
Estaba helada.
No respiraba.
La había dejado sola, a merced de todos aquellos que susurraban a sus espaldas. Fue su primer pensamiento cuando logró sobreponerse al dolor de la pérdida, antes de que el laird acudiera a su visita diaria.
Si ese hombre era su padre, nunca se la llevaría a la fortaleza con sus dos hermanos. La necesidad, dentro de los contados lujos que había saboreado de su mano, la habían vuelto avispada en determinados asuntos. Y el asunto de su paternidad era uno de ellos.
Por eso no se sorprendió cuando, una mañana, después de enterrar a su madre y cuando todavía se hallaba adormecida por el dolor y la incertidumbre, el laird la tomó de la mano y se la llevó a la aldea más alejada del castillo.
—Morgana es una buena mujer, viuda, cuyos hijos murieron de disentería el año pasado.
Necesita una hija con tanta urgencia como tú necesitas una madre, chica —le fue diciendo por el camino, con esa indiferencia que siempre tenía con ella, y que no cambió por el hecho de que Marsaili ya no estuviera en este mundo—.
Es curandera, así que podrás seguir con las enseñanzas de tu madre y perfeccionarlas.
—Pero ella no es mi familia.
—Se ocupará de que no te falte de nada. —Tiró de su mano cuando ella intentó detenerse, así que no tuvo más remedio que seguirlo—. Y yo seguiré visitándote…
—Pero ella no es mi familia, sino vos. —Volvió a clavar los talones en el suelo, y él volvió a arrastrarla sendero arriba sin miramientos—. Además, quiero el colgante de madre. ¡Es lo único que tendría de ella!
—El colgante… —En esa ocasión, fue Niall quien se detuvo—. Verás, lo cierto es que lo tengo yo.
—¡Pues entonces podrá dármelo!
—Er… No puedo, pequeña. Ya se lo di a mi hija. Un regalo por su buena conducta. Para que nunca se olvide de su padre.
Reanudó el camino con ella de la mano como si tal cosa, pero en aquel momento todo indicio de duda, de anhelo por formar parte de su descendencia legítima e incluso de alegría ante la posibilidad de que así fuera, se transformó en un odio que comenzó a germinar en su pecho, y que no dejó de crecer en los siguientes días, semanas, meses e incluso años.
Eithne MacSorley poseía la única joya que le recordaría a su madre.
Que la ayudaría a no olvidarla. Se lo repetía cada mañana cuando se levantaba, y cada noche antes de acostarse.
El tiempo logró que aprendiera a fingir que las heridas de su pérdida se habían curado, convirtiéndola en una jovencita firme, bella y hacendosa, que cumplía todas las expectativas de Morgana, y que seguía recibiendo las visitas del laird con aparente alegría.
En realidad, comenzaba a urdir una manera de recuperar lo que era suyo, incluido el pedazo de tierra que como MacSorley le correspondía, en la misma proporción que a sus hermanos.
Incluso uno de los días en los que había mercado, aprovechando el trasiego de gente, se mezcló con los comerciantes para poder ver de cerca a su medio hermana.
Solo quería asegurarse de que lo que le había contado su padre aquella maldita mañana era cierto. De que no había sido una mentira piadosa, y en realidad la pobre Marsaili había sido enterrada con su posesión más preciada, pero no. Su padre había decidido decirle la verdad precisamente en eso.
Eithne apareció acompañada por su risueño hermano, y por el propio laird . Demasiado protegida como para que ella intentara hacer algo cuando vislumbró el colgante que la joven noble exhibía con orgullo.
Entonces se le ocurrió algo: Eithne MacSorley desconocía su existencia. Era incluso posible que el laird le hubiera entregado el colgante ocultando su procedencia.
Ignoraba que tenía una hermana. Que la madre de esa hermana había muerto años atrás, y que su padre había aprovechado el dolor de una pobre niña para arrebatarle lo único que podría anclarla a sus raíces.
Aunque también era posible que conociera todos los pormenores, y que aun así decidiera ignorarlos. Ignorarla.
Como el insecto insignificante que siempre había sido para los MacSorley.
Se quedó allí plantada una eternidad, sin esconderse. Esperaba que alguien, sobre todo Niall, reparara en su presencia, pero la feliz familia pasó a su lado sin dirigirle ni una miserable mirada.
Invisible. Eso era para todos.
Pero su suerte cambiaría. Se lo prometió con más ahínco después de ese día.
Y una fría mañana de invierno, tuvo su recompensa.
Se presentó en la cabaña de Morgana solo, sin escolta, pese a que afirmaba ser el sobrino del mismísimo Niall MacSorley.
—¡Mi nombre es Lachlan de Grey, y vengo en nombre del laird ! ¡Ahora mismo, soy su lugarteniente más preciado! ¡Busco a la hija de Marsaili! —proclamó, posando sus ojos en ella casi de inmediato.
—Pues aquí la tenéis, mi señor. —Morgana no se preocupó en disimular ni en ocultarla.
Le había tomado cariño, pero era una mujer lo bastante egoísta e inteligente como para saber cómo preservar su propio pellejo antes que el de otros.
Y aquel joven parecía llevar la palabra «peligro» escrita en la frente—.
Si deseáis llevárosla, no os lo impediré.
Es trabajadora y diligente, pero come demasiado para una anciana como yo.
En cuanto sus ojos se encontraron, ella supo que aquel hombre la ayudaría.
A Eithne le dieron lo que era suyo.
Pero con Lachlan, se le presentó una oportunidad que no iba a desaprovechar.
—¿Vas a llevarme con el laird ? —aventuró con su ya habitual desvergüenza, cuando el caballero se apeó de su montura y se acercó a ella, con una mezcla de intriga y curiosidad que espantó el poco temor que pudiera sentir hacia él, como el desconocido que aún era.
—Podría conseguir que mi tío cediera en ese punto. Pero visto el interés desmedido que ha demostrado en ti, me pregunto si podría averiguar la razón antes de intentarlo siquiera…
Morgana se encargó de que se pusiera cómodo. Cualquier cosa antes de espantarlo. Y cuando los tres estuvieron en la cabaña, al abrigo de un buen fuego y con un caldo caliente entre las manos, el lugarteniente solo hizo una pregunta:
—¿Cómo has llegado hasta aquí, chica?
Ella empleó solo unos segundos en examinarlo.
Era bastante más mayor que ella, pero muy apuesto.
Aguerrido. Sabía escuchar. Lo comprobó en cuanto decidió que merecía la pena confiar en él, al menos lo necesario para satisfacer su curiosidad al respecto.
Le habló de su madre. De cómo murió. Del colgante que su padre entregó a Eithne.
De que aquella maldita noble se había quedado con todo lo que ella perdió.
Y ni una sola vez él la interrumpió.
Cuando terminó, solo asintió y se atrevió a tocar sus manos con las de él.
—Lo entiendo. No fue culpa tuya. Tu padre eligió a Eithne, del mismo modo que ha elegido a Alasdair por encima de mi experiencia.
De un modo diferente, a los dos nos han quitado nuestro hogar.
Pero si confías en mí, puedo ayudarte a recuperar lo que es tuyo, si Morgana está de acuerdo en recibir una pequeña cantidad periódica, en pago por las molestias que pueda ocasionarle, claro está.
La curandera no se negó, y ella tampoco.
Había estado mendigando cariño desde que tenía uso de razón. Y de la nada, surgía un extraño que le ofreció la comprensión que su propia familia le había negado.
—Me llamo Marsaili, como mi madre, y estoy dispuesta a lo que sea con tal de recuperar lo que siempre fue mío —afirmó, segura de que con aquella alianza, su destino quedaba sellado.