Hijos del invierno (La estirpe del halcón 3) 49
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Cuando despertó, descubrió que sus ruegos no habían sido escuchados.

Ni por Dios, ni por el resto de las deidades paganas a las que se había encomendado, cuando comprobó que el tiempo pasaba y Rurik no volvía.

Al final, terminó durmiéndose, agotada por completo. No soñó; pero al abrir los ojos y ver que había pasado la mayor parte del día, y que nadie se había tomado la molestia de entrar en la habitación, se quedó sentada en la cama de un salto.

—Juro que iré a por él, ¡y cuando lo encuentre no encontrará amenaza lo bastante grave como para hacerme callar!

—gritó, a punto de ahogarse con su propia furia—.

¡No me importará que todo Jura esté presente!

¡Lo dejaré tan en ridículo por la humillación a la que me ha sometido que deseará no haber entrado aquí anoche!

Echó las mantas hacia atrás y se levantó de un salto, dispuesta a presentar batalla. Sola, si era necesario, ya que al parecer ni siquiera Marsaili se había presentado para ayudarla, aunque solo fuera con alguno de sus sabios consejos.

Pero entonces tropezó con el trozo de pergamino en el suelo.

Su primer impulso fue tirarlo a la chimenea, que estaba apagada esperando a que alguien también se encargara de ella, pero cuando vio su nombre en la primera línea, cambió de idea.

Tiritaba por la temperatura de la habitación, así que se cubrió con su gruesa bata y se sentó en el borde de la cama. Conforme leía, una sonrisa fue instalándose en su cara, hasta que, al terminar, aplastó el papel contra su pecho y su colgante.

—«Mi kàlfrinn , reúnete conmigo al atardecer en la tumba de Lillias.

Debo despedirme de ellos» —volvió a leer—.

No me ha dejado. No me ha rechazado —murmuró para sí misma—.

Solo se ha levantado tan pronto como acostumbra para atender sus obligaciones, y me ha citado en un lugar emblemático e importantísimo para él.

Solo quiere estar en paz consigo mismo y con su anterior familia.

¡Dios mío, solo quiere ser perdonado por ellos!

Ese era el contenido de la misiva que se apresuró a guardar. Había pasado de arrastrar los pies a saltar de alegría mientras se vestía sola, se recogía el pelo en una gruesa trenza y decidía que, antes de emprender el viaje, debía llenar su estómago.

Estaba famélica. No había comido nada desde el día anterior, y a cambio había gastado más energía de la aconsejable. Con su esposo. El hombre que la amaba.

Porque aunque solo ella había declarado ese amor, algo de lo que no se arrepentía para nada, todos sus instintos le indicaban que él le correspondía.

No se hubiera entregado a ella de aquel modo si le resultara indiferente.

Tampoco le habría mostrado sus emociones hasta llegar al punto de las lágrimas, ni hubiera derramado sobre ella tal cantidad de ternura desinteresada.

Rurik era un hombre pasional hasta el extremo. Sin ataduras ni vergüenzas que lo coartaran. Desde su primer encuentro íntimo, había quedado claro que también era generoso, que buscaba el placer de ella incluso por encima del suyo.

Pero aquella noche lo había cargado con altas dosis de algo que se parecía demasiado al amor como para no llamarlo del mismo modo.

«No sueñes despierta todavía, ilusa. Ya te ocurrió lo mismo otra vez, y mira cómo acabaste.

Todavía te duele entre los muslos por el ímpetu del vikingo, ¿verdad?

¡Recuerda todo lo que has pasado antes de entregarle tu corazón, y así tendrás una oportunidad de protegerlo antes de que sea demasiado tarde! ».

—Tienes razón —le respondió a su conciencia, tan molesta como si estuviera hablando con una persona de carne y hueso —. Pero me concederé el gusto de imaginar que todas mis suposiciones son ciertas, al menos hasta que lo tenga delante para destruirlas… o para incentivarlas.

Rurik el Escocés había pasado de ser una amenaza para todo lo que se proponía a convertirse en un bastión indispensable para esos propósitos.

Acudiría a la cita, pensó mientras engullía un par de panecillos ya fríos de la cocina y se encaminaba al establo para descubrir que, en efecto, Aska ya no se encontraba en él.

Aclararían la naturaleza de su relación, sentarían unas nuevas bases si fuera necesario.

Y después, le pediría que la ayudara a recuperar Duntrune.

Aceptaría el destino que hubiera sufrido Alasdair con la dignidad de la hija de Niall MacSorley. Juntos, harían frente a Lachlan.

Juntos, harían justicia.

Agradeció que ni Erling ni Marsaili le salieran al encuentro cuando ordenó a los vigías que le abrieran la puerta y estos accedieron, a pesar de que iba sola.

Era probable que el propio Rurik les hubiera advertido antes de que le permitieran el paso porque ya sabía que acudiría a él, concluyó con una sonrisa que no disminuyó por el frío ni por el viento que echó la capucha de su capa hacia atrás.

Al contrario, recibió las ráfagas heladas con alegría.

Con una seguridad que no comprendía, pero que aceptaba al fin como parte de sí misma.

Eithne continuó su camino al mismo ritmo frenético. Solo ralentizó la marcha cuando entró en el desierto cementerio y comprobó que no había nadie junto a la tumba de Lillias.

A pesar del corto trayecto y de que él había salido antes que ella, aún no había llegado.

Dejó su montura y realizó el resto del camino a pie, mirando a su alrededor.

Pero nada se movía, además de las hojas de los tupidos árboles movidas por el viento.

Se arrebujó mejor en su capa para guarecerse del viento helado y se apoyó contra el tronco del árbol bajo el que descansaban Lillias y su hijo.

Comenzó una silenciosa plegaria por sus almas.

Después de todo, en cierta manera, y aunque nunca la había conocido, se sentía en una especie de deuda con ella.

Era la hermana de Lachlan. Había sido dada en matrimonio a un invasor al que no conocía.

No tuvo otro remedio que plegarse a los deseos de su esposo, y cuando los buenos sentimientos comenzaron a aflorar, con la promesa de una nueva vida, el destino se encargó de cortar su vida de raíz.

—Lo que te ha ocurrido no es justo —murmuró, conmovida a pesar de todo—. Pero tampoco lo es lo que me ha ocurrido a mí…

—Ni lo que me ha ocurrido a mí, aunque al fin ha llegado el momento de remediarlo. Al fin, después de demasiado tiempo, te tengo a mi merced, como siempre quise. Sola, devastada por la pérdida de dos hijos y, aun así, esperando a un hombre que nunca fue para ti. Qué patético… hermana.

Cuando Eithne se dio la vuelta y vio la silueta menuda de Marsaili acercándose, no dio crédito a lo que acababa de oír.

—¿Marsaili? —preguntó extrañada—. ¿Me acabas de llamar «hermana»?

—Sí a ambas cosas, lady Eithne. —Parecía un espectro, envuelta en un manto que le quedaba demasiado grande, pero cuando se detuvo frente a ella, se dio cuenta de que portaba un enorme cuchillo que había mantenido oculto bajo los pliegues gruesos de la tela y que utilizaba para amenazarla—.

Por favor, apoya tu espalda en el tronco del árbol.

Te aseguro que Lillias no te lo echará en cara, y su pequeño bastardo tampoco.

—¿Pero qué…?

—¡Haz lo que te he dicho, maldita seas! —Sus rasgos estaban tan deformados por la furia que no parecía ella.

La empujó sin contemplaciones y sacó un trozo de cuerda con la que la amarró al tronco, antes de que ella pudiera superar su estupefacción y hacer algo al respecto.

A continuación, volvió a colocarse delante con la enorme hoja del cuchillo entre ambas y una sonrisa escalofriante—.

Bien, ahora sí estamos en igualdad de condiciones, aunque he de decirte que eres más ingenua de lo que siempre he supuesto.

No esperaba que cayeras en la trampa de la carta manuscrita con tanta facilidad…

—¿Tú? ¿Tú la dejaste ahí?

—No, querida. Yo la escribí. ¡Sorpresa! Sé escribir, leer y poseo tanto conocimiento como tú, aunque no gracias a nuestro padre, todo sea dicho. Él siempre te prefirió a ti, hasta el punto de robarme algo que es mío, y que pienso recuperar de una vez por todas.

Le arrancó el colgante de la runa con rabia. Lo admiró unos instantes casi con adoración, antes de concentrar de nuevo toda su atención en ella.

—¿No tienes ninguna pregunta más? —canturreó.

Por toda respuesta, Eithne lanzó uno de sus pies hacia delante, esperando trabar sus piernas para hacerla caer, pero Marsaili saltó hacia un lado.

En un segundo, tenía el cuchillo en su garganta—.

Otro intento, y adelantaré tu final, tanto si Lachlan está de acuerdo como si no.

—¿Lachlan?

—¡Claro! Aunque el mérito de todos los sabotajes que tu adorado vikingo ha sufrido en su propia casa es solo mío.

—Se apartó de ella y realizó una absurda reverencia—.

Mi mente piensa con mucha más rapidez que la tuya, o incluso la de esa amiga que tienes, que ha preferido cargar con una culpa que no es suya, antes de confesar sus encuentros clandestinos con Erling.

La muy estúpida pensaba que nadie estaba al tanto, pero yo sí, por supuesto.

—Con una expresión de desquiciada que le erizó el vello de todo el cuerpo, le susurró muy despacio—: Yo estoy al tanto de todo.

Siempre. No en vano Lachlan me enseñó bien.

Por un instante, las dos se miraron sin decir nada más. La cabeza de Eithne iba demasiado deprisa como para que pudiera ordenar toda la información que estaba recibiendo a tiempo de librarse de la muerte que sin duda aquella desconocida le tenía reservada…

Marsaili, se dijo. Su hermana, se repitió, con un escalofrío de incomprensión.

O al menos, eso era lo que ella afirmaba.

Sus ojos se quedaron clavados en el colgante que acababa de cambiar de cuello. Lo trataba con tanta delicadeza que, por un momento, pareció olvidarse de ella y del éxito de todos sus planes.

Dios de los cielos. Había sido Marsaili quien había secuestrado al pequeño de Lorna junto con el campesino.

Ella le había robado el colgante y se lo había arrebatado a su vez al secuestrador.

Seguro que también lo había colocado junto a las pertenencias de Sorcha, para que ella lo encontrara y la culpara de todo lo demás…

De pronto, un escalofrío la recorrió de pies a cabeza.

—La ruda… —musitó, completamente helada.

—Ah, eso. Fue tan fácil como todo lo demás, pero ya llegaremos a esa parte, no te preocupes.

Quiero que te reúnas con nuestro padre sin una sola duda al respecto, aunque supongo que la primera que tienes es esa, ¿me equivoco?

—Se puso en cuclillas y la examinó con atención, como solo una persona que ha perdido el juicio podía hacer—.

Ahora mismo te estás preguntando: ¿cómo es posible que esta desarrapada y yo compartamos la misma sangre?

¿Qué especie de demonio se apoderó de padre para engendrar semejante monstruo?

Yo te lo diré. Mi madre. Una mujer del norte que estuvo a su lado cuando más la necesitó.

Igual que yo. Hasta que tú y tu maldito hermano os interpusisteis en mi felicidad y en la de ella.

Eithne dejó de forcejear para intentar soltarse en ese mismo momento, atónita por lo que veía.

La mirada de Marsaili revelaba tanto dolor, un odio tan arraigado en el tiempo, que era imposible que mintiera. Su padre, el hombre que siempre había idolatrado a su madre, con otra mujer…

La idea en sí le resultaba imposible. Casi repulsiva.

—Pero es cierta —murmuró la sanadora, con una nota de tristeza en su voz tan verídica como el resto—.

Por eso ambas compartimos el don de curar.

Tú lo has aplicado a tu comunicación con los animales.

Yo, en cambio, lo he usado con las personas con muchas y variadas razones, que también dejaré para más tarde.

Ahora, querida hermana, escucharás mi historia.

Me comprenderás, en lugar de compadecerme, cuando termine.

E incluso suplicarás que acabe contigo, porque los remordimientos no te dejarán pedir otra cosa.

Y porque morirás sola. Él no acudirá a ayudarte. Solo estamos tú y yo…

Su sonrisa le retorció las entrañas. Siguió aferrándose a esa incredulidad que mantenía algo de frialdad en su cabeza, pero cuando empezó a escuchar, ni siquiera eso le quedó.