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—¿Qué planeas, bruja?
—No te aconsejo hablar de ese modo delante de nadie, mi señor, si no quieres perderme en la hoguera antes de averiguarlo —respondió ella, con una risilla malévola—.
Solo pretendo limpiar tu cuerpo, como antes espero haber hecho con tu alma.
No quiero que retomemos nuestra relación con rastro de culpa o remordimientos.
Debemos complementarnos para sobrevivir, Rurik.
Y este es el único camino que se me ocurre.
—Pues déjame decirte que es un camino… muy placentero.
Ella había sumergido los brazos en el agua, sin que le importase que aquella fina tela blanca que la cubría se empapara, y estaba frotándole el pecho con las palmas de las manos.
Describía lentos círculos con los dedos, mientras seguía empeñada en mantener aquella conversación.
Después, los desplazó hasta sus hombros para masajear a conciencia.
Temblaba, pero pudo disimularlo cuando se colocó a su espalda para recorrerla en sentido ascendente, sonriendo al percibir ligeros estremecimientos en ese cuerpo hecho de acero.
Y esa sonrisa aumentó cuando tiró de él hacia abajo, para sumergir su pelo en el agua.
A pesar de que le estaba costando horrores no olvidarse de todo para centrarse en la relajación de su marido.
—Me alegro de que te guste, vikingo —añadió cuando él soltó un gemido y apoyó la nuca en el borde de la tina. Tenía los ojos cerrados y una expresión de paz que la llevó a rozar sus labios con los de ella, antes de volver a su tarea—. Porque apenas hemos empezado.
Podía sentir su sangre rugiendo en las sienes, entre las piernas. El hormigueo de sus manos ante el contacto de los dedos sobre aquellos músculos de acero. Porque el efecto del cuerpo desnudo, con los cabellos rubios rojizos goteando en su piel, fue fulgurante.
Sus yemas se quedaron rezagadas sobre los pezones masculinos mientras contenía la respiración.
De reojo, pudo apreciar sus pupilas dilatadas de placer.
Los tendones en tensión que estaban a punto de rasgar la piel de su cuello, o el calor que a punto estuvo de hacer hervir el agua, cuando se atrevió a descender, siguiendo la fina línea de vello, hasta encontrarse con su verga hinchada y palpitante.
—Eithne…
—Esto es para ti, vikingo. Estate quieto y podrás disfrutarlo al completo.
—Habló con firmeza, pero en realidad era lo más parecido a un trozo de manteca derretida al fuego cuando la abarcó con los dedos y la recorrió entera.
Rurik se sujetó a los extremos de la tina con fuerza, resuelto a obedecer, pero un gemido gutural llenó el ambiente cuando ella dejó su caricia y comenzó a recorrer el interior de sus muslos—. ¡Oh! ¿Te he contrariado?
—Si sigues fingiendo inocencia, te demostraré hasta qué punto antes de tiempo.
—Pero yo te estoy bañando, mi señor. Mi obligación es quitar la suciedad de tu cuerpo…
La mano que permanecía sumergida comenzó a juguetear con el vello de entre sus muslos, mientras la otra atrapaba uno de sus pezones para presionarlo.
Rurik echó la cabeza atrás con la boca entreabierta y los párpados tan apretados como los dedos que se aferraban a la tina, pero de pronto se incorporó y la miró.
Había fuego en aquellos ojos. Uno que pensaba extinguir… con ella.
—Creo que ya he sufrido suficiente tus torturas —murmuró con la voz ronca—. ¿Eres consciente del espectáculo que estoy viendo ahora mismo?
—No sé a qué…
Rurik la recorrió con esa mirada única, abrasándola a cada palmo, y a ella se le olvidó terminar la frase. Dejó incluso de pensar cuando una sonrisilla ladeada y malévola apareció en sus labios.
—Hace tiempo que tienes la camisa pegada al cuerpo como si fuera tu piel.
De hecho, ya no distingo una de otra. —Sus párpados se entrecerraron conforme se ponía en pie en la tina, muy poco a poco.
Para que ella pudiera ser consciente de cada palmo de cuerpo que dejaba al descubierto, chorreando agua—.
Tus pechos son perfectos. Y esos pezones que los coronan están presionando la tela, como si quisieran venir a mí.
A mis manos. A mi boca. A mi lengua o a mis dientes.
Tienes un cuerpo tan perfecto, con tu cintura estrecha, tus caderas suaves y el triángulo de pelo entre tus muslos que me impulsa a hundir mi cabeza justo ahí para no salir jamás.
Eithne se quedó paralizada. Incapaz de reaccionar al sonido de voz que la envolvía como una tela de araña, mientras él avanzaba hacia ella.
—Ahora me toca a mí, escocesa —la amenazó, con una voz oscura que la hizo temblar de pies a cabeza—. Has jugado con fuego. Espero que aceptes quemarte entera.
La tomó en brazos con delicadeza y la depositó sobre la cama, empapada como estaba. Eithne se adentró en aquellos ojos brillantes que prometían el paraíso, al mismo tiempo que él rasgaba la única prenda que todavía llevaba puesta.
—Ya estamos los dos en las mismas condiciones. Es lo justo, ¿no te parece?
No había ni rastro de rabia o arrogancia cuando se inclinó sobre ella y comenzó a recorrer su piel con las yemas de los dedos, sin tocarla de ninguna otra manera, sino una emoción nueva, desnuda, directa.
Más devastadora que el deseo de su cuerpo.
Eithne solo cerró los ojos y se dejó llevar.
Con cada caricia, su cuerpo parecía desprenderse de un poco de tristeza y un mucho de culpabilidad.
Parecía volver a la vida después de haber estado muerta.
Enterrada en los confines de una prisión impuesta por ella misma.
Porque ni siquiera estaba segura de que él siguiera deseándola.
Pero se lo estaba demostrando. No solo con esas manos que obraban magia en cada pedazo de carne que amasaban, o cada porción de piel que recorrían. Tampoco con esos labios que siguieron a los dedos cuando estos se colaron entre sus muslos para acercarla al delirio y hacerla retorcerse de agonía.
No. También se lo gritaba con cada uno de los susurros dichos en su lengua. Con sus ojos fijos en los de ella, velados por la lujuria más primitiva y desatada, mientras unía la lengua al embrujo de sus dedos y la hacía hervir por dentro.
Con la dedicación que le brindaba aquel enorme cuerpo creado para matar o morir, y que sin embargo ponía a su disposición.
—Eithne… —murmuró, antes de arrodillarse entre sus piernas y colocarlas sobre sus hombros—. Me tienes rendido a tus pies. Soy tan débil que creo que no podré contenerme mucho más tiempo…
—No lo hagas, Rurik.
Gimió. Suplicó con todo su cuerpo que la abrazara, que la ayudara, que compartiera con ella aquel placer sin final cuando Rurik comenzó a moverse, con una suave cadencia que volvió a generarle dolor en el vientre. Entre los pechos. En su misma alma.
En un instante, ya no había aire para respirar. No se oía ningún sonido. No había ni un solo movimiento, más allá de sus cuerpos entrelazados, fundidos y vibrantes.
Rurik se inclinó sobre ella, y Eithne enroscó aún más los dedos en aquel pelo ondulado. Guio la boca de él hacia uno de sus duros y tensos pezones. Su cuerpo se arqueaba y retorcía ante las seguras caricias de Rurik.
Sentía que toda ella latía al son que él tocaba, hasta casi explotar. Que pesaba como el plomo. Que no podía hacer nada frente a las sensaciones incontrolables que le provocaba aquella posición de aparente inferioridad.
—Oh, Dios mío, Rurik —jadeó—. Dios mío...
Con un gruñido de deseo, el cuerpo de Rurik se deslizó hacia delante y entró en el suyo con un movimiento tan caliente que volvió a tomar el aire que acababa de soltar.
Le temblaba la boca entreabierta. Sus párpados cerrados también.
El éxtasis la invadió entera. Cuando él empezó a moverse en su interior, solo pudo clavar las uñas en sus nalgas y rezar para no desmayarse.
Estaba hecha un amasijo de nervios que le palpitaban por todas partes.
Soltó un leve gruñido de temor y recibió las acometidas, cada vez más rápidas.
Se sumergió en un mar de lujuria desenfrenada, imposible de detener.
Sacudía la cabeza de un lado a otro, movía los labios sin que saliera ningún sonido por ellos...
Sus manos se aferraron a los muslos de Rurik, mientras se esforzaba por absorber más de él.
Deseaba apoderarse de él por entero. Levantó la cabeza, y él la recompensó con un beso furioso y profundo, hasta casi dejarla sin sentido.
Empezó a temblar, a perder el control de sus movimientos.
La invadió una sensación de ansia nacida de la sangre, el fuego y el deseo.
Cuando él comenzó a impulsarse dentro de ella con más ímpetu, Eithne sintió que algo en su interior comenzaba a crecer y a tensarse, como si estuviese empujándola hasta el borde de un gran precipicio.
Las manos del vikingo la levantaron y la sujetaron, mientras sus acometidas se volvían más fuertes.
Más profundas. Más rápidas. Dios, estuvo a punto de sollozar de incredulidad cuando se acercó al borde del precipicio.
Con sus piernas aferradas a los hombros de Rurik.
Los dos se fundieron en uno, hasta que Eithne saltó desde lo alto para hundirse por completo en su clímax.
Con un profundo gemido de placer, Rurik arqueó su torso hacia arriba.
No lucharía más contra su conciencia. El delirio lo estaba desbordando desde sus entrañas, Eithne podía sentirlo.
Hasta que un grito salió de lo más hondo de su garganta, al mismo tiempo que ella comenzó a convulsionarse bajo su cuerpo.
Sus espasmos eran tan violentos, y tan desesperada la necesidad de descargarse que, sin haber recuperado apenas sus sentidos tras el primer clímax, sintió cómo le llegaba otro estallido...
y otro... Y cómo cada uno se prolongaba hasta casi la eternidad.
Al fin, cuando aquella especie de huracán se calmó y Rurik se desplomó, jadeando y empapado en sudor, entre sus brazos, Eithne lloró de satisfacción, pero también de alegría.
El deseo de su esposo había sido tan urgente como el suyo. Y todavía lo era, porque aún sentía su pulso dentro de ella.
Ni él quería salir, ni ella quería dejarlo ir.
Pero estaba demasiado sensible al más mínimo roce, y frotó sus muslos, de forma muy sutil, contra las largas y musculosas piernas del guerrero, cuando logró apartarlas de sus hombros. Saboreó cada respiración, que hacía que el vello de su pecho le rozara los senos.
La cabeza de Rurik descansaba sobre la curva de su garganta. Y su mente se encontraba en perfecta sincronía con la de ella.
Lo sentía. Incluso podía escuchar su funcionamiento, conforme se recuperaba del vendaval que los había arrastrado a los dos.
Igual que el frío que comenzó a instalarse entre ellos cuando él se tumbó a su lado. Exhausto, pero con la mirada perdida de nuevo, más allá de lo que acababan de compartir. De lo que significaba.
Intuyó el peligro, pero actuó a tiempo. Se incorporó sobre un hombro y, con ternura, lo arropó y besó sus labios.
Los ojos de color miel se mostraron sorprendidos... Complacidos.
—¿Y eso?
—Porque eres tú. Porque te gustan los retos.
—¿Ah... sí? —respondió Rurik con cautela, al mismo tiempo que se tocaba los labios, como para asegurarse de que de verdad ella lo había besado.
—Claro. Y tengo un nuevo reto para ti: te quiero, Rurik el Escocés.
Más de lo permitido por el sentido común, ya no digamos por la decencia.
Tu fuerza me da miedo y tu testarudez me enfada a menudo.
Además, creo que eres una verdadera amenaza para la sensibilidad innata de una mujer, incluida la mía, pero ya ves.
Así que a menos que estés preparado para darme varias razones, sinceras y convincentes, de por qué no debería sentir lo que siento, tengo la intención de quedarme a tu lado.
Para ser tu esposa, tu amante si quieres, la madre de tus hijos, que espero sean muchos…
También aguardaba otra clase de respuesta distinta a la que recibió.
El ardor parecía haberlo abandonado, al igual que cualquier indicio de emoción. Sus ojos se volvieron indiferentes. Y aunque se apartó de ella demasiado tenso como para fingir que no le importaba, en definitiva, se apartó.
—Dijiste que ya habías cenado —murmuró cuando le dio la espalda para vestirse con prisa.
—Así es.
—Entonces duerme, mi pequeña. Tu cuerpo acaba de salir de un bache muy profundo, y lo has sometido a demasiada actividad de repente. Necesitas descansar.
Se marchó tan rápido que ella no tuvo oportunidad de sacarlo de su error. De intentar retenerlo para, al menos, descubrir qué era aquello que todavía permanecía en su mente, y que le impedía abrirse por completo a ella.
Pero su actitud había pasado de ser la de una mujer compadecida de sí misma, a la de una verdadera guerrera.
—Lo descubriré, así tenga que acorralarte en cada esquina para que lo confieses, vikingo —prometió en voz baja, con la mirada clavada en la puerta—. Esa es mi promesa.
Solo esperaba que aquella noche decidiera pasarla a su lado.
De lo contrario, intuía que perdería aquello que los había unido durante un mágico instante, pero que empezaba a escapársele de los dedos.