Hijos del invierno (La estirpe del halcón 3) 47
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Nunca en su vida había pasado tanta vergüenza.

Y, al mismo tiempo, jamás se había sentido tan atrevida, con tanta naturalidad, como cuando arrastró a un sorprendido Rurik escaleras arriba, como si fuera un manso corderito.

Desde luego, Marsaili tenía razón: lo había sorprendido. Tanto que todavía no era capaz de reaccionar.

Sonrió para sus adentros cuando cerró la puerta tras ellos y lo colocó junto a la humeante tina, tratando de infundirse valor. Para cuando él quisiera hacer algo al respecto, su mente estaría preparada.

—Yo… Eithne, creo que te debo una explicación.

—Yo también lo creo. —Sus ojos expresaban frialdad cuando lo miró, con los brazos en jarras—. Pero deberás darla deprisa, o el agua se enfriará.

Rurik lanzó un suspiro y después se sentó en el borde de la cama, ignorando la tina.

—Ni siquiera sé por dónde empezar —murmuró.

—Por el principio, supongo.

—No me vas a dar tregua hasta no obtener lo que has ido a buscar, ¿verdad?

—Cuando giró la cabeza hacia ella, le costó un mundo no correr a su lado, enviar todo su enfado a la chimenea encendida y abrazarlo como llevaba días deseando hacer.

Pero se mantuvo inmóvil, a una distancia prudencial de él—.

De acuerdo. Lo último que quiero que pienses es que me he olvidado de ti, que te voy a rechazar por lo que…

ha pasado, o incluso que voy a repudiarte para tomar una nueva esposa.

—Ajá.

—Tampoco deseo que imagines otro tipo de cosas, como que no me ha afectado la… pérdida de nuestro hijo, o que no estaba preocupado por ti.

—Ajá.

—Porque no es cierto —continuó él, con el ceño cada vez más arrugado por su falta de reacción ante algo que le estaba costando horrores expresar—. Cualquiera que haya pasado todos estos días conmigo podrá decirte que solo he pensado en ti. En tu bienestar. En cómo te encontrarías.

—Ajá.

—¡Por Dios, mujer! ¿Es que no vas a decir nada más?

Se puso en pie de un salto, furioso, pero al ver que Eithne retrocedía, levantó una mano para detenerla.

—No, por favor, no estoy enfadado contigo, sino conmigo —se apresuró a calmarla—.

¡Maldita sea, no sé cómo expresar el pesar que siento por haberte hecho daño!

No te molestes en negarlo, lo veo en tus ojos, kàlfrinn .

Como también veo que te contienes para no sacarme los míos, algo que me tendría más que merecido por mi comportamiento.

Pero cuando te he visto en el Gran Salón, tan hermosa y fuerte como si no hubiera ocurrido nada, me has… desarmado por completo.

—No tengo miedo de ti. —Los ojos ambarinos se aclararon cuando ella se atrevió a dar un paso al frente, tan serena que él se echó a temblar—.

No temo a un halcón que despliega las alas.

Temo al que ha olvidado que nació para volar.

Eres un vikingo, Rurik. Señor de Jura. Mi esposo.

Pero también formas parte de esa estirpe que odias y amas a partes iguales, de la que no te puedes desprender.

—Pude haberme marchado en busca de mis compañeros, pero estoy aquí. ¿No es eso prueba suficiente del lugar que ocupa la estirpe en el orden de mis prioridades ahora mismo?

El nombre de Freydis planeó sobre ellos como un ave de mal agüero, pero en aquella ocasión Eithne no se sintió celosa. Por primera vez, confió en lo que Rurik le decía entre líneas.

Le creyó. Y se sintió feliz por ello.

—Confieso que he pensado todo lo que has descrito tan bien.

Que incluso me he recreado en cómo te recibiría si algún día te dignabas a volver a visitarme.

Pero no soy mujer que sepa esperar, ni que se cruce de brazos ante la posibilidad de perder a alguien valioso, y decidí tragarme el orgullo a cambio de tomar la iniciativa.

—¿Sin que te importaran las consecuencias?

—¡Claro que me importan! ¡Igual que tu indiferencia, hasta el punto de buscarle un motivo!

Hasta que llegué a la conclusión de que me culpabas por la pérdida de nuestro hijo.

Que estabas tan destrozado que ni siquiera pensaste en mi propia pena.

Y esa culpa se acentuó cuando supe que Sorcha había sido declarada culpable…

—Eithne, me quedé sin argumentos. Sin fuerzas cuando supe lo ocurrido.

Solo llevaba conmigo una cólera que a duras penas me permitió ofrecer a tu amiga un juicio justo.

Tavish me ayudó, pero mi furia no se aplacó ni siquiera entonces.

—Qué devastado parecía cuando ella se decidió a sentarse a su lado y posó dos dedos bajo su barbilla para que sus ojos quedaran al mismo nivel—.

Debes creerme cuando te digo que el único lugar en el que deseaba estar era aquí, contigo.

—¿Y por qué no lo hiciste? ¿Por qué me dejaste un mechón de las crines de Aska y una flor, en lugar de a ti mismo?

Estuvo a punto de tirarle ambas cosas a la cara en un acceso de furia, pero cuando él la miró, con los ojos brillantes de emoción, todas sus intenciones de hacerle pagar aquella indiferencia se desvanecieron.

—Porque me quedé sin esperanza. Sin honor.

Y necesitaba recuperarlo —le respondió con la voz queda—.

El honor de un hombre es lo único que no se puede perder y volver a recuperar de la nada.

Una vez se ha perdido, es para siempre. Y nuestros hijos, y los hijos de nuestros hijos, también sufrirían las consecuencias.

Un hombre que prefiere salvar su vida antes que su honor es un hombre del que solo Dios puede apiadarse.

Pero yo me sentía como si hubiera perdido las dos cosas.

—De pronto, se arrodilló a sus pies y apresó sus manos entre las de él—.

Solo hay un camino, y es pidiéndote perdón.

Nunca debí marchar a la corte buscando la aprobación real para un matrimonio ante Dios, cuando tenía ante mí a la única persona que debía dármelo.

Te dejé sola, pensando que estabas protegida.

Os dejé solos, a los dos —añadió, posando una de sus manos sobre el vientre vacío de Eithne—.

Solo espero poder resarcirte de tanto sufrimiento, aunque sea a costa del mío, porque será la única manera de que pueda vivir con la culpa.

Cuando la miró, las lágrimas corrían por sus mejillas empapándole la barba hasta el cuello.

Derrotado por completo. Tan destrozado que no le importaba demostrarlo.

Eithne se quedó sin habla. Sin sangre en las venas.

La debilidad consiguió que las piernas volvieran a temblarle, pero el corazón le latía fuerte, quizá por primera vez en su vida.

La visión de un enorme guerrero postrado a sus pies, llorando de pena como un niño, fue demasiado para ella.

Con un lamento, se unió a él en un abrazo y miles de besos diseminados por su frente, sus párpados, sus mejillas empapadas y, al final, sus labios.

Ahí se entretuvo a conciencia, porque era incapaz de expresar con palabras las emociones que en aquel momento la apabullaban, pero que fluían como el cauce de un río hacia él.

Transparentes, frescas, llenas de fuerza.

De esperanza.

—Ninguno de los dos somos culpables, Rurik —le aseguró, sin molestarse en contener el llanto con el que al fin se desprendió de sus propios remordimientos.

Con la cara de su marido entre las manos y su mirada engarzada con la de él—.

Pero hemos sufrido las consecuencias. Aunque sigo sin comprender la razón de esta distancia forzada.

—Yo… —Él apartó sus manos y carraspeó, tan ruborizado que Eithne tuvo que contener una sonrisa de pura ternura—. No quería que pensaras que solo te buscaba para… Ya me entiendes.

—Oh… Oh.

—Lo que más temía era que me aceptaras convencida de que debías agradecerme algo, o que estabas en deuda conmigo. Pensaba... ¡Por los dioses! Por primera vez en mi vida, pensaba que por el mero hecho de no tocarte, te demostraría que quiero más de ti que solo... eso.

—Pero ya tienes más —susurró ella—. Tienes mi corazón y mi alma. Te entrego las dos cosas con todo mi amor. Con todo mi deseo y con todas mis fuerzas recuperadas. Aunque solo sea para que los dos superemos este mal trago, juntos.

—¡Pero no es eso lo que busco! —Se puso en pie, enrabietado, y se dedicó a pasearse de un lado a otro delante de ella, rascándose el pelo antes de volver a mirarla—. Solo quiero que seas lo bastante fuerte para elegirme, no lo bastante débil para necesitarme.

Se quedó inmóvil, esperando una respuesta.

Y Eithne la tenía.

Con la misma serenidad que había demostrado hasta el momento, se puso en pie y asintió.

—Lo soy, vikingo. Lo soy —repitió—. Y si me dejas, te lo demostraré.

Reunió el valor suficiente para despojarse de su vestido con movimientos pausados, como si hubiera nacido para aquel momento.

Sin que sus miradas desconectaran, se quedó con su camisa interior y tomó la mano de Rurik para acercarlo a la tina. Con la misma seguridad empleada en ella, comenzó a desprenderle de todas las prendas que lo mantenían vestido, hasta dejarlo desnudo por completo.

A continuación, dio un paso atrás para admirar el cuerpo que había dejado al descubierto.

El impresionante pecho, surcado de cicatrices que no escondían las profundas depresiones de los músculos, o el vello que lo salpicaba, que descendía hasta el ombligo.

O el nido de rizos que acogía aquella impresionante erección, que provocó que los dedos le hormiguearan de necesidad.

Cielos, no se reconocía a sí misma cuando se trataba de Rurik y la pasión desbordante que le inspiraba. Incluso tuvo que contenerse para no darse un festín con sus estrechas caderas, aquellas nalgas bien prietas y las poderosas piernas que él mantenía separadas.

Cerró los ojos un instante e inspiró hondo. Hasta ella llegó el sonido de su respiración apresurada. Su aroma inconfundible, mezclado con el que debía quedar en la tina.

Cuando lo miró de nuevo, descubrió puro fuego en sus pupilas, pero se las ingenió para sonreír como si fuera una virgen inocente.

—El agua caliente te espera, mi señor.

Antes de que todo se descontrolara, tiró de él y casi lo obligó a zambullirse en ella.