Hijos del invierno (La estirpe del halcón 3) 46
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—¿Vas a seguir ignorándola mucho más tiempo? Porque considero que dos semanas es más que suficiente para comportarte con la valentía que te caracteriza…

Rurik respondió a la provocación de Erling con un mandoble de su espada que a punto estuvo de enviarlo al suelo.

—No la ignoraría ni aunque pudiera —murmuró, con el mismo humor que llevaba exhibiendo desde que Eithne había perdido a la criatura.

—No, claro. Siempre es mejor emplear el tiempo en revisar hasta la última piedra del camino en busca de señales que te indiquen que la malvada lady Sorcha anda al acecho, que atender la evolución de tu esposa, ¿verdad, mi hersir ?

—Eso, y dejaros hechos trizas con un entrenamiento que no deje lugar a un solo error, ¿verdad, amigo? ¡Mejor harías en concentrarte con la espada y dejar las cuitas de tu superior para otra ocasión o perderás tus atributos antes de que puedas usarlos con esa mujer que tanto parece importarte!

—No me negarás que es cuanto menos extraño que la mejor amiga de tu esposa, que llegó aquí gracias a alguna que otra triquiñuela con el único objetivo de encontrarla, haya conspirado contra ella hasta el punto de provocarle un aborto…

—¡Fue ella quien no lo negó! ¡El juicio fue público!

¡Basado en testigos, y con Tavish de Moray como juez, tan imparcial como yo!

¡Incluso tú quisiste convertirte en su paladín, pero ella te rechazó!

¿Puedes censurarme, después de haber perdido a mi hijo a manos de una maldita escocesa que posiblemente esté aliada con Lachlan de Grey?

—Por supuesto que no te censuro. La noticia te ha destrozado, pero no ha sido suficiente para que reacciones y acudas a su lado —añadió, reanudando el combate de entrenamiento hasta que ambos estuvieron un poco apartados del resto—.

No pudiste juzgar con objetividad, amigo mío, porque hace mucho tiempo que tu esposa no te resulta indiferente.

Rurik abrió la boca para contradecirlo, pero entonces se dio cuenta de un pequeño detalle: no recordaba cuándo había dejado de pensar en Freydis, de ninguna de las maneras en las que siempre había pensado en ella.

No conseguía concentrarse en nada. Todo le llevaba a Eithne, una y otra vez. Como si su conciencia se empeñara en empujarlo hacia el único lugar en el que deseaba estar, y que al mismo tiempo rehuía.

—Me rindo. —Con los hombros encorvados, se sentó junto al tronco de un árbol, sin pensar en la hora avanzada de la tarde en la que se encontraban—. Contigo, Erling, pero no con ella. No puedo reconocer mi culpa…

—Es que no fue tu culpa, ni tampoco de lady Eithne. —Igual de abatido que él, Erling se dejó caer a su lado—. Me confiaste su cuidado y te fallé.

—Fui yo quien os fallé. A todos, incluido a ti. Todavía tienes señales que lo atestiguan —añadió, con una risotada que no llevaba ni pizca de alegría—. Sorcha se encargó de manejarnos a su antojo.

—Yo no lo tendría tan seguro. Aunque ahora mismo no supone una amenaza para nadie.

—¿Debo sospechar que te has encargado de no perderla de vista?

—Lo que debes sospechar, porque tienes motivos más que de sobra, es que en realidad estás asustado, por primera vez en tu vida, por amor.

—Eso no responde a mi pregunta, pero es inconcebible por varias cuestiones…

—¿Ah, sí? ¿Y tienen nombre? ¿Lillias? ¿Tal vez tu adorada Freydis?

—Ninguna de ellas. Como ves, me mantengo muy sereno mientras pienso en cómo puede asustarte algo tan inofensivo como el amor.

—Consumiéndote. Volviéndote ciego a cualquier otra cosa. Impidiéndote distinguir lo bueno de lo malo. Convirtiéndose en una carga que puede destruirte o salvarte. En resumidas cuentas, acabo de describir tu estado de ánimo de las últimas semanas.

Los ojos del vikingo se oscurecieron de tal modo que, por un instante, Rurik pensó que estaba hablando de sí mismo.

Porque él no quería a Eithne.

No podía amarla. De ninguna manera.

—Quizá debería dejar que ella se marchara en cuanto pudiera…

—Pero no lo harás, porque el amor nos hace egoístas.

—¿Yo, egoísta?

—No veo a otro laird por aquí, amigo mío. A no ser, claro está, que intentes convencerme de lo contrario con argumentos de peso.

Rurik se puso de pie de un salto, dispuesto a fulminarlo con un montón de razones que demostraran que aún estaba hundido.

Que todavía sentía que la carne se le desgarraba al pensar en su segundo hijo malogrado.

Pero, sobre todo, en el horrible pánico que había experimentado cuando se atrevía a imaginar a Eithne muerta. Como Lillias…

No. Lo que había sentido por Lillias ni siquiera alcanzaba al tumulto de emociones que despertaba en él su nueva esposa. Era un problema andante, pero también su complemento exacto. Por eso no podía permitirse el lujo de perderla.

—Debo hacer una visita.

Abarcó con la mirada todo lo que le rodeaba, tan inquieto que Erling rio.

—Estaba empezando a preocuparme de que no hubieras acudido a Lillias después de tus esponsales, aunque solo fuera para pedirle perdón en nombre de ese ridículo sentido del honor tuyo —le espetó, junto con una soberbia palmada en la espalda—.

Anda, ve tranquilo. Cuando Marsaili me transmita la inquietud de tu esposa, me ocuparé de disculparte, si es que confías en mí lo suficiente…

—La dejo en manos del único hombre capaz de ser mejor laird que yo. Ya cuidaste de ella una vez…

—Solo velé por lo que es tuyo.

—Y volverás a hacerlo, porque volveré a delegar en ti.

Ambos hombres se miraron en silencio. Se controlaban para no demostrar sus emociones ante los demás guerreros en forma de un abrazo que incluso amenazara con hacerles llorar.

En su lugar, se conformaron con tragar el incómodo nudo que se había alojado en su garganta, mientras envainaban sus espadas y asentían al mismo tiempo a modo de despedida.

Después, dirigió su atención hacia la ventana de sus aposentos.

Allí, unos preciosos ojos azules le devolvieron la mirada con todo el fuego de la indignación grabado en ella. Y con tanta contundencia que lo obligó a inclinar la cabeza, avergonzado.

—¡Ella te seguirá esperando! —exclamó Erling mientras él casi corría hacia los establos.

Apretó las riendas de Aska en sus manos para controlar el temblor de su corazón, pero no lo consiguió. Cuando desmontó junto a la tumba de Lillias, su mente aparecía dividida en tantos fragmentos que tuvo que apoyarse en la losa para poder poner en orden sus ideas.

—Debí venir antes. Debí ignorar tu voluntad de permanecer separados durante un tiempo.

Debí protegeros mucho mejor… Nunca seré capaz de perdonarme a mí mismo, Lillias.

Hijo, he perdido a tu hermano. Y no creo que mi nueva esposa me tolere siquiera.

Moriré solo, porque un día otros me impusieron esa soledad.

La estirpe se había encargado de hacer cumplir sus reglas. Eithne sería desgraciada a su lado, de la misma forma que lo había sido Lillias o cualquier otra mujer que se atreviera a intentar compartir su vida con él.

Levantó los ojos al cielo, pero no pudo evitar que las lágrimas se le escaparan.

Gritó su dolor para hacerlo soportable. Y cuando se quedó vacío de toda emoción, pensó en Lillias.

En sus hijos no nacidos. En Freydis.

En Eithne.

Sobre todo en ella.

No se merecía el trato de aparente indiferencia al que la había sometido. Era un guerrero del norte. Había soportado mil y un castigos en aras de una disciplina espartana que le había valido conservar la vida, pero había llegado la hora de rebelarse.

Acababa de tomar la decisión.

Regresó a casa. Cuando cruzó las murallas, comprobó por enésima vez que cada palmo de Dùn na Seabhaig estaba vigilado, después de la ambigüedad demostrada por Alexander con respecto a Lachlan de Grey. Lo conocía. Sabía que de un modo u otro atacaría Jura y necesitaba estar preparado.

Erling lo ignoraba, pero había enviado emisarios a las tierras de Gunnar, Eirik Hauksson, Freydis y Caelen MacSween en busca de una alianza con la que hacerle frente con garantías de éxito.

Se aliaría con el diablo con tal de mantener a Eithne segura.

No podía permitirse el lujo de un segundo error.

—No lo habrá —prometió cuando dejó a Aska de nuevo en los establos—. Porque no me apartaré de ti, tanto si quieres como si no.

Esa determinación lo llevó hasta el Gran Salón, donde Tavish de Moray ya se hallaba a punto de disfrutar de su suculenta cena.

—Hoy tampoco nos acompañará, mi laird —dijo a modo de saludo.

Todas las esperanzas de Rurik se desmoronaron a sus pies. Se refería a Eithne, pero en aquella ocasión no se dejó llevar por el desánimo e inspiró hondo.

—Hubiera estado bien que me facilitara las cosas, pero entonces supongo que no sería Eithne MacSorley —murmuró, tomando asiento a la otra punta de la mesa—. Estoy famélico.

—Y un poco sucio para sentarse a la mesa, ¿no os parece?

—¿Yo? ¿Sucio? —Como respuesta, se sacudió un poco la ropa antes de ocupar su sitio, como si tal cosa—. Ya está.

—¿Seguro?

—Mira, viejo, agradezco tanto tu compañía como tus consejos, incluso cuando no te los he pedido. Comprendo el cariño que mi esposa te profesa, pero no me hace falta que te comportes conmigo como si fueras mi padre y yo un niño travieso.

—Entonces no te comportes como tal, mi señor.

Los dos hombres se giraron de inmediato hacia la suave voz que provenía de la entrada al salón.

La boca de Rurik se secó y una exclamación de sorpresa se atascó en su garganta.

Eithne no solo parecía recuperada, sino llena de vida. De fuerza. De una belleza arrolladora que le afectó mucho más que una flecha clavada en el centro de su corazón.

Señor de los cielos, estaba impresionante con su vestido de azul oscuro, que realzaba el tono claro de su piel, el sonrojo de sus mejillas y el brillo malicioso de aquellos ojos celestes que se clavaron en él con un destello de furia, pero también de alegría y de…

No. No podía haber esperanza en ella, se repitió en silencio, mientras su conciencia le gritaba que se pusiera en pie, imitando a Tavish, para recibirla como era debido.

Como a una reina. Su reina de suaves rizos castaños que flotaban sobre su pecho y espalda para adornar la curva de sus senos bajo la ajustada tela del vestido.

—Mi señor, me alegro mucho de verte de vuelta —saludó, con una leve inclinación de cabeza.

—Yo… er… —Por el rabillo del ojo vio cómo Tavish mantenía la compostura y contenía la risa a duras penas. Frunció el ceño y carraspeó—. Yo también me alegro de ver que te encuentras bien, mi señora —añadió.

—No sabes hasta qué punto, vikingo. Por cierto, mi profesor tiene toda la razón del mundo al afear tu conducta. —En esa ocasión escuchó la risilla del escocés con toda claridad, el muy…—. Aunque te pido perdón por mi atrevimiento. Si te has sentido ofendido…

—No, para nada —mintió—. Solo estamos De Moray y yo. No debes temer nada de mí.

—¿Ni siquiera tu saludo? —Como movido por un resorte invisible, Rurik se apresuró a tomar la mano que ella extendía para posar los labios en sus dedos.

Dios, cuánto había echado de menos su fragancia, su tacto cálido y confiado…

—. Oh, veo que no has perdido tu galantería durante este tiempo.

Empezaba a pensar que, si tenía el honor de recibir tu visita, sería la de un hombre completamente desconocido.

—Pulla aceptada y merecida, milady —siseó él con disimulo para que solo ella pudiera oírlo—. Ya hablaremos acerca de ese tema. Ahora, dime: ¿has bajado para acompañarnos al fin?

—Lo cierto es que… no. —Su delicioso ceño se frunció cuando arrugó su nariz con cierto desagrado—. Yo ya he cenado, gracias. Y, por lo visto, también me he adelantado a ti en otros menesteres, querido esposo.

—¿Ah, sí?

—Sí. Está claro que deberías hacer caso a Tavish —concluyó, dándose pequeños golpecitos en la barbilla con el dedo para después empezar a sonreír como una endemoniada cuando se acercó a su oído—.

He ordenado que te preparen un baño en tus aposentos, vikingo.

Así podrás acudir a la cena en unas condiciones aptas para el olfato de los demás, te lo aseguro.

Él se dejó llevar porque en aquellos instantes no deseaba otra cosa que ser abrazado por ella. Fuerte. Una vez más.

Solo una vez más.

Ahora que había acudido a él, no quería que se fuera. Dios del cielo, no quería que se alejara de él ni siquiera un instante... pero sabía qué tenía que hacer.

Debía alejarla de cualquier peligro, al precio que fuera.

Incluso si aquello implicaba destruir lo que fuera que ella sentía por él. O lo que él sentía por ella.