Hijos del invierno (La estirpe del halcón 3) 45
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—Habéis dejado de sangrar hace tres días al menos, mi señora. Vuestra recuperación ha sido asombrosa. Cuando mi señor lo sepa…

—Hará exactamente lo mismo que lleva haciendo las últimas dos semanas. Es decir: nada.

Eithne se paseaba por el cuarto como un león enjaulado. De esa manera recuperaba las fuerzas, echaba de su mente todo pensamiento que pudiera convertirla en un ser débil e intentaba preparar un plan lo bastante sólido como para que no se resquebrajara cuando tuviera delante a Rurik.

Porque estaba claro que lo tendría delante.

Había pasado demasiado tiempo esperando una reacción por su parte.

Su corazón aún no había cicatrizado por la pérdida de otro hijo, y tardaría mucho tiempo en hacerlo, si es que lo conseguía.

Pero no iba a consentir que aquel bruto desconsiderado se escondiera tras su caparazón con la excusa de un dolor que, quiera o no, compartía con ella.

Tenía que hacerlo. Lo contrario la llenaba de un vacío del que no sabía cómo deshacerse.

—Mi señor ha estado muy ocupado blindando la fortaleza y, a decir verdad, la isla de Jura casi al completo —le informó Marsaili, mientras la ayudaba a vestirse por petición propia—. A estas alturas, hasta el último de los aldeanos conoce…

—Sí, ya lo sé. Rurik volvió de su entrevista con el rey con su aceptación total a nuestro matrimonio por la iglesia, pero no pudo decírmelo en persona porque yo… porque yo…

Era inútil hacerse la fuerte cuando aún era incapaz de verbalizar la tragedia que la mantenía medio muerta en ocasiones, medio viva en otras.

Con un suspiro, se dejó caer sobre la cama y se mordió los labios para contener las lágrimas.

—Estáis en todo vuestro derecho de llorar, mi señora. No es bueno contener las emociones…

—¡Pero él las contiene sin esfuerzo! ¡Me está demostrando su indiferencia, en el mejor de los casos! —La vista se le nubló cuando sintió la mano de la joven sanadora posada sobre su hombro. Se aferró a ella y dejó vía libre a los sollozos—. ¡En el peor, me demuestra su desprecio!

—Ni le resultáis indiferente, ni os desprecia.

Pero los hombres llevan el duelo de un modo muy diferente a las mujeres.

Mi señor ha preferido comer en compañía de vuestro maestro, o del resto de guerreros cuando los entrenamientos se han alargado, antes que hacerlo aquí, con vos.

Es igual de cierto que el hecho de que ha dormido con ellos todas estas noches.

Pero que las evidencias no os lleven a error, milady .

—Eithne se atrevió a levantar la vista después de sorber por la nariz, para ver la sonrisa de Marsaili llena de esperanza—.

Me apostaría mi mano derecha a que no ha dejado de pensar en vos, en vuestro sufrimiento y en todo lo que podéis creer de él, ni un solo instante.

—Confías demasiado. —Un nuevo ramalazo de furia la hizo ponerse en pie para ir hasta la ventana, cuando comenzaba a atardecer—. No puedo hacer ni decir lo mismo…

—Y vuestras razones tenéis, no os lo discuto. La traición de vuestra mejor amiga solo ha ayudado a que vuestro corazón se desmorone de pena. Pero cuando creemos que nunca nos levantaremos, sucede algo que apunta a lo contrario, siempre, milady .

—Llevo demasiado tiempo encerrada en esta habitación, esperando semejante milagro.

—En eso estoy de acuerdo con vos. —Tenía la mirada perdida cuando sintió que Marsaili se aproximaba, hasta quedarse casi pegada a su espalda—.

Pero me permito la licencia de aconsejaros sin que me lo hayáis pedido, en nombre de esa amistad que se ha ido forjando entre nosotras.

Sin ignorar el abismo que siempre ha de separar a señora y criada, por supuesto.

—Marsaili, has sido mi principal bastión demasiado a menudo desde que estoy aquí —le confió cuando tomó sus manos con las de ella y se esforzó por mostrarle lo más parecido a una sonrisa en semanas—. No has dejado que me caiga en ningún momento. Has luchado por mí más que yo misma. O que él.

—No digáis eso, mi señora. Él ha peleado por vos, y sigue haciéndolo. Miradlo.

Eithne dirigió su atención más allá del patio de armas, incluso de las murallas. Desde su privilegiada posición, pudo ver a un grupo de soldados entrenando sin descanso en una enorme extensión de hierba.

A pesar de la hora intempestiva, Rurik los comandaba.

Su presencia era tan contundente como las órdenes tajantes que impartía, con tanta soltura que un escalofrío le sacudió la columna vertebral.

Maldición. Jamás podría contemplar semejante alarde de masculinidad con indiferencia, la repudiara él o no.

Y la repudiaría en cuanto supiera que se encontraba en condiciones de ser recibido por ella.

Quizá esa fuera la única razón que la mantenía encerrada por voluntad propia, se dijo.

A lo mejor la cobardía que la había impulsado a huir de Duntrune, después de haber propiciado la desaparición de su hermano y la desgracia de su gente, regresaba con más fuerza.

—Jamás renunciará a vos —escuchó en su oído—. Pero si queréis que vuelva, debéis propiciarlo vos misma, milady .

—¿Cómo?

—Vuestro cuerpo ha sanado por completo hace días, aunque él no lo sabe.

—Eithne se giró de golpe, y Marsaili se encogió de hombros, como si esa fuera su única disculpa—.

Ofrecedle consuelo. Sed el hombro en el que está necesitando apoyarse, aunque lo ignore.

Escuchadlo cuando llore, porque será el momento en el que habrá roto las barreras de la vergüenza y la humillación que sufre el hombre que se muestra débil ante su esposa.

Y después, permitid que las barreras que os mantienen separados se derrumben a vuestro alrededor.

La expresión de la muchacha mientras hablaba era tan soñadora que Eithne le respondió con un resoplido de realidad, antes de dirigir su vista de nuevo a la ventana.

Rurik había abandonado la lucha y se encontraba sentado junto a Erling.

Hablaban. Parecía tranquilo a aquella distancia.

Sin rastro de la aflicción que la sanadora afirmaba que lo consumía.

Aunque seguro que más de cerca apreciaría los surcos oscuros bajo unos ojos demasiado hundidos.

El gesto cansado, oscuro, con el que recibía a todo aquel que tuviera el coraje de dirigirse a él con asuntos menores.

Ya había tenido oportunidad de comprobarlo mientras lo observaba desde la ventana.

Había sido en contadas ocasiones, pero suficientes para asegurarse de que no acudiría a ella. Al menos en un futuro próximo.

—Es hermoso…

—¡Marsaili! ¡Es tu laird y mi esposo!

—Lo digo desde el respeto más profundo a ambos, mi señora —replicó la sanadora, cabizbaja y arrepentida—. Es solo un modo de ayudaros.

—¿Alabando los atributos de mi marido delante de mí?

—Para que los recordéis, si es que en algún momento se os han olvidado, milady . Deberíais mirarlo como lo mirabais antes de que la desgracia se cebara con vos.

A pesar de su desfachatez, tuvo que reconocer que tenía razón.

Un examen mucho más exhaustivo, siempre desde la protección de la ventana, la llevó a comprobar que, al menos en apariencia, su envergadura seguía siendo tan poderosa, viril y atractiva como siempre.

Ella conocía la fuerza que contenía cada uno de sus músculos.

El calor que manaba de cada porción de aquel cuerpo que había recorrido con las yemas de sus dedos palmo a palmo, hasta casi aprendérselo de memoria.

Si cerraba los ojos y se concentraba, podía escuchar las palabras íntimas que le dedicaba en medio del delirio.

Cómo se entregaba a ella, hasta proporcionarle el placer en la misma medida en la que él lo recibía.

El color ambarino de sus ojos, oscurecido por la pasión, justo antes de estallar en su interior.

O el modo en que se derrumbaba, vencido por completo, después de que ambos alcanzaran el clímax.

En ese momento, él alzó la vista.

Sus miradas se encontraron por una eternidad, sin que ninguno de los dos interrumpiera el contacto.

«Ven a mí. ¡No me dejes sola con todo esto! Si me necesitas, podré ser tu apoyo. ¡Sé tú el mío!».

Sus ojos emitieron el mensaje silencioso, un instante antes de que él desviara la vista y se dirigiera hacia el establo.

Un pedazo de su corazón cayó al suelo. Otro más.

—¿Por qué no bajáis y lo abrazáis como estáis deseando hacer? —La voz de Marsaili a su espalda la sobresaltó—. Mi señora, si ninguno de los dos dais el primer paso, la distancia a recorrer será cada vez más grande…

—Tienes razón.

—¿Cómo decís?

—Que me has convencido.

—Si me dijerais adónde os dirigís, o qué pensáis hacer… —insinuó.

—Voy a buscarlo, Marsaili. Tal y como me has insinuado. —De repente se sentía muy débil. Llena de unas dudas que la llevaron de nuevo al borde de la cama—. Aunque si lo encuentro… tampoco sabré cómo actuar.

—¿Y si no lo encontráis?

—No entiendo…

La muchacha se acuclilló junto a ella y unió sus manos sobre el regazo, con una sonrisilla cómplice y un brillo insinuante en sus ojos.

—Él regresará. Por vos, claro está, pero también por todo lo que ha dejado aquí en este momento.

Con vuestro casamiento, ha conseguido unir ambas culturas con un mínimo de garantía de convivencia entre nosotros.

No digo que no siga teniendo problemas, que los tendrá, pero los guerreros celtas le han ofrecido la lealtad de sus espadas, al menos en su gran mayoría.

Ahora, faltáis vos —insinuó—. Pero debéis ser inteligente, no impulsiva.

Debéis esperarlo aquí, milady . Y cuando vuelva para la cena…

Eithne se puso en pie como si algo le hubiera pinchado en el trasero, con una inesperada idea bulléndole en la cabeza y una sonrisa igual de maligna que la de su amiga.

—Creo que te he entendido —murmuró—. Él es mi esposo…

—En cuerpo y mente, mi señora. Porque debéis saber que hace tiempo que no piensa en otra que no seáis vos.

—No tienes forma de saber eso…

— Lady Lillias nunca despertó en él ni la mitad del interés que vuestra simple presencia. ¿Necesitáis más pruebas, milady ?

Claro que sí. Necesitaba la confirmación irrevocable de que no había salido en busca de su adorada Freydis para calmar su pena, su incertidumbre o incluso sus impulsos masculinos.

Necesitaba saber que no había hecho precisamente eso durante todos aquellos días, en los que ella se había limitado a recuperarse y a esperar su regreso.

—¡Dios del cielo, qué tonta he sido! —exclamó—. Me merezco quedarme aquí confinada hasta el fin de los días por mi estupidez. ¡Puedo perderlo antes de haberlo encontrado!

—Pero no lo vais a hacer, porque tenéis un plan, ¿verdad?

—Bueno, yo no lo llamaría así, aunque a lo mejor…

Eithne tardó solo un segundo en decidirse a contárselo, aun a riesgo de lo que Marsaili pudiera opinar al respecto. No era nada original, pero cuando terminó, la joven curandera tenía una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Cuento con tu aprobación? —le preguntó, llena de dudas.

—Por supuesto. Y con mi ayuda. Es convencional, pero algo así siempre resulta efectivo. Y, sobre todo, inesperado, milady —apuntó.

—En ese caso… da la orden. Yo me quedaré aquí, esperando a que vuelva.

Aunque sería la última vez que lo esperaría, se prometió a sí misma cuando regresó a la ventana con los ojos fijos en el horizonte.