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Cuando abrió los ojos, pensó que todo había sido un sueño.
Una de las pocas pesadillas que aún la asolaban desde que había perdido al hijo de Lachlan.
Pero comprobó que se hallaba en una horrible pesadilla en cuanto recorrió la estancia con la vista, para toparse con Marsaili, que la velaba en la distancia.
Ella se hallaba sola en el lecho. Y, a juzgar por el frío, llevaba así demasiado tiempo.
—No…
Fue un simple susurro que actuó como la puerta de entrada a todos sus recuerdos más recientes.
Se vio a sí misma enfurecida, agitando su colgante ante los indiferentes ojos de Sorcha, mientras la acusaba de las más retorcidas tropelías.
Después, ignorando una vez más las señales de peligro inminente que le enviaba su cuerpo.
Incluso desechó aquel sabor tan familiar del caldo que se había bebido, concentrada como estaba en empujar a su amiga de la infancia a confesar todos sus crímenes.
Incluido el que la mantenía postrada en la cama, tan débil que apenas podía levantar una mano, pero demasiado consciente de lo que había sucedido.
Notó que sus ojos comenzaban a llenarse de lágrimas de dolor, pero también de culpa. Los posó en el perro, que permanecía a los pies de su cama para abrigarla del frío que se instaló en su cuerpo hasta dejarla congelada.
«Quieres protegerme de mis propios sentimientos, pero no puedes, precioso. Nadie puede».
No entendía cómo Dios le permitía siquiera respirar. Fuera Sorcha la causante de la desgracia o no, la última responsable había sido ella. El peso de aquella verdad la aplastó como una losa. Fue incapaz de articular palabra cuando Marsaili fue en su auxilio y tomó su mano entre las de ella.
—Ni siquiera se os ocurra pensarlo, milady .
El destino es el que es. Tendréis otros hijos con vuestro esposo, estoy más que segura…
—¿Con qué esposo?, tuvo ganas de gritarle.
¿Con ese que la repudiaría en cuanto supiera la verdad, si es que ella era lo bastante valiente como para contársela de una forma honesta?
—. Si ahora no está aquí con vos, es porque sus obligaciones lo reclaman.
Lady Sorcha ha sido desterrada de Dùn na Seabhaig después de haber sido sometida a un juicio justo.
Tavish de Moray también intervino en él.
Y ni uno solo de los asistentes objetó nada cuando mi señor dictó sentencia.
Sorcha desterrada.
En medio de su mutismo, algo se rompió dentro de Eithne.
Las lágrimas bañaron su cara, le nublaron la vista y empaparon las mantas que la cubrían hasta el cuello.
Escuchó sus propios sollozos. Una pequeña muestra del desgarro que la hacía sangrar por dentro.
Apretó los dientes y los párpados, pero ni aun así logró morir, que era lo que deseaba en aquel momento.
—Ella… me traicionó… —murmuró—. Era mi mejor… amiga…
—La ambición cambia a las personas, mi señora.
—Marsaili le mostró una sonrisa destinada a reconfortarla, pero no lo consiguió—.
Mi señor le dio la oportunidad de defenderse.
Incluso Erling lo intentó. Pero ella se lo impidió.
Supongo que porque su alma podrida encontró un resquicio de honor para aceptar la pena impuesta y, con ella, su delito.
El pequeño que ya no nacería.
Eithne se llevó la mano libre a su vientre.
En su interior ya no había un bebé, sino un doloroso vacío, una sensación de pérdida, de soledad, como nunca antes había sentido.
Rurik se alejaría de ella, pensando con toda probabilidad que le había defraudado.
Y con él, esa sensación increíble de amar y ser amada, al menos en el plano físico.
Con él se había sentido viva, liberada, porque Rurik el Escocés se había metido en su vida como una tormenta, y la había dejado convertida en un caos.
—Le hice concebir esperanzas. Estaba tan ilusionado con la llegada de un hijo, después de perder al suyo…
—Después del torrente de lágrimas, la indiferencia se apoderó de ella, hasta el punto de sentir todo su cuerpo laxo.
Dirigió su mirada hacia la ventana por la que se filtraba algún rayo de luz, sin ver nada en realidad—. Lo he destrozado para siempre.
—No digáis eso. Ni siquiera lo penséis.
—¿Es que no te das cuenta? ¡Nada de esto habría ocurrido si yo te hubiera hecho caso!
Pero, en lugar de eso, decidí terminar con unas sospechas que consideraba absurdas e increpé a Sorcha más allá de lo aconsejable.
—Volvió a cerrar los ojos, pero las lágrimas fluyeron de nuevo sin que pudiera contenerlas—.
¡Ella me dio a beber un caldo con ruda, y yo estaba tan furiosa que ni siquiera distinguí el sabor!
—Sabéis tan bien como yo que no es fácil distinguirlo. Sobre todo dentro de un sabroso caldo…
—¡Sigues sin entender! —Sus emociones basculaban de un extremo al otro de una forma demasiado brusca para controlarlas.
La furia reemplazó a la pena. Apartó a Marsaili de un manotazo y se puso en pie—.
¡Déjame! ¡No soy digna de tu ayuda! —gritó cuando se tambaleó, pero logró agarrarse a uno de los postes de la cama—.
¡Ella lo tenía todo preparado! ¡Había dos cuencos en sus aposentos!
¡Pero estaba tan obcecada con escupirle su culpabilidad cuando encontré el colgante, que no pensé en lo absurdo de que hubiera dos, cuando ella se encontraba sola!
A través del llanto descontrolado que la dobló en dos, vio cómo la curandera la miraba espantada.
—Mi señor ignoraba ese dato, por fortuna para lady Sorcha —susurró—. Porque si lo que decís es fiel a la realidad, supone que…
—... me esperaba. Me conocía lo suficiente como para saber que tarde o temprano la increparía en sus propias habitaciones, si era necesario.
Supongo que me vio con la suficiente antelación como para prepararlo todo, aunque estuve a punto de descubrirla.
De ahí que me recibiera tan desaliñada y sofocada…
—Conforme fue exponiendo sus argumentos, la debilidad volvió a dejarla como un guiñapo, sentada sobre el borde de la cama—.
Dios del cielo, ahora todo tiene sentido…
—Todo menos esa crueldad al provocar que perdierais a vuestro hijo. ¿Por un colgante cuyo valor es sentimental, mi señora?
—No importa. De cualquier forma, ya nunca podré averiguarlo.
—Con un suspiro casi infinito, Eithne apoyó la cabeza sobre el poste que le había servido de sujeción y cerró los párpados.
Solo le quedaba un camino para lograr el alivio de su conciencia—.
Ni tampoco echarle nada en cara. Yo me he comportado de forma mucho más cobarde que ella, huyendo de mi hogar, de mis actos y de unas consecuencias que terminaron por alcanzarnos a todos.
Lo justo es que acepte la penitencia que él decida imponerme por mi inconsciencia.
—¿Penitencia? ¿Por qué dais por hecho que pretende castigaros, milady ? ¡Abrid los ojos para ver con ellos en lugar de solo mirar!
Lo hizo.
Y entonces reparó en lo que había junto a una bandeja con un cuenco y una cuchara.
Boquiabierta, tomó el mechón de pelo gris y se lo acercó a la nariz.
—Es de Aska… —murmuró, sin dar crédito.
Después, como si temiera que se desintegrara entre sus dedos, alcanzó el brezo. Rosa. Un color que, en aquella flor, significaba protección, al igual que su colgante.
Agradecimiento.
Para ella, el mensaje era tan claro que la emoción estuvo a punto de hacerla llorar de nuevo.
Nunca nadie, si exceptuaba a su padre y a su hermano, había mostrado ese tipo de preocupación callada por ella. Rurik, un desconocido que se había convertido en su esposo ante los dioses celtas, le había dejado aquellos regalos en la esperanza de que interpretara su significado.
No le resultaba indiferente. Siempre había velado por ella. Y dondequiera que estuviese, seguía haciéndolo… a su modo.
—Dondequiera que esté… —Se levantó de nuevo y miró alrededor con fuerzas renovadas, como si expresar aquello en voz alta la hubiera arrojado a una realidad que tendría que compartir con él—. ¿Cuánto tiempo llevo en esa cama, Marsaili?
—Dos días con fiebre, tres recuperándoos gracias a los caldos que yo misma os he suministrado, milady , como habéis podido comprobar —dijo, señalando el cuenco vacío junto a los presentes de Rurik.
—Eso hacen un total de cinco días sin que haya aparecido por aquí. ¿O acaso lo ha hecho?
La cara de la muchacha estuvo a punto de arder por combustión espontánea.
—Tan sigiloso como un gato y tan astuto como un zorro, mi señora. Se aseguraba de que no pudierais verlo. Pero os aseguro que ha sufrido tanto como vos. Y que también se ha sentido demasiado culpable como para velaros, aunque sé que lo habría hecho si su conciencia se lo hubiera permitido.
Eithne intentó enfurecerse con él, aunque solo fuera para mitigar su propio dolor, pero comprendió que jamás podría verter el odio que sentía hacia sí misma sobre un hombre que, con toda probabilidad, también se estaría odiando.
—Eso podría justificar sus acciones pasadas, pero desde luego no las presentes, ni tampoco las futuras. —Renqueando, volvió a la cama con un mohín de terquedad y la vista clavada en la puerta—. Supongo que te habrá exigido que le informes de mi estado.
—A cada momento, milady .
—Y que seguirás haciéndolo en cuanto salgas de aquí.
—Contad con ello, milady .
—Bien. Pues, en ese caso, seré una buena paciente, Marsaili. No me moveré de aquí hasta que no reciba su visita. Eso también puedes explicárselo.
Asintió con vehemencia…
Pero su corazón le aporreó en las costillas ante la posibilidad de que, después de todo, tuviera que ser ella quien acudiera a él.