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—Si confesáis, sufriréis las consecuencias. Pero si guardáis silencio, esas consecuencias serán mucho peores, lady Sorcha. Vos decidís.
Había pasado una sola jornada desde que el laird de Jura había vuelto, y todo había dado un vuelco inesperado. Empezando por la paliza recibida y terminando por aquel juicio improvisado a Sorcha… La mujer de su vida, por mucho que le pesase.
Erling permanecía aún aturdido. La cabeza le daba vueltas, el labio le latía de una forma casi cruel y tenía uno de los párpados casi inutilizado.
Eso por no hablar de la ceja rota, la nariz que habían tenido que recolocarle, el dolor en las costillas y otro mucho más agudo en medio del pecho, solo por ver el sufrimiento de su amigo.
Las ojeras que adornaban unos ojos demasiado hundidos por el cansancio y la culpa.
El gesto implacable, que no desprendía ninguna emoción, con el que miraba a la joven noble, mientras esta permanecía con la cabeza en alto, empeñada en callar.
Eithne había vencido allí donde él había fracasado. Había encontrado el colgante y, con él, la culpabilidad de su mejor amiga.
No quería creerlo. No debía creerlo, si estimaba en algo su equilibrio mental y esa contención aprendida de Rurik por la que comenzaba a ser tan famoso como él.
Pero cuando observaba el porte orgulloso de la mujer que se había ganado su corazón, muy a pesar suyo, o ese empecinamiento por no delatarse, le entraban ganas de zarandearla.
—¿No tenéis nada que decir, milady ?
La pregunta provenía de Tavish de Moray, que se había erigido en un juez tan válido como el propio Rurik, por petición de este. En su expresión se leía también la pena, mezclada con la incredulidad, cuando Sorcha negó con la cabeza.
—En ese caso, estáis confesando vuestra culpabilidad —apostilló su hersir , con las manos aferrando los brazos de su silla con fuerza.
—Nunca dije tal cosa, mi señor —habló por fin Sorcha, en un hilo de voz tan sutil que incluso a él le costó escucharlo—.
Supongo que no soy más culpable que cualquiera de los aquí presentes, descuidando el estado de mi mejor amiga hasta que fue demasiado tarde para remediarlo…
pero tampoco soy menos inocente que vos.
—Yo no robé el colgante a mi esposa. Ni lo guardé entre mis pertenencias, arriesgándome a que cualquiera pudiera encontrarlo.
—Si hubiera querido ocultarlo de verdad, ¿creéis que lo habría dejado en mi baúl?
—Sí, si estuvierais convencida de que nadie sospecharía de vos. —En ese punto, Sorcha dirigió a Erling una mirada que habló por sí misma, antes de volver a Rurik—. Habéis pecado de confiada, milady .
—En todo caso, sería un pecado más de los muchos que me atribuís, ¿no es cierto? Solo espero que Eithne se recupere pronto, para que pueda exonerarme de todo lo que me acusáis.
—Estáis demasiado segura de que así será.
—La sonrisa ladeada del laird le produjo a Erling un escalofrío en la espina dorsal.
Era la mejor representación de la amenaza mortal que se cernía sobre Sorcha—.
Pero, según diversos testimonios, fue mi esposa la primera en acusaros de estar compinchada con el campesino que intentó huir.
Es más, el propio campesino confesó que una mujer intentó comprar su libertad con un colgante.
El mismo que lady Eithne perdió y que encontró en vuestros aposentos.
—¿Serviría de algo que lo negara todo?
—Serviría de mucho que pudieras probar dónde estabas mientras el campesino intentaba huir, muchacha —intervino Tavish—. De dónde venías justo antes de que Lorna suplicara audiencia con el laird para denunciar el secuestro de su pequeño…
Erling decidió dar un paso al frente en aquel preciso instante.
—Mi laird , si me permites hablar…
—¡No! —Ella palideció al escucharlo—. Mi laird , siempre le he resultado simpática a este hombre. Él solo intentará ahorrarme la deshonra o algo peor, mintiendo si es necesario.
—Erling jamás me ha mentido. —Rurik lo invitó a continuar con una mirada—. Adelante. Te escucho.
Esa era su forma de pedir perdón por lo ocurrido entre ellos. En público y con humildad.
Erling asintió, pero enmudeció al ver la expresión desesperada de Sorcha.
—No lo hagas, por favor… —Sus labios formaron las palabras, a pesar de que ningún sonido salió por ellos.
—Yo…
Maldijo su debilidad en todo lo que tenía que ver con aquella maldita mujer.
Cómo su corazón palpitaba por ella con tan solo un aleteo de pestañas.
La forma en la que se dejaba manipular por ella.
Pero, sobre todo, que tuviera razón. Si hablaba y ella vivía, las consecuencias serían horribles. Si callaba, también.
Aferró la empuñadura de la espada y se acercó a su amigo, hasta hincar una rodilla en tierra frente a él.
—Sufres, mi hersir —afirmó.
—Eso no es de tu incumbencia, guerrero. No continúes por ahí.
—Tu sufrimiento no se mitigará con la recuperación de tu esposa, algo que Marsaili ya ha asegurado que se producirá, porque tiene un origen mucho más profundo: surge de tus remordimientos —siguió Erling, ignorando su advertencia—.
Te ruego que no vuelvas a enfurecerte conmigo, mi señor.
Antes necesito curarme de tu última exhibición de mal genio.
—Erling, si continúas provocándome dejaré de sentirme culpable al verte y remataré la faena.
El vikingo se permitió el lujo de exhibir una pequeña sonrisilla ladeada.
—Solo estoy exponiendo algo que no debería parecerte una debilidad, porque no solo te comprendo, sino que yo también lo he experimentado.
Me refiero a los remordimientos, mi hersir —retomó, como si aquel pequeño inciso donde Rurik reconocía su conducta irracional no hubiera existido nunca—.
Yo… no deseo experimentarlos más allá de la duda razonable.
—¿Intentas decirme que la culpabilidad de esta mujer es dudosa?
Erling tomó aire. Lanzó una mirada disimulada hacia Sorcha, que se la devolvió con una mezcla de emoción y gratitud en sus ojos llenos de lágrimas, y levantó la cabeza con orgullo.
—Intento explicarte que, aunque yo sea el primero que tiene esa incertidumbre, también es cierto que, hasta que lady Eithne no pueda contarnos cómo y dónde encontró realmente el colgante, lady Sorcha podrá seguir pareciendo inocente.
—«Seguir pareciendo» no es lo mismo que serlo, guerrero —intervino Tavish con su habitual cautela—.
Rezaremos para que lady Eithne se recupere lo antes posible, pero, entretanto, no sería prudente albergar entre estos muros a una sospechosa.
Los intentos de sabotaje y de rebelión contra vuestro laird han sido demasiado importantes como para darles la espalda.
—Sabotajes y rebeliones que ya se producían antes de la llegada de esta mujer…
—Y que se han recrudecido desde entonces —atajó Rurik con dureza—.
Mi esposa yace en una cama, reponiéndose de un aborto que dudo que fuera espontáneo.
Se hallaba con lady Sorcha cuando ocurrió.
¿No te parece demasiada casualidad? Yo responderé por ti: sí.
Y no creo en las casualidades más de lo que debería hacerlo cualquier hombre de mi posición —añadió cuando se puso en pie para fulminar a la mujer con una simple mirada que pareció encogerla—.
Puede no ser culpable, pero tampoco tengo evidencias de que sea inocente.
Y ya que te has erigido en su inesperado defensor, serás el encargado de escoltarla fuera de los límites de Dùn na Seabhaig.
Espero que regrese a su hogar y que nunca volvamos a saber de ella.
Un golpe con una maza en pleno pecho hubiera dolido menos a Erling, pero inclinó la cabeza con respeto y asintió.
—Una condena muy magnánima, mi hersir —alabó con sinceridad.
—He tenido en cuenta los lazos que la han unido en el pasado a mi esposa, así como a este hombre que ha tenido a bien acompañarme hoy —dijo Rurik, señalando a Tavish—.
Reconozco que también te he considerado a ti, pero si de verdad tienes a esta mujer en tanta estima como parece, no tentarás más a la suerte y obedecerás. Esa es mi sentencia.
Todos los presentes se dispersaron, con distintos grados de conformidad, hasta que solo quedaron los dos guardias que seguían custodiando a Sorcha… Junto con él.
—Maldición —murmuró con un resoplido—. Maldita seas, mujer. Has podido defenderte.
—¿Condenándome? ¡Ja! Prefiero acatar la orden de tu laird y vagar por la isla, viviendo de la caridad ajena, a dejarme encerrar en algún convento por el resto de mis días.
—¿Caridad, dices? ¡Nadie la tendrá contigo, por miedo a las represalias!
—¿Qué represalias? —En la cara de Sorcha apareció una sonrisa dulce que encendió todas las alarmas en su cabeza—.
Rurik el Escocés ha decretado mi destierro de Dùn na Seabhaig, no de Jura.
Un error que pienso aprovechar, porque no me iré hasta asegurarme de que Eithne está tan bien como cuando la vi por última vez en Duntrune.
Con una maldición entre dientes, Erling la sujetó por el brazo y la acercó a él, después de ordenar a los centinelas que abandonaran el salón.
—¿Eres capaz de entender las dudas que sigo teniendo con respecto a ti? —le preguntó entre dientes cuando la sujetó por los hombros—. ¡Te pido…! No. ¡Te exijo que seas sincera!
—Si necesitas eso de mí, quizá te merezcas la agonía de la duda.
Erling le dio la espalda con los puños tan apretados, que se clavó las uñas en las palmas de las manos.
—¡No voy a consentir que te conviertas en una mendiga, cuando podrías seguir aspirando a tu vida anterior a mí! —siseó—. ¡No sería justo… para ninguno de los dos!
—¿Ah, no? ¿Y qué vas a hacer? ¿Acogerme contigo como tu amante?
¿O como tu esposa? —Él se quedó tan inmóvil que ella no tuvo dificultad en soltarse.
Su aparente dulzura desapareció en cuanto lo atravesó con una de sus miradas—.
No te molestes en responder. Tu cara lo ha hecho por ti, vikingo, pero tranquilo.
Serías el último hombre del mundo al que le pediría caridad. Mucho menos algo más trascendental.
—Espera un momento… ¡Espera, he dicho, mujer! —gritó, sujetándola de los hombros para evitar que saliera por la puerta demasiado pronto—. ¿Crees que me importas tan poco como para permitir tus penurias?
—A estas alturas, no sé qué creer.
Erling se mordió el labio y miró al techo. No quería que ella viera la culpabilidad reflejada en sus ojos cuando hablara, porque sería la última imagen que tendría de Sorcha, y lo perseguiría adondequiera que fuera.
—No puedo proponerte nada de eso, aunque sea lo que más deseo en este momento —murmuró, con los dedos hundidos en la suave carne de sus brazos.
—¿Y eso por qué? ¿Es que acaso ya tienes otra amante? ¿O es otra esposa lo que te lo impide?
—Es… —Acababa de ofrecerle la oportunidad de ocultar su verdadero motivo, así que la aprovechó—. Así es, Sorcha. En las tierras del norte he dejado… otra familia.
La soltó y le dio la espalda. No podía contemplar cómo la destrozaba a sabiendas, ni el odio que en ese momento se reflejaría en cada uno de los rasgos de su adorable cara, dirigido a él.
—Otra familia —la oyó murmurar, entre sollozos que se esforzaba por contener.
Pudo escuchar incluso su suspiro una eternidad después—.
De acuerdo. Nunca te pedí nada, ni tampoco te lo exigí.
Nunca me hiciste promesa alguna. Por lo tanto, no te haré culpable por mentir, pero sí por omisión.
Te deseo que seas feliz con tu familia, o sin ella, allá donde vayas, vikingo.
Yo, por mi parte, me labraré mi propia suerte.
La sintió pasar por su lado con pasos tan medidos como la cólera que en aquellos momentos la dominaría. Sin embargo, solo atinó a ver su cara, tan pálida como la cera, antes de que cerrara la puerta tras ella sin apenas ruido.
Erling solo fue capaz de reaccionar mucho tiempo después, cuando comenzó a asimilar la magnitud de la media mentira que le había contado para protegerla de sí mismo.
Aunque todo él gritaba por ir tras ella y compartir su mismo destino, comprendió que ya era demasiado tarde.
—Ya la he perdido —afirmó, derrotado, conteniendo sus propias lágrimas de desesperación—. La maldita estirpe se ha llevado otra alma más, mucho antes de que yo abandone este mundo…
Porque había abandonado la otra mitad de su corazón.
Y nunca podría perdonárselo a sí mismo.
La habían desterrado.
Vagaría por los bosques, congelada de frío por la noche. Empapada de pies a cabeza cuando lloviera y no encontrara un lugar donde guarecerse. Hambrienta y débil cuando le faltara comida y agua, y no tuviera dónde encontrarla.
No se llevaba nada con ella más allá de lo puesto.
Solo se detuvo un instante a admirar el viejo muro circular de piedra que protegía la fortaleza y la torre de vigilancia para asegurarse de que estaban pendientes de cada uno de sus movimientos.
Atravesó la herrería, los establos y las viviendas de los hombres de confianza del laird , antes de cruzar la puerta.
Después, se dirigió al pequeño embarcadero, pero cambió de opinión en el último momento y guio sus pasos hacia la colina cuya cima dominaba una bahía.
Sorcha Lamont se despedía del que había sido su hogar durante las últimas semanas, pero no había pena en su expresión, ni arrepentimiento, sino una determinación que hubiera hecho temblar al más valiente de los guerreros.
Desde un lugar apartado, envuelto en sombras, Rurik el Escocés la seguía con su mirada penetrante antes de desaparecer, como si no fuera el señor de aquel castillo y de la isla.
Eithne había sido la primera víctima de sus maquinaciones. Todo estaba saliendo a pedir de boca. Había encontrado el colgante dónde y cuándo debía. Se había tragado la ruda, mezclada con el caldo que le había ofrecido, y como consecuencia el futuro heredero de Jura ya no existía.
El siguiente sería el vikingo, sin duda. Debía darle gusto a Lachlan, porque se había convertido en un pilar fundamental en su desgraciada vida.