Hijos del invierno (La estirpe del halcón 3) 42
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—Ha sido todo demasiado rápido —murmuró Tavish, mientras regresaban a Dùn na Seabhaig.

—Y demasiado repulsivo. Por un momento, pensé que no podría controlarme, fuera cual fuese su veredicto.

—Demostrasteis un temple encomiable, mi señor. No muchos en vuestra situación se hubieran mostrado tan inamovibles.

Rurik le lanzó una mirada incendiaria.

¿Inamovible? ¡Jamás en toda su vida había sentido una rabia tan viva como cuando comprobó la crueldad gratuita de aquel monarca asesino en el cuerpo de una pobre niña inocente!

—Prefiero olvidar esta visita cuanto antes —reconoció a duras penas—. Soy un guerrero. He presenciado crímenes de toda índole. Pero las mujeres y los niños siempre han sido sagrados para mí. Nadie bajo mi mando y con mi conocimiento los ha profanado jamás.

—Nadie ha alabado nunca la piedad de Alexander, pero reconozco que en esta ocasión se ha sobrepasado.

Aunque los MacWilliam hayan sido su particular grano en el culo de los últimos años, sus constantes rebeliones para acceder al trono que, según ellos, les pertenecía, fueron aplastadas por Comyn, el hombre designado por el rey para tal menester.

—Supongo que acabar con la última MacWilliam, una pequeña de pocos meses de edad, en la Gran Cruz de la plaza de Forfar, formaba parte de una especie de lección muy gráfica acerca de lo que podría pasar a quien ose desafiarlo en un futuro, pero no deja de ser un vil asesinato. Y él, un vil asesino.

—Ya han pasado días desde que abandonamos la corte, con su beneplácito acerca de que toméis a lady Eithne como esposa a ojos de Dios. Pero todavía se os descompone el rostro cuando recordáis los términos en los que nuestro rey accedió a recibirnos y a escuchar nuestras peticiones.

Rurik apretó los dientes aún más, si es que eso era posible, y aferró las riendas de Aska como si la vida le fuera en ello.

Debía ejercer un impresionante control sobre sí mismo para centrarse en el paraje conocido que ya atravesaban, tan cerca de su fortaleza, en lugar de envenenarse con pensamientos oscuros dirigidos a Alexander, pero también a Lachlan.

—De Grey nos tomó ventaja con una simple carta a la que Alexander ha prestado la atención suficiente como para no colgarlo después de la toma de Duntrune —murmuró entre dientes—. ¡Incluso ha aceptado su explicación!

—Pero no lo ha aceptado a él como legítimo señor de Duntrune. Al menos ante nosotros.

—No hay señal alguna de que haya enviado tropas con el fin de recuperar la plaza para Eithne, o para Alasdair, ya puestos.

—Porque nadie conoce su paradero. Ignoramos si está vivo o muerto, mi señor.

—Pues habrá que ponerle remedio cuanto antes.

Y si debía emplear las pocas energías que lo acompañaban para convencer a Eithne, lo haría sin dudar.

Si miraba atrás y pensaba en que había atravesado el Corryvreckan, el horrible torbellino situado justo al norte de Jura, para desembarcar en la costa de Argyll, y desde allí atravesar a caballo valles profundos y pasos de montaña controlados por los clanes locales, todo ello saliendo airoso, un escalofrío le recorría la espina dorsal.

Eso por no hablar del Loch Awe que tuvieron que bordear, cruzando el paso de Glendochart, hasta dejar atrás Perth y las tierras de Scone.

Las penurias de su viaje, cuando el invierno estaba llamando a las puertas, no fueron nada en comparación con la ejecución presenciada en Forfar, donde se encontraba la corte, por orden del rey.

La visión del cuerpecito de la pequeña MacWilliam ensangrentado, después de que uno de sus esbirros golpeara su cabeza contra la piedra de la cruz, le revolvió las tripas, pero se esforzó en no desviarse de su objetivo.

Eithne. Su pequeño. Su familia.

En unas horas estaría de nuevo con ellos.

Su corazón latía con una esperanza desconocida al verse de nuevo como padre.

Pero su cuerpo hervía de expectación cada vez que pensaba en ella, en cualquier circunstancia.

Le encantaba cuando lo miraba con aquella expresión indescifrable en la cara; cuando le espetaba cualquier opinión, sin temor a las consecuencias.

Era valiente, aunque ella nunca se había considerado así.

Y su sentido del honor dejaría a ras del suelo el de muchos de sus hombres.

Sin embargo, por mucho que Eithne lo ignorara, Lachlan seguiría siendo una amenaza para ellos hasta que él le pusiera fin. ¡Y por Dios que tenía tantas ganas de hacerlo que le hormigueaban los dedos cuando pensaba en empuñar un arma para acabar con aquella sabandija!

No le habría importado reconocerlo delante del mismísimo Alexander, si hubiera estado seguro de atraerlo por completo a su causa.

Pero aquel maldito monarca era tan retorcido como el actual señor de Duntrune.

No movería un dedo para averiguar el paradero de Alasdair, porque no le convenía que el joven laird apareciera con vida.

Alasdair había sido aliado de Rurik en el pasado.

Y un aliado de un vikingo siempre era mucho más difícil de manipular, aunque en el camino cayeran personas como Eithne.

Siseó por lo bajo una blasfemia.

¡Ella era única! Mucho más que hermosa; era la clase de mujer capaz de conseguir que un hombre se olvidara hasta de su propia identidad.

Detuvo a Aska unos instantes. Desde la cima de aquel pequeño cerro que atravesaban, contuvo el aliento cuando el viento azotó su pelo y pareció enroscarse alrededor de su nuca, dejándola helada. Era la misma sensación que lo había acompañado a cada momento del viaje.

Como un silencioso mensaje de que algo iba mal. Terriblemente mal.

—Debemos llegar cuanto antes —anunció, espoleando a Aska como si el diablo los persiguiera.

—¿Sucede algo, mi señor?

—No lo sé, De Moray —respondió a Tavish, cuando notó de pronto que el aire le faltaba—. ¡No lo sé, maldita sea! Pero te juro que pienso averiguarlo.

Le pareció que transcurría una eternidad hasta que le abrieron las puertas de la muralla y pudo poner un pie en el patio de armas. Sus instintos parecieron activarse al mismo tiempo cuando barrió el lugar con una contundente mirada para descubrir que su esposa no había salido a recibirlo.

Ni ella, ni lady Sorcha o Marsaili…

Ni Erling.

La garra invisible que le había estado advirtiendo se enroscó más en la base de su cuello, hasta casi asfixiarlo.

Corrió escaleras arriba, ignorando los gritos que escuchaba a su espalda.

Ni siquiera se molestó en buscar a su lugarteniente.

Sus pies comenzaron a volverse pesados, como de barro, casi anclados al suelo a medida que avanzaba.

Y cuando logró abrir la puerta de sus aposentos y la vio postrada en el lecho, supo que algo horrible había sucedido.

—Eithne…

—Mi señor, hemos hecho todo lo posible, pero no hemos logrado salvarlo…

—¡Eithne!

Apartó de un manotazo a las dos mujeres que le salieron al paso con aquellas ridículas explicaciones, y se arrodilló junto a la cabecera de la cama. La palidez de su esposa era tal que, por un instante, pensó que la había perdido.

Pero no. La manta que la cubría se movía con la cadencia de su respiración. Débil, pero constante.

Las manos le temblaban cuando reparó en el colgante que volvía a pender de su cuello. Un sudor frío le empapó las palmas, pero lo ignoró y logró tomarlo entre sus dedos.

Tragó saliva. Su mente se llenó de aquella imagen lúgubre.

De los labios, que habían perdido su color y parecían susurrar algo que no podía entender, mientras su dueña no paraba de agitarse.

Sus lustrosos rizos castaños aparecían ahora sucios, sin vida.

Y sus mejillas… ¡Debía hacer algo para que el color regresara a ellas!

—No ha podido ocurrir de nuevo… —murmuró, al mismo tiempo que se llevaba sus dedos helados a los labios para llenarlos de besos.

Apretó los párpados hasta el dolor. Rezó a todos los dioses conocidos por él para que sus sospechas no fueran ciertas.

Pero cuando decidió que no servía de nada alargar lo inevitable y lanzó una mirada interrogante a lady Sorcha y Marsaili, sus gestos le respondieron—.

No… ¡No! ¡Mi hijo de nuevo no! ¡Ella de nuevo no!

—Ignoramos cómo ha ocurrido, mi señor. —Sorcha tenía los ojos anegados en lágrimas cuando cayó de rodillas a sus pies—. Nos encontrábamos hablando en mis dependencias privadas, y…

—¡Discutiendo más bien! —Marsaili prescindió del respeto debido a su clase y apartó a la muchacha de un empujón.

La rabia la consumía—. ¡Mi señor, esta mujer tenía el colgante de mi señora en su poder!

¡Se lo había robado! ¡Yo pude escuchar a mi señora acusarla de eso y de haber intentado participar en la fuga del secuestrador del niño de Lorna!

¡Entonces fue cuando cayó al suelo, en medio de un charco de sangre!

—Intenté ayudarla… ¡Juro por mi vida que lo intenté! —Para Sorcha, las recriminaciones de la curandera parecían no existir—. ¡Conseguí ayudarla para llegar hasta aquí y llamé a Marsaili!

—Pero para entonces ya era tarde… ¡Mi laird , ha perdido a la criatura que esperabais!

Rurik apenas escuchó las últimas palabras.

Tampoco captó nada de lo que le rodeaba.

Solo notó que el corazón se le detenía hasta casi dejarlo muerto, para a continuación comenzar a latirle en cada rincón de su maldito cuerpo.

De pie en mitad de la estancia, la fina línea de contención que mantenía a raya su parte más salvaje saltó en mil pedazos.

Se convirtió en una bestia que lanzó un alarido al aire, antes de salir de allí como una exhalación.

—¡Erling! —bramó—. ¡¡¡Erling!!!

No fue consciente de que bajaba las escaleras a trompicones, ni de que enganchaba a su amigo por la túnica en cuanto este acudió a su llamada, y lo sacaba de la torre a rastras para golpearlo con todo el dolor, la furia y la frustración que se adueñaron de él.

—¡Tenías que haberla cuidado! —gritaba con cada embestida—. ¡Debiste cuidarla mejor que a ti mismo! ¡Esas eran mis órdenes!

Sus puños se encontraban una y otra vez con la cara del vikingo, sin que este opusiera la menor resistencia. No le resultó extraño. Su mente desvariada solo alcanzó a pensar que, de una forma bastante retorcida, aceptaba aquella paliza como castigo por su horrible negligencia.

Ni aun así se detuvo.

Cuando tuvo a Erling en el suelo, se encaramó a él y siguió golpeándolo. No sentía el dolor de sus nudillos, ni el correr de la sangre de su amigo por sus manos.

No sentía nada.

Solo un inmenso vacío. Una rabia espesa y putrefacta que solo se calmó cuando notó la fuerza descomunal de varios pares de manos que tiraban de él para apartarlo del guerrero.

—Soltadme… ¡Por su culpa, Eithne ha perdido a la criatura! ¡Por su culpa, yo puedo perder a Eithne!

—Basta, mi laird … ¡Basta ya!

La orden tajante de Tavish penetró por sus oídos hasta su cerebro embotado.

Se revolvió como un animal herido hasta que lo soltaron, pero las fuerzas le abandonaron de golpe.

Se tambaleó, con los ojos fijos en la cara ensangrentada de Erling, y retrocedió, entre desconcertado y espantado por lo que había sido capaz de hacer.

—No es tu culpa… —murmuró, parpadeando para que su vista se aclarara, sin conseguirlo—. Yo… yo soy el único culpable…

Por haber cedido a la tentación de tocarla.

Por proponerle la unión de un año y un día para protegerla mejor al convertirla en su esposa.

Por caer una y otra vez en aquella vorágine de deseo incontenible que le había llevado a concebir un hijo en su vientre…

pero sobre todo, por haberla dejado sola, en un intento de asentar una felicidad que les estaba vetada a ambos.

Debía alejarse de ella, o solo conseguiría hacerla más desgraciada.

—¡Rurik, no te marches! ¿Adónde demonios te crees que vas?

Aun después de haber descargado toda su pena en él, Erling seguía considerándolo su amigo. Alguien por quien merecía la pena luchar, aunque él mismo se considerase un desecho.

La congoja se instaló en su garganta hasta impedirle respirar.

Decidió hacer caso a su primer impulso y corrió hacia los establos, dispuesto a romper con todo.

A desaparecer de la vida de Eithne y de todos los que habían tenido la desgracia de conocerlo.

Despachó al mozo con una orden tajante y ensilló a Aska, pero cuando pasó su mano por las crines del animal, recordó a la dulce y chispeante Marion.

Su conexión con los animales, que tan bien había sabido aprovechar para ganarse su confianza y, de paso, la del propio Aska.

El don que portaba al cuello, en forma de runa vikinga.

Si se fiaba de lady Sorcha, todavía no había recibido explicación acerca de por qué tenía el colgante. Si se fiaba de Marsaili, la noble escocesa debería ser expulsada de sus tierras antes de que acabara el día.

Pero si se fiaba de él… Entonces, no podría volver a acercarse a Eithne, al menos hasta que se recuperara, pero tampoco alejarse como tenía planeado.

«Cobarde», le gritó una parte de su conciencia. «Quédate, si no por ti, sí por ella», le suplicó la otra.

Dejó salir el aire de sus pulmones y se apoyó en el lomo del caballo.

—No puedo apartarme de ella del todo, querido Aska —murmuró, vencido—. Soy así de egoísta…

Dejó caer la frente contra el cuello de su corcel. Solo así se permitió llorar su pérdida. Enganchó las crines grises entre sus dedos…

Y entonces una idea pasó como un relámpago por su cabeza. Cortó un mechón, salió campo a través y recogió un ramillete de brezo rosa. A continuación, regresó hasta el lugar donde Eithne seguía acostada, ignorando las miradas, los susurros y los gestos de todo aquel que se encontraba en el camino.

Tuvo suerte. Cuando entró, su esposa estaba sola, así que fue rápido.

Dejó sus dos tesoros junto a su cama, junto con los últimos rastros de fuerza que le quedaban, y se marchó.

Esperaba que aquello bastara para restablecer la conexión que parecía haberse roto entre los dos. Que fuera suficiente para que ella se curara.

Porque solo cuando aquel milagro se llevara a cabo, él sentiría que volvía a merecerla.

Pero mientras tanto… Había varias cosas de las que tenía que ocuparse, de una vez y para siempre.