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Hacía poco más de una semana que habían salido de Jura, pero a Eithne le seguía pareciendo una eternidad.
Si los días se le hacían largos, a pesar de los intentos de Marsaili por distraerla en cuanto tenía un momento libre, las noches eran, sencillamente, interminables.
Con la marcha de Tavish, tuvo la sensación de que su principal aliado en aquella fortaleza la había dejado sola.
Sorcha no era ni su sombra. Se paseaba por los alrededores como un espectro, pálida, con el gesto rígido y serio, que solo demostraba un poco de emoción cuando Erling se encontraba con ella.
Ninguno de los dos cruzaba palabra con el otro, pero, en ese momento, los ojos de su amiga adquirían vida propia, aunque solo fuera para intentar asesinar al vikingo con ellos.
Ignoraba lo que había ocurrido entre ambos, pero de pronto se descubrió considerando la posibilidad de que ella le hubiera robado el colgante con la runa.
Por mucho que lo había buscado, no había logrado encontrarlo.
Sorcha había mostrado un interés desmedido por él desde que lo había visto por primera vez, hacía ya unos cuantos años.
Después parecía haberlo olvidado, hasta que reparó en él, colgando de su cuello.
A partir de ese momento, todo había ido de mal en peor. Con ella, pero también con Rurik.
Nunca le había mostrado simpatía. Ni siquiera por haber ejercido de perfecto anfitrión con ella. Seguía allí en nombre de su amistad, a pesar de sus sospechas.
Debía averiguar qué ocurría. Ya no solo por ella, sino también por el pequeño que crecía en su vientre… Y por Rurik.
No se atrevía a pensar en lo que sentía por él, pero sí en lo que no sentía. En su momento, Eithne había declarado amar a Lachlan de Grey; había sido un error, tan falso y pretencioso como el resto de su lamentable vida, al margen de noticias tan importantes como la existencia de Lillias.
Había vivido con la despreocupación de una niña. Tanto su padre como Alasdair lo habían permitido. Pero con el hombre del norte, todo en ella había despertado a la realidad.
Su corazón nunca había latido tan fuerte cuando Lachlan se acercaba a ella. Su piel nunca había hormigueado al escuchar su voz. Sus huesos nunca se habían fundido con sus caricias.
Todo eso sucedía, con una intensidad preocupante, cada vez que Rurik estaba a su lado. Incluso la primera vez que lo vio, a punto de ser atacado por aquel jabalí.
El vikingo la había poseído por completo. Cuerpo y alma, carne y espíritu. La había convertido para siempre en una mujer.
En su mujer.
Incluso aunque no volviera a formar parte de su vida, ya la había marcado. Nunca podría pertenecer a otro hombre. Su pasión, fuerza y ternura nunca podrían ser igualadas.
No podía negarlo ni esconder la evidencia: estaba enamorada.
Le había entregado su amor a un hombre que no la correspondía. Por segunda vez.
Había cometido el mismo error, con las mismas consecuencias…
«No», le advirtió su conciencia. Estaba casada con Rurik, al menos según la costumbre celta. Y cuando volviera, tendría que decidir si quería terminar casada de una forma irrevocable o, por el contrario, pondría fin a su relación en cuanto pasara el año y el día reglamentarios.
Con su hijo. Con el hijo de ambos.
—¿Os encontráis bien esta mañana, mi señora? No tenéis muy buen aspecto…
—Oh, no es nada, Marsaili —respondió con una sonrisa cuando la sanadora la interceptó al borde de la escalera—. He salido a cabalgar con Erling y al menos media docena de hombres más a primera hora de la mañana y supongo que me he cansado demasiado.
—En ese caso, deberíais quedaros en el Gran Salón en lugar de subir a vuestros aposentos, al menos hasta que ordene que os preparen algo caliente con lo que llenar el estómago. Seguro que os sentará bien.
—No es necesario, de verdad. —Para contentar a la muchacha, accedió a sentarse en la sala, que a esa hora comenzaba a llenarse con el humo de la enorme chimenea encendida—. ¿Ves? Ya me encuentro mucho mejor. Por cierto, ¿sabes dónde se encuentra lady Sorcha?
—Desde luego, no con vuestro protector —reconoció Marsaili con sarcasmo—.
Ese hombre se ha tomado el encargo de mi laird como algo personal, hasta el punto de ignorar los dardos envenenados que le lanza vuestra amiga incluso en la distancia.
Basta con que se vean para que esa mujer se convierta en lo más parecido a una bruja enfurecida que yo haya visto en mi vida.
—Supongo que ha llegado la hora de aclarar ciertas cosas, para bien o para mal. Es posible que nuestra situación contribuya a su mal humor.
Y al de ella, añadió cuando decidió enfrentarla en aquel mismo momento.
Era tan bueno como cualquier otro. Si nadie la había visto fuera, significaba que había muchas posibilidades de que se encontrara dentro.
Y empezaba a estar harta de evitarla. De fingir que no sucedía nada entre ellas.
De sonreírle cuando era la propia Sorcha la que lo fingía, cuando las dudas se apelotonaban en su cabeza peleándose por salir todas a la vez.
Le preguntaría cara a cara. Afrontaría aquel escollo, que era insignificante en comparación con el que había decidido echar a un lado en el momento en que aceptó casarse con Rurik.
Alasdair habría muerto. Si no en el ataque de Lachlan, después de él. Si era así, ella se habría convertido en la heredera MacSorley.
Tarde o temprano, tendría que reclamar lo que era suyo por derecho de sangre.
«¿Te das cuenta? Lo que un día te sirvió para huir de tu propia realidad, ahora te está ayudando a aceptarla y enfrentarla, con todas sus consecuencias».
—Pero no lo haré sola. Rurik estará a mi lado —replicó a su molesta conciencia.
Solo con pensarlo, las fuerzas regresaron a ella conforme se acercaba a los aposentos de Sorcha. Solo tuvo que llamar a la puerta dos veces para que la propia Sorcha la abriera.
Llevaba una gruesa bata entreabierta, el pelo suelto, los labios hinchados y las mejillas ruborizadas. Abrió tanto los ojos al verla que Eithne pensó que podrían saltar de sus órbitas de un momento a otro.
—¡Eithne! —exclamó, después de lanzar un par de miradas por encima de su hombro hacia el interior de la habitación. Ella se puso de puntillas para ver qué era lo que la tenía tan alterada, pero Sorcha mantenía la puerta en un ángulo lo bastante cerrado—. ¿Qué…?
—Sé que es muy temprano para ti, pero yo ya llevo horas en pie.
—¿Y te ha dado por venir a despertarme? —De pronto, se desperezó como un gato y fingió un bostezo, antes de abrir la puerta por completo—. Anda, pasa. No tienes muy buen aspecto.
—Eres la segunda persona que me lo dice. La primera parecía empeñada en llenarme el estómago con un caldo caliente.
—¿Te enfadarías si yo intentara lo mismo?
—Con una sonrisa insegura, se ajustó la bata mejor a su cuerpo y siguió a Eithne, hasta que esta tomó asiento junto al fuego, frente a un par de cuencos humeantes, y ella se quedó al otro lado—.
Una sirvienta me lo acaba de traer, después de decirle que no me encontraba muy bien.
—¿Y es cierto? ¿No te encuentras bien?
—No… desde que tú y yo estamos tan distanciadas.
—Eithne vio cómo cruzaba las manos sobre su regazo.
Parecía afligida de verdad cuando se encogió de hombros—.
Reconozco que no he estado muy comunicativa contigo.
Y eso que vine expresamente por ti. Pero he sido una cobarde, que no se ha atrevido a dar el primer paso.
Por suerte, tú siempre has sido la más temeraria de las dos —concluyó, sin que la sonrisa que seguía manteniendo le alcanzara a los ojos.
—De modo que piensas que he venido a hablar contigo.
—Siempre me he levantado a la misma hora, y no es el primer día que me encuentro indispuesta. Tú tampoco te has quedado en tus aposentos aguardando el regreso de tu esposo, así que no se me ocurre otro motivo por el que estés aquí…
—El colgante, Sorcha. Eres la última persona a la que me queda por interrogar —lanzó sin más ceremonia—. Cuando me lo viste colgado al cuello en esta fortaleza, no disimulaste lo mucho que te gustaba. Y poco después, desapareció. No se me cayó ni lo perdí. De eso estoy segura. Así pues…
—Piensas que te lo he robado.
La observaba demasiado serena. Como si ya hubiera aceptado su culpabilidad y no se molestara en intentar negarlo.
—¿No te ofende que pueda siquiera considerarlo?
¿O es una manera de decirme que estoy en lo cierto?
—Sorcha permaneció en silencio, mirándola.
Su falta absoluta de reacción logró que Eithne se levantara de un salto, apurara el contenido de uno de los cuencos de un par de tragos, como si así reuniera el valor que le faltaba, y comenzara a pasearse por la estancia, furiosa—.
¿Y si me pusiera a buscarlo ahora mismo?
¿Me lo impedirías? ¡Dime algo, por todos los santos!
Esperaba que se lo impidiera. Casi rogó para que recurriera incluso a la fuerza física. Así al menos sabría que su provocación había surtido efecto. Pero su amiga permaneció inmóvil, siguiéndola con los ojos mientras ella, cada vez más colérica, comenzó a hacer realidad sus amenazas.
Si era necesario, removería cielo y tierra para demostrar su culpabilidad… o su inocencia.
Aunque para su completa decepción, no tuvo que buscar mucho. Solo sacó unas cuantas capas de la ropa que llenaba su baúl para encontrarlo.
Allí estaba. Sin esconder. Sobre una de sus camisas interiores.
Por un instante rezó para que fuera una jugarreta de su imaginación y que no estuviera allí, pero cuando alzó los ojos y vio la mirada atónita en los de Sorcha, supo que aquello era real.
Que su mejor amiga durante años, la mujer que había viajado hasta Jura con la intención de encontrarla sana y salva después del ataque a Duntrune, le había robado el colgante.
¿Con qué intención? Lo desconocía, pero estaba dispuesta a averiguarlo.
—Has sido tú —afirmó, ignorando el ligero malestar que se apoderó de ella cuando se incorporó, con el colgante entre los dedos—. Sabías que lo estaba buscando. Conoces la importancia que tenía para mí, y aun así lo ocultaste…
—Eithne, yo…
—¿Qué más cosas has hecho desde que estás aquí, Sorcha?
—De pronto, todas las sospechas que había intentado apartar regresaron con más fuerza que nunca—.
¿Fuiste la culpable de que el secuestrador del niño de Lorna quisiera escapar?
¡Él señaló a una mujer y un colgante! ¡Este colgante!
—gritó, con una furia fría que le recorría todo el cuerpo y que le hacía temblar la mano cuando lo agitó delante de sus narices—.
Justo antes de que supiéramos que el pequeño había sido secuestrado, apareciste en una situación, cuanto menos, sospechosa…
—Nunca tuve nada que ver con ese acto aborrecible. No soy tan miserable.
—¡Entonces explícame de dónde venías! ¡Qué estabas haciendo cuando Rurik me cargó al hombro, después de que el campesino muriera abatido a flechazos! ¡Te vi! ¡Parecía que habías sido tú quien se había descolgado por aquella pared del acantilado y no yo! ¡Habla, por todos los dioses paganos!
—Yo… —Sorcha también se puso en pie, pálida como la cera, y afrontó su mirada como si en la de ella no hubiera ni rastro de la menor emoción—. No puedo.
—¿Que no puedes? ¡Esto es increíble! —Apenas podía respirar cuando se acercó a ella, encorvada a causa de unos pinchazos en el vientre que superó a base de dientes apretados y voluntad—. ¡Mi esposo regresará y te descubrirá!
—¿Vas a delatarme?
—¿Tengo algo que delatar? ¿Es que no te das cuenta de que puedes acabar en la horca por lo que has admitido?
—Yo no he admitido nada, Eithne. Solo he afirmado que no puedo darte las explicaciones que buscas. No solo por mí, sino por…
—¡¿Tienes cómplices?! —El sudor comenzó a brotar descontrolado, al mismo tiempo que las náuseas le subían hasta la garganta.
Tragó saliva hasta controlarlas y se sacudió de encima la desagradable sensación de tener la espalda empapada.
Tan fría como en aquel momento estaba su corazón—. Sorcha, ¿qué has hecho?
—Nada que no hayas hecho tú antes, amiga mía.
Eithne parpadeó para evitar que la imagen que tenía delante se desvaneciera y se sujetó el vientre con ambas manos cuando sintió un calambre.
Se negó a admitir la frialdad con la que se había dirigido a ella, del mismo modo que el peligro que parecía provenir de su propio cuerpo, y se dejó caer sobre el banco que tenía cerca de la chimenea.
Sus piernas parecían de pronto demasiado débiles para sostenerla.
—¿De qué estás hablando ahora? —le preguntó en un susurro, siguiendo con la mirada sus movimientos pausados hacia el otro lado de la chimenea—. ¡Yo jamás osaría traicionarte! ¡Mucho menos participar en un secuestro para intentar después liberar al secuestrador! ¡Yo…!
—¡Tú te comportaste como una mujerzuela cuando te entregaste a tu primo!
¡Acudiste a la excusa del amor, pero en realidad solo buscabas argumentos para dar rienda suelta a tu lascivia!
¡Ni siquiera pensaste en tu propio hermano cuando te entregaste al traidor que tomó vuestro hogar!
¡Te quedaste encinta de él, por el amor de Dios!
A esas alturas, los gritos de Sorcha eran sonidos lejanos que apenas llegaban a sus oídos.
Cerró los ojos e inspiró hondo, esperando que su estado mejorase, pero un nuevo calambre, mucho más fuerte que el anterior, la obligó a sujetarse a la mesilla con tanta fuerza que empujó al suelo los dos cuencos con el caldo.
—Sorcha… —consiguió decir—. Sorcha, me encuentro mal…
—¡Si es una estratagema para que me apiade de ti, no te va a funcionar!
—A través de su vista velada, pudo apreciar que se inclinaba sobre ella—.
¡Alguien tiene que afearte tu conducta irresponsable, que ha terminado contigo aquí, como esposa, de un modo más que dudoso, del señor de Jura!
¡Un vikingo, Eithne! ¡Un hombre del norte! ¡Un…!
Un chillido interrumpió aquella sarta de exclamaciones indignadas. Comprobó que había salido de su garganta cuando intentó ponerse en pie y se desplomó como un fardo. Fue consciente del vómito que le llenó la boca, al mismo tiempo que notaba algo caliente escurrirse entre sus muslos.
—Oh, no… Otra vez no, Dios mío… No…
Lo recogió con las manos. Se empapó los dedos. Y cuando se los vio, empapados en sangre, supo que sus plegarias no serían escuchadas.
—¡Sorcha! —exclamó con sus escasas fuerzas, mientras se arrastraba hasta su amiga y el colgante quedaba olvidado junto a la mesa—. ¡Sorcha, por lo que más quieras, ayúdame! ¡Ayúdanos! ¡Mi hijo! Mi pequeño…