Hijos del invierno (La estirpe del halcón 3) 40
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—¿Cuándo pensabas decírmelo? ¿O es que quizá no pensabas hacerlo?

Las palabras comenzaron a filtrarse por los oídos de Eithne hasta llegar a su aturullado cerebro cuando abrió los ojos.

Se dio cuenta de que alguien la había llevado hasta sus aposentos y metido entre las mantas. Tenía el rostro desconcertado y preocupado de Rurik tan cerca que estuvo a punto de dar un respingo al ver que también estaba enfadado.

Lo bastante como para echarle en cara hipótesis falsas, aunque no lo suficiente como para no poder controlarse.

—Ya lo sabes —aventuró con cautela.

Intentó incorporarse, pero él se lo impidió.

—Marsaili ha dicho que no debes hacer esfuerzos, y yo estoy de acuerdo. —En sus ojos había un destello de alegría que no se extendió al resto cuando se puso en pie, con los brazos cruzados sobre el pecho—. Como supongo que te encuentras un poco aturdida aún, repetiré la pregunta: ¿cuándo…?

—Iba a decírtelo en el momento en que me desmayé.

Esperó que él sonriera. Que mostrara al menos alguna señal de que la noticia le alegraba. Pero sus labios permanecían tan tensos como el resto de su espectacular persona.

—Muy bien. ¿Y desde cuándo lo sabías? —insistió.

—Yo… —Comenzó a sentirse enferma. Agarró la manta con las manos y la subió hasta la barbilla. Ni siquiera fue capaz de sostenerle la mirada—. En realidad, solo lo sospechaba.

—¿Desde cuándo, Eithne?

—Desde hace semanas —murmuró—. Solo quería asegurarme. Tenía miedo, Rik. No hubiera soportado la idea de que te gustara volver a ser padre para que, después, la historia se repitiera…

—Basta.

—Yo tampoco sé si podría cargar con la culpa si pierdo a este niño…

—Basta, he dicho.

No se dio cuenta de que lloraba en silencio, mientras se abrigaba el vientre con las dos manos, hasta que sintió las del vikingo atrayéndola hacia su pecho para abrazarla sin más.

Como si fuera una consecuencia natural de su relación.

Un paso más por dar. La ternura que manaba la envolvió como si fuera una capa gruesa que la protegía contra todos sus miedos.

Contra las pesadillas que la habían asolado en cuanto sospechó que podría estar encinta, donde lo sucedido con el hijo de Lachlan se reproducía paso a paso.

—No vas a perderlo, ¿y sabes por qué? —Cuando ella solo pudo negar con la cabeza mientras sorbía por la nariz, él la apartó para que pudiera ver su sonrisa—. Porque acabas de hacerme el hombre más feliz del mundo.

—¿De verdad?

—Creo que han sucedido muchas cosas entre nosotros, pero nunca con mentiras.

—¿Me lo estás diciendo en serio?

—Te lo juraré si es necesario por esa criatura que crece dentro de ti y que es parte de los dos.

—Se arrodilló junto a ella, apartó la manta y le cubrió las manos con las suyas.

Grandes, llenas de cicatrices y callos. Cálidas y protectoras.

Capaces de lo peor, pero también de lo mejor.

Eithne lo había aprendido a lo largo de aquellos días…

y de aquellas noches—. ¿Dudas porque no te muestro entusiasmo? Pues bien, aquí lo tienes, escocesa.

A continuación, la sujetó por los hombros y tomó su boca con voracidad y ternura, si es que eso era posible, hasta que su incertidumbre quedó reducida a cenizas, igual que su debilidad.

—Espero que te haya quedado claro, aunque no me importará insistir en cuanto vuelva de mi viaje —le murmuró contra sus labios.

El sueño de Eithne cayó hecho pedazos a sus pies cuando recordó la conversación de la que había sido testigo. Aun así, preguntó:

—¿Adónde te vas?

—A intentar frenar la ofensiva de Lachlan de Grey antes de que sea demasiado tarde y te arranquen de mi lado. Al parecer, tanto tú como tu mentor estáis aquí en contra de vuestra voluntad —afirmó con una sonrisa torcida.

—¡Pero eso es falso! Además, él estuvo de acuerdo con nuestra unión.

—Porque para él el matrimonio de un año y un día es una costumbre celta que tiene que tolerar, pero que carece de validez legal alguna. —Sus ojos ardían de furia cuando volvió a estrecharla entre sus brazos—. No importa, ¿me oyes? Tú te quedarás aquí. En tu situación, es lo más sensato.

—Yo puedo viajar igual que tú, que Tavish o incluso que el tozudo de tu amigo.

—Tan tozudo como tú, por lo visto. —Rurik la apartó con un gesto severo que no la amedrentó en absoluto—. Él se quedará aquí, asegurándose de que mis órdenes se cumplen a rajatabla, así que, si no quieres que sea castigado por tus propias acciones, te conviene obedecerme.

—¡Rurik, estoy encinta, no moribunda!

—Y yo soy el padre. Me corresponde la ardua tarea de cuidar de los dos y de prolongar mi estado de felicidad tanto como me sea posible.

Nadie va a arrebatarnos este momento, ni esta familia, Eithne —afirmó, apartando un rizo rebelde que le caía por la frente, para después depositar un tierno beso en ella—.

Ni siquiera el maldito Lachlan de Grey. Alguien afín a él se encuentra entre nosotros. Aquí, en Dùn na Seabhaig.

—¿Cómo lo sabes?

—Se ha enterado de cada intento de rebelión, de cada accidente y de cada pequeño sabotaje, como si lo hubiera presenciado con sus propios ojos.

—Su mandíbula se endureció cuando le dio la espalda y se apoyó en el dintel de la chimenea—.

No hay otra explicación que la de que haya infiltrado a algún guerrero leal a su causa entre los nuestros.

No es difícil. Para ser sinceros, el rechazo de los escoceses hacia mí solo se ha mitigado un poco con nuestro matrimonio.

Un intruso. Alguien con la cobardía suficiente como para provocar pequeños altercados que hacían grande un problema, pero sin atreverse a enfrentarse al señor de Jura cara a cara.

De repente, el rostro de Sorcha le vino a la cabeza, pero lo desechó de inmediato. Incluso se sintió muy miserable dudando de ella. Podría haberse convertido en un espectro de oscuridad e inquina, vete tú a saber por qué, pero de ahí a traicionarla había un gran trecho.

—Incluso es posible que esa persona te hubiera robado el colgante de la runa, solo para sembrar discordia entre los sirvientes —continuó diciendo Rurik, ajeno a sus cavilaciones—.

Por suerte, lo has mantenido con discreción, pero te prometo que me encargaré de ello personalmente cuando vuelva.

—De dos zancadas, se encontró arrodillado junto a ella, con sus manos dentro de las de él y una mirada de firmeza—.

¿Comprendes ahora por qué Erling debe vigilarte?

Si mis suposiciones son ciertas, el intruso podría intentar algo peor contra ti y el niño, aprovechando mi ausencia.

—Está Marsaili, y Sorcha. Ninguna de las dos va a dejarme sola…

—Son mujeres, como tú. Ninguna tendríais posibilidades frente a un guerrero experimentado, aunque pudierais usar un arma con efectividad. Algo me dice que los dos queremos lo mismo: ver cómo tu primo recibe, de una buena vez, una lección de humildad.

—¡No quiero que seas tú quien se la dé! Ya te enfrentaste a él en una ocasión y sobreviviste. ¡Puede que esta vez no tengas tanta suerte!

—Me emociona que te preocupes por mí de esa manera. Creo que… creo que hasta el momento nadie lo había hecho. —Devastado por sus propios pensamientos, Rurik se puso en pie—. Una razón más para que te limites a despedirme como una buena esposa.

—¿Y si no quiero ser una buena esposa? ¿Y si lo que deseo es acompañarte como una buena guerrera? No temo a un halcón que despliega las alas. ¡Temo al que ha olvidado que nació para volar!

—En ese caso… —No terminó la frase; sus ojos expresaron un pesar tan grande que Eithne tuvo que controlarse para no correr y abrazarlo—. Un buen puñado de hombres, junto con Tavish, me esperan en el patio, mi señora.

Inclinó la cabeza y abandonó la estancia.

Eithne se quedó allí plantada, mirando la puerta cerrada, incapaz de creer lo que acababa de escuchar.

Durante un gran lapso de tiempo, solo oyó los murmullos de esos hombres, que respondían a las órdenes tajantes de su marido.

Con cada rincón de su cuerpo entumecido, se acercó a la ventana para verlo.

Su impresionante estampa la intimidaba incluso a ella, con aquella enorme espada atada a su cintura y la capa ondeando al viento.

Algunos mechones de pelo se le habían escapado de la coleta que llevaba a la altura de la nuca.

Tenía un aspecto fiero, pero que infundía respeto, incluso en los guerreros celtas que se mezclaban con los del norte.

Todos estaban dispuestos a dar su vida por él, independientemente de la procedencia de su sangre.

El padre de su hijo.

Como si él hubiera escuchado sus pensamientos, alzó la cabeza. Sus miradas se encontraron. Y lo que ella leyó en aquellos ojos le golpeó el corazón con la fuerza de una maza.

No había ni rastro de su desmayo ni de su debilidad cuando se precipitó escaleras abajo, salió al exterior como un huracán y fue a parar a los brazos de Rurik, que ya había desmontado.

—Cielos, no llores o me llevaré una carga adicional conmigo —le murmuró cuando la cobijó entre sus brazos.

Besó su pelo revuelto. Dejó que empapara su pechera con las lágrimas que le dijeron todo, a falta de palabras, y, cuando consideró que había pasado tiempo suficiente de silencio entre todos los presentes, la apartó para tomar su boca como los dos habían deseado desde el principio.

Eithne le echó los brazos al cuello y lo recibió con todo su cuerpo, su corazón y su alma, en un beso que le supo a amargura, a despedida, pero también a esperanza.

—¿Me esperarás? —le preguntó él con la voz ronca por la emoción.

Ella asintió, y Rurik se esforzó en sonreír—.

Prométemelo, por favor —murmuró, mientras le limpiaba las mejillas mojadas con el pulgar—.

Tienes que hacerlo, porque a mi vuelta formalizaremos nuestra unión a todos los efectos, Eithne.

El rey no tendrá más remedio que aceptarla.

No voy a permitir que mi hijo nazca bajo la sospecha de la bastardía.

Ni tampoco permitiría que ella se fuera de su lado. Eso le gritaron sus ojos.

—Aquí estaré. Te lo prometo —afirmó ella, con ese enorme nudo en la garganta que no se fue ni siquiera cuando, con un firme asentimiento, Rurik depositó un beso en su frente y dejó paso a Tavish.

Su mentor tomó su mano y besó sus dedos con reverencia, aunque lo que de verdad quería era darle un fuerte abrazo.

—Una escocesa siempre cumple sus promesas —le advirtió, con un guiño cómplice—. Y tú lo eres, de pies a cabeza, muchacha.

A continuación, siguió al señor de Jura, igual que el resto, dejándola más sola de lo que había estado en toda su vida, a pesar de que descubrió la presencia de Erling a su lado.

—Nosotros también tenemos palabra, y honor —le dijo el vikingo, con la vista clavada en el grupo que ya apenas se distinguía—. Él cumplirá con ambas, así le cueste la vida, porque lo que siente por ti le es desconocido y fuerte a partes iguales.

Eithne inspiró hondo para deshacerse de los últimos rastros de la debilidad que había mostrado delante de todos y se giró hacia su protector provisional.

—Sé que ama a Freydis —afirmó.

—En ese caso, os aseguro que ya sabéis más que él mismo a estas alturas, milady .

—También sé que nunca amó a Lillias —prosiguió, ignorando el mensaje que se ocultaba tras aquellas palabras—. Aunque la quiso lo suficiente como para respetarla hasta su muerte.

—E incluso más allá de ella. Desde entonces, creo que no ha estado con ninguna otra mujer hasta que aparecisteis vos, claro. Aunque quizá queráis aseguraros visitando Kilearnadil.

—La tumba de Lillias.

—Veo que la sinceridad entre mis señores va afianzándose. —Con una interrogante ceja alzada, señaló los establos—. Nos llevará poco tiempo llegar, y os servirá para tranquilizar vuestra conciencia. Vuestro esposo la visitó poco antes de vuestro casamiento.

—Parece que hace una eternidad de eso —murmuró Eithne ensimismada. Siguió a Erling y aguardó hasta que el mozo preparó dos monturas. Después, se dejó ayudar para montar la suya y siguió al guerrero—. Han pasado tantas cosas.

—Y más que habrán de pasar, mi señora. Pero mi hersir es mucho más para mí.

Es un compañero, un amigo, un hermano cuando la ocasión lo requiere.

Igual que vos. —Como si sirviera de explicación, le mostró el brazo que ella ayudó a curar—.

Si puedo ayudar a que ambos alcancéis la felicidad, lo haré sin dudar.

Eithne no pudo preguntarle cómo pensaba hacerlo.

En cuestión de minutos, llegaron a la capilla de piedra que servía como principal lugar de culto para los habitantes de Jura.

Kilearnadil estaba conformado por ese pequeño templo y varias chozas con techos de paja o turba, que albergaban a los pocos habitantes de la aldea.

Unas cuantas vacas pastando le dieron una idea de su principal modo de vida, aunque toda su atención recayó en el cementerio pegado al templo. Cruzaron el montón de lápidas que salpicaban la hierba y se detuvieron en una que sobresalía por su magnificencia, bajo un enorme tejo, apartada del resto.

—Lillias era una celta de la cabeza a los pies, de ahí que Rurik eligiera este lugar para su descanso eterno.

Los dos yacen aquí. —El guerrero se apeó y la ayudó a hacer lo mismo.

Ambos se quedaron mirando la lápida, en un silencio respetuoso—.

Murieron en un invierno muy parecido al que se avecina.

No pusieron ningún nombre a la criatura, pero era un varón.

—Erling parecía afectado mientras permanecía con su vista fija en la tumba—.

Todo se precipitó después de que Lillias regresara de encontrarse con su hermano, tan alterada, yo diría que incluso aterrorizada, que no pudieron hacer nada para detener el parto prematuro.

—¿Con Lachlan?

—Creo que no tenía otro, mi señora. —Aquello cambiaba las cosas, aunque ella guardó silencio—. Es posible que nunca os lo haya dicho, pero lo que mi señor más desea en la vida es tener la familia que le arrebataron de pequeño, y que volvieron a quitarle de adulto. Se lo merece.

La muchacha solo pudo asentir, tan sobrecogida como el guerrero por el cariño que brotaba de aquellas palabras.

Parecían tan inmersos en su conversación y en sus propias conclusiones que ninguno se dio cuenta de que eran observados por un par de ojos calculadores y fríos con sus propios planes.

Alguien que, después de haberse puesto en contacto con Lorna para devolverle a su mocoso y advertir que Lachlan no la había tratado demasiado bien, se guardó la misiva de su mentor, donde le explicaba los próximos pasos a dar para que la victoria conjunta fuera total, y siguió a aquellos dos solo para afianzarse en sus suposiciones.

Rurik el Escocés se había ido, dejando demasiados frentes abiertos.

Cuando volviera, las vidas de los habitantes de Dùn na Seabhaig habrían cambiado.