Hijos del invierno (La estirpe del halcón 3) 39
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Semanas después

A medida que se acercaba al estanque, sintió que se le erizaba el vello de la nuca.

Algo malo ocurría.

Se dispuso a observar, escuchar, olfatear.

Oyó el sonido de una respiración agitada, débil, que la orientó en dirección a una rama baja, cubierta de follaje, pero cuando vio al enorme perro, soltó la rama asustada.

Con el corazón en la boca, Eithne elevó una plegaria a la diosa Brigantia. Después, apartó la rama con lentitud.

En la parte superior de la pata izquierda del animal herido había una flecha clavada.

—Calma, te ayudaré. Te libraré del dolor.

Acarició con suavidad el pelo, aliviando su sufrimiento como sabía hacerlo.

Cuando vio los ojos vidriosos que la miraban, supo que lo estaba consiguiendo.

Que la conexión que siempre había experimentado con cualquier criatura volvía a ella, igual que el frío del invierno o su esposo, cada noche, después de los días en los que los dos permanecían separados.

—Si mi señor os viera aquí, no habría lugar en esta isla que quedara a salvo de su ira.

Eithne se giró con lentitud hacia el susurro que escuchó a su espalda, esperando que el perro huyera ante la intromisión o que incluso se lanzara sobre la intrusa, pero no sucedió ninguna de las dos cosas.

—¿Lo conoces, Marsaili? —preguntó, en el mismo tono de voz, sin dejar de mantener el contacto con el pelaje tibio—. O mejor aún: ¿él te conoce a ti?

—No a lo primero. Aunque es posible lo segundo, mi señora.

Solo es un pobre animal herido. Ven aquí, bonito mío…

—Sin ningún tipo de reparo y con total seguridad, se acuclilló junto a ella para examinar la herida.

Después, sacó un pequeño frasco del zurrón que siempre llevaba al hombro y la cubrió con él—.

Huele fatal, pero cura a las mil maravillas.

—Él no se ha movido.

—¿Os he sorprendido? Vaya, es todo un honor para mí…

—Marsaili sonrió con un encogimiento de hombros, mientras rascaba al perro tras las peludas orejas—.

Supongo que será agradecimiento. O que tengo un don especial con las criaturas de cuatro patas.

Como vos, según tengo entendido. Mi señor no deja de alabar vuestra actitud con los animales de Dùn na Seabhaig, además de con las personas.

¡Si fuera desconfiada, pensaría que me queréis quitar el puesto!

—rio con despreocupación—. Si queréis llevároslo, no nos costará nada que nos siga.

Pero no os aconsejo que os quedéis aquí.

En vuestro estado, un resfriado podría ser peligroso.

Y si mi señor aún lo desconoce, deberíais decírselo cuanto antes…

Eithne se puso en pie, conteniendo las náuseas matutinas que siempre la acometían a aquella hora, estuviera donde estuviese e hiciera lo que hiciese.

Inspiró hondo para llenarse los pulmones del aire frío de la mañana, y sonrió al animal que trató de hacer lo mismo que ella a pesar de su pata herida.

—Alguien le ha disparado una flecha y, sin embargo, confía en los humanos —murmuró, observando a Marsaili ensimismada—. Bueno, en ti y en mí.

—Por el momento. Cuando mi señor vea lo que habéis hecho por él, y que queréis quedároslo, no os lo negará, mi señora. Sobre todo cuando le habléis de…

—Oh, dioses, si me insistes un poco más, terminaré por hacerlo de cualquier manera. Y lo único que quiero es un poco más de tiempo para asegurarme…

Marsaili colocó una mano sobre su brazo cuando se disponía a regresar a la fortaleza.

—No tengáis miedo, mi señora —le murmuró, con una sonrisa llena de seguridad—. Esta vez, todo saldrá bien. Los dos os lo merecéis.

—Por una vez, y sin que sirva de precedente, estoy de acuerdo con ella.

—Las dos jóvenes levantaron la vista. Sorcha se aproximaba a ellas por el estrecho sendero, envuelta en una lujosa capa de piel y con una sonrisa de oreja a oreja, que se fue desvaneciendo al ver que ninguna de las dos le correspondía—.

Eithne, cuando me he levantado, pensé que algo grave te había ocurrido.

Tavish no supo decirme dónde estabas, así que decidí seguir a Marsaili. Últimamente parecéis uña y carne.

—Nuestro encuentro ha sido fortuito. —Ignoró la alusión a la estrecha amistad que la unía a la sanadora, en contraposición con la distancia que se había instalado entre ella y su antigua amiga, y señaló al perro—.

Lo hemos encontrado herido por culpa de una flecha.

¿Alguna idea de quién ha podido hacerlo?

—¿Yo? ¿Por qué habría de tenerla?

—Porque desde que estás aquí, los sabotajes y pequeños accidentes parece que se han multiplicado.

La boca de Sorcha se convirtió en una fina línea apenas visible. Sus ojos se entrecerraron con suspicacia y su cara se puso roja como la grana.

—Si me estás acusando de algo, será mejor que me lo digas a las claras —murmuró, con el mentón bien en alto—.

Si lo que deseas es que me vaya, no tienes más que decirlo, y tu marido removerá cielo y tierra para darte gusto.

No suelo permanecer mucho tiempo en un lugar donde no soy bienvenida, ya me conoces.

—Te conocía. Pero de un tiempo a esta parte…

—Eithne dejó escapar un suspiro. Sus instintos le decían que lo mejor era poner tierra de por medio entre las dos, pero cuando estaba a punto de hacerlo, algo se lo impedía.

La esperanza de recuperar a su compañera de la infancia todavía permanecía allí cuando sacudió la cabeza—.

Supongo que lo que sea que te traes con Erling es lo que te tiene de ese humor tan arisco, pero has de saber que, de esta manera, solo consigues que nos distanciemos todavía más, si es que eso es posible.

—Pero sigues teniéndome. —La joven noble ignoró la presencia de Marsaili, como llevaba haciendo en las últimas semanas, y se colgó del brazo de Eithne—. Por eso no has tenido inconveniente en confesarme tu posible embarazo. Y por eso yo he mantenido el secreto.

—Ya somos dos, mi señora. —Después de chascar los dedos para asegurarse de que el perro las seguía, Marsaili se colgó de su otro brazo con su habitual sonrisa—. Por eso os aconsejo que toméis una copita de vino en cuanto os dejemos en vuestros aposentos. Os calmará las náuseas.

—¿Vino? Lo mejor es orina de vaca. —Las dos se quedaron mirando a Sorcha como si le hubieran salido dos cabezas—. He oído por aquí que si bebes una tacita cada mañana, mezclada con vinagre, todos tus hijos serán varones. Me lo ha dicho una aldeana que ha tenido seis.

—¿Orina de vaca? Con todos mis respetos, mi señora, no podéis estar más equivocada —replicó Marsaili, con un tono burlón que no le pasó desapercibido, aunque intentara disimularlo—.

Con eso solo conseguiréis tener acidez, nada más, lady Eithne.

Si la idea del vino no os seduce, siempre podréis recurrir a la jalea de raíz de remolacha.

Ese es el remedio de la cocinera, por ejemplo.

Tiene doce hijos, y todos varones. Cogéis un poquito y untáis a vuestro esposo sus partes justo antes de…

—Por Dios, Marsaili, ahórrate los detalles. No necesito de remedios para atraer a mi esposo. Ya tiene lo que quería.

—¿Y vos? ¿Estáis feliz con vuestro estado?

Claro que sí, fue la primera respuesta que le vino a la cabeza. Pero a continuación, pensó en la pasión compartida sin límites ni recelos. En todo lo que habían hablado, y en lo mucho que aún no se habían dicho.

Rurik el Escocés era suyo en cuerpo, pero no en alma. Ignoraba algo tan básico como si él seguía amando a Freydis. Sus planes con respecto a su pertenencia a una organización secreta que tarde o temprano lo reclamaría de nuevo, si descubrían que seguía vivo y con intención de formar una familia.

Una familia. Estabilidad. Seguridad y deseo. Pero nunca amor.

Durante su huida de Duntrune, se había propuesto construir muros alrededor de sus emociones para proteger lo más profundo de sí misma, antes de permitir que otro hombre la dañara como había hecho Lachlan.

Lo consiguió. Pero se desmoronaron en el instante en que miró a Rurik a los ojos y descubrió en ellos la misma expresión de soledad y vacío que ella llevaba a cuestas, luchando porque la liberaran.

—Mi señora, los hombres anhelan lo que no pueden tener —comentó Marsaili, con una mirada pícara, cuando las tres cerraron la puerta de sus habitaciones privadas y ella se dejó caer sobre el lecho con desánimo.

—A mí me tiene.

—Solo la parte que tú decidas otorgarle. ¿Qué quieres, que Rurik te tome como esposa por el niño o por ti misma?

—Sorcha, conoces la respuesta.

—Pues entonces, tendrás que convertirte en un desafío para él.

—Rechazadlo, y revolverá cielo y tierra para conquistaros, milady .

—Pero antes, infórmale de tu estado. Tiene tanto derecho a saberlo y a participar de él como tú.

Eithne pasó su mirada por las dos muchachas que se empeñaban en acompañarla y aconsejarla a cada paso que daba.

Habían asumido su papel de cuidadoras sin que nadie se lo hubiera pedido ni otorgado, desde que los síntomas conocidos le hicieron pensar en su probable embarazo, que con el paso de los días se estaba convirtiendo en bien real.

Desde ese instante, no había dejado de experimentar la mezcla de esperanza, alegría y temor que la tenía en un permanente estado de tensión.

No era justo que privara a Rurik de sentir lo mismo.

—De acuerdo. Lo haré ahora. Y él me acompañará —decretó, señalando al perro, que no se había separado de ella en ningún momento.

—¿Ahora? —dijeron ambas a la vez.

—¿Por qué me miráis como si hubiera profanado un santuario con mi decisión? ¿Ha ocurrido algo que deba saber? ¿A Rurik? ¿Tiene que ver con la flecha clavada en la pata del perro?

—Siempre has tenido una imaginación desbordante, amiga —concluyó Sorcha, chascando la lengua—. ¿No puedes pensar que una flecha de alguno de los vigías ha salido desviada y ha ido a parar a la pata del pobre animal por accidente?

—Desde que estamos aquí, ¿cuántas de las cosas que nos han sucedido han sido accidentes?

—Pues creo que la mayoría, puesto que no se ha podido probar lo contrario. Exceptuando el recién nacido que salvaste en aquella gruta, y por lo que la gente de Jura te adora. El laird fue muy juicioso decidiendo unirse a alguien con tu fama.

La única respuesta a su sarcasmo fue una mirada fulminante por parte de Eithne.

—Sorcha, ahora mismo no me encuentro con fuerzas para ponerte en tu sitio, pero créeme que lo haré —le advirtió, antes de abandonar la estancia, con el perro pegado a sus talones.

Por extraño que pudiera parecer, la presencia del animal le insuflaba fuerza y confianza, como si siempre lo hubiera tenido. Era la misma sensación que la había embargado cuando vio cómo Marsaili la ayudaba con él. El mismo tipo de conexión…

—Alexander nunca iniciará una guerra contra vos, mi señor. Pero esto es un serio aviso que deberíais tener en cuenta, si queréis conservar lo que habéis conseguido, a través de métodos mucho más nobles que los que empujan al rey.

La voz de Tavish la dejó clavada en el sitio, justo cuando se disponía a abrir por completo la puerta del Gran Salón para dar a Rurik la buena nueva.

Indicó a su compañero peludo silencio con un dedo sobre su boca, se asomó todo lo que la prudencia le permitía y pegó el oído.

Su esposo acompañado de su profesor y de Erling, que pretendían inclinarse a la vez hacia un pergamino extendido sobre la enorme mesa.

—De Moray tiene razón, mi hersir —comentó Erling, con el ceño tan fruncido que Eithne dudó por un instante de que fuera el hombre risueño que siempre le mostraba sus respetos cuando se encontraba con él—. De algún modo, lo ocurrido de un tiempo a esta parte en Jura ha llegado a oídos del rey.

—Una versión distorsionada a conveniencia del mensajero, sin duda.

—Rurik se irguió en toda su formidable estatura y echó hacia atrás su pelo suelto.

Al ver su afilado perfil, a Eithne le dio un vuelco el corazón.

No había ni rastro de la ternura que siempre le dispensaba.

Sus ojos se oscurecían con una mezcla de odio y fiereza que le provocó un escalofrío—.

De Moray, no me gusta emitir juicios de valor anticipados, pero lo cierto es que todo este pequeño caos se ha acentuado desde que vos, vuestra protegida y lady Sorcha os encontráis en mi hogar.

—¿Estáis acusándonos de algo? ¿Incluso a vuestra propia esposa?

—Eithne puede ser muchas cosas, de eso doy fe, pero nunca una traidora de ese calibre.

Sin embargo, también ella ha sufrido las consecuencias de los sabotajes de los que el rey me hace culpable.

Así pues, urge actuar con prontitud. Vos os habéis ganado mi respeto y parcial confianza, al igual que Erling —afirmó Rurik—. ¿Qué me aconsejáis?

—Preparar el viaje hacia la corte con todas las pruebas que podáis reunir acerca de vuestra diligencia como jefe de Jura, y de las manipulaciones de las que estáis siendo objeto.

Yo puedo servir de testigo para ambas cosas, mi laird —se ofreció Tavish—.

Con un buen contingente de hombres, tanto del norte como celtas, para demostrar a Alexander la buena convivencia, podremos realizar el viaje en poco tiempo con garantías de éxito, antes de que el invierno haga imposible que nos movamos de aquí.

—Estoy de acuerdo, mi hersir —añadió Erling—. Así, al menos, retrasaremos una guerra entre clanes que parece inevitable, siempre que el maldito Lachlan de Grey esté implicado.

—De Grey. Otra vez. Como una maldición lanzada por los dioses…

Rurik hablaba con calma, pero ella había visto en persona el lado más oscuro del guerrero. ¿Podrían coexistir durante mucho tiempo tal violencia y tal lógica en lo más profundo de un hombre, sin que este perdiera la cordura?

¿Qué sucedía en realidad detrás de aquellos ojos ilegibles? ¿Alguien, en algún momento, había conseguido estar tan cerca de aquel hombre como para poder leer su mente o entender su comportamiento?

¿Había querido alguien entenderlo de verdad?

Ella. Y había llegado dispuesta a comprobar hasta qué punto sus esfuerzos habían dado sus frutos, pero, al parecer, la criatura asentada en su vientre opinaba lo contrario, porque, antes de que hiciera su aparición, una sensación de vértigo mucho más intensa que todas las anteriores consiguió que cayera al suelo desmayada.