38 #2
—Amo al hombre que tiene más nobleza, orgullo y honor del que tú tendrías en diez vidas, hermano —respondió, pasando por delante de él justo cuando remarcaba la última palabra, como si le causara náuseas—. Lo único que lamento es que él no siente lo mismo por mí… de momento.
—Entonces, ¿por qué me has llamado, después de tanto tiempo? ¿No deberías luchar por tu hombre, en lugar de echarme en cara unos sentimientos que nunca he podido reprimir ni controlar?
—¡Unos instintos abyectos, insanos! ¡Hacia tu propia hermana, por el amor de Dios! ¡Arderás en el infierno solo por el hecho de albergarlos en eso que tienes por corazón!
Logró hacerle sentir como un miserable cuando tomó asiento en su humilde jergón, con expresión ausente. Él estuvo a punto de apartarle aquellos rizos rubios de su precioso rostro. Necesitaba tanto su contacto, besar sus manos, borrar el rastro de sus lágrimas con su lengua…
Someterla a todo lo que siempre había ocultado por vergüenza hacia sí mismo, hasta hacerla comprender que estaba enamorado de ella.
Que siempre lo había estado. Que esas emociones se acercaban demasiado a una obsesión oscura y retorcida, y que no le importaba lo más mínimo.
Pero una sola vez había cedido a la debilidad, y había bastado para saber que, si cedía otra, destruiría lo poco de bueno que aún podría quedar entre ellos.
Se delataría ante los monjes del priorato, que vigilaban de cerca la entrevista, escuchando cada uno de sus susurros.
—Su corazón pertenece a otra mujer que tampoco le corresponde —continuó hablando Lillias con expresión ausente.
Se refería a Rurik. El hombre al que el rey la había entregado en matrimonio, como una alianza beneficiosa para ambas partes y para el poder de la corona, por supuesto—.
He decidido concederle… concedernos un tiempo, para poder asimilar la situación.
¡Pero no pienses ni por un momento que voy a abandonarlo, porque jamás haría algo así!
—Lillias, aquí tendrías todas las comodidades que pudieras necesitar. —Llevado por la necesidad de tocarla, Lachlan se aventuró a colocar una mano sobre la mejilla helada de su hermana—. Yo estaría dispuesto a aceptar al niño, aunque no fuera mío. Viviríamos como hermanos, aunque…
—¿Es que has perdido el poco juicio que pueda quedarte?
—Ella se puso en pie de un salto y lo miró como si fuera una cucaracha a punto de ser pisoteada—.
¿Te estás escuchando? ¡Somos hermanos! Aceptarías a mi hijo, ¡porque eres su tío, no su padre!
Su verdadero padre vivirá en paz con nosotros, porque yo así lo he decidido.
—Sigo sin entender por qué me has mandado llamar, entonces —insistió él, en un torpe intento de mantener la poca dignidad que aún le quedaba.
Lillias inspiró hondo. Sus pechos, plenos y preparados para amamantar a su criatura, presionaron la túnica que llevaba puesta, tan humilde como todo lo que la rodeaba.
Lachlan sintió un instantáneo tirón en su entrepierna.
Sus instintos más básicos comenzaron a rugir, pero él los controló como pudo.
—Deseo que nos dejes en paz para siempre. Que me dejes en paz —aclaró sin levantar la voz—. Acepta tu destino. Lo que has conseguido. Si sigues ambicionando lo que no es tuyo, no solo me destruirás a mí, sino también a ti mismo.
Lachlan supo que no tenía ninguna posibilidad cuando oyó su tono sereno, convencido y firme.
Y entonces, algo oscuro y primitivo se desató en su interior. Algo que no tenía nada que ver con los sentimientos puros que se esforzaba por mantener hacia su hermana, y sí con los retorcidos que siempre había reprimido.
—¡No! —gritó, abalanzándose hacia ella con toda la intención de tumbarla sobre el catre para hacerla suya—. Si no vuelves conmigo, ¡tampoco lo harás con él!
Todo lo demás se borró de su mente cuando la empujó de espaldas y se colocó sobre ella.
Ni siquiera recordó dónde se hallaba cuando rodeó su cuello y comenzó a apretar.
Parecía que un demonio lo hubiera poseído, para multiplicar su fuerza y su furia por mil.
Se había convertido en una bestia salvaje, sedienta de sangre.
Quería la sangre de aquella criatura que aún no había nacido. Habría sido feliz si lo hubiera podido impedir, pero alguien parecía dispuesto a no dejar que terminara aquello que había empezado.
Fueron necesarios tres monjes para apartarlo de ella. Cuando pudo poner distancia, Lillias lo miró con tanto odio que toda su cólera se disipó, hasta convertirlo en un niño lloroso.
—Por favor, no me dejes —suplicó, encogido en el suelo, mientras los monjes lo sujetaban—. No me abandones, te lo suplico…
Ella no le respondió. Estaba pálida. Llevaba las marcas de sus dedos en su blanca piel, y se sujetaba el vientre con el gesto descompuesto…».
Fue la última vez que la vio. Pocos días después, cuando consiguió sobornar a los monjes para que aquel episodio quedara en el más absoluto secreto, supo que Lillias había dado a luz a un niño muerto, y que ella misma había fallecido.
Y la poca humanidad que aún conservaba murió con ella.
—Lillias… —masculló, empujando como una bestia descontrolada entre los muslos de Lorna—. Lillias, cuánto te quiero…
El fantasma huyó de allí en cuanto escuchó los gemidos, los gritos, los llantos y los gruñidos inconfundibles.
De lo contrario, se hubiera dejado ver demasiado pronto. Y aún no había llegado el momento en el que terminaría con la cordura de Lachlan.
Regresó a la cueva con el nombre de Lillias pisándole los talones, y un escalofrío muy humano.
Aquel hombre habría matado por el amor de su propia hermana.
El asco que sintió no le impidió avanzar a través de los corredores hasta su destino. El de De Grey se hallaba cada vez más cerca, pero antes, debía preparar el terreno.
Y parte de él se encontraba en el catre… abriendo los ojos poco a poco.
El herido descubrió su presencia antes de que pudiera evitarlo. Agrandó los ojos hasta lo imposible, emitió una especie de lamento e intentó retroceder espantado.
—No puede ser posible. ¡Solo eres un espectro, que ha llegado para atormentarme! —exclamó, pálido como la muerte. Tan débil que no pudo rechazar el contacto de una mano en su mejilla hundida y barbuda, a pesar de que lo intentó con todas sus fuerzas.
—No soy ningún espectro si puedes sentirme.
¿Puedes hacerlo? —Por primera vez en demasiado tiempo, sintió los latidos de su corazón cuando él asintió, entre temblores que, poco a poco, fueron disminuyendo en intensidad—.
Entonces es que estoy aquí. Es que soy real.
Y tú has despertado. Al fin, Alasdair… Al fin estás en condiciones de dar el primer paso hacia tu regreso.