38
Duntrune Castle
—Es una mujer bastante hermosa para tratarse de una campesina…
—Mi señor, hermosa o no, exigía veros porque traía esta misiva.
Lachlan se apartó del campo de visión de Lorna, que temblaba de forma incontrolada mientras aguardaba en la sala, pegada a la pared como si quisiera convertirse en un adorno más, y abrió la carta que el anciano más venerable del Consejo le ofrecía.
Conforme leyó, su mal humor fue disipándose, hasta que miró a las dos personas que estaban con él a aquella hora de la noche con una sonrisa de oreja a oreja.
—Iba a haceros ejecutar por importunar mi sueño con menudencias. A ambos —recalcó, dejando el pergamino sobre la mesa para beber un buen trago de cerveza que un sirviente le llevó—. Pero las noticias son tan buenas que pospondré la ejecución, al menos hasta saber cómo podéis serme útiles…
—No deberíais tensar más la cuerda que os une a los habitantes de estas tierras, mi señor —se atrevió a sugerir el anciano, dando un paso adelante para colocarse entre él y la campesina que le había llevado noticias de la única persona de quien deseaba tenerlas—.
Los aldeanos pasan hambre. Las reservas de grano están bajo mínimos y falta poco para el invierno.
Las incursiones de otros clanes, aprovechando nuestra debilidad en cuanto a vigilancia se refiere, han diezmado el número de reses y ovejas en los rebaños…
—Creo que esta chica no tiene por qué escuchar vuestras quejas de niños mimados, ¿no te parece?
El viejo apretó los labios, pero no hubo otro signo que delatara su disgusto cuando inclinó la cabeza.
—Ya tenéis la aprobación de la mayoría del Consejo del clan, mi señor. Para ellos, ya sois el nuevo laird de Duntrune. Pero os queda lo más importante. Si le hacéis algún daño a esta mujer, llegará a oídos de todo el mundo…
—Y cualquiera podría iniciar un motín con serias consecuencias, si tenemos en cuenta que muchos de mis guerreros eran fieles a Alasdair MacSorley y su familia hasta no hace mucho —terminó el propio Lachlan, con los puños apoyados sobre la mesa y la mirada perdida en la noche que se reflejaba a través de la ventana.
Como si esperara leer la solución en las pocas estrellas que habían conseguido brillar a pesar de las nubes—.
Si a eso le añadimos que sigo sin tener noticias fiables de los hermanos MacSorley, la situación requiere una actuación a su altura.
Rápida, útil y que me dé el espaldarazo que necesito.
De lo contrario, el Escocés se habrá salido con la suya.
Una vocecilla en su interior le gritó que eso sería lo justo, pero Lachlan la espantó con un movimiento de su mano, como si fuera una mosca molesta, y se acercó a la chimenea encendida, pensativo.
—Mi señor, si os referís al vikingo de Jura…
—¿Conoces algún otro al que apoden de ese modo? ¿No? ¡Pues no me hagas perder más el tiempo con conclusiones obvias! Necesito pensar. No distraerme.
En resumen, necesitaba recabar apoyos fuera de los límites de las tierras MacSorley.
Alguien con el suficiente poder como para asentar el suyo sobre aquellas tierras, aunque fuera a sangre y fuego. Que validara su intervención y la apoyara por completo, sin fisuras.
Alguien como el mismísimo rey Alexander.
—Escribiré una misiva —murmuró, con la mirada clavada en ninguna parte en particular—. Rogaré la intervención real.
—Imagino que sabréis que vuestro asalto no ha sido muy bien visto por nuestro monarca…
—Porque no se le han explicado las razones que me han impulsado a hacerlo.
Pero nunca es tarde para las buenas obras, amigo mío.
—Conforme hablaba, casi corrió a sentarse a la mesa.
Tomó papel y pluma y comenzó a escribir—.
Debo contarle que me han llegado noticias del descontento existente en Jura con su laird .
Tendrá conocimiento de los sabotajes y las rebeliones de su propio pueblo.
Le informaré de que Alasdair MacSorley no ha muerto, sino que ha desaparecido, pero que prestó apoyo en su día a un hombre que, al final, se ha encargado de revolver a los habitantes de Jura contra él.
Por esa razón, decidí tomar Duntrune para impedir que el conflicto se extienda…
—fue leyendo, al mismo tiempo que escribía—.
He solicitado que la Corona reconozca mi administración, hasta que se determine quién es el responsable de la situación en la isla.
—Pero, mi señor, eso es tanto como exponer vuestro cuello a los caprichos del rey.
—El rey podrá ser muchas cosas, pero nunca un caprichoso.
Aunque piense que mis actos suponen un ejemplo de sublevación, no le quedará más remedio que aceptarlo cuando lea con sus propios ojos todo lo sucedido en Jura bajo la mano de un vikingo.
Un hombre incómodo, cuyo poder, unido al de Alasdair, podría amenazar el suyo.
—Creo que no logro comprenderos…
Lachlan lanzó un gruñido y agitó el papel ante los ojos del anciano, como si así pudiera explicarse mejor.
—Quiero que piense que estoy rompiendo una alianza potencialmente peligrosa para él y sus adeptos.
He arrebatado el poder a un señor que podría seguir dando su apoyo a un hombre del norte como Rurik.
Ofreceré mi brazo al rey para hacer frente a las continuas rebeliones.
Él no podrá negarse. ¿Lo entiendes ahora?
—Sus ojos se posaron sobre los pechos llenos de la muchacha que tenía delante, con un brillo de lujuria que la hizo retroceder todavía más, si es que eso era posible—.
Aseguraré el castillo y colocaré hombres de confianza en los puntos más delicados.
Lo mismo haré con las rutas. Controlaré los almacenes personalmente, y de ese modo, conseguiré el juramento de los jefes que quieran apoyarme.
Los habrá, viejo. Que no te quepa la menor duda.
Solo cuando haya superado esa parte, enviaré emisarios a la corte para hacer llegar mi versión de los acontecimientos, corroborada por personas que viven allí en este momento.
La respuesta tardará tiempo en llegar, que sumaré al que he empleado en cuidarme las espaldas.
—¿Y si no conseguís ese apoyo?
—Entonces, buscaré a una MacSorley de sangre noble para unirme a ella en matrimonio, y sellar así mi legitimidad.
Pero antes necesitaría barcos, hombres, suministros. También saber dónde desembarcar.
Asegurarse de que Rurik no recibía ayuda.
Porque gracias a la carta que acababa de recibir, conocía el paradero de Eithne. Su situación real con respecto al vikingo. Su unión con él, bendecida por Alexander. Incluso lo sucedido con el bastardo que había llevado en su vientre hasta hacía unas cuantas semanas.
—No puedo salir detrás de lady MacSorley, por mucho que desee hacerlo —le explicó a Lorna, con una sonrisa siniestra que la hizo temblar—.
¿Qué opinas tú acerca de ella, chica? ¿Y de su relación con el vikingo?
¿Está a gusto? ¿O por el contrario, se encuentra prisionera?
¿Y Tavish de Moray y lady Sorcha? ¿Padecen la misma situación que ella?
—¡Ninguno está allí en contra de su voluntad, mi señor!
—exclamó Lorna, tomando aire y, de paso, el valor necesario para enfrentar a un hombre como aquel—.
¡Tanto lady Sorcha como el señor Tavish de Moray son los mejores apoyos de mi señora!
¡Porque es mi señora por su casamiento con mi señor, pero también por sus actos heroicos y desinteresados con mi niño!
—De modo que tienes un hijo… Tu salvoconducto, según tengo entendido —murmuró Lachlan, demasiado cerca de su cara, con la carta que ella había conseguido hacerle llegar en la mano—. Interesante. Sobre todo, teniendo en cuenta la plenitud de tus pechos. ¿Le das de mamar?
—C-Claro, mi señor. Es demasiado pequeño para destetarlo. Y para estar lejos de su madre.
—Oh, qué modo más delicado de suplicarme que te deje ir…
—Con un gesto de cabeza, indicó al anciano que desapareciera.
El hombre se mostró renuente, pero al final obedeció.
Cuando la puerta se cerró, Lachlan clavó los dedos en el brazo de Lorna sin previo aviso—.
Bueno, supongo que antes no tendrás inconveniente en hacerme pasar un buen rato…
No pensó en Eithne, ni en lo que le haría cuando pudiera ponerle la mano encima, mientras forzaba a Lorna. No era el rostro de su prima el que sustituía al de la campesina que se retorcía debajo de él, resistiéndose, sino el de Lillias.
Su dulce, preciosa Lillias. Y su último encuentro, antes de que la desgracia lo partiera en dos y lo convirtiera en el monstruo que estaba orgulloso de ser.
Su último desencuentro pasó por su mente con cada acometida entre los muslos resecos de aquella desgraciada que suplicaba por su vida y lloraba como una mocosa consentida…
«Cuando recibió su llamada, procedente del priorato de Sion, pensó que todo volvería a ser como antes. No dudó a la hora de acudir, pero cuando los monjes le permitieron la entrevista en su celda y la vio, Lachlan no supo si maldecirla o estrecharla entre sus brazos con alegría.
—No voy a volver contigo —le dijo Lillias apenas traspasó el umbral de la puerta y vio su avanzado estado de gestación—. Voy a tener un hijo de Rurik.
A Lachlan le dio la impresión de que le atravesaban el pecho con una lanza, pero mantuvo su compostura fría y distante mientras señalaba el vientre hinchado.
—¿El bastardo es deseado, al menos? —le escupió, aunque lo que en realidad deseaba era postrarse a sus pies y suplicarle que no volviera a abandonarlo.
—Ha sido concebido y nacerá bajo la institución del matrimonio.
No tiene nada de bastardo, a diferencia de ti —le respondió Lillias con idéntico desprecio—.
Tus actos han sido tan despreciables que dudo que alguna vez pueda desprenderme de su influencia.
Dios sabe que lo he intentado con Rurik, pero me has contaminado hasta el punto de dudar de mi amor por él.
—¿Amas a ese vikingo extranjero? ¿A ese encantador de serpientes que se ha hecho con el favor de nuestro rey?