Hijos del invierno (La estirpe del halcón 3) 37
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Jamás había hecho aquello con ningún hombre por voluntad propia.

Lo supo en el momento en que comenzó a acariciar el miembro de Rurik, con movimientos rítmicos que seguían la misma secuencia que su otra mano, sosteniendo los duros testículos.

Solo en una ocasión había llevado a cabo aquella práctica con Lachlan. Entonces quiso creer que nadie la obligaba porque, de esa forma, conseguía ignorar las náuseas que le provocó que el hombre del que pensaba que estaba enamorada se vaciara en su boca sin ninguna contención.

Con Rurik, todo fue diferente desde el principio.

El deseo explotó en su interior como un volcán en erupción cuando lo desprendió de las calzas. Con los ojos clavados en aquella maravillosa respuesta de su esposo a sus insinuaciones, se relamió sin darse cuenta, antes de inclinarse sobre él y acogerlo en su totalidad con la boca.

Lo escuchó gruñir y sisear algo en su lengua.

Esperó que el asco la obligara a echarse atrás, pero el ligero sabor salado que le inundó la boca solo acicateó sus ganas de más.

Era un auténtico placer pasear la lengua por toda aquella longitud dura y caliente, hasta alcanzar la punta, para después engullirla de nuevo.

Bajo sus manos, más firmes de lo que nunca creyó que estarían, sintió cómo se tensaban los músculos de las nalgas masculinas cuando tiró de sus caderas hacia adelante para tener un acceso completo a aquella parte de él.

La más privada. La más vulnerable.

—Es toda tuya… —siseó Rurik, enredando sus dedos en el cabello de Eithne con la intención de mantenerla justo donde estaba—. Soy todo tuyo…

No se sintió presionada, ni presa, ni tampoco humillada.

Era poder la emoción que corría por sus venas.

Un poder que se truncó cuando Rurik lanzó un gemido de pura agonía y tiró de ella hasta ponerla en pie.

Cuando sus ojos estuvieron casi a la par, descubrió el alcance del placer que le había proporcionado, sin necesidad de una sola palabra.

La mandíbula barbuda estaba tan rígida como el resto del cuerpo. Los dedos se le clavaron en los brazos con firmeza cuando ella intentó regresar a su placentera tarea.

—No te estaba gustando —aventuró con voz temblorosa.

—Tanto como a ti, por lo que puedo apreciar —respondió él, cuando ella volvió a lamerse los labios con apetito—. Pero si sigues así, todo terminará demasiado pronto. Y tengo la intención de alargar y reproducir el momento, de muchas y diversas formas, durante el resto de la noche.

—¿Cómo sabes que a mí…?

No pudo continuar. Una de las manos del vikingo tiró de la manta hasta dejarla desnuda por completo.

Él se apartó un palmo y la recorrió entera, con una sola y profunda mirada que provocó en ella pequeñas oleadas de calor, hasta que le dio la sensación de que todo su cuerpo revivía sin que la tocara.

Que ardía entera ante aquellos ojos que parecían devorarla.

—Podría estar mirándote el resto de mi vida, que jamás me cansaría —murmuró, con los ojos velados de pasión contenida—. Y si lo hiciera, podrías llegar al clímax tantas veces como yo deseara… Como ahora.

Después, siguió el contorno de sus pechos con las yemas de los dedos.

Dibujó figuras imaginarias en su estrecha cintura, recorrió sus suaves caderas y se escondió entre los rizos de su pubis.

Hurgó sin piedad, hasta que sus dedos se empaparon de sus fluidos.

Con una sonrisa torcida, se los llevó a la boca y los chupó uno a uno.

Eithne sintió que se ahogaba con solo contemplarlo.

—Estoy saboreando la prueba irrefutable de lo que te está ocurriendo ahora mismo, con la promesa de que voy a intensificarlo y repetirlo, hasta que ambos acabemos saciados, o incluso inconscientes, sobre el lecho —murmuró—. Pero antes, seré yo quien se arrodille ante ti.

Cuando quiso reaccionar, tenía una de sus piernas sobre el hombro masculino, y la cabeza de pelo rubio rojizo hundida entre sus muslos.

Ella dejó de pensar en el mismo instante en que sintió su lengua explorando los pliegues empapados de su sexo.

De pronto, las extremidades dejaron de responderle.

El corazón inició una galopada suicida sin su permiso, activando el pulso en todas las partes de su cuerpo, y el calor amenazó con asfixiarla si no encontraba un pronto alivio a su tormento.

Se mordió el labio para intentar contener el gemido, pero este salió de su garganta y pareció llenar la estancia entera.

Sus caderas adquirieron vida propia cuando sintió cómo chupaba, cómo succionaba, al mismo tiempo que colaba dos de sus dedos en su interior, para seguir el mismo ritmo que su lengua.

—Rik… Oh, Rik…

Sus manos volaron hacia su pelo revuelto y se anclaron a él, como si su vida dependiera de ello. Sintió tanto vértigo que clavó el talón en la espalda masculina para atraerlo más hacia su sexo.

Seguía sujetándole la cabeza con las manos mientras su boca retenía la presa.

Su lengua se retorcía y exploraba con tanta entrega que ella lanzó otro grito. O más bien un gemido, porque se dio cuenta de que sus puños se habían relajado y recorría sus hombros con los dedos.

Rurik se dio cuenta del cambio y la atrajo con más fuerza hacia él, ajustando su boca a los labios íntimos de ella, de forma que cada movimiento de su lengua le provocaba punzadas en el vientre.

Aquel beso se convirtió en el centro de toda su consciencia. En todo lo que ella sabía o sentía.

Aunque continuara luchando contra la pasión.

Lo había maldecido. Pero ¡que el diablo se la llevara! También lo había ansiado.

Quería sentir los labios de Rurik sobre su cuerpo. Quería sentir su calor, su fuerza.

—Necesito…

—Sé lo que necesitas, mi preciosa Marion. Y puedo asegurarte que lo tendrás.

Eithne no se atrevió a mirar hacia abajo, hacia la cabeza dorada rojiza que volvía a inclinarse entre sus piernas. La lengua, inquieta, que se adentraba en su sexo, con la misma sinceridad y decisión con que había conquistado sus sentidos en el resto de su cuerpo.

Quería gritar. Pedirle, ordenarle que parara. Aquello era algo obsceno y depravado... Pero cuando la invadió una ola de placer, y otra, Eithne dejó a un lado cualquier recato y se lanzó al vacío ante aquel clímax que estuvo a punto de destrozarla.

Había caído de cabeza al abismo, de una forma que jamás imaginó. Rurik se había apropiado de sus intenciones. Había pasado de ser el hombre que recibía, al que daba de la misma desvergonzada forma.

Y ahora la miraba con llamas en los ojos.

—Una lección que vale la pena que recuerdes —le dijo con voz ronca, atrapando en su boca uno de sus pezones para darse un auténtico festín—: jamás desafíes al profesor.

—¿Y cuál es… la segunda?

—Ahora mismo lo averiguarás.

Se puso en pie hasta que su espléndida desnudez quedó expuesta para ella.

Con las piernas abiertas, el pecho agitado por la respiración, la fuerza implícita en sus piernas, en sus caderas estrechas, en aquel vientre plano y en la línea de vello que desembocaba en aquella palpitante erección que pedía atención a gritos, parecía un auténtico dios pagano.

Sus labios dibujaron una vez más la sonrisa segura y despreocupada del guerrero que conoció a la orilla del río cuando la giró, de forma que quedó de cara a la pared.

Iba a preguntar qué se proponía hacer con ella, pero solo salió un sonido inarticulado por su boca cuando sintió las manos de Rurik amasando sus pechos con dedicación, y una mezcla de dulzura y contundencia, que despertó en ella de nuevo el deseo líquido y viscoso.

—Eso es, mi amor… gime para mí —dejó caer en su oído, cuando se pegó a ella, de forma que su verga hinchada quedó acoplada entre sus glúteos—. Dame todo lo que tienes para mí, que yo haré otro tanto. Te lo prometo, Eithne. Siempre…

Sus pezones estaban tan sensibles que cuando él los frotó con los dedos, lanzó un grito, mitad dolor, mitad placer, mientras se restregó contra él con total abandono.

Rurik le giró la cabeza y se apropió de su boca con la misma voracidad con la que antes se había adueñado de su parte más sensible.

Se saboreó a sí misma. Respondió como si fuera una moribunda y acabara de encontrar el elixir de la vida eterna, pero él dejó resbalar sus labios por la curva de su cuello, hasta dejar miles de pequeños mordiscos en el camino hacia sus hombros.

Se hallaba prisionera entre la pared y aquel impresionante cuerpo, capaz de demostrar una fuerza descomunal, y una ternura infinita, pero en ese momento no deseaba estar en ningún otro lado. Notó cómo la rodilla de Rurik le separaba las piernas, y la penetraba desde aquella nueva postura.

Jadeó de nuevo al notar que Rurik se adentraba más profundo. Intentó acallar los gritos de placer que le provocaba cada acometida, pero le fue imposible. Cuando él volvió a inclinarse sobre sus pechos, el torrente de sensaciones la hizo arquearse hacia atrás, una y otra vez.

Estaba yendo a su encuentro con cada movimiento de sus caderas, con una osadía que la sorprendió incluso a ella.

Él la embistió con un gemido y las manos apoyadas en la pared, a ambos lados de su cabeza, y ella supo que jamás había sentido nada tan hermoso como la presión de aquel cuerpo brillante, como esculpido en bronce, que la cubría por completo.

—¿Tienes... idea... de lo que se siente? —logró preguntar.

—No. Dímelo tú.

Eithne se arqueó de nuevo hacia atrás. Rurik permitió que se moviera con libertad, a su propio ritmo. Sujetó sus pechos con las dos manos, y otro gemido salió de su garganta.

—Dímelo —le insistió, consciente del fuego que prendía en ella, y que amenazaba con desbordarse entre sus muslos.

—Es... es lo que he querido sentir todas y cada una de las noches que hemos estado separados. ¿Puedo... decirlo? ¿O no está bien que piense y desee estas cosas? ¿Es pecado?

—Si lo es —susurró él—, entonces estaremos condenados los dos, kàlfrinn . Aunque ahora mismo... no se me ocurre un destino mejor para compartirlo juntos.

Sin nadie que enturbiara aquel instante inigualable. Porque para Eithne, lo era.

Jamás había sentido ese anhelo brutal por Lachlan. Con aquel malnacido, se había engañado a sí misma, pensando que se entregaba a él por amor, cuando lo único que había hecho era plegarse a cada uno de sus deseos.

Rurik el Escocés era el deseo mismo, hecho hombre.

Y estaba dedicado en cuerpo y alma a ella.

Arañó la pared de piedra cuando se vio catapultada hacia ella, por los poderosos movimientos del vikingo a su espalda.

No pudo apagar el fuego que ardía en sus mejillas hasta casi desintegrarlas, ni siquiera apoyándolas en el mismo lugar que sus manos.

Le faltaba el aire, la fuerza necesaria para que sus piernas la sostuvieran mucho más tiempo.

Se sentía llena de él. Plena. Rurik la abrigaba sin darle opción a controlarse. A pensar.

Olió su aroma único a macho excitado, que acabó con las pocas reticencias que aún pudiera tener.

Escuchó en su oído los gemidos de éxtasis anticipado, al mismo tiempo que su aliento le bañaba la piel sensible del cuello.

Notó los dientes clavados en su hombro, un segundo antes de que él lo lamiera.

El ritmo de sus embestidas aumentó, al igual que su potencia.

Eithne creyó que se desvanecería antes de alcanzar el cielo, pero entonces, Rurik cubrió sus manos con las de él sobre la pared, y ambos se disolvieron en mitad de un brutal orgasmo que los dejó exhaustos, pero tan satisfechos que tardaron una eternidad en controlar las reacciones de sus respectivos cuerpos.

Poco a poco, sin dejar de sujetarla, él salió de su interior y la giró hasta tenerla de frente.

Tenía algunos mechones de pelo pegados a los lados de su cara barbuda, por efecto del sudor que también brillaba en su frente. Su pecho subía y bajaba demasiado rápido aún cuando la pegó a él y depositó un tierno beso en su coronilla.

—Eres única. Y yo, un hombre muy afortunado de tenerte conmigo.

—Por un instante, Eithne creyó que escucharía las palabras «te amo», que parecían flotar en el ambiente, pero agradeció que no fuera así y le rodeó la cintura con los brazos para intensificar su contacto—.

¿No sientes aversión hacia mi… estado actual?

—¿Por qué tendría que sentirla?

—Después de cada uno de nuestros encuentros, Lillias se apartaba de mí. Insistía en que sudaba demasiado y le resultaba muy desagradable…

Eithne siguió el curso de sus instintos y abarcó en su mano la mejilla barbuda. ¡Cuánta tristeza había en sus ojos! Parecía un niño desvalido, en el cuerpo de un hombre con un atractivo brutal. Alguien que al fin mostraba una mínima parte de ese sufrimiento.

Aunque nunca había amado a su primera esposa, tampoco había sabido lidiar con su indiferencia.

Ella inspiró hondo y cerró los ojos. A través de aquel contacto, absorbió toda la energía negativa de Rurik como si él fuera un animal herido y ella pretendiera curarlo.

¡Por Dios que era lo que más ansiaba en aquel momento! Verlo tan vulnerable la impulsaba mucho más hacia él. Hacia la caricia de la barba contra su palma, el calor de su respiración, ya acompasada, que traspasaba los límites de su piel para introducirse entre sus huesos…

—Si te sirve de consuelo, yo también estoy sudando —le murmuró con ternura, mientras le colocaba el pelo tras la oreja y trataba de reconfortar con un suave beso en los labios—.

Rurik, aún no tengo un nombre para lo que me haces sentir, pero si de algo estoy segura, es de que te he demostrado con creces mi deseo por ti.

—Sin duda alguna.

—Hasta qué punto he aceptado todas las confesiones que me has hecho, porque forman parte de ti. Incluida esa petición de guardar en secreto todo lo concerniente a la Estirpe del Halcón —añadió, repasando el tatuaje con el dedo, hasta que lo sintió estremecerse bajo la yema.

—Eso también es cierto…

—No me repugna que sudes mientras hacemos el amor, porque es una muestra de tu entrega total a mí. Del mismo modo que tampoco me da asco que tu esencia campe a sus anchas entre mis muslos, o que tu lengua la haya precedido.

—Tampoco me gustaría recordar mi noche de bodas como un ejemplo de cómo mi esposo se deja llevar por el dolor del rechazo de su primera mujer, en lugar de aprovechar el tiempo con la segunda —añadió, rezando para que la insinuación alejara de él aquellos fantasmas del pasado.

Poco a poco, los labios apretados de Rurik dibujaron una sonrisa pícara cuando, sin previo aviso, la cogió en brazos.

—Estoy de acuerdo —le murmuró al oído—. Lo haremos sobre el lecho. Y después, en el suelo. Y más tarde…