Hijos del invierno (La estirpe del halcón 3) 36
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—De modo que quieres conocer todo lo que ocurrió con mi primer matrimonio.

—En realidad, quiero saber qué ocurrió con tu primera esposa. Dónde se encuentra…

—En Kilearnadil. Enterrada junto con mi hijo.

Eithne había tenido que reunir mucha fuerza de voluntad para aparentar el temple necesario para enfrentarse a él, pero cuando lo contempló sentado en el borde del lecho, con los codos apoyados en sus fuertes muslos y la cara oculta entre las manos, toda la furia que sentía por sus atenciones hacia Freydis se desvaneció.

Sí, su estado se hallaba muy cerca de la borrachera, pero todavía conservaba sus cinco sentidos. Su lucidez mental. Y esa capacidad para compadecerse de la desgracia ajena, que la impulsó hacia él. Por suerte, se detuvo antes de hacer algo que iría en contra de su orgullo.

—¿Murieron… los dos? —preguntó, con la voz estrangulada por la impresión.

—¿Te sorprendes? Pensé que me habías aceptado, a pesar de tus dudas con respecto a mi legitimidad para pedirte en matrimonio.

—Nunca he tenido dudas… —Antes de terminar la frase, supo a qué se refería Rurik—. Te concedí desde el principio el beneficio de la duda. Si de algo estoy segura, es de tu honestidad, nobleza y sentido del honor. Nunca pretenderías casarte conmigo estando ya casado con otra.

—Muy inteligente por tu parte. —Cuando la miró, Eithne dio un paso atrás.

No esperaba ver tanto dolor en sus ojos.

Se suponía que su unión con Lillias había sido impuesta por el rey, ¿verdad?

—. Nunca estuve enamorado de ella, lo reconozco.

Pero sí me gustó lo suficiente como para engendrar un hijo en su vientre.

El futuro heredero de Jura. El sobrino de Lachlan de Grey, y el medio para que este pudiera recuperar las tierras que el rey le seguía negando, incluso después de que su padre, que fue el supuesto traidor, hubiera muerto.

—Conozco esa parte de la historia. No solo por boca del propio Lachlan, sino también por mi propio padre.

—Bueno, quizá ha llegado a ti un poco adulterada.

Lo cierto es que, de repente, me encontré con la posibilidad de que los escoceses de este lado me reconocieran como su líder de pleno derecho con mi unión y mi futura paternidad.

En ese momento, sentía que los dioses me concedían una segunda oportunidad.

—¿Es que acaso desperdiciaste una primera?

—Otros lo hicieron por mí. —Él apenas pareció verla cuando se sentó a su lado—.

Me privaron del calor de un hogar. Del cariño de una familia.

Moldearon mi mente hasta que olvidé ambas cosas.

Pero gracias a ciertos sentimientos que permanecieron vivos en mí, supe valorar a tiempo lo que el destino me otorgaba.

Para mí, no había nada en el mundo más precioso que un niño; hubiera vendido mi alma con tal de tener uno a quien pudiera llamar «hijo».

Eithne sintió la garganta tan seca ante sus propias conclusiones que tuvo que tragar saliva varias veces antes de exponerlas en voz alta.

—¿Esa fue tu razón para proponerme el casamiento de un año y un día?

Elevó la mano dispuesta a posarla sobre su hombro, fuera cual fuese la respuesta, pero la dejó en el aire cuando él le dirigió una mirada de incredulidad. Casi de dolor.

—Si piensas eso de mí, es que no me tienes en tan alta estima como me has asegurado, te has entregado a mí por razones que desconozco y, lo más preocupante de todo, ni siquiera me escuchaste cuando te expliqué mis motivos —le respondió con expresión sombría.

Si hubiera tenido valor, Eithne se habría insultado en voz alta por haber cometido un error tan básico.

—Lo siento. Espero que, a estas alturas, conozcas de mí lo suficiente como para saber que ninguna de esas hipótesis es cierta —se apresuró a reconocer, cabizbaja—. Pero cuando has hablado así de los niños, no he podido ignorar la relación entre…

—No existe ese tipo de relación, aunque si fuera una consecuencia lógica de nuestros encuentros sexuales, no solo no me importaría, sino que lo acogería con gusto.

—Rurik se inclinó hacia ella con toda la intención de establecer algún tipo de contacto físico, pero pareció pensárselo mejor y volvió a su postura rígida.

Distante—. Solo intentaba explicarte lo que sentí cuando Lillias me dio la noticia de que estaba encinta.

Fue una alegría, pero también una liberación.

Precisamente porque el objetivo por el que compartíamos el lecho cada noche ya estaba cumplido.

—Y porque tu corazón tenía otra dueña, muy diferente de tu esposa. ¿Lo sabía ella igual que lo sé yo, vikingo? ¿Conocía Lillias la existencia de tu amor por Freydis?

Señor de los cielos, no podía creer que estuviera planteándole aquella situación con la tranquilidad propia de alguien que estaba cercano a la muerte, o que aceptaba la derrota antes siquiera de haber presentado batalla.

Los últimos rastros de alcohol desaparecieron de su cuerpo y de su mente cuando él se dedicó a observarla, como si estuviera recapacitando a fondo cada palabra antes de verbalizarla.

—Decidí ser honesto con ella cuando su embarazo estaba ya tan avanzado que contábamos los días para poder tener con nosotros a nuestro hijo —respondió, con una calma escalofriante y los puños bien cerrados—.

No me recriminó nada en absoluto. Pero le provoqué un dolor innecesario, porque fue la única vez que me confesó sus sentimientos hacia mí.

Se había enamorado de su marido, del padre de su hijo. De un hombre que no le correspondía.

»Me habló con el corazón en la mano y sin rastro de rencor o rabia.

Me dijo que lo entendía, que después de todo nuestra unión había sido arreglada por motivos que nada tenían que ver con el amor, que yo no tenía la culpa de sentir lo que sentía, y que necesitaba un tiempo lejos de mí para asimilarlo.

—Y tú no se lo concediste, por miedo a perder a tu hijo, tu bien más preciado.

—Hay más vida en el desprecio que me acabas de demostrar con esa frase que en cada uno de los actos de Lillias cuando accedí a que regresara al priorato por el tiempo que estimara oportuno.

—Su sonrisa llena de tristeza volvió a hacerla sonrojarse—.

No habló de la protección de su hermano, ni de la de la corte de Alexander.

Solo necesitaba tiempo, y yo se lo concedí porque me prometió que volvería.

—¿Y volvió?

—Una noche de tormenta, cuando nadie la esperaba, ni siquiera yo.

Calada hasta los huesos, sujetándose el vientre con ambas manos.

Pálida como la cera y retorciéndose de dolor.

Solo pudo suplicarme que la llevara hasta nuestro lecho, porque quería parir a nuestro hijo en su hogar.

—Inhaló aire en profundidad, pero no consiguió calmar el temblor que Eithne percibió, sin necesidad de tocarlo—.

Fue la última vez que la vi con vida. Después de horas de desesperarme en el Gran Salón, escuchando sus gritos de agonía, solo oí un silencio que me impulsó escaleras arriba.

Cuando llegué, la curandera ya salía con un bulto diminuto en los brazos, y las malas noticias en la lengua.

—¿Marsaili no pudo hacer nada?

—Marsaili no había llegado aún a Jura, pero la mujer que me entregó el cadáver de mi hijo, un varón, mientras me explicaba que dentro me esperaba el cuerpo ensangrentado de Lillias, estuvo a punto de sufrir las consecuencias de mi ira.

Dejé de pensar, de escuchar cómo había sucedido.

En realidad, no me importaba. Solo me importaba el resultado.

Buscar un culpable. —Hizo una pausa, como si le costara coger aire, mientras miraba sus manos vacías—.

Erling tuvo que llamar a dos hombres más para sujetarme y evitar que la matara yo mismo.

Después de enterrar a mi mujer y a mi hijo, de tranquilizarme y de ser capaz de pensar con un mínimo de frialdad, mandé a buscar a la curandera, pero me dijeron que había abandonado Jura en cuanto tuvo oportunidad de huir de mí y de mi ira.

Supongo que allá donde se encuentre, no estará hablando muy bien de mí que digamos, aunque ya haya pasado tiempo suficiente.

—Nunca es suficiente. —Los ojos de Eithne se posaron en una de las manos de Rurik, que descansaban sobre sus muslos. Poco a poco, sus dedos reptaron hasta allí y se entrelazaron con los de él—. Sería estúpido que te sintieras culpable por algo que no pudiste evitar.

—Eso díselo a tu primo. Desde entonces, inició una batalla continua contra mí, acusándome de la muerte de su hermana. Nos enfrentamos, y le arranqué un ojo además de buena parte de su orgullo…

—¿Fuiste tú?

—Entiendo por tu expresión de sorpresa que se ha cuidado muy mucho de contárselo a nadie.

Supongo que espera conseguir los apoyos suficientes para el asalto definitivo a Jura, después de haberse hecho con el dominio del territorio MacSorley.

Los intentos de sabotaje y rebeliones no han podido tener otro origen.

Y si ahora conoce tu paradero, el de Tavish y el de lady Sorcha, no dudará en mentir ante Alexander, alegando que os retengo contra vuestra voluntad.

—Cualquiera de nosotros testificará lo contrario ante el rey.

—Quizá para entonces ya sea demasiado tarde.

Intentó apartarse, me da igual el orgullo, pero Eithne se empeñó en sujetar su mano. Aunque tenía el corazón encogido por las revelaciones y el miedo, y los ojos llenos de lágrimas contenidas.

—No me rechaces, porque compartimos bastante más que un matrimonio y el calor de nuestras manos —rogó—. Compartimos el dolor por la pérdida de un hijo.

—Te comprendí desde el principio, kàlfrinn . Aunque me resistí a abandonar esa sensación de orgullo herido, puedes jurar que entendí por lo que estabas pasando, aunque como hombre, jamás podré experimentar lo que se siente cuando tu vientre se vacía de vida.

—Pero lo experimentaste como padre. Algo que Lachlan jamás hará.

Los dedos masculinos se cerraron alrededor de los suyos con fuerza cuando pronunció aquel nombre, con la única intención de transmitirle calor. Fuerza, y una extraña conexión que comenzó a aletear entre ellos como si fuera una polilla, cegada por la luz.

Eithne se quedó inmóvil, observando aquella extraña y perfecta unión. Cuando levantó la vista, se encontró con los ojos ambarinos, brillando por algo que no se atrevió a descifrar.

—Quiero que sepas que no amaba a Lillias, pero creía que sí amaba a Freydis —confesó Rurik, sin rastro de arrepentimiento—.

Ahora, sin embargo, reconozco que estoy confundido.

Ya no sé lo que siento, pero sí lo que no siento.

Y lo que siento por ti no es indiferencia, ni nada que se le pueda parecer.

—Suena a disculpa.

—No lo es. Nunca he considerado que nadie deba disculparse por hablar de lo que siente. Ni yo… ni tampoco tú. De lo único que me arrepiento es de no haber visitado la tumba de mi esposa, aunque solo fuera para disculparme por haberme casado de nuevo.

No habló de su hijo, y ella lo agradeció cuando Rurik se llevó los dedos que mantenía retenidos a su boca y los besó uno por uno, sin despegar sus ojos de los de ella.

Durante aquella extraña conversación, había notado la tristeza de su voz. La había visto en sus hombros caídos. Estaba preocupado. Casi conmocionado.

Incluso perdido.

Pero seguía con sus ojos fijos en ella. No quería soltarla. La abrasaba con aquella mirada, que la recorría hasta el vientre. Entre los muslos.

Vio a un hombre vulnerable, que había sobrevivido a su propio infierno y resurgido de él con fuerza. A una persona que seguía en guardia contra posibles futuras heridas en su corazón. Ese que latía en su pecho.

Si ella pudiera robar tan solo una pequeña porción de aquella fuerza, una pequeña parte de aquel corazón... Un soplo insignificante del amor que parecía reservar para otra…

—No sé qué pensar de todo —murmuró, ensimismada con el movimiento lento de aquellos labios sobre su mano—. No sé qué pensar de ti.

—No deberías sentirte temerosa, ni incómoda.

Hay personas a las que conocemos de siempre, pero que sin embargo creemos no conocer del todo.

Y hay otras... —Levantó la mano libre y le acarició la curva de la mejilla con los nudillos, sin que ella pudiera ni quisiera rechazarlo—.

Personas a las que conocemos un día, y al instante nos hacen sentir como si las conociéramos de toda la vida.

Por un instante, se encontró con la mejilla recostada sobre su mano.

Sentía el calor de su respiración, el sonido del aire que entraba y salía de su pecho cada vez con más profundidad y rapidez.

Sabía que, si no hacía algo pronto, se encontraría de nuevo a merced de sus caricias, de sus besos.

De aquellas manos expertas que sabían muy bien dónde tocar, qué hacer para que su cuerpo vibrara como las cuerdas de un arpa bien afinada.

—Aún no… —logró murmurar, antes de ponerse en pie y arrastrar su manta con ella hasta el otro extremo de la estancia, con su espalda pegada a la pared y los ojos fijos en él—. Necesito mantener las distancias.

—Tu mente necesita mantenerlas. Tu cuerpo suplica por acortarlas.

He aprendido a interpretarlo mejor que tú misma.

—Con una media sonrisa carente de humor, Rurik avanzó poco a poco hacia ella—.

Sé que, a pesar de que ya hemos hecho el amor, sientes curiosidad.

No la de una doncella ante su primera noche con un hombre, sino la de una mujer que ya ha probado las mieles del placer. ¿Me equivoco?

—No, vikingo.

—Entonces, te sugiero que me explores.

Había llegado a su altura, pero no la tocaba.

Solo pretendía hacerla comprender la naturaleza de sus propias pasiones a través de los otros sentidos.

Porque pudo oler el aroma que manaba de su ropa mientras se desprendía de ella con lentitud, hasta quedar desnudo de cintura para arriba.

Pudo apreciar la belleza de cada músculo esculpido en aquel torso, y cómo se remarcaban contra su piel cada vez que él inspiraba con fuerza.

Pudo escuchar la profundidad de aquella respiración, la fuerza de su propia contención.

Cuando se atrevió a elevar los ojos, comprendió que no tenía control alguno sobre él.

A pesar de su apariencia fría e indiferente, Rurik se asemejaba demasiado a una bestia que dominaba la situación. Era intrépido, feroz, depredador y orgulloso, pero también salvaje y libre.

Como ella.

—Si quieres que te explore, eso haré —prometió, mientras dejaba que su dedo índice resbalara desde el cuello hasta más abajo del ombligo, en una caricia sutil que lo tensó de inmediato—. Pero antes, necesito pedirte algo…

—Creo que ahora mismo puedes pedirme lo que quieras.

—Deseo recuperar a Rik.

—Me parece justo, dado que yo estoy deseando ver de nuevo a la preciosa Marion —murmuró entre dientes.

Eithne, siguiendo sus instintos más primarios, dejó caer la manta para que pudiera ver que se hallaba tan desnuda como él, se arrodilló hasta que su cara quedó a la altura de las caderas de su esposo, y le bajó las calzas.