Hijos del invierno (La estirpe del halcón 3) 35
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Jamás debería haberla tocado.

Tenía que haberse cortado las manos antes de caer en la tentación de aquella piel blanca y sedosa.

No debería haberla besado, ni mirar esos ojos imaginando que en ellos veía la súplica de ser abrazada y amada.

—Te has enamorado de ella por completo. Y eso no es malo, porque ella te corresponde.

A Rurik todavía le escocían los ojos de tanto clavarlos en la silueta femenina que tuvo el coraje de dejarlo plantado, antes de darse cuenta de que tenía a Erling al lado.

—¿No deberías estar encargándote de tus propios asuntos? —le preguntó, señalando el brazo quemado en el incendio de la herrería.

—Es que mi cuidadora particular ha decidido tener su primera discusión de enamorados con su esposo justo el día de su casamiento. Y, claro, yo no me lo quería perder.

—¿Enamorados? Me reiría si no estuviera tan furioso con ella.

—¿Por ponerte en tu sitio? Tranquilo, no os ha escuchado nadie importante. Todos los lairds están celebrando en el salón tu enlace, aprovechando hasta la última gota de cerveza e hidromiel. Dentro de poco, no recordarán ni su nombre.

—Menudo consuelo. —Aunque esperaba que el suyo hubiera recuperado el juicio y lo estuviera esperando en sus aposentos, Rurik señaló la puerta entreabierta, por la que salía la música, mezclada con la algarabía—. ¿Y tú? ¿No celebras con la persona adecuada?

—Si te refieres a lady Sorcha, esa bruja disfrazada de ángel, consentida, que jamás ha tenido que mover un solo dedo para conseguir lo que deseaba, porque otros lo han hecho por ella…

Esa hechicera, manipuladora, que sabe muy bien cómo guardar secretos, haciéndome creer tantas cosas que, al final, solo puedo pensar que el confundido soy yo…

—murmuró Erling, con los puños apretados a ambos costados y los ojos entrecerrados—.

Esa malcriada que se cree que todos los demás mortales hemos nacido solo para su uso y disfrute…

—En una palabra: estás enamorado.

—No sería lo más acertado, ni lo más prudente. —Inspiró hondo y se giró hacia él—. ¿Ha encontrado tu esposa el colgante que perdió? El de la runa…

—No se lo he visto puesto, así que imagino que no. Era muy importante para ella.

—Y para alguien más, me temo. —Antes de que pudiera preguntarle, Erling dejó su gesto oscuro y lo iluminó con una sonrisa de oreja a oreja—. Pero no hablábamos de mí, sino de ti y de tus sentimientos por lady Eithne.

—No tengo ninguno, sobre todo si lo que insinúas es que provienen del corazón. —Aunque aceptó la jarra de cerveza que Erling le ofreció y la vació del todo, solo para tragarse sus propias palabras—. Todo lo que me atrae de ella se puede ver, tocar, oler…

—Si intentas engañarme, solo conseguirás que me aferre más a mis razones, que son muchas y también se pueden ver, tocar, oler…

—Le he contado que estuve casado con Lillias.

—¡Lo sabía! —Su lugarteniente chocó su propia jarra con la de él a modo de brindis, con una risotada—. Solo alguien digno de semejante confesión podría escucharte, y después aceptarte como esposo.

—Bueno, en realidad solo le conté eso.

—¿Qué? —Los ojos de su amigo casi se le salieron de las órbitas—. ¿No le hablaste de lo que ocurrió?

—Es demasiado pronto.

—¿Pronto? ¿Vas a esperar a que ella te rechace, y así perder la oportunidad de ser feliz, por una vez en tu maldita vida, a su lado? ¡Eso es lo que ella espera de ti!

Si hubiera tenido más cerveza, Rurik se habría atragantado con ella.

—¿Cómo sabes tú eso?

—No os he escuchado, tranquilo —replicó Erling con una sonrisa tan triste como la que tendría él en ese momento—. Solo me he tomado la molestia de observar.

Rurik no pudo responder. Tenía una asfixiante tensión en su garganta, que intentó aliviar mirando de nuevo la escalera.

No amaba a Eithne. Solo reaccionaba a ella como cualquier macho ante una hembra hermosa, deseable y complaciente. Nada más…

—No hay esperanza para el amor. El amor acaba en traición, ahora y siempre —decretó. Quizá así pudiera creerse sus palabras—. Nunca voy a reconocer que lo que me mueve hacia mi propio lecho, ahora mismo, es algo distinto de la pura lujuria.

—Amigo mío, algún día te recordaré tus propias afirmaciones, aunque solo sea para tener el placer de comprobar cómo aceptas lo equivocado que estabas.

Rurik ni siquiera se volvió cuando sintió una palmada en su hombro. No estaba de humor para aceptar bromas, por mucho que estas tuvieran un trasfondo de verdad que tampoco estaba dispuesto a aceptar.

En ese momento, su cuerpo clamaba por desfogarse de la mejor manera posible: con esa gata salvaje en la que se había convertido su sumisa Eithne.

O al menos eso esperaba. No hubiera soportado una mujer que acatara sus órdenes así como así.

Esperaba poder vociferarlas, y que ella las replicara una por una.

En resumen, esperaba una auténtica batalla campal, pero lo que encontró cuando abrió la puerta de sus aposentos, con tanta fuerza que estuvo a punto de sacarla de sus goznes, fue bien distinto.

—¿Qué…?

Su mente se quedó en blanco mucho antes de poder terminar la frase. Justo cuando ella, para nada sorprendida por su entrada, se dedicó a mirarlo como una reina miraría a su vasallo más insignificante.

Allí estaba, sentada junto al fuego sobre una manta y cubierta con otra. Aun así, se atrevía a desafiarlo con aquellos enormes ojos azules y aquella boca suave.

Cuando la miró, comprendió que necesitaría algunas respuestas, y que las preguntas no podían ser formales, o corteses, sino claras.

Pero sería como intentar apaciguar la furia de una fiera, disfrazada de ángel.

—Pensé que tendría que irme a la cama sola, vikingo —murmuró, con una voz tan serena que todo el vello se le puso de punta al mismo tiempo—. ¿Vas a quedarte ahí parado toda la noche?

—¿Qué ha pasado con tu enfado? —le preguntó con cautela, dando un paso en su dirección.

—Lo mismo que con mis esperanzas de acabar bien la noche, supongo.

Se han esfumado —le respondió ella, con una ceja alzada…

Y una enorme jarra que elevó en su dirección, con un guiño cómplice y desvergonzado—.

Ah, veo que te he sorprendido tanto que no puedes hablar.

Bueno, no importa, yo lo haré por ti. He decidido brindar en privado, como hace un rato casi me exigiste que hiciera.

En realidad, llevo ensayando desde que me hice con la bebida y pude refugiarme aquí, sabiendo que vendrías.

Aunque has tardado demasiado, y me lo he terminado todo.

Con otro paso, el fino olfato de Rurik detectó el olor a alcohol.

—¿Qué has bebido? —farfulló cuando logró arrebatarle la jarra.

—No estoy muy segura. Creo que hidromiel... y cerveza... y…

—¿Has perdido el juicio? ¡Ninguna dama respetable bebe otra cosa que no sea vino!

—Quizá yo nunca fui respetable. ¿No te has parado a pensarlo?

—No. —Avanzó otro paso, envalentonado al comprobar que ella no le rehuía, ni había señal alguna de rechazo—. He podido pensar muchas cosas de ti, pero jamás se me ocurriría dudar de tu respetabilidad, kàlfrinn .

—Así que ahora soy una cervatilla indefensa. —Con su gesto más inocente, Eithne dejó de cepillarse el pelo y lo miró, serena—. Dime, vikingo. ¿Es así como llamabas a tu primera esposa? ¿También llamas así a lady Ailsa, aunque sea en tu mente de hombre enamorado?

Por alguna razón que desconocía, la palabra «enamorado» vinculada a Freydis sonó como la peor de las traiciones, al contrario de cuando Erling la pronunció.

—Ignoras lo sucedido con Lillias —empezó, templando los nervios—. No puedes juzgarme por algo que desconoces.

—Pero que me vas a contar, al igual que aclararemos tus sentimientos por la esposa de MacSween. Porque de lo contrario, querido esposo, no podrás acceder a mí.

—Tengo derecho. Como bien has dicho, soy tu esposo.

Se arrepintió de lo dicho en el momento en que ella aferró la manta que la cubría y se acercó a él, con el mentón en alto. Meneando sus caderas a cada paso medido. Como si, a pesar del agravio, supiera que él sería incapaz de imponerle nada que ella no quisiera.

—Cierto. Podrás tener mi cuerpo, pero todas las demás puertas se te cerrarán.

Para siempre —le respondió cuando llegó a su altura.

Con las suaves ondas de su cabello cayéndole hasta la cintura y un brillo de determinación en sus ojos claros—.

Tendrás el año y el día que ambos hemos acordado.

Incluso un hijo, si Dios así lo quiere. Serás feliz con él… pero no conmigo.

Rurik se contuvo para no imponerse. Si lo hacía, la perdería. Y no quería perderla.

Aquellos ojos únicos se habían clavado sobre él la primera vez que se encontraron, con la misma furia con que lo hacían en aquel instante, aunque con distinto motivo.

En la orilla del río, había herido al jabalí que después ella remató.

Ahora, la había herido a ella.

Lo último que había querido era sentirse responsable de una vida humana otra vez. O que sus emociones estuvieran supeditadas a un solo cuerpo. Tampoco había querido volver a ver aquella mirada especial en la que se mezclaba la esperanza, la confianza, la incertidumbre y el anhelo.

La había visto en los ojos de Eithne casi desde que se habían conocido y fingía ser una aldeana.

Peor todavía: la había sentido en sus propios ojos, cuando él fingía ser un simple guerrero a las órdenes de su señor.

Por esa razón, quizá por primera vez en su vida, tendría que ceder ante una mujer.