Hijos del invierno (La estirpe del halcón 3) 34
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—Freydis ha quedado gratamente sorprendida con tu desenvoltura, al igual que lady Nara.

—Ya la conocía de antes.

—Pero no a Freydis.

Eithne procuró mantener la mano sobre el brazo de su marido mientras ambos se dirigían a la mesa principal del convite, en lugar de intentar estrangularlo, que era lo que de verdad deseaba.

Lo miró con una sonrisa congelada en la boca y un puñal por mirada, pero él parecía tan eufórico que ni siquiera se dio cuenta del detalle.

—De modo que Nara es lady Nara, pero lady Ailsa es «Freydis» —siseó, tan tiesa que hubiera podido partirse por la mitad en cualquier momento.

—Hay muchas vivencias que nos unen, y que nos unirán siempre. Ya te lo he contado…

—Al parecer, solo una parte.

Rurik se detuvo y la miró divertido.

¡Divertido!

¡Valiente hijo de…!

—¿Eso que suena son celos, kàlfrinn ? —canturreó, sin darle la menor importancia cuando llegaron a sus lugares de honor—. Porque no me importará recordarte lo que ha ocurrido entre nosotros en esa cueva hace unos días.

—Para ti han transcurrido unos días. Para mí, una eternidad.

—Entonces estás celosa. Y muy enfadada, también.

—Su risilla le resultó más ofensiva que cualquier grito, pero se esforzó por permanecer impasible.

Con la mirada al frente, sin ver otra cosa que las sillas que los esperaban.

La de él, más alta que la suya, como un símbolo de sus respectivas condiciones—.

No creas que eso me desagrada. Al contrario, me dice que estás deseosa de recibirme de nuevo en tu lecho. Esta vez, de forma legal.

—Sigue soñando despierto.

Le traía sin cuidado que la mirara cada vez más confuso, sin atreverse a expresar esa confusión en voz alta.

¡Ojalá cada plato que les sirvieron después contuviera alguna sustancia que le diera retortijones durante la siguiente semana!

¡O el siguiente mes, ya puestos! Pero no tuvo esa suerte.

Rurik no volvió a tentar a la suerte y dirigió su atención a Eirik Hauksson, que se hallaba sentado a su lado, inmersos en una conversación acerca de la política y la guerra que solo interrumpió cuando todos los presentes elevaron sus copas en dirección a ellos.

—¡Por los señores de Jura! —exclamó Caelen, con una sonrisa llena de hoyuelos que la llevó a entender por qué Freydis le había entregado su corazón.

Rurik elevó su copa como respuesta, pero ella seguía congelada. Inmersa en su propio laberinto de emociones.

—La costumbre indica que debes agradecer el brindis —le susurró al oído.

—Conozco las costumbres de mi tierra, vikingo. No necesito que me las recuerdes.

—Entonces te recordaré que debes sonreír. Al menos, ten la cortesía de fingir que eres feliz.

—¿Y si resulta que no lo soy?

—¿Por Freydis? ¿Es por ella?

Con un hondo suspiro, Eithne consiguió mirarlo a los ojos sin querer arrancárselos de cuajo.

—No, claro que no es por ella. Está más que claro que solo siente por ti un cariño sincero. El tipo de amor que puede haber entre hermanos —afirmó, a sabiendas de que le provocaría dolor—. Es por ti por quien padezco, maldito seas.

—Bueno, creo que mi paciencia tiene un límite, y acabas de traspasarlo.

Sin más preámbulos, empujó la silla con tanto ímpetu que acabó en el suelo, la sujetó por la muñeca y la obligó a ponerse en pie.

La concurrencia pensó que solo eran las prisas por consumar el casamiento y comenzaron los silbidos y las palmadas, pero Eithne vio el fuego en los ojos ambarinos y lo enfrentó, con su dignidad intacta y su barbilla elevada.

—Ya somos dos, querido esposo —lo desafió.

La respuesta de Rurik fue tirar de ella fuera de la sala, hasta las escaleras, y aplastarla contra la pared más cercana, en completa soledad.

—Nunca te prometí amor eterno. Ni siquiera amor —le advirtió, tan cerca de ella que hubiera podido agredirla o besarla con la misma rapidez.

—Cierto. Pero me prometiste respeto.

—¿Y he faltado a mi promesa?

—¡Me has humillado mostrándote ante ella como si fueras su perro guardián, sin reparar en que ya tiene uno!

Incluso ella supo que había llegado demasiado lejos.

Aprovechando que nadie más observaba la escena, Rurik la aprisionó aún más con todo su cuerpo y sujetó sus muñecas por encima de su cabeza con fuerza, inmovilizándola.

Respiraba tan fuerte como un toro furioso.

Sus ojos relampagueaban. Pero no hizo ningún otro movimiento aparte de observarla con tanta intensidad, y durante tanto tiempo, que las piernas de Eithne comenzaron a flaquear y su corazón le aporreó en el pecho.

—¿Tú me recriminas mis atenciones a Freydis? —susurró entre dientes—. ¿Tú, que todavía suspiras por el hombre que te dejó encinta, te obligó a beber la sustancia que te hizo abortar, te utilizó y después se olvidó de ti?

—¡Yo no…!

—¡Tú aún sigues enamorada de ese malnacido!

Soltó una de sus muñecas y estampó el puño en la pared con tanta fuerza que Eithne temió que se hubiera roto los nudillos. La rabia relampagueaba en sus ojos, pero aun así, seguía conteniéndose.

«Dile que no es cierto. Que una vez creíste estar enamorada de Lachlan, pero que pertenece al pasado».

Eso habría acabado con aquella discusión. Le hubiera reconfortado. Pero su humillación permanecería intacta.

—Si quieres saberlo... Sí. Desesperadamente enamorada —le soltó.

—¿Desesperadamente, dices? ¿Cómo se puede querer a alguien de ese modo?

—Con todo el corazón y el alma —replicó ella con acritud—. Para comprenderlo hay que tener un corazón, aunque claro, supongo que el tuyo se lo entregaste a lady MacSween hace tanto tiempo que se te olvidó pedirle que te lo devolviera.

Él pareció tan desconcertado por su ataque que aflojó su agarre. Eithne aprovechó y se alejó de él, a pesar de que cada poro de su piel clamaba por abrazarlo, por besarlo. Por asegurarle con hechos lo que no se atrevía a decir con palabras.

Por unos instantes, ambos se miraron a los ojos como si fueran una diana donde clavar un puñal. Como dos adversarios en un duelo a muerte. Rurik hubiera podido hacer uso de su condición de esposo para obligarla a hacer su voluntad, pero Eithne sabía que no lo haría.

En cambio, ella sí seguiría el consejo de Marsaili… Del modo más retorcido que se le ocurrió en aquel momento.

Le dio la espalda, segura de que la dejaría ir, con una idea en la cabeza y todo lo necesario para llevarla a cabo.

Aunque lo que de verdad deseaba era enfrentarse a Rurik y la humillación que sentía sin una sola razón de peso, recordó las palabras de Marsaili. La joven curandera que se había convertido en su única amiga en aquel nido de serpientes.

«Si lo conseguís, lo tendréis para vos. Para siempre».

Estuvo tentada a consultarlo con Sorcha, pero cuando la vio de lejos, acompañada por ese aura oscura que siempre parecía seguirla en los últimos tiempos, recordó sus sospechas acerca de ella.

A pesar de que se resistía a creerlas, se las confesaría a su nuevo esposo… después de darle su merecido.

Los invitados comían, bebían y bailaban.

Incluso Rurik lo hacía.

Ignoraba dónde se encontraba Eithne. La había perdido de vista después de haber deseado con todas sus fuerzas que el enlace no se hubiera llevado a cabo, pero de un modo u otro, comprendió que era el momento ideal para enviar a Lorna hasta Duntrune.

Cuando la aldeana se resistió, tuvo que sacar a relucir sus dos mejores armas para disuadirla.

—Lo harás, porque de lo contrario le contaré al laird que has sido la culpable del incendio en la herrería —empezó, mientras se acercaba a su pequeño hasta tenerlo entre sus brazos, ante la mirada espantada de su madre—.

Le diré que intentabas matar a su lugarteniente Erling.

El hombre en quien más confía, al que más cariño le profesa. No tendrá piedad de ti.

—¡Te lo ruego, no lo hagas!

Lorna intentó recuperar a su hijo, pero lo dejó fuera de su alcance con un soberbio empujón que la envió contra la pared de la muralla exterior.

—Hay un barquero esperándote para llevarte a tu destino.

Cuando llegues, pide que Lachlan de Grey te reciba y dale esto de mi parte.

—Sacó un pergamino enrollado y lo camufló entre los pliegues del manto de la campesina—.

Asegúrate de que no tardas más de lo acordado y de que obtienes respuesta, o él lo pagará.

Le mostró al rollizo bebé el tiempo justo para que Lorna comprendiera el alcance de sus amenazas. Cuando la mujer intentó arrebatárselo, volvió a apartarlo con una sonrisa.

—Veo que has comprendido —le dijo, sin levantar la voz—. Me llevo a mi mejor garantía de que cumplirás con tu trabajo.

—¡No, por favor! ¡Soy su madre!

—Y no dejarás de serlo… siempre que regreses con noticias, claro.

—¡Pero el mar es peligroso en esta época del año! ¿Qué pasará si perezco en él y no vuelvo?

Ya en el rellano de la puerta, se giró hacia Lorna con un encogimiento de hombros.

—Es posible que él siga tu camino… o a lo mejor me lo quedo. ¿Quién sabe?

A su espalda, escuchó el llanto y las súplicas hasta mucho después de haber abandonado aquella cabaña, alejada del resto de la aldea e ideal para que sus planes tuvieran éxito.

Lorna haría lo que le había pedido en completo silencio. De lo contrario, la criatura llorona que llevaba en brazos tendría los días contados.

Pero tenía que asegurarse, de modo que regresó a la fortaleza, aprovechó la confusión reinante por la celebración del casamiento y se hizo con un trozo de pergamino, tinta y pluma.

Cuando terminó de escribir, lacró la misiva y se la entregó a un guerrero escocés, fiel a su rey, junto con una moneda por los servicios recibidos.

—Entrégasela al mismísimo Alexander, si hace falta para asegurarte de que solo él la recibe —le ordenó—. Cuando regreses con la respuesta, tendrás más como esa.

Vio el brillo de la codicia, mezclado con el de la rebeldía ante un señor con sangre del norte, en los ojos del soldado cuando asintió, pero esperó a verlo desaparecer, más allá de las murallas, para retirarse con una sonrisa de satisfacción.

Lachlan se mostraría orgulloso cuando descubriera hasta qué punto le había allanado el camino, pensó.

Ahora, solo le quedaba apuntillar la ya denostada fama del vikingo como líder de Jura… Y castigar a Eithne MacSorley por pecados que no eran suyos.