Hijos del invierno (La estirpe del halcón 3) 33 #2
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El desarraigo del que le había hablado, a causa de la estirpe desde niño, era cierto, como todo su relato.

Faltaba por averiguar la parte que aún se empeñaba en esconder, esa que tenía que ver con Lillias y su anterior matrimonio, pero supo que su oportunidad había pasado cuando escuchó la algarabía que los rodeó de inmediato.

Ya estaba hecho. Era la esposa de Rurik el Escocés.

Y ella era una celta de los pies a la cabeza. Marsaili se encargó de recordárselo cuando se las ingenió para acercarse y señaló su aspecto.

—¡Os toca, mi señora! —exclamó, jovial, al mismo tiempo que la música comenzaba a sonar.

—¿Me vas a decir de qué habla la muchacha?

—Rurik depositó en sus labios un fugaz beso para sellar su unión, que fue coreado con un montón de bromas soeces que pedían más entusiasmo—.

Conste que me encanta tu aspecto. Que me has hechizado desde el momento en que has hecho tu aparición del brazo de tu maestro.

Yo lo he consentido y no me arrepiento, pero ahora tengo curiosidad.

—No permita Dios que padezcas sus efectos por mucho tiempo, mi señor.

—Eithne le guiñó un ojo y le mostró parte de los abalorios que llevaba—.

Me habría encantado llevar mi colgante. Hubiera sido un detalle hacia tu cultura del norte, pero mientras consigo saber qué ha sido de él, estos símbolos representan la unión de las fuerzas celestes y terrestres, así como la danza que vamos a bailar.

—¿Vais?

—Mis acompañantes y yo.

Señaló al resto de jóvenes ataviadas a la antigua usanza celta.

A continuación, se apartó de él y comenzó a danzar al ritmo de una música lenta, casi mística, que provocó un silencio reverencial en la sala.

En cuestión de minutos, todos los presentes observaron el baile con la boca abierta, casi tanto como los ojos.

Les gustaba… No. Les encantaba. Y él no era una excepción.

Rurik se encontró siguiendo con los ojos los movimientos ondulantes de sus manos, las espirales que dibujaban sus dedos.

La atracción que sentía era tan fuerte que le costaba contenerla.

—Los antiguos celtas homenajeaban a las fuerzas de la tierra.

Las espirales son formas naturales, se pueden encontrar en el viento, en las corrientes de agua.

Incluso en los helechos y en las conchas.

Representan la continuidad de la vida, que no tiene ni principio ni fin.

El sendero que nos conduce a la fuente divina —explicó Eithne en voz alta para que todos pudieran oírla.

Todas las sirvientas la acompañaron, formando un corro de compenetración casi perfecto.

Mientras cerraba los ojos, elevaba su cara al techo y ejecutaba fluidos giros con los brazos sobre su cabeza, imaginó que solo un hombre la miraba.

Que ni siquiera el permanente enfado de Sorcha lograría disuadirla de no terminar la danza.

Que bailaba por y para Rurik. Envuelta en el silencio de los espectadores y en la misteriosa música, supo que su cuerpo regresaba a la vida después de haberse entregado a su esposo.

Porque, al fin, aquel vikingo díscolo, incomprensible la mayor parte de las veces, pero noble hasta la muerte, era su esposo.

Algo que Lachlan nunca iba a ser.

El dolor de la decepción se le clavó en el pecho y la hizo regresar de golpe a la realidad. Sus provocativos movimientos cesaron. Cuando abrió los ojos, vio todo un muestrario de mensajes en los ojos de Rurik.

Lo había tentado más allá de lo posible. Por una eternidad, sus miradas quedaron entrelazadas como momentos antes habían estado sus manos… Hasta que una preciosa mujer rubia y con ojos azul verdoso entró en su campo de visión y le dio la espalda.

—Caelen y yo te deseamos lo mejor, Rurik. A ti y a Eithne, por supuesto. —Era evidente que no se había dado cuenta de lo cerca que ella se encontraba—. Te mereces ser feliz…

No fueron sus palabras las que le hicieron sentir que la sangre se agolpaba en su vientre, hasta que el calor se le hizo insoportable, sino la expresión del vikingo.

El brillo de adoración de sus ojos, mezclado con una pizca de tristeza, que enseguida quedó eclipsada por una de sus mejores sonrisas.

Una que le iluminó todo el rostro cuando tomó las manos de la mujer entre las de él.

Siempre con Caelen MacSween al lado, le susurró algo que Eithne no pudo entender, pero que la dejó al margen como si fuera magia negra.

—Freydis.

— Lady Ailsa MacSween, mi señora. —La voz de Marsaili en su oído la ayudó a recuperar su compostura, a pesar de que lo único que deseaba era llorar su desdicha, su estupidez—. Una mujer que despierta en mi señor algo más que cariño. Salta a la vista.

Desde luego. Rurik jamás la había mirado a ella como miraba a la dama. Y sabía que nunca lo haría. Porque estaba presenciando una escena de amor puro. No correspondido, pero amor a fin de cuentas.

Tenía la garganta tan seca que no pudo responder a la curandera.

Ni tampoco apartar los ojos de la pareja, que seguía hablando, con la complacencia del escocés, que también intervenía en la conversación.

Esperó a que Rurik la llamara al menos, pero parecía haber olvidado el fugaz momento íntimo que ambos habían compartido con la danza. Como si no hubiera existido.

Como si su casamiento también hubiera formado parte de una especie de pesadilla.

—Debéis conseguir que solo tenga ojos para vos, milady . No sois virgen. Conocéis los misterios del apareamiento...

—¡Marsaili! —exclamó con un susurro ahogado, mientras luchaba contra el ataque de celos y el cargamento de lágrimas.

—Sois su esposa —continuó la sierva, con el mismo atrevimiento, cuando ella la miró escandalizada, pero también demasiado confusa como para disimularlo.

Demasiado dolida—. Un hombre incapaz de pensar comete errores, cree lo increíble, duda de las más arraigadas lealtades e incluso abandona sus mejores convicciones.

Si lo conseguís, lo tendréis para vos. Para siempre.

Pero no lo lograría, le dijo su conciencia. Nunca había alcanzado nada semejante de ningún hombre. Aquel no iba a ser diferente.

Aunque en realidad, ¿quería ella que lo fuera?

«¡Sí!», gritó su orgullo.

«¡No!», exclamación su corazón.

Y mientras decidía a cuál de los dos hacer caso, Rurik pareció reparar de pronto en ella.