Hijos del invierno (La estirpe del halcón 3) 33
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Una vez que firmó los documentos del casamiento, apenas vio a Rurik.

De pronto, se encontró inmersa en los preparativos que él mismo ordenó, pensando que le alegraría poder organizar una boda celta, a la que acudirían personalidades importantes de los alrededores.

Aliados indiscutibles del vikingo, que no solo asistirían a un casamiento, sino que también serían testigos de cómo asentaba su naciente poder, a pesar de que, según las malas lenguas, sus aparentes errores de gobierno habían llegado a oídos de Alexander.

—El rey es un hombre ecuánime. Sabe distinguir la lealtad cuando la ve.

Y vuestro futuro esposo es noble y honorable hasta la muerte —le explicaba Marsaili aquella tarde, dos semanas después de que hubiera hecho efectivo su enlace con Rurik sobre el papel, en unos aposentos que tendrían que compartir esa misma noche, ya como marido y mujer—.

Su sinceridad es brutal. Va de frente. Puede que no exprese su entusiasmo al convertirse un poco más en un súbdito de Alexander con esta boda, pero tampoco se molesta en disimularlo.

—¿A qué te refieres?

—A los invitados que ya se encuentran en el Gran Salón aguardando, lady Sorcha —respondió la curandera, dedicando a su amiga una mirada recelosa, mientras seguía enfrascada en buscar todo lo necesario para ataviar a Eithne según la tradición—.

Han llegado Eirik Hauksson y su hermosa esposa Nara, con sus tres pequeños.

Dos niños y una niña, según tengo entendido, aunque ahora mismo no recuerdo sus nombres.

—Son tan escoceses como las tres que estamos aquí —declaró Sorcha con expresión ausente.

Eithne la observó a través del espejo en el que se contemplaba, pero prefirió no ahondar más en el abismo que se había abierto entre las dos después de que se ocupara de Erling.

El guerrero se recuperó de su quemadura, pero la distancia entre ellas dos pareció insalvable.

Ya apenas hablaban en privado. Se limitaban a saludarse con cortesía cuando se encontraban, como dos conocidas.

— Milady , permitidme que os diga que Hauksson comparte sangre con mi señor Rurik.

Al igual que lady Ailsa, a pesar de que se casó con el todopoderoso Caelen MacSween —continuó Marsaili—.

También han acudido junto con sus mellizas y el pequeño heredero que ha nacido hace unos meses.

Han preferido traerlo antes de dejarlo con su niñera.

Después de todo, esta fortaleza puede albergarlos a todos.

¡Incluso al gran Gunnar, tío de Eirik Hauksson y, por lo tanto, tan vikingo como él!

—Vaya. Parece que estás al tanto de todos los parentescos en varias millas a la redonda…

—Y de alguno más cerca, aunque mi boca estará sellada.

—Eithne interceptó una mirada cargada de intención dirigida a su amiga, pero sacudió la cabeza.

Seguro que eran imaginaciones suyas. Estaba demasiado nerviosa por lo que iba a ocurrir.

Como si de verdad fuera una novia inocente que acudía a unirse con un hombre sin haber sido mancillada…

—. ¡Oh, creo que ya tengo todo! ¿Qué os parece, lady Sorcha?

—Que vas a disfrazar a una dama escocesa como si viviera en las montañas, rodeada de seres mágicos que en realidad no existen y…

—¡Bueno, basta ya! —Eithne se giró hacia ella con fuego en los ojos y su paciencia hecha trizas—.

¡Todo esto forma parte de nuestros ancestros, por si se te ha olvidado!

¡Voy a casarme con un hombre del norte que ha abrazado nuestra cultura, al menos lo suficiente como para permitirme mostrarle un poco de ella!

¡No sé qué te ocurre de un tiempo a esta parte, pero tú pareces la intrusa en lugar de él!

—Eithne…

Sorcha la miraba entre espantada y sorprendida por su estallido.

Y ella se arrepintió al instante, aunque ya era tarde.

—Yo… lo siento —murmuró—. Supongo que estoy muy nerviosa…

—Dejaréis de estarlo en cuanto veáis lo que tengo para vos, milady . —Marsaili se colocó entre ellas y logró que la tirantez desapareciera con su sonrisa radiante—. ¡Mirad lo que he conseguido!

Desplegó ante ella el velo y tomó un anillo de cobre con el que atarlo a su cabeza para sostenerlo.

Estaba hecho con forma de serpiente, el símbolo de Sirona, la sanadora de la tierra.

Después, le mostró unos brazaletes con formas de antiguos símbolos.

En unos se distinguía la cruz celta; en otros, el Árbol Sagrado de la Vida.

Otros mostraban peces o pájaros entrelazados.

—Debéis poneros uno, mi señora —le dijo a Sorcha—. Todas las muchachas lo llevaremos con orgullo, ya que una de las nuestras alcanzará el puesto más alto para una mujer en Jura.

Sorcha olvidó su enfado y abrió unos ojos como platos cuando lo contempló.

—¡Eithne! ¡Esto quiere decir que, después de la ceremonia, bailarás!

—Eso dice la tradición, sí. Y creo que voy ataviada para ello. —A pesar de que todavía había muchas cosas que aclarar entre ellas, forzó una sonrisa y señaló la puerta—. Creo que mi futuro esposo y media isla me esperan.

Avanzó escaleras abajo, escoltada por las dos mujeres.

Llena de una decisión que no la abandonó cuando, entre los invitados, reconoció a Eirik Hauksson y su esposa Nara, junto con sus pequeños, a Caelen MacSween y a la vikinga Freydis, que sonreían satisfechos al verla a punto de convertirse en la señora de Jura, e incluso a Gunnar con su esposa, un poco más alejados del resto, que contemplaba a Rurik con una expresión extraña en la cara.

Sin embargo, toda su valentía se esfumó cuando lo vio repasándola con aquella mirada intensa, desde el cabello hasta los dedos de los pies.

El color azul oscuro de su túnica larga, confeccionada con lana fina, resaltaba el tono rubio rojizo de su pelo, sujeto en la nuca con una cinta de cuero.

Las mangas y el cuello luciendo bandas tejidas con hilos de colores, que parecían desembocar en sus calzones.

La prenda se le ajustaba a las pantorrillas con vendas de lana cruzadas, acentuando todavía más el poder que manaba de todo su cuerpo.

Cuando los ojos de Eithne se posaron sobre la capa con borde de pieles de zorro, sujeta en el hombro derecho con un gran broche de plata, la boca se le secó.

El broche era un símbolo de riqueza y autoridad. Pero, por si aún quedaba alguna duda, de su cintura pendía un cinturón de cuero con hebillas y herrajes de plata grabados con diseños nórdicos y celtas.

Estaba tan impresionante que apenas notó la mano de Tavish posándose en su brazo.

—¿Qué sucede? —preguntó, como si estuviera inmersa en un sueño del que no quería despertar.

—Que, a falta de un padre, Rurik me ha concedido el honor de llevarte hasta su lado. Todo a pesar de la espada y el seax que lleva, y que podría intimidar hasta al guerrero más experimentado.

Había gran verdad en las palabras de Tavish. El aspecto de su futuro esposo, con su barba recortada y su indumentaria, no solo era el de un soldado. Ni el de un hombre del norte.

Era el de un líder nato. Y cuando logró apartar sus ojos de los de él para pasarlos por los presentes, comprobó que el mensaje había calado en cada uno de ellos.

—Tu padre estaría orgulloso de ti si te viera ahora mismo. Ataviada con esta sencilla túnica y con todos esos símbolos celtas. A punto de tomar por esposo a un gran señor.

—Un hombre del norte, Tavish.

—Un laird designado por el mismísimo Alexander, que se ha mostrado más que de acuerdo con esta unión —le susurró su mentor, mientras avanzaban hacia el altar—.

Rurik es un buen hombre, con unas intenciones igual de buenas, que alguien se ha propuesto echar por tierra a base de sabotajes, para menoscabar su honor a ojos del rey.

De ese modo, podría perder Jura incluso antes de estar seguro de haberla tenido para él.

—Entonces, no comprendo que este casamiento sea de su agrado…

—Es más que seguro que el episodio del secuestro del pequeño, así como las revueltas anteriores o el incidente en la herrería, no han llegado a sus oídos.

Cuando lo haga, ten por seguro que Alexander tomará las medidas adecuadas…

Pero para entonces, tú estarás casada con el único hombre que, ahora mismo, puede mantenerte a salvo de todo lo que pueda desencadenar. Incluido tu primo y sus pretensiones.

Eithne le dirigió una fugaz mirada, que fue respondida por un solemne asentimiento por parte de Tavish.

Le aseguraba que llegaría su momento ante Lachlan.

Pero para ello, debía convertirse en una mujer fuerte, capaz de sobreponerse a la desgracia de haber perdido un hijo por las crueles maquinaciones de su padre, y con la presencia de ánimo suficiente como para mantenerse firme cuando lo tuviera enfrente.

Ella le brindó la mejor de sus sonrisas antes de que Tavish la entregara a Rurik y la ceremonia diera comienzo.

Paralizada. Así era como se sintió cuando la mano de Rurik cubrió la suya.

Su mente, su cuerpo, sus sentidos... Era como si se mantuviera suspendida en el aire, en algún lugar de aquel salón, y pudiera observar, pero no participar de la escena, mientras alguien que no era ella decía «sí» o «no».

Tan ensimismada en sus propias reacciones que se sobresaltó cuando escuchó el carraspeo del vikingo.

—Creo que es tu turno, kàlfrinn —le susurró, desconcertado—. Si no estás segura de lo que firmaste, quizá deberías habérmelo dicho antes de llegar a este punto…

Temía que lo dejara en evidencia delante de una de las mejores representaciones de los principales clanes de aquella parte de Escocia.

—No he cambiado ni cambiaré de opinión —le respondió en tono tranquilizador, antes de adoptar una postura tan firme como la de él—. Yo, Eithne MacSorley, te ofrezco mi lealtad en este casamiento a prueba durante un año y un día.

Habló con claridad, sin titubeos, pero añadió para sus adentros: «¡Ni un minuto más!».

—Yo, Rurik, señor de Jura, te ofrezco mi lealtad en este matrimonio a prueba por un año y un día.

No añadió un apellido porque no lo recordaba.