32
Rurik se dirigió hacia allí a la carrera, después de desmontar y hacer que ella descendiera de Aska.
Eithne tuvo que correr para seguirle el paso, pero cuando ambos llegaron al lugar, comprobaron que el humo provenía del fuego extinguido y no del fuego en sí.
El herrero, un hombre ya entrado en años, se estaba limpiando la mugre con un paño igual de sucio que él, sin mucho éxito. Después se limpió la nariz con el dorso de la mano y lanzó un juramento.
Erling estaba a su lado, sentado sobre una banqueta, con la cara desencajada de dolor mientras Marsaili, inclinada sobre su brazo, intentaba arreglar el desaguisado.
Todos callaron en cuanto su laird hizo acto de presencia.
—¿Qué es lo que ha ocurrido aquí? —preguntó Rurik, dirigiendo una severa mirada que fue de los dos hombres hasta Sorcha, que permanecía ceñuda en un rincón, pasando por Marsaili y ella misma—.
¡Por Dios y todos los santos! ¡Creo que es la primera vez en mi vida que veo parte de una herrería incendiada!
—Y por mi bien, espero que sea la última, mi señor.
—El herrero arrojó el trapo lejos de él y señaló lo que parecía el foco del fuego—.
Erling me llamó un momento para que inspeccionara una de las herraduras de su caballo.
Salí dejando ese trozo de metal incandescente sobre el yunque.
Lo estaba comenzando a moldear para convertirlo en una daga.
¡Juro que me aseguré de que no se movía de ahí mismo antes de marcharme, mi señor!
Pero antes de volver, alguien debió de entrar y lo tiró en ese montón de paja que tampoco estaba ahí cuando me fui, con toda la intención de prenderla.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—¿Qué otra razón habría para que hubiera paja donde no debe haberla y que el trozo de hierro la prendiera, aún candente? —Fue Erling quien le respondió con otra pregunta, susurrada entre dientes—. Sabes que este hombre jamás ha cometido un error de ese tamaño.
—En realidad, llevo aquí demasiado poco tiempo como para saberlo.
—¡Es la primera vez en mi vida que descuido la herrería para atender los requerimientos de un guerrero, mi señor!
—afirmó el herrero, ofendido por la desconfianza de Rurik—.
¡Pero os puedo asegurar que será la última!
¡Por mi culpa, este hombre resultó herido cuando intentaba apagar el incendio!
Por fortuna lo hemos conseguido, ¡pero mirad su brazo!
—Con mis ungüentos mejorará, mi señor.
Marsaili se dispuso a aplicarle una compresa húmeda, pero Eithne la detuvo.
—Déjame verlo antes, por favor. Tengo algo de experiencia en estas lides.
No habló de su conexión con las criaturas vivas que la rodeaban. Supuso que las personas formaban parte de ellas y que, por lo tanto, no debería tener ningún problema en ayudarlo…
Excepto por el colgante de la runa, que siempre la ayudaba a sentirse segura en esa conexión.
Seguía sin aparecer, aunque en aquel momento no le pareció tan importante como el hecho de aliviar el dolor del guerrero que tenía delante. Su quemadura se extendía desde el codo izquierdo, subía por el brazo y llegaba hasta el hombro.
Parecía sufrir demasiado como para alargarlo más.
Sin decir palabra, Eithne tomó el paño que Marsaili tenía en la mano, lo volvió a mojar en el agua fría que había en un cuenco y lo retorció sobre la quemadura varias veces.
Con un ritmo que tuvo un efecto hipnótico sobre el herido, el paño nunca entró en contacto directo con la quemadura, pero poco a poco, las facciones de Erling se fueron relajando.
—Eithne, no deberías hacer esto. —Estaba tan concentrada en su tarea que le sorprendió escuchar a Sorcha a su espalda. Señalaba al lugarteniente como si se tratara de cualquier bestia del bosque—. ¡Es un hombre del norte! ¡No es uno de los nuestros!
—Tú lo has dicho. Es un hombre, sin más apelativos.
Y yo debo mostrar un mínimo de la humanidad celta por las dos.
—La reprendió en silencio. ¿Qué demonios le pasaba?
Desde que se hallaban en Dùn na Seabhaig no parecía la misma mujer que se había ganado su cariño con el paso de los años.
En ese instante, era una desconocida que censuraba su comportamiento sin tapujos, con una simple mirada—.
No, espera. —Se olvidó de ella en cuanto vio a Marsaili dispuesta a cubrir la quemadura—. Es mejor no vendarlo.
—Tenéis razón, milady . Hay que aplicar el ungüento a intervalos regulares. Hace tanto tiempo que no hago algo así que lo había olvidado.
Eithne se apartó, consciente de que la joven curandera debía demostrar su valía frente a aquellos tres hombres que la observaban, no muy convencidos, pero no ocupó el segundo plano que sin duda se esperaba de ella.
Ayudaría a aquel hombre, sin importar la sangre que corriera por sus venas.
—¿Ya terminaste? —le preguntó al cabo de una eternidad.
—De momento, milady . Pero no parece que mis cuidados le hayan aliviado demasiado…
—Lo harán, no te preocupes. Yo los complementaré.
—¿Qué quieres decir?
Por toda respuesta, Eithne lanzó a Rurik una sonrisa que pretendía alejar fantasmas y se acercó a Erling.
—Marsaili no te dejará de lado. Es celta, igual que yo. Y que lady Sorcha —añadió, sin prestar atención al bufido disimulado que escuchó a sus espaldas—. Pero necesito que, además de tu cuerpo, cooperes con tu mente.
—No entiendo lo que queréis decir…
Erling lanzó un gemido cuando ella se acercó y apenas le tocó el brazo.
—Quiero que te concentres. Que abraces el dolor, si es necesario —le murmuró—. Y cuando hayas logrado encerrarlo, quiero que tomes distancia con él.
—¿Cómo...?
—Hazlo. Yo te ayudaré.
Eithne rozó con sus dedos los largos cabellos de la nuca del hombre. Luego ejerció una firme presión en la base del cráneo. Después de unos minutos, pasó las yemas de los dedos por la espalda del herido, a ambos lados de la columna vertebral.
Lo repitió al menos una docena de veces en mitad de un silencio que la convirtió en el centro de la atención de todos los presentes.
Los ignoró. Cerró los ojos y repitió la operación hasta que sintió que, bajo sus dedos, los músculos del guerrero comenzaron a relajarse.
Solo cuando escuchó un ligero suspiro de alivio y sorpresa, abrió los párpados.
—¡Dioses! ¡Ha desaparecido!
La cara de Erling había recuperado algo de color. No era mucho, pero sí lo suficiente como para que Eithne supiera que el dolor comenzaba a remitir.
—Una demostración espectacular, debo reconocerlo.
—Rurik la observaba con una mirada enigmática y oscura.
Manteniendo una distancia ridícula después de lo que ambos habían compartido, señaló a su amigo—.
Solo espero que no te acostumbres a esta clase de cuidados.
Me temo que lady Eithne los deberá reservar para mí más pronto que tarde.
No lo podía creer.
¿Estaba celoso?
Todo parecía indicar que sí, y eso le produjo tal alegría que a punto estuvo de olvidar su lugar y preguntárselo delante del herrero y su hombre de confianza.
Por fortuna, tuvo el sentido común de permanecer en silencio, con una especie de sonrisa victoriosa al ver el gesto oscuro de su futuro esposo.
—No te preocupes por eso, mi señor. Según tus propias palabras, apenas tendré tiempo de organizar mi propio casamiento después de firmar tus condiciones —le soltó con infinita dulzura.
—Ah, sí, el contrato… En realidad, la promesa verbal basta para dar veracidad al acuerdo, pero quiero que todo sea legal, por el bien de ambos.
—Yo también, por supuesto. Y aquí, hablándolo delante de estos testigos improvisados, el acuerdo adquiere mucha más veracidad.
Las cejas de Rurik se alzaron hasta casi lo imposible. Después, soltó una carcajada.
—¡Por Odín! Una mujer que piensa, escucha y razona de verdad.
—Que las mujeres llevemos faldas y nos recojamos el pelo no significa que seamos sordas, tontas o ciegas. Si mi futuro esposo piensa eso, yo…
—De acuerdo. Acabas de demostrármelo con hechos irrefutables. Prometo que nunca más tendré ese prejuicio… contigo. —Parecía que todo rastro de enfado había desaparecido de él cuando le dedicó una profunda reverencia y le señaló la salida de la herrería—. Pero quiero cerciorarme.
—¿De qué?
—De que estás convencida de lo que supone que aceptes mi propuesta de matrimonio. Si me permites, te enseñaré una pequeña muestra de lo que será tuyo en poco tiempo.
Eithne estuvo a punto de decirle que no necesitaba muestra alguna para refrendar su promesa, pero sabía que era mucho más fácil y cómodo acceder, así que asintió.
—Marsaili, me gustaría que no perdieras de vista al herido —susurró a la muchacha cuando pasó por su lado—. Y Sorcha… Creo que debemos hablar largo y tendido tú y yo.
—Cuando quieras, milady .
—Erling, supongo que no estarás tan mal como para no reunirte con Tavish y preparar las invitaciones al casamiento —añadió Rurik, ajeno a todo lo que no fuera el aspecto radiante de Eithne—. Empezad de inmediato. Enseguida me reuniré con vosotros…
—¿Me encargas cosas de mujeres? ¿Tan inútil te parezco?
—Tienes herido el brazo izquierdo. Seguro que podrás escribir más rápido con tu preferido, el derecho.
Le propinó un manotazo en la espalda y, con una risotada, pareció olvidarse de todo lo que no fuera complacerla. En los establos, insistió en que cabalgara con él sobre Aska, en lugar de hacerlo cada uno en un caballo.
—¿No quieres arriesgarte a volver a correr tras de mí?
—Sé que eso no ocurrirá otra vez, pero no quiero tener que sacrificar otro animal. Es mucho mejor que cada uno de los aldeanos de Jura te vea conmigo de esta guisa. Una escocesa a punto de convertirse en su señora disipará los intentos de rebelión más inmediatos.
Eithne se envaró sobre la montura.
—De modo que me estás utilizando.
—No. Solo estoy mostrando a mis súbditos el mejor modo de hacer las cosas.
No parecía acosado por pensamientos oscuros ni atormentado por lo que podría suceder.
No parecía… Rurik, sino más bien un hombre que huía de sus responsabilidades, relegándolas al último lugar de su mente.
Después de pasearse por numerosas aldeas con el propósito que él le había explicado y aceptar cada uno de los calurosos saludos que recibió a su paso, se detuvieron en un paraje agreste y desconocido para Eithne.
—Son los Paps de Jura —le dijo, después de apearse y ayudarla a hacerlo. Enlazó su cintura con un brazo posesivo y la pegó a su costado, mientras juntos contemplaban el sol en su punto más alto—. Parece mentira que tan solo ayer la lluvia pareciera querer anegar hasta el último rincón, ¿verdad?
—Desde luego.
No pudo decir nada más convincente en cuanto sus ojos registraron las tres montañas que dominaban el horizonte marino, desprovistas de árboles y cubiertas de musgo oscuro, turba y piedra batida por el viento.
Las aguas del estrecho rugían con fuerza y formaban corrientes violentas, como el famoso remolino de Corryvreckan al norte de la isla.
El efecto era tan hipnótico que ella quedó atrapada en él, como una pobre mosca en una tela de araña.
—Ya puedes decirme qué te parece Jura.
—Es una preciosidad —admitió.
—Una preciosidad, sí —añadió él con suavidad.
En su voz había algo que insinuaba que el comentario no iba dirigido solo al paisaje. Y cuando se giró hacia él, lo confirmó.
Rurik la miraba con una mezcla de admiración, autoridad y recelo. Pero también con una pequeñísima sonrisa que no se ensanchó cuando la sujetó por la barbilla y depositó un beso en sus labios.
—Aquí tienes una de las razones por las que he decidido permanecer en tu tierra, kàlfrinn —le murmuró—.
Hubiera podido explicártelo de mil maneras distintas, pero entonces no habrías comprendido que, cuando soy capaz de pensar como un líder en lugar de como un guerrero marcado por una vida que no elegí, admiro toda la tierra que se me ha entregado igual que cualquier escocés que la habite.
—Igual que yo.
—Veo que empiezas a entender.
—¿Y el resto?
—Me temo que no tardarás en averiguarlo. Regresemos.
La luz de sus ojos se apagó. Cuando montaron en Aska, ya no sintió esa conexión íntima que su cuerpo parecía transmitirle.
Algo le dijo a Eithne que él volvía a tomar distancia con ella. Que se avecinarían problemas y que sus consecuencias tal vez se convertirían en obstáculos insalvables para lo que fuera que se proponía, pero desechó una vez más esa vocecilla molesta.
Prefirió pensar que había tomado la decisión correcta. Que el hombre que la guiaba a su nuevo hogar jamás la dañaría.
No como lo había hecho Lachlan.
Y al pensar de nuevo en su antiguo amante, todo su entusiasmo se volatilizó, como la niebla espesa ante la fuerza del sol.
Porque, por primera vez en mucho tiempo, se atrevió a contemplar la posibilidad de ser feliz.
Quizá no amada, pero tampoco engañada.
Solo feliz.