31
—No vas a darte por vencida ni siquiera si intento convencerte con otra cosa distinta de mis palabras, ¿verdad?
—Empiezas a conocerme, vikingo.
Rurik soltó una maldición en su lengua e intensificó su agarre, si es que eso era posible, hasta que Eithne terminó con la espalda pegada por completo a su pecho y con los muslos masculinos cercando los suyos.
Aska los llevaba al paso por el camino lleno de barro a causa de las pasadas lluvias.
El cielo aún continuaba plomizo, pero al menos podían regresar secos y seguros.
—¿Y si te digo que ya tengo redactado el documento de nuestro enlace para que lo firmemos?
—¿Ya?
—Sí. No veo motivos para esperar una vez lleguemos. A no ser que quieras que las habladurías con respecto a nosotros sigan creciendo hasta que se desboquen como un caballo salvaje.
—Las habladurías comenzaron el día en que te presentaste conmigo en brazos, sangrando entre las piernas. Y aunque ahora mismo es otra clase de molestia la que tengo en ese lugar, lo cierto es que me he comportado como una casquivana sin moral.
—Como mi futura esposa, que es muy diferente. —Eithne no se atrevió a mirarlo a los ojos después de esa pequeña reprimenda—. Incluso estoy dispuesto a hacer alguna concesión al respecto.
—¿Además de pasar por alto el caballo que tuviste que sacrificar por mi culpa?
—Si insistes en eso, terminaré poniéndote sobre mis rodillas y azotándote hasta que el trasero se te quede del mismo color que ahora mismo tienes en tus mejillas.
—Sabía que no sería capaz de ponerle la mano encima para otra cosa que no fuera darle placer.
Que bromeaba. Pero su corazón se saltó un latido al imaginarse de aquella guisa—.
Solo estaba pensando en la ceremonia. No soy partidario de seguir determinadas costumbres, pero tendrás margen de sobra para decidir qué deseas hacer con tu vida, con tu situación de deshonra, con tu familia y con tu hogar pasado una vez te conviertas en mi esposa.
—¿Y qué hay de la consideración hacia mí?
Rurik detuvo a Aska y tomó su barbilla para girarla hacia él hasta que sus ojos se encontraron.
Lo que Eithne vio en ellos le estranguló el corazón.
—¿Crees que no lo he sido? ¿O que puedo serlo más?
—Para un escocés, sea hombre o mujer, el honor lo es todo y va aparejado a esa consideración —murmuró, sobrecogida cuando él torció la boca, como si pensara con mucha seriedad en la respuesta.
—Bueno, digamos que considero que es prudente respetar lo que es tan simple y básico que no puede ser ignorado ni destruido —afirmó, plantándole un beso en plena boca antes de reanudar el camino—. ¿Aclara eso tus dudas?
«Tanto, que me asusta el modo en que comienzo a confiar en ti, vikingo».
Aunque Lillias de Grey y su matrimonio siguiera siendo un misterio para ella.
—Solo algunas —replicó, mucho más tranquila, con la cabeza apoyada en su pecho—. Recuerda que me prometiste lo mismo respecto a otros temas más peliagudos, si me fío de la cara que pusiste cuando te lo sugerí.
—¿Yo? ¿Prometerte?
En esa ocasión, fue ella quien tiró de las riendas con tanta fuerza que Aska estuvo a punto de encabritarse.
—¿Es que solo soy apta para el lecho, mi señor? ¿Para que, en un futuro y si todo fluye como debe, sea la madre de tus hijos? —Rurik palideció, pero ella estaba tan indignada que no se dio cuenta—. ¿Es que ni siquiera merezco saber algo de tu pasado, por insignificante que sea?
—No es insignificante.
—¿Turbio? ¿Oscuro? ¿Vergonzoso? ¿Eres un asesino a sueldo?
¿Un mercenario que se vende al mejor postor?
Tranquilo, mi señor. Ninguna de esas posibilidades conseguirá siquiera sacarme los colores.
Te llamas Rurik y procedes de las tierras del norte.
Hay determinados adjetivos que han viajado contigo…
—Lo soy, Eithne. ¡Maldita sea, lo soy! ¡Pero no como tú piensas!
—Le lanzó una mirada tan fiera que ella intentó retroceder en la silla de montar, pero la sujetó con fuerza para que permaneciera cerca de él—.
Ah, no. Tú lo has provocado. Ahora te quedarás a escuchar hasta la última de las consecuencias de tus actos.
¿Quieres saber de dónde procede esto? —preguntó cuando dejó su hombro al descubierto—.
¡Pues bien, te lo contaré! Pero escúchame bien: jamás permitiré que mi historia interfiera entre nosotros.
Te casarás conmigo porque así lo has asegurado.
Porque me has dado tu palabra y yo he decidido confiar en ella.
En ti. Porque lo que voy a contarte debe quedar en el más absoluto de los secretos, y porque necesito asegurarme de que así sea.
Dicho de otra manera, estaba dispuesto a silenciarla convirtiéndola en su esposa.
Eithne no se asustó por aquel mensaje secreto y asintió.
—Nunca dije que fuera a hacer lo contrario —afirmó, sorprendida de sí misma.
Semanas atrás, no habría podido mantener la calma con tanta facilidad.
En aquel instante, ni siquiera se le alteró el pulso cuando Rurik la soltó con brusquedad y dirigió sus ojos mucho más allá de los límites que los rodeaban.
—El halcón es el símbolo de la estirpe a la que pertenezco desde que era un niño, y mi rey decidió crear un grupo de guerreros de élite que de forma clandestina se dedicara a cubrirle las espaldas, tanto en mi país como fuera de él —comenzó, con una voz monótona que le erizó la piel, mucho más que cualquier amenaza o grito—.
La situación de guerras continuas que ya sufría su padre no le dejó muchas alternativas, supongo.
Con ese fin, reclutó a un puñado de oficiales leales a él hasta la muerte, que se encargaron de formar la Estirpe del Halcón, durante años.
—¿Quieres decir que existe desde antes que tu rey?
—Desde que su padre tenía la misma edad que él ahora, según me han dicho. Aunque en un principio solo éramos unos cuantos niños llorones que no comprendían por qué alguien los había apartado de sus familias para no volver a verlos nunca.
—¿Quieres decir que te arrancaron de los brazos de tu madre, o padre, o…?
—Contra mi voluntad, sí. Era tan pequeño que los olvidé.
A pesar de que con toda probabilidad intenté lo contrario al principio, claro.
De cualquier forma, ni fui el primero ni tampoco el último.
—Cuando la miró, Eithne vio tantos padecimientos escritos en sus ojos que se estremeció—.
Su objetivo desde el principio fue cortar cualquier lazo afectivo con personas que pudieran hacer de nosotros seres vulnerables.
Imperfectos. Dubitativos. Necesitaban soldados con una fe ciega en la estirpe, su creador y los principios que la guían.
Y para eso, debían alejarnos de emociones como el amor, el odio, el sentimiento de justicia…
En nuestras cabezas solo debían existir la lealtad incondicional hacia nuestro rey y todos los medios para alcanzarla.
—Como cualquier otro guerrero…
—No te equivoques. Estas manos han cortado de cuajo muchas vidas que, de otra forma, todavía estarían en este mundo —afirmó, mirando sus dedos crispados con asco—.
Durante mucho tiempo, nuestros captores moldearon nuestras mentes al mismo ritmo que nuestros cuerpos, hasta que ambos fueron solo uno.
Nos convirtieron en una máquina casi perfecta de matar, al servicio del rey del norte.
Un grupo que no existía para nadie, salvo para el rey y sus fundadores, capaz de afrontar las misiones más arriesgadas y suicidas con garantías de éxito.
—¿Por eso estás aquí?
—Estoy aquí para cumplir con una misión.
—¿La de hacerte con el favor del rey escocés?
No pudo evitar cierto tono de reproche, pero él parecía estar más allá de eso cuando se limitó a encogerse de hombros.
—La sangre engendra hijos. La estirpe engendra guerreros.
—Hablas como si supieras quién era tu padre. ¿Cómo se llamaba?
—No lo recuerdo, no es que no quiera decírtelo.
Para mi desgracia y fortuna de otros, sobreviví sin ese dato.
Y cuando vi una oportunidad de afianzar mi posición aquí, la tomé sin dudar.
No por mi rey ni por la estirpe, sino por mí —afirmó—.
Jura es un justo pago por unos servicios que él no pidió, pero que yo le presté.
Por mucho que ahora alguien intente desprestigiarme ante Alexander.
—¿Quién?
—¿En algún momento has creído que el incidente con el recién nacido era por algún tipo de rencillas entre aldeanos?
¿Por supersticiones? Quienquiera que ayudó al campesino, tenía otra idea en mente: la de ayudarlo a escapar para que se convirtiera en la prueba de mi incapacidad para controlar a la población de la isla.
Eithne espantó de su mente la imagen de Sorcha, emergiendo de la oscuridad justo en el lugar señalado por el aldeano, y frunció el ceño.
—Insinúas que Alexander daría pábulo al relato de un infeliz, insignificante para él, frente al de un señor afín a su causa —murmuró.
—Decir que yo soy afín a su causa es afirmar demasiado, pero en líneas generales, eso es lo que insinúo, sí. No puedo asegurarlo, puesto que murió antes de confesar, pero intuyo que no será el único altercado que sufra. Si lo unimos a las revueltas que he tenido que sofocar en los últimos tiempos…
—Entonces, ¿por qué insistes en quedarte en lugar de regresar? Entiendo que, aunque te obligaron a formar parte de la estirpe, ahora mismo eres una persona adulta.
—Creo habértelo demostrado, sí.
—Según tus propias palabras, no recuerdas tu familia ni tu procedencia. —Seguro que por eso su apellido suponía un misterio más que añadir, pensó—. No logro comprender por qué sigues empeñado en quedarte en un lugar donde muy pocos te quieren.
—La historia es demasiado larga como para contártela en el trayecto de vuelta a Dùn na Seabhaig —repuso él, con una sonrisa tan triste que le retorció las entrañas—.
Vine con mi jefa, Freydis, y otros tantos compañeros, en una misión secreta que se resolvió de manera favorable para nosotros.
El resto de la expedición, excepto Erling y unos pocos, regresó a mi país.
Eithne abrió la boca, estupefacta.
—¿Freydis? ¿Te refieres a lady Ailsa? ¿La esposa de Caelen MacSween? —Él asintió, rígido como una tabla—. Santo cielo… ¿Ella también es…?
—Un miembro de la Estirpe del Halcón. Y una formidable guerrera.
Los ojos le brillaron de admiración mientras hablaba de ella. Tuvo la sensación de que él no era consciente de lo que estaba demostrando ni a quién, pero decidió obviarlo por el momento. Comenzaba a ver otra versión de Rurik El Escocés, y no sabía si le gustaba o le aterraba más que la anterior.
—No me imagino a vuestros superiores aceptando vuestro cambio de buen grado —comentó.
—Supongo que no lo harían… si supieran que realmente estamos vivos en la misma tierra que disputan a sus moradores y para cuya guerra estábamos preparados.
—De modo que ignoran lo que ha ocurrido con vosotros…
—Para ellos, Freydis ha desaparecido, igual que yo. Los dos confiamos en que nuestra gente haya resultado convincente en ese aspecto.
—Aun así, estáis arriesgando demasiado. ¿Qué os impulsó a abandonar vuestros principios? ¿Aquello que os inculcaron por la fuerza, demasiado jóvenes como para que pudierais resistiros a lo inevitable?
—El amor —respondió Rurik sin dudar.
Eithne contuvo el aliento.
Rurik había amado. Tanto y con tanta intensidad que había decidido contravenir los principios que otros le habían inculcado a la fuerza para seguir los dictados de un corazón que, al parecer, había latido con fuerza por…
—¿Lillias? —preguntó, procurando que la voz no le saliera estrangulada—. ¿La amabas y por eso te casaste con ella?
—Tu rey así me lo ordenó —fue su afirmación, mientras hincaba los talones en los flancos de Aska y agilizaba el paso.
—Eso no responde a mi pregunta. ¿La amabas?
—Ya he respondido a tus dudas con respecto al halcón. Me quedé aquí por unas razones tan fuertes como las que llevaron a Eirik Hauksson, su tío Gunnar e incluso Freydis a hacer lo mismo. ¿Es que no te sirve con eso, mujer?
—No cuando estoy a punto de casarme con un hombre que me ha entregado su cuerpo, pero cuyo corazón puede seguir perteneciendo a su primera esposa.
¡Rurik! —exclamó, cuando el trote se convirtió en un galope endiablado—.
¡No vas a escabullirte llevando a Aska al límite!
¡Yo seguiré insistiendo y lo único que tú conseguirás será reventarlo!
—¡Un hombre tiene derecho a conservar sus propios secretos!
—Una mujer también. ¡Pero yo te he contado los míos!
«No todos», le dijo una vocecita al oído.
No le había hablado de sus sentimientos actuales por Lachlan ni de sus planes a largo plazo, si es que los había.
Porque una parte muy importante de ella comenzaba a despertar, después del letargo impuesto tras su huida, para recordarle que tenía unas responsabilidades que afrontar.
Si su hermano Alasdair seguía con vida, debía ayudarlo a restaurar su puesto entre los MacSorley.
Si había muerto, ella debía ocupar ese puesto.
Rurik frenó en seco cuando la puerta de la muralla estaba a escasos diez pasos y la fulminó con una mirada implacable.
—¿De verdad? —canturreó, con una sonrisa torcida—. ¿De verdad me has contado todo?
Eithne abrió la boca dispuesta a defenderse, así tuviera que soltar toda una sarta de mentirijillas sin importancia, pero el grito de uno de los vigías al verlos, junto con una columna de humo que provenía del interior, los distrajo a ambos.
—¡Mi señor, allí! —señaló el guerrero—. ¡En la herrería! ¡Alguien ha prendido fuego!