30
¿Qué había ocurrido?
Esa fue la primera pregunta que se hizo en cuanto abrió los ojos y alargó una mano para encontrarse con el cuerpo del guerrero, que dormía junto a ella.
No la había abandonado en ningún momento. Después de aquel primer encuentro fogoso, le siguieron otros tres, hasta que ambos acabaron derrengados, abrazados y cubiertos por la manta, esperando el amanecer.
Había ocurrido algo de lo que no se arrepentía. Como le había sucedido con Lachlan…
La historia se repetía.
No. Aquello era diferente. Lo había sido desde el primer momento.
Rurik se había comportado no solo como un amante cariñoso, sino también generoso.
Había estado pendiente de la satisfacción de Eithne tanto como de la suya propia.
Le había mostrado todo un mundo de posibilidades que, según sus palabras, apenas habían empezado a explorar.
Había enviado la precaución mucho más allá de los límites de aquella cueva y ni siquiera sentía remordimientos… porque tampoco tenía moral.
Esa fue la desoladora conclusión a la que llegó. Sentada sobre el frío suelo, cubierta con la manta y con la vista clavada en los primeros rayos de luz que se colaban por la entrada, no pudo evitar que los ojos se le llenaran de lágrimas.
Era una cualquiera. Así se había sentido con Lachlan. Sin embargo, Rurik la había encumbrado al centro mismo de todos sus pensamientos sin una sola palabra. Solo con actos, con caricias, con besos. Dando tanto como recibía.
¿Sería aquel su destino? ¿Terminar en la fortaleza de Jura junto a su señor, como su esposa escocesa?
De pronto, otra idea aún más inquietante la dejó sin respiración.
¿Y si a esas alturas ya había concebido otro hijo? ¿Por qué ni siquiera dedicó un segundo a pensarlo antes de entregarse al vikingo de la forma en la que lo hizo y en la que aún ansiaba hacerlo?
Con Rurik, parecía que nunca tendría bastante. Una vez descubierta su capacidad para disfrutar de la pasión, creía que jamás se vería satisfecha…
Inclinó la cabeza para mirarlo. Había dormido con su pecho pegado a la espalda de ella, manteniéndola sujeta, sin ahogarla.
A salvo.
No se había dado cuenta de que Eithne se había incorporado. Permanecía dormido, con sus armas a mano, como todo buen guerrero que se preciara de serlo. La manta le cubría solo el trasero y se enredaba entre sus piernas. Las numerosas cicatrices que le cruzaban el pecho se hicieron más visibles.
La hoguera se había apagado hacía tiempo, pero el ambiente permanecía caldeado, con el olor de sus prácticas sexuales flotando en el ambiente.
Eithne sonrió muy a su pesar. La luz suavizaba los rasgos de su cara. Recordó la primera vez que se encontraron, en una situación muy parecida a aquella, aunque él había permanecido vestido. Sin embargo, en ese momento la visión de todos aquellos músculos esculpidos la dejó sin aliento.
Era un hombre temible. Peligroso. Lleno de contradicciones, de sorpresas.
La línea que separaba la barbarie de la belleza era muy delgada en su caso, pero le había demostrado que era capaz de comportarse como un hombre sin piedad y, al mismo tiempo, como la ternura personificada.
Quería seguir disfrutando un poco más de esa ternura, porque tarde o temprano terminaría. Se acurrucó de nuevo en el hueco que había dejado e intentó cerrar los ojos, pero la mano masculina que enlazó su cintura pronto comenzó a hacer de las suyas.
—No vendrán a buscarnos, tranquila. Erling supondrá que te he encontrado y lo que hemos estado haciendo…
—Sintió el aliento cálido junto a su oreja que la estremeció de arriba abajo, seguido de una risilla sugerente, cuando los fuertes brazos la rodearon—.
Y de lo que pienso seguir haciendo, kàlfrinn . A no ser que tú no estés dispuesta…
—Estoy dolorida, no indispuesta, vikingo.
—Y triste. Puedo percibirlo con solo tocarte. ¿No te habrás arrepentido?
¿Cómo explicarle que sus remordimientos nada tenían que ver con él, y sí con ella misma? Lo último que pretendía era confesarle sus más profundos pensamientos. De hecho, no quería dar más vueltas al pasado, ni al futuro más inmediato.
—Solo quiero vivir el presente. Sin ir más allá.
«Sin Lachlan», estuvo a punto de añadir. Como si aquel ser sin entrañas no hubiera existido nunca. Como si sus actos no la hubieran condicionado para siempre.
No tuvo que explicárselo a Rurik. No hubiera podido hacerlo, pero él pareció comprenderlo.
Su abrazo se intensificó. Su suspiro le calentó el cuello.
Eithne ronroneó como una gata satisfecha y pegó su trasero a la erección más que evidente que presionaba contra su hendidura, cuando notó que los dedos serpenteaban sobre su vientre.
Describían figuras indeterminadas, pero destinadas a despertar el deseo que solo había permanecido dormido dentro de ella.
No se había extinguido y empezaba a pensar que eso no sucedería nunca.
Su cuerpo comenzó a retorcerse conforme Rurik empezó a juguetear con su vello íntimo.
Conseguía que se sintiera débil, perdida en el mundo de los sentidos que había comenzado a descubrir, como si de verdad hubiera sido una virgen inexperta.
—Si tuviera más tiempo, lo dedicaría solo a mirarte.
—Con el otro brazo, la atrajo hacia él, al mismo tiempo que mordisqueaba el lóbulo de su oreja.
Eithne echó la cabeza atrás cuando sintió sus labios en el cuello, dejando un reguero de besos ardientes hasta regresar a su boca.
La devoró con apetito, con ansia. La conquistó como si nunca antes la hubiera probado—.
Dios, eres tan receptiva a todo lo que yo te hago, que me abrumas.
Te juro que en algún momento haré lo que llevo prometiéndote desde que decidiste entregarte a mí con todas las consecuencias.
—¿Tomarme por esposa?
—Conseguir que ardas sin tocarte siquiera.
Contemplarte a placer hasta que me supliques que te dé lo que estás a punto de recibir ahora por propia voluntad.
—Sus labios volvieron a descender por su cuello.
Cuando mordisqueó su hombro, Eithne gritó de placer y echó el brazo hacia atrás para atrapar su cabeza y mantenerlo inmóvil.
Una de las piernas de Rurik se abrió paso entre las de ella, con una risa ronca que convirtió cada uno de sus poros en un puro charco a sus pies—.
¿Te frotas contra mí, pequeña desvergonzada?
Ella dejó de hacerlo en el acto.
—Yo… lo siento. No pretendía comportarme como una casquivana, ni quiero que pienses que lo soy. —La rigidez se fue apoderando poco a poco de cada uno de sus miembros—. Creo que lo de ayer no debió ocurrir, debí resistirme…
—Escúchame. —Rurik giró su rostro hacia él, para encontrarse con su mirada, nublada por el deseo y por la determinación—.
Nunca te avergüences de mostrarme tu pasión, ¿entendido?
Porque jamás pensaré de ti que careces de moral o de principios.
¿Sientes que debes comportarte como una casquivana conmigo?
¡Adelante! Porque del mismo modo que no quiero arrepentimientos en nuestro lecho, tampoco quiero contención.
No será lo que yo te ofrezca; justo es que tampoco la reciba.
La besó de nuevo para impedir una respuesta, aunque ya la tenía.
Estaba completamente abierta para él. Su mano libre vagaba por los labios empapados de su sexo, provocándole espasmos de anticipación y el delicioso dolor que mantenía su vientre rígido, a la espera de más. De mucho más.
Estaba llena de él. Lo sentía delante, detrás, a los lados… Dentro de ella cuando la penetró desde aquella posición. Cuando la hizo suya de un modo más intenso que en las anteriores ocasiones. Más profundo.
Quería dejarle claro que, a pesar del montón de interrogantes que todavía representaba para ella, en la intimidad nada se interpondría entre los dos.
Todas las dudas de Eithne, todas las preguntas que quería hacerle acerca de su vida solo para estar segura de que quería compartir la suya con él, al menos en un futuro cercano, quedaron olvidadas en un rincón de su mente.
En su lugar, solo apareció el placer. La lujuria que él le provocaba con cada acometida.
Con cada poderoso movimiento que lo llevaba a golpear sus nalgas y la mantenía inmóvil al mismo tiempo.
Se encontró prisionera de su brazo, que la pegaba a él por la cintura.
De su mano, que se apoyaba con total abandono sobre uno de sus pechos mientras jugueteaba con su pezón, hasta provocarle un delicioso dolor.
De su aliento, que le bañaba la base del cuello, justo antes de cubrirlo con mil besos que la llevaron a un estado de éxtasis sin posibilidad de retorno.
Se retorció contra él. Se dejó llevar por todas aquellas maravillosas sensaciones que despertaba en ella con tanta facilidad y liberó el dolor de su vientre cuando el clímax la sacudió por entero.
—He recuperado a Marion… al fin…
—¡Rik!
Gritó su nombre porque solo él ocupaba cada rincón de su cuerpo y de su mente.
Escuchó el suyo por boca del vikingo cuando lo sintió vaciarse en su interior.
Solo una eternidad después, se permitió el lujo de moverse para darse cuenta de que su amante, porque eso era en aquellos momentos, aún permanecía dentro de ella.
—Creo que deberíamos regresar a la realidad en algún momento —lo escuchó murmurar.
Ella solo pudo asentir con una sonrisa cuando notó los labios húmedos atrapar el lóbulo de su oreja—.
A estas alturas, incluso alguien con el temple de Erling estará preocupado.
Eso por no hablar de tu querida lady Sorcha o tu protector Tavish…
—Sorcha se comporta de un modo muy extraño, sobre todo cuando tu amigo Erling está cerca.
—Se le escapó una risilla tonta cuando Rurik la giró hacia él y rubricó su afirmación con un beso profundo que casi le quitó el sentido de nuevo—.
Y Tavish… Bueno, solo espero que no haya pensado que me he escapado otra vez.
—¿No era eso lo que pretendías?
—Tú lo has dicho: pretendía. Ahora mismo, aunque lo intentara, apenas tendría fuerzas para dar unos cuantos pasos en dirección a Aska.
Y ese caballo tozudo jamás me obedecería.
Te es demasiado fiel. —Lo miró con ojos soñadores y le apartó el pelo de la cara.
¿Cuándo se había vuelto tan apuesto e irresistible?
¿Tan lleno de encanto como de fuerza?—. De todos modos, no llegaría muy lejos.
—No. Antes te habría atrapado para seguir insistiendo en que te casaras conmigo.
—Y tus métodos de persuasión son imposibles de rechazar. Ya lo he comprobado. Pero antes de aceptar sin dudar, tengo que aclarar las dudas que me persiguen, aunque intente darles esquinazo.
Lo había dicho con el tono de voz meloso de quien estaba satisfecha en la cama, pero la expresión de Rurik cambió de inmediato. Se apartó como si su contacto lo quemara y la miró con el ceño fruncido.
—Creí que ya había quedado todo claro entre nosotros —murmuró.
—No todo. Por ejemplo, ese halcón que llevas en el hombro y que tanto me ha llamado la atención desde la primera vez que lo vi.
—«Eso por no hablar de tu primer matrimonio y las razones por las que acabó».
Había decidido empezar por algo mucho más liviano, aunque al parecer, tenía su importancia.
Extendió la mano para tocar la silueta, pero él se la sujetó con firmeza—. Rurik, no pretendo…
—No.
—¿No me permitirás tocarlo? ¿No vas a explicarme nada? ¿No piensas hablar conmigo acerca de lo que te ha hecho alejarte de mí de un momento a otro? ¿No qué, vikingo?
—No… No es el mejor momento ni el lugar adecuado, eso es todo.
Había mucho más en su mirada torva, pero Eithne se dejó llevar hasta ponerse en pie y empezó a vestirse, igual que había hecho él.
—De acuerdo. Acepto tus condiciones.
Él se detuvo con las calzas puestas.
—¿Qué significa eso de que aceptas mis condiciones? —preguntó—. Todavía no he puesto ninguna.
—Lo has hecho, aunque entiendo que después de lo que acabamos de experimentar bajo tu manta aún no estés repuesto para pensar con lucidez.
—Eithne sonrió ante el gruñido que escuchó—.
Es cierto que no era el mejor momento… hace unos instantes.
Y tampoco el mejor lugar. Pero en cuanto salgamos de aquí y regresemos a casa, lo serán.
El impacto que la palabra «casa» tuvo sobre él fue clarísimo. Su boca se abrió por la sorpresa, casi tanto como sus ojos. La expresión turbia y oscura desapareció por otra mucho más tierna. Más cercana a la que le había brindado mientras hacían el amor.
«Más Rurik», pensó Eithne, guardándose otra sonrisa para ella.
—Veo que te he sorprendido —dijo.
—Como siempre… como siempre.
Sin más dilación, enlazó su mano con la de ella, la subió a Aska y él hizo otro tanto para iniciar el camino de regreso.
—A casa —le murmuró junto al oído.
Y ella tuvo la impresión de que así era.