29
Solo los dioses sabían cómo había tenido que contenerse cuando sacrificó el caballo que ella había utilizado para intentar escapar.
Aun así, no fue nada comparado con la ira fría y controlada que se iba extendiendo por su cuerpo como lava ardiendo conforme escuchaba el relato resumido de Eithne.
Saltaba a la vista que había omitido detalles que solo le hubieran provocado más sufrimiento que el que ya padecía contándole su relación con aquella sabandija con la que, tarde o temprano, ajustaría cuentas.
Rurik se sintió orgulloso de ella a pesar de sí mismo.
Parecía un pajarillo enfermo envuelta en la enormidad de su manta, pero demostraba la valentía de cien hombres juntos confesándose a él a través de unas lágrimas que le partían el alma.
Tenía ganas de ensartar la espada en el repugnante vientre de De Grey hasta verlo sangrar como un cerdo.
Contemplando la desolación en los enormes ojos que a su vez examinaban cada una de sus reacciones, Rurik se dio cuenta de que debía controlar sus más bajos instintos.
No podía comportarse como cada palmo de su cuerpo le pedía.
No debía gritar hasta desgañitarse por comprender demasiado bien lo que Eithne debía estar sintiendo.
Ni golpear la pared de piedra hasta despellejarse los nudillos o romperse los dedos.
No. Lo que debía hacer, lo único que ahora mismo le parecía aceptable, era acunarla entre sus brazos. Disipar todo ese tormento que le había alcanzado también a él. Conseguirla al fin, pero no como un trofeo que exhibir ante su enemigo, sino como algo que ambos se merecían.
—Eithne… —Enlazó su cintura por encima de la manta y la impulsó hacia arriba, de modo que ella terminó sentada sobre sus piernas.
Escuchó una exclamación de sorpresa y aflojó el agarre, seguro de que se apartaría al primer contacto, pero volvió a sorprenderlo relajándose contra él—.
Cielos, kàlfrinn , contigo nunca sé a qué atenerme.
Hace un momento estaba planeando una forma de hacerte pagar tu inconsciencia y la muerte de uno de mis mejores caballos.
—Puedes seguir haciéndolo —le respondió ella con rebeldía y rapidez—. No quiero que conmigo sea diferente, en ningún sentido. Sé que por mi culpa ha muerto un animal muy valioso para ti.
—También para ti. Conozco la devoción que sientes por toda criatura viva.
Tu conexión con ellas. He tenido ocasión de verlo con mis propios ojos, ¿recuerdas?
—Eithne asintió, y a él se le dibujó una sonrisa de alivio en la cara sin que pudiera evitarlo—.
El caso es que, ahora mismo, no estoy demasiado enfadado contigo. Pero si busco la forma de consolarte…
—Lo estás consiguiendo.
—Si me contengo para no salir en este instante en busca de De Grey y hacerle pagar cada uno de sus delitos…
—Es evidente que estás ganando, vikingo.
—Si lo que hago es pensar que, por culpa de esa sanguijuela sin entrañas, tú y yo tenemos más en común de lo que pudiéramos haber imaginado…
—Eso también ha quedado claro.
Rurik respiró hondo mientras repasaba con la mirada cada uno de los adorables rasgos de aquella cara, que recuperaba poco a poco la serenidad. El azul pálido volvía a sus ojos, el rosado a sus labios entreabiertos y las mejillas regresaban a su tonalidad habitual.
—Sin embargo, si lo que quiero es retomar aquello que dejamos inacabado… —sugirió con un hilo de voz.
—Podrás hacerlo. —Le daba permiso. Estaba preparada para entregarle su cuerpo y, con él, lo más preciado para ella: su confianza.
Eithne entrelazó los dedos en su cabello desgreñado y mojado, como si así le asegurara que no se equivocaba—.
Me has demostrado en unas semanas mucho más que Lachlan en años.
Tu corazón y tu espíritu son nobles, el Escocés.
Quizá no conozca mucho más de ti aparte de tu nombre y tu apodo, pero lo que sí sé es que jamás me harías daño.
Que, tarde o temprano, me perdonarás por lo que he hecho…
—Ya te he perdonado.
Le dolían los labios por la ansiedad cuando la besó. La abrazó temblando como un muchachito. La barba le rascaba la piel, pero a ella no parecía importarle demasiado, porque respondía con unas ganas que lo excitaron todavía más, hasta llevarlo más allá de la razón y de toda precaución.
Se arrastró hasta la pared más cercana y apoyó la espalda en ella mientras acomodaba a Eithne sobre sus muslos, recostada sobre su brazo.
Le acarició la piel con su respiración. Invadió su boca con la lengua, embistiendo, explorando con tanta violencia que le produjo un escalofrío por todo el cuerpo, desde la raíz del pelo hasta las plantas de los pies.
No dijo nada. Hubiera sido demasiado reconocer que aquella mujer ejercía tal poder sobre él.
En su lugar, enredó una mano en la enmarañada melena con fuerza para asegurarse de que no iba a escapar a su ataque, mientras la otra se deslizaba hasta su cintura y se introducía bajo la manta en busca de sus pechos.
—Esto es…
—Impactante. La sensación de tus muslos bajo mi trasero desnudo es indescriptible. —Las palabras se deslizaron por su oído directas a su mente. Su falo se endureció y se agrandó casi a continuación—. Rurik, solo nos separa una fina capa de tela…
—Mis calzas, lo sé; pero no quiero hacer nada para precipitarme —murmuró, mordisqueándole el labio justo antes de apartar la manta para dejar sus senos al descubierto—.
Quiero empaparme de ti, y que tú te empapes por mí, Eithne.
Necesito recordar a cada momento que no eres doncella y, aun así, solo quiero tumbarte y hacerte mía el tiempo que estemos juntos.
Pero no puedo. Todavía no estamos casados y tú…
—Me casaré contigo, Rurik. Las dudas me atosigaron tan fuerte y de una manera tan repentina que la única salida que encontré fue escapar, pero nunca quise huir de ti. —Con una mirada llena de dulzura, ella cambió de posición y pasó a sentarse a horcajadas sobre él.
—Ya lo creo que te casarás conmigo.
Pero eso sería después. Ahora tenía ante sí el paraíso en la tierra, un auténtico manjar que se dispuso a disfrutar.
Con un gruñido oscuro, clavó los dedos en la suave carne de la espalda de Eithne y se llenó la boca con uno de sus pezones.
El contacto fue tan impactante como un rayo cayendo sobre un árbol reseco.
Ella gimió y se arqueó. Al hacerlo, se frotó contra su erección de un modo tan seductor y, al mismo tiempo, tan inocente a pesar de no ser virgen, que Rurik creyó que moriría allí mismo.
Eithne trató de contener la excitación que crecía en ella, pero era tan fuerte que parecía arrastrarla como la marea.
—¿Comienzas tus lecciones? —la oyó preguntar con una risilla nerviosa entre jadeos.
—Si dudas, es que no estoy poniendo suficiente empeño…
—¿Quizá sea por mí?
La pregunta sonó inocente; las manos que comenzaron a recorrer cada pliegue de su pecho, como si nunca hubieran tocado un torso masculino, lo arrancaron de la poca paciencia y cordura que todavía le quedaba.
Intentó aferrarse al pensamiento de que no había sido ni el único ni el primero, pero aquellos dedos inquietos eran como pequeñas llamas que iban extendiéndose hasta hacerlo arder por completo.
Sin coherencia, sin cordura y sin límite.
Rurik adelantó las caderas de forma instintiva, al mismo tiempo que masajeaba uno de los pechos de Eithne y jugueteaba con el otro de sus pezones, hasta sentirlo contra la lengua tan duro e impaciente como él se encontraba en aquel preciso instante.
Ella no era una mujer pasiva. No se quedó quieta mientras comenzaba a disfrutar de todo lo que él le ofrecía. Pero aún se movía con recato. Casi con miedo a…
—¿Temes decepcionarme? —la pregunta salió de su boca antes de que él pudiera hacer algo para evitarlo.
La muchacha se apartó, en medio de furiosos jadeos, y se mordió el labio.
Rurik sintió cómo su verga palpitaba, deseando salir de los confines de sus calzas cuanto antes, pero retuvo sus impulsos con mano de hierro.
Necesitaba asegurarse. Saber todo lo posible antes de lanzarse al vacío.
Porque, de un modo u otro, habría consecuencias. Para los dos.
—Yo… no sé cómo complacer a un hombre más allá de abrir las piernas y… —Su cara parecía a punto de arder—. Señor de los cielos, esto me resulta demasiado embarazoso. Por un lado, ignoro si debo comportarme de otra manera. Por otro, eso es precisamente lo que deseo…
—Eithne MacSorley, tienes la clase de una dama de alta alcurnia y los instintos de una experimentada mujer de mundo.
Combina ambos y te aseguro que me tendrás a tus pies.
Pero si dudas… —Él también era un lago de inseguridades cuando se atrevió a guiar una de las manos de ella hasta el interior de la única prenda que a esas alturas llevaba puesta.
Contuvo la respiración cuando sintió los pequeños dedos abarcar el grosor de su falo.
Apretó los dientes, decidido a no dejarse llevar todavía, y asintió a la mirada interrogante que ella le lanzó—.
Así se suele empezar… para terminar mejor que bien…
No la soltó en ningún momento. Aunque incluso músculos cuya existencia desconocía se tensaron hasta lo imposible cuando empezó a guiarla en su movimiento arriba y abajo, no permitió que ella bajara los ojos.
—Ni un solo titubeo, kàlfrinn … —siseó entre dientes, controlando su respiración para evitar que el corazón le explotara dentro del pecho—. No me sueltes ahora, por lo que más quieras…
Porque sería él quien la soltaría. Necesitaba verse reflejado en ella.
Provocarle el mismo grado de lujuria incontenible que lo dominaba a él.
Esperaba que cada uno de los poros de aquella piel exquisita se derritiera ante su contacto.
Que las suaves caderas comenzaran a mecerse al mismo son que dictaba la pequeña mano, que ahora vagaba a lo largo de su erección con mucha más soltura.
La vio entreabrir los labios con sorpresa y agrandar todavía más los ojos.
—Cielo santo, yo nunca toqué a nadie… de este modo. Ignoraba que mis caricias pudieran provocar este grado de dolor…
—Nunca experimenté dolor tan placentero, tenlo por seguro.
Estaba claro el trato al que Lachlan la había sometido, aprovechándose del amor ciego y juvenil que le profesaba.
¿Todavía se lo profesaría? ¿Se estará entregando a mí pensando en De Grey?
Rurik apretó la mandíbula con decisión. ¡No permitiría que se inmiscuyera entre ellos en aquel momento, ni en ningún otro!
Ya habría tiempo para averiguarlo. En aquel instante, ella era suya. Solo suya.
Deslizó una mano entre el profundo canal de los pechos de Eithne, siguiendo por su vientre suave y plano hasta llegar a aquel lugar entre sus muslos. Empapado. Caliente. Preparado para él.
—Dios, esto debería ser de otra forma… —murmuró cuando coló un dedo en su interior y la sintió retorcerse como una preciosa serpiente dispuesta a engullirlo por completo—. Debería disfrutar de la visión de tu cuerpo desnudo. Debería darte placer de mil maneras distintas durante horas antes de…
—Por favor, Rurik. Por favor…
Fue incapaz de articular palabra, tal era el grado de excitación que le encendía la sangre.
Ella comenzó a balancearse sobre su dedo, como si fuera su verga la que ya estaba en su interior.
Sintió la humedad escurriéndose hasta su palma.
Un reguero cálido de placer que lo convirtió en lo más parecido a un animal en celo.
Su intención de contenerse estalló por los aires. Rodeó su nuca con una mano para devorarle la boca con ansia, dejando de lado todas las precauciones. Adelantó las caderas y, cuando se dio cuenta de que todavía existía la barrera de las calzas, se las arregló para bajárselas sin soltar a Eithne.
Se adentró en ella de un solo movimiento. Hasta el fondo. Con un gemido de alivio que lo dejó tan inmóvil como a ella.
—Supongo que… tampoco sabías… que podía hacerse… así —murmuró casi sin aliento.
Consiguió sonreír cuando ella, con la boca abierta y el aliento contenido, sacudió la cabeza.
—No tenía ni la menor idea…
—Entonces, déjate guiar por mí, kàlfrinn . Deja que yo te muestre…
Clavó los dedos en la sensible carne de sus caderas y la alzó un poco. Después, la dejó caer.
Eithne comprendió. Comenzó a mecerse en un ritmo constante, con las manos ancladas a sus hombros y la cascada de sus rizos castaños balanceándose al son de sus gemidos.
Rurik creyó perderse. Hundió la cabeza entre sus pechos e intentó no ahogarse, pero sintió que se sumergía. Que el perfume de su pelo, de su piel, lo envolvía por completo.
Intentó controlarse, retenerse, sabiendo que era demasiado pronto...
Pero Eithne sintió su fragilidad y la compartió llevándolo más adentro. Abrazándolo con más fuerza cuando él se vació dentro de ella, al mismo tiempo que alcanzaba el éxtasis que terminó por engullirlo por completo.
Rurik pronunció su nombre con el último de los espasmos y dejó que ella se desplomara sobre él cuando todo acabó. Aunque su corazón todavía latiera desbocado, su cuerpo temblara extenuado y el sudor le corriera por la piel.
Mucho después, o tal vez no tanto, pudo levantar la cabeza para mirarla.
No creía lo que acababa de experimentar, pero al parecer, a ella le ocurría otro tanto.
Eithne estaba inmóvil, aturdida. Extasiada.
Pasó la mano por las ondas de su pelo cobrizo mientras disfrutaba de los hormigueos que sentía en la piel. De los últimos coletazos de su miembro en su interior.
—Señor, lo siento, yo…
Intentó retirarse, pero ella lo aferró con fuerza con las piernas.
—No te muevas. Aún no —le pidió.
No se molestó en disimular que nadaba en felicidad cuando él se las ingenió para tumbarse sobre la manta que había quedado desordenada en el suelo, con la mujer dueña de su deseo anclada a sus caderas.
Durante lo que pareció una eternidad, los dos permanecieron frente a frente.
—Deseo disfrutar de este presente, mi señor —murmuró con expresión soñadora cuando le colocó un mechón pelirrojo tras la oreja—. Después… después pensaremos. Ahora, si pudiéramos limitarnos a sentir…
—Podemos, milady . Podemos.
El clímax que acababa de disfrutar había sido tan brutal que le había vencido en casi todos los frentes. Y ella se encargó de hacer lo propio con el resto.
Como si adivinara la desazón que comenzaba a inquietarlo, lo besó en la sien y lo calmó.
Contra su voluntad, sin que pudiera hacer nada para evitarlo, Rurik terminó dormido, abrazado a ella por la cintura y con la cabeza entre sus pechos.