Hijos del invierno (La estirpe del halcón 3) 28 #2
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»Entré en pánico. Me encontré sola, puesto que Lachlan ya no vivía en Duntrune y nuestros encuentros clandestinos tenían lugar lejos de allí para evitar sospechas, habladurías y cualquier cosa que me hiciera caer en desgracia.

Al parecer, nos adelantamos a cualquier contingencia, menos a mi preñez.

Sin embargo, conseguí mantener la calma hasta que él volvió a requerirme, y entonces le informé de mi estado.

—Él se desentendió, claro —afirmó Rurik con una mezcla de desprecio y odio que le provocó otro escalofrío—. No me extraña en absoluto.

—Aquella noche su ejército ya estaba colocado estratégicamente en territorio MacSorley, pero Lachlan necesitaba asegurarse la entrada al castillo, así que recurrió a una de nuestras citas —prosiguió Eithne, aunque comenzó a notar que la garganta se le cerraba con cada palabra—.

Fui demasiado ingenua. Se lo puse demasiado fácil.

—¿El qué?

—Todo. Yo le abrí las puertas de mi hogar de par en par cuando él insistió en que debíamos vernos tras las murallas porque tenía algo muy importante que decirme acerca de la criatura.

Acepté escucharlo mientras enumeraba las miles de razones por las que no era una buena idea que él y yo acabáramos casados.

Me tragué las réplicas cuando pasó a sugerir que podría deshacerme de mi hijo, tal y como hacían las campesinas ante los mismos inconvenientes.

Creo que por un momento incluso creyó que había logrado convencerme —prosiguió con un hilo de voz—.

Hasta que me atreví a contrariarlo, tan furiosa que me sorprendí de no haber intentado sacarle los ojos mientras hablaba.

—¿Y entonces? ¿Qué sucedió?

Eithne dedicó el tiempo que duraba un suspiro a sopesar si contarle el resto o no. Examinó sus apuestos rasgos y rezó para no equivocarse de nuevo, porque no lo soportaría.

—Me inmovilizó. Y cuando lo consiguió, me forzó a tomar un líquido mientras aseguraba que, si todo iba como debía, habría perdido al niño antes incluso de que él se hiciera con su trofeo más preciado: mi propio hogar.

—Él provocó que perdieras al niño… —murmuró en voz alta, como si así lo asimilase mejor.

—Esa era su intención cuando me obligó a tragar la maldita ruda.

Reconocí su sabor. Intenté resistirme con todas mis fuerzas, pero él pudo más.

Incluso cuando aflojó su presión sobre mí y pude escabullirme, me metí los dedos hasta la garganta y vomité con la esperanza de que hubiera llegado a tiempo de impedirlo —respondió ella, con los dedos crispados por la pena, sus impresionantes ojos, casi traslúcidos, oscurecidos por los recuerdos y las lágrimas que a esas alturas ya eran incontenibles—.

Lachlan sin duda pensó que conseguiría su objetivo, así que perdió todo interés en mí y se dedicó a avanzar por la puerta que yo misma le abrí, junto con una avanzadilla de sus hombres. El resto ya lo conoces…

—No. No lo conozco en absoluto. —No dudó a la hora de correr a su lado para cubrirle los hombros con su brazo y atraerla hacia su pecho.

Parecía algo natural que depositara un suave beso en su pelo enmarañado con la intención de reconfortarla, aunque su cara reflejara el odio que en esos instantes estaba sintiendo hacia Lachlan—.

Ignoro qué ocurrió después para que pudieras escapar o cómo conseguiste retrasar el aborto.

—¡No tengo ni la menor idea! Supongo que al vomitar a los pocos minutos sus efectos se ralentizaron, aunque terminaron siendo los mismos.

Solo podía pensar en las consecuencias de mis actos.

—Eithne no lo dudó; se aferró a su torso desnudo como si fuera un trozo de madera en medio de una tempestad—.

Por culpa de mis sentimientos, de mi conducta casquivana, Duntrune estaba siendo atacado por los cuatro costados.

Si Lachlan vencía, me enviaría lejos, preñada o no.

Si era mi hermano quien lograba mantener su puesto, haría otro tanto.

—De un modo u otro, no tenías salida…

—La única que tenía fue la que tomé. Me disfracé de campesina y me desplacé hasta la costa en mi propio caballo.

Fue mi moneda de cambio para que el barquero me llevara hasta Jura.

Algo de suficiente valor como para que arriesgara su vida.

Vagué un par de días, creo, por tu isla, sin saber qué hacer.

Dónde podría esperar el desenlace, si es que se producía —añadió con la voz mucho más calmada—.

Ignoré las señales que comenzó a enviarme mi cuerpo porque no quería creer que Lachlan hubiera conseguido sus propósitos.

Porque estaba demasiado destrozada pensando en el engaño, en el rechazo, en el desprecio y en sus intenciones con respecto a la sangre de su sangre como para atender a algo que, al final, fue inevitable.

Duntrune Castle

—Tavish de Moray también se ha esfumado, mi señor. Llevamos buscándolo el tiempo suficiente como para asegurarlo, sin miedo a equivocarnos.

—¿El tiempo suficiente, dices? ¡Han pasado semanas desde el ataque! ¡Y ya son tres las personas que han desaparecido, y que son cruciales para asentarme en mi nueva jefatura!

El fantasma de la fortaleza permanecía mimetizado con la pared más lejana a Lachlan de Grey y su furia, escuchando.

Aunque sabía que seguiría siendo invisible, se permitió el lujo de sonreír triunfante.

La desesperación de ese malnacido sin duda era una victoria. La primera, a la que seguirían otras tantas, a cada cual más sorprendente. Pero para ello, debía darse prisa en avanzar. Y para avanzar, su paciente también debía hacerlo.

El fantasma se deslizó hacia la entrada que se encontraba tras uno de aquellos enormes tapices, y desapareció por el húmedo corredor, hasta una de las muchas cavidades que contenía. Una antorcha iluminaba el pequeño cubículo, donde se hallaba un camastro y, sobre él, su paciente.

—El vikingo puede convertirse en tu mayor aliado, pero debes ponerte en pie. ¡Despierta! —exclamó, sabiendo que él no escucharía ni uno solo de sus lamentos—. Yo estoy aquí para ayudarte. Siempre lo he estado, y siempre lo estaré. ¡Vive, por los dioses! ¡Lucha por tu vida y los demás te seguirán!

Observó la cabeza vendada, inmóvil. Los harapos que vestía, después del tiempo que llevaba inconsciente. El color enfermizo de su cara barbuda o su pelo sucio. Se había convertido en una sombra de lo que una vez había sido, pero con sus cuidados…

—¿Qué ha sido eso?

Al otro lado del muro del pasadizo, pudo escuchar con toda claridad la voz sorprendida de Lachlan, demasiado cerca de ellos como para tratarse de una coincidencia.

Volvió a sonreír, esta vez con malicia y una idea rondando en su cabeza.

Había oído sus gritos desesperados dirigidos al enfermo. Su agitación.

En aquel momento, el hombre movió la cabeza y murmuró algo.

Sin que su sonrisa desapareciera, le dio un beso en la frente sudorosa y se alejó.

—Acabas de iniciar el comienzo de tu nuevo camino a la vida, hijo —murmuró. Después, su mirada se dirigió hacia donde sabía que se encontraban los aposentos privados de Lachlan de Grey—. Cuando regreses, yo te lo habré allanado. A ti, y a todos tus aliados. Lo juro por lo más sagrado.

«Por ti», añadió para sus adentros, antes de desaparecer entre una espesa bruma que borró todo rastro de su presencia.