28
«Las múltiples maneras en las que puede conseguirlo».
Eithne permanecía en trance, con aquella única frase repitiéndose una y otra vez en su mente, anulando incluso su vergüenza al hallarse casi desnuda con un hombre.
Dios de los cielos.
Rurik aún permanecía fuera, proporcionando a Aska un refugio bajo las copas entrelazadas de los árboles cercanos, como si la lluvia no lo afectara en absoluto.
Seguro de que conseguiría lo que se proponía.
Y lo peor de todo era que lo conseguiría, desde luego.
Era lo justo, ya que todo parecía indicar que ella seguía sin negarse a su casamiento.
Lo había insultado de una forma demasiado humillante para un hombre.
Otro en su lugar se lo hubiera hecho pagar con sangre; sin embargo, Rurik había aguantado cada uno de sus reproches, envuelto en un silencio que era más evidente que cualquier palabra, para después terminar imponiendo su autoridad.
En ningún momento se le había pasado por la cabeza rechazarlo. Ni su compañía, ni sus maneras bruscas a la hora de hacerla entrar en razón con respecto a su ropa mojada, ni las verdades que le había arrojado a la cara antes de que ella le respondiera con la misma moneda…
Ni, por supuesto, le había dejado claro que no se casaría con él.
«Porque te casarás con él. Lo sabes, del mismo modo que también sabes que, cuando entre de nuevo, no tendrás más remedio que contárselo todo».
Era eso o permanecer en aquella cueva por tiempo indefinido. Rurik era muy capaz de cumplir con su amenaza, aunque el cuerpo de ella tembló ante la expectativa de pasar ese tiempo juntos.
Solos.
Se estremeció con tanta violencia que corrió a cubrirse con la manta justo antes de que él regresara, chorreando agua. No habló. Solo le dirigió una mirada huraña y comenzó a quitarse la ropa, prenda a prenda.
—¿Q-Qué haces?
—¿No parece claro? Me desnudo para evitar enfermar, después de haber procurado el bienestar de nuestra única montura.
Un caballo que, en estos momentos, me atrevería a decir que es más importante que tú —le espetó con esa sinceridad tan característica de él—.
A no ser que me convenzas de lo contrario, claro.
No te apures. Tenemos toda la noche para que logres convencerme de que no debo hacerte pagar la muerte de uno de mis animales cuando lleguemos a la fortaleza.
—De pronto, le mostró un trozo de carne seca—.
Costumbres de los escoceses que merece la pena seguir, e incluso perpetuar, pero que también lo son de los hombres del norte: viajar siempre con lo mínimo para poder subsistir, al menos por una noche.
Cómela. Quizá sea lo único que nos podamos llevar a la boca hasta el amanecer.
—Esperó a que Eithne hiciera lo que le ordenaba y continuó—: Cuando tu boca esté vacía, sería un buen momento para llenarla… de sinceridad. Adelante. Te escucho.
Tuvo que repetírselo para que ella se diera cuenta de que el momento había llegado.
Había estado demasiado absorta admirando la potencia que parecía brotar de cada uno de aquellos músculos que habían quedado al descubierto.
¡Por los cielos, si incluso encontraba atractivas las cicatrices que hablaban del guerrero que las llevaba con orgullo!
Mientras masticaba con toda la intención de prolongar el momento hasta el infinito, se encontró rezando para que no se quitara más prendas, cuando tan solo los ajustados calzones cubrían la parte inferior de su cuerpo.
La boca volvió a secársele cuando los ojos se le quedaron clavados en las estrechas caderas, los glúteos firmes y el bulto enorme que tensaba la parte delantera de la prenda, y que él no se molestó en ocultar o disimular.
La deseaba, incluso cuando la detestaba. Ese era el mensaje que caló en su mente hasta obligarla a apretar los muslos para contener lo que parecía que intentaba escaparse entre ellos.
—Eithne, después.
Ella parpadeó. Rurik la observaba con los ojos oscurecidos y un ardiente mensaje grabado en ellos que recorrió su piel, como si lo hiciera con sus propias manos.
—¿Después… qué?
—Después nos encargaremos de eso que te está haciendo sudar a pesar de estar temblando —respondió, mordiendo él mismo un trozo de su carne, como si en realidad no estuviera tan agitado como ella—. No te tocaré hasta que no me lo pidas.
—¿Qué te hace pensar que voy a pedírtelo?
—Todo en ti. Desde los dedos de tus pies desnudos hasta el último de los rizos de tu…
cabeza. Lo que hay en medio se halla cubierto por mi manta, pero para mí es tan transparente como el agua del río del que te saqué antes de que te ahogaras.
—Su sonrisa torcida, segura, le caldeó la sangre hasta el punto de desear quedarse al descubierto.
Así al menos podría pensar con claridad—.
Cada palmo de tu piel me está llamando, igual que la mía te reclama.
Tu perfume se intensifica cuando te excitas.
Porque te excitas, como cualquier mujer.
Solo que para mí no eres cualquier mujer.
Ahora… falta por decidir a qué clase perteneces.
Y para eso, necesitaré tu total colaboración.
Su voz temblaba de afectación. Mantenían la distancia, ni siquiera se rozaban, pero para Eithne aquella extraña presión fue como el mejor de los afrodisíacos. Porque hablaba de confianza, de confidencialidad.
De un tipo de lealtad que un día le habían prometido, pero que jamás le habían otorgado.
¿Qué pasaría si decidía aceptar la mano invisible que le estaba tendiendo? ¿Volvería a ser traicionada? Y en ese caso, ¿cómo podría…?
—De acuerdo —consintió, antes de que la última pregunta terminara de formularse en su cabeza—. Yo… me enamoré. O eso creía.
—¿Creías? ¿Cuándo cambiaste de opinión?
—No lo sé —respondió, centrando su vista en la fogata para evitar sentirse más humillada de lo que ya se sentía—. Quizá aún no he cambiado de opinión… En todo caso, mis ideas ahora mismo son bastante confusas.
—Bueno, quizá si llegamos a ellas según el orden lógico de los acontecimientos, tú misma te aclares.
No tenía alternativa. Rurik la acorralaba con esa honestidad con la que no dejaba de mirarla. Con esa paciencia infinita que le permitía controlar una furia más que justificada tras haber provocado la muerte de un caballo y la situación en la que se encontraban.
Se estremeció cuando rememoró lo ocurrido con todo detalle. Él hizo ademán de consolarla, pero pareció pensárselo mejor y se quedó donde estaba.
A pesar de que estaba temblando, notó cómo el sudor frío se le escurría por la espalda y le empapaba las palmas de las manos. Inspiró hondo, y solo cuando aceptó que no tenía alternativa, saltó al vacío.
—Lachlan de Grey. Él es… era el padre de mi niño.
—Se dio cuenta de que la mano de Rurik se dirigía a la empuñadura de la espada que descansaba junto a él, al mismo tiempo que su mandíbula se quedaba tan rígida como el resto de su cuerpo, pero las lágrimas le emborronaron la vista—.
Mi padre lo acogió cuando su familia cayó en desgracia, pero nunca oí hablar de una hermana.
Por aquel entonces yo solo era una niña deslumbrada por la apostura de quien era su primo lejano, pero parecía todo un noble.
Guapo, simpático, atento, tan honorable que se ganó la confianza de Alasdair…
—Y, por supuesto, la tuya.
—Demasiado. Nunca dejaré de arrepentirme de haberme deslumbrado por su apostura. Pero solo era una mujer a la que todos dejaban de lado en cuestiones importantes. Como, por ejemplo, que Lachlan tenía una hermana de quien nadie parecía ocuparse. Y vivía feliz en mi propia ignorancia.
—Después de todo, es la función de toda mujer. Solo sois útiles para reforzar alianzas y traer herederos legítimos al mundo —murmuró Rurik con sorprendente amargura—. De nosotros, los hombres, se espera que comamos, durmamos y pensemos con los pies en el suelo. ¿No lo sabías?
—Oh, perdona mi ignorancia, mi señor. Aunque si tenemos en cuenta que las mujeres somos tan capaces de comer, dormir y pensar con los pies en el suelo como vosotros, y además también se espera de nosotras que nos alimentemos, nos vistamos y procuremos vuestro completo bienestar por encima de todo, es posible que salgamos perdiendo en la comparación.
Quizá fue esa la razón por la que le resultó tan fácil engatusarme, hasta el punto de lograr que me entregara a él por completo.
No me forzó en ningún momento. Ni me hizo daño, salvo…
bueno, la primera vez no fue agradable —añadió con la vista clavada en la fogata y las mejillas encendidas por la vergüenza—.
Pero has de saber que nunca sentí placer.
Ni siquiera se acercó a lo que experimenté cuando tú…
—No es necesario que me des ese tipo de detalles, Eithne. Ahora mismo solo sirven para ahondar más en tu herida. Para que tu relato te haga sufrir como si acabaras de perder a la criatura.
—Creo que nunca dejaré de sentirme así. Vacía por dentro.
—Cuando sintió que las lágrimas le abrasaban la cara, se apresuró a limpiárselas con el dorso de la mano, pero no se atrevió a levantar la cabeza.
Se sentía demasiado culpable por todo como para mirar a Rurik a los ojos—.
Durante nuestros breves encuentros, él siempre me aseguraba que me tomaría como esposa en cuanto su situación se estabilizara.
Que gracias a la fuerza de su brazo se estaba haciendo con la confianza de señores muy influyentes.
Que no tardaría en recuperar las tierras que le correspondían por derecho para ser uno de ellos.
»Me mintió. Nunca tuvo intención de casarse conmigo.
Mi honor no le importaba lo más mínimo si con él conseguía acceder a lo que de verdad le importaba: Duntrune.
Esperó el mejor momento para actuar, cuando mi padre ya había muerto, mi hermano Alasdair se había convertido en el nuevo laird y yo… había descubierto que estaba encinta.