27
No le había costado demasiado salir de la torre sin que Rurik o Tavish salieran tras ella.
Otro tanto había ocurrido a la hora de cruzar el puente. Con su mejor sonrisa, Eithne le había pedido al vigía que le diera vía libre, alegando que se dirigía a la pequeña choza de Lorna, para asegurarse de que el pequeño rescatado se hallaba en perfecto estado de salud.
Solo sintió un leve pinchazo de su conciencia cuando el hombre, confiando en ella tanto como el resto de los habitantes de la fortaleza, asintió y bajó el puente.
Era una mentirijilla sin importancia, nada más, se dijo mientras se alejaba al trote hacia la espesura del bosque cercano que la ocultaría de cualquiera que no fuera tras ella.
Cuando se marchara de allí, nadie lamentaría la ausencia de la dama escocesa que había estado a punto de casarse con su señor y que había salvado la vida de un recién nacido, arriesgando la suya propia.
Ni siquiera Rurik la extrañaría. Su desaparición sería un alivio para él, estaba convencida.
O quería estarlo, para evitar esa extraña opresión en el pecho al pensar que el único hombre que había vuelto a tocarla después de la pérdida de su hijo, el primero que le había mostrado su naturaleza apasionada, se olvidaría de ella en cuanto no la tuviera delante.
—¿Y qué esperas, tonta? —se recriminó cuando, después de echar un vistazo por encima de su hombro, comprobó que ya podía iniciar un galope sin miedo a que los guerreros dieran la voz de alarma—.
¿Que salga corriendo detrás de ti en cuanto note tu ausencia?
¿Detrás de una mujer que solo le ha dado quebraderos de cabeza?
¿Con la que quería casarse solo para dar gusto al rey, y de ese modo conservar sus dominios? ¡Para él, solo serías una posesión más!
¿Por qué no? ¿Por qué no podía soñar que le importaba a alguien, lo bastante como para impedir que se marchara para siempre?
¿Qué había de malo en pretender que el deseo que vio en los ojos de Rurik fuera suficiente para impulsarlo hacia ella?
¡Sí, era egoísta! ¿Y qué? Ni siquiera se había atrevido a pensar en el amor.
Ese era un sentimiento vetado para ella.
Solo una vez se había atrevido a experimentarlo, y aún cargaba con las consecuencias.
No, no amaba a Rurik el Escocés, o eso creía. Pero una vocecilla en su interior le susurró que, si se quedaba en Jura un poco más, podría llegar a hacerlo.
Y entonces, sí que estaría perdida…
—¡Eithne! ¡Detente antes de que sea demasiado tarde!
¡Dios del cielo, era su voz! Tan real como él mismo. Eithne solo tuvo que lanzar una mirada por encima de su hombro para constatar que, en efecto, como si lo hubiera conjurado solo con pensar en él, el señor de Jura se acercaba a ella azuzando a Aska como si su vida dependiera de ello.
La alcanzaría. Aquel caballo era veloz como un rayo. Hermoso y resistente a cualquier adversidad. Como su dueño.
«¡Deja de pensar tonterías y ve más rápido, si no quieres regresar a Dùn na Seabhaig!».
La fortaleza del halcón. Eso era su perseguidor. Un enorme y bello halcón a punto de caer sobre su presa, con una precisión apabullante.
Sus ojos se dirigieron al cielo. Las nubes amenazaban con descargar un auténtico torrente de lluvia. Igual que el día en que se conocieron.
La historia se repetía, y todo parecía indicar que con idéntico desenlace.
—No, si está en mi mano.
No huía de él, sino de la situación que ella misma había terminado por provocar. De sus propios impulsos que la llevaban a quedarse a su lado, porque su cuerpo se lo suplicaba y su mente era capaz de ver las incuestionables ventajas que eso le otorgaría. Pero también era muy consciente del peligro.
Debía poner tierra de por medio con todas sus fuerzas.
Espoleó con más ímpetu su montura, sin pararse a mirar el terreno que pisaba. Las patas delanteras del caballo no tuvieron dificultad en sortear el obstáculo de un tronco caído, pero no le dio tiempo a tirar de las riendas cuando vio lo que venía a continuación.
No pudo esquivar el pequeño barranco, aunque lo intentó.
Consiguió frenar al animal, pero a cambio, Eithne oyó un chasquido.
Las riendas se le escaparon de las manos.
Salió disparada, dando un giro en el aire, que se cortó en seco cuando cayó sobre un lecho de musgo tan húmedo y resbaladizo que su cuerpo siguió rodando con el ímpetu de la caída, hasta que fue a caer al agua helada.
El impacto fue brutal. Su ropa se empapó enseguida, y el peso tiró de ella hacia abajo. Manoteó desesperada por emerger a la superficie, hasta que sintió que alguien la atrapaba con fuerza y la arrastraba hasta la orilla.
—Maldita inconsciente…
El agua había penetrado en sus pulmones hasta impedirle respirar.
Era tal su estado de pánico que no se paró a pensar en la persona que la insultaba mientras le arrancaba el pesado manto y lo arrojaba lejos.
Confundió el examen al que fue sometido para comprobar que se encontraba bien con un ataque en toda regla.
Y respondió a él.
En cuanto pudo atrapar un mínimo de aire, enfocó a su agresor y lo abofeteó con todas sus fuerzas.
Rurik no se quedó atrás. Le respondió con tanta rapidez que Eithne se quedó helada. No por el golpe ni por el dolor, puesto que apenas lo había sentido, sino por la mirada implacable que apareció de pronto en su campo de visión.
Porque el vikingo la había golpeado.
—Estoy cansado. Llevo días sin apenas dormir, pensando en todo lo que nos ha ocurrido y en lo que está por ocurrirnos —siseó, manteniéndola sujeta por los hombros con autoridad—. No estoy de humor para esto. Si me golpeas, te golpearé.
«¿Y si te beso, me besarás?».
Tuvo la precaución de callarse la pregunta, pero le resultaba imposible hablar.
Toda ella temblaba de frío, de miedo, de expectación.
La lluvia comenzó a caer justo en aquel momento, pero ninguno de los dos pareció darse cuenta.
Ni siquiera pudo resistirse cuando él la levantó en brazos y la llevó hasta el borde del barranco, donde el caballo agonizaba.
Se había roto una de sus patas delanteras. Los huesos brillaban a través de los tendones y la carne desgarrada.
Incluso ella sabía que no había salvación para él.
Lloró en silencio por su imprudencia cuando Rurik, maldiciendo entre dientes, se arrodilló junto al pobre animal y sacó un cuchillo de una de sus botas. Le hizo dos rápidos y profundos cortes en el cuello y permaneció acariciándolo hasta que sus patas dejaron de moverse.
—Siento tanta ira que no me costaría nada usar el mismo cuchillo contra ti en estos momentos —le dijo, sin mirarla a los ojos—. De modo que no me provoques más, o no vacilaré.
Pero en lugar de eso, la puso en pie y la llevó hasta Aska.
La dejó sin ninguna ceremonia sobre el lomo y él montó detrás.
Eithne apenas tuvo unos segundos para sentirse abrigada por el calor que, a pesar de la lluvia, parecía manar del cuerpo del vikingo antes de emprender la marcha.
Toda la calidez era ficticia. Sus músculos parecían de acero cuando la rodearon.
Como el brazo que abarcó su cintura y la pegó a él de un solo movimiento.
—Como no hace tanto, tendremos que esperar a que escampe un poco para poder continuar —le dijo una voz helada en su oído, que la hizo estremecer—. Por suerte, esta zona está plagada de cuevas. Podremos refugiarnos en una lo bastante grande como para que haya una distancia prudencial entre los dos.
—¿Por cuánto tiempo?
—¡El necesario para aplacar mi furia y no dejarte a tu suerte, como parece ser tu deseo!
—vociferó Rurik, dirigiendo a Aska con maestría a través de la cortina de agua que les impedía ver nada con nitidez—.
Dios del cielo, he perdido a un animal magnífico por tu culpa…
Solo espero que allí donde nos detengamos haya al menos algo de leña seca para hacer una hoguera con la que calentarnos, ¡o te juro que no me preocupará lo más mínimo que caigas enferma y mueras!
Hablaba en serio. Y lo peor de todo era que tenía razón.
Eithne se tragó las ganas de llorar y conservó la poca dignidad que le quedaba cuando al fin se detuvieron en una profunda oquedad de una roca. Rurik la hizo bajar y prácticamente la empujó dentro, mientras él rescataba la manta de sus alforjas de cuero.
—Está un poco húmeda a pesar de la grasa que cubre la alforja, pero nos servirá. —Sin mirarla siquiera, se apresuró a apilar las pocas ramas que encontró por allí para encender un fuego—. Será mejor que te quites toda esa ropa mojada. No necesito hacerme cargo de una niña enferma.
—Empiezo a cansarme de que me des tantas órdenes, mi señor.
Rurik se detuvo en la entrada de la cueva y lanzó un resoplido.
—Tú lo has dicho. Soy tu señor. Y debo atender al único caballo que nos llevará de vuelta. Así que o te la quitas ahora mismo, o tendré que arrancártela yo.
—No te atreverás...
Eithne se dio cuenta de su error cuando Rurik regresó junto a ella.
Se hizo a un lado intentando esquivarlo, pero ya la había agarrado.
Lo golpeó en el pecho con los puños, aunque él no se inmutó lo más mínimo.
Al contrario, la hizo girar y la mantuvo encorvada sobre uno de sus brazos.
Su vestido cayó al suelo casi a continuación. Al mismo sitio fue a parar su túnica.
Eithne notó aterrada el contacto con los duros muslos de Rurik.
A pesar de que le había dejado las medias de lana que le llegaban hasta medio muslo y la pequeña camisola ajustada que sujetaba sus pechos, comenzó a sentirse desnuda de verdad.
Intentó cubrirse con las manos, pero se le cortó la respiración cuando él la giró de nuevo.
Y fue muchísimo peor tener que enfrentarlo mientras sentía el calor de su aliento en la piel o veía la llama de la lujuria en sus ojos.
— Milady ... eres un perfecto dechado de irresponsabilidad y estupidez.
Una niña mimada, insolente, descarada y pagada de sí misma, que cree que el mundo entero existe para servirla y satisfacer sus caprichos —le soltó furioso—.
Me imagino que estás acostumbrada a tratar a los demás según tus intereses, cómo y cuando te place, y que después te los sacas de encima de cualquier manera cuando ya no te sirven.
Imagino también que eso era lo que pretendías con esta huida sin sentido.
—¡Yo nunca pretendí utilizarte! ¡Te recuerdo que fue más bien al contrario!
—Dudo que hayas pasado hambre ni un solo día de tu vida, o que conozcas el significado de la palabra miedo...
miedo auténtico, del que te da un zarpazo en el vientre y te deja tan débil y aturdido que no puedes siquiera gritar —siguió diciendo Rurik, como si ella no lo hubiera interrumpido—.
Pero si quieres saber cómo es, si deseas experimentarlo... continúa provocándome.
Su tono la enfureció, pero algo en su mirada la advirtió del fino equilibrio que mantenía entre lo salvaje y lo civilizado.
Aun así, Eithne logró darse la vuelta, con los ojos inundados de lágrimas.
—¡Eres cruel y despiadado! —le escupió cuando pudo estar un poco segura, con la espalda pegada a la pared más alejada de él—. ¡Intimidas a la gente y la utilizas sin la menor consideración! ¡Consigues conocer cuáles son sus debilidades y se las echas en cara una y otra vez, solo para divertirte!
—¿Te parezco divertido?
—¡Lo cierto es que he pensado tantas cosas de ti que ya no sé qué es lo que me pareces!
Ridiculizas lo que tendría que ser el verdadero sentido del matrimonio porque ni siquiera eres capaz de experimentar, o siquiera comprender, la pureza de los sentimientos que deberían unir a un hombre y una mujer.
¡Eres un ser frío y vacío! Me das mucha pena, mi señor.
¡No entenderías ningún tipo de emoción, mucho menos el amor, ni aunque te diera en la cara!
Amarte debe ser una auténtica maldición.
No deseo a ningún ser vivo, amigo o enemigo, el sufrimiento de intentarlo, porque solo recibiría como recompensa dolor y traición.
Había cruzado la línea invisible que separaba la prudencia de la osadía, pero ya era demasiado tarde para retractarse.
Durante unos minutos que le parecieron eternos, los dos mantuvieron una silenciosa guerra sin cuartel, donde solo se escuchaba el crepitar de la hoguera y sus respectivas respiraciones.
El brillo de acero de los ojos de Rurik desapareció por un instante y él apretó la mandíbula, como si de verdad lo hubiera herido con sus palabras.
Eithne sintió una mano imaginaria dentro de su pecho que le estrujaba el corazón, pero ordenó uno a uno sus sentimientos. Los sometió a su control y los sepultó en el interior de su ser.
—Tal vez un día te arrepientas de lo que acabas de decirme. O tal vez no —le dijo el vikingo, con un gesto que se acercaba demasiado al dolor—. Por lo pronto, voy a encargarme de Aska antes de encargarme de mí mismo.
—¿Y después?
—Después, querida futura esposa de Rurik el Escocés… —Su enorme cuerpo pareció tapar toda la entrada de la cueva cuando se detuvo para repasarla con una de sus intensas miradas, cargadas de significado—. Después, te sincerarás conmigo de una buena vez.
—¿Qué quieres decir?
—Me contarás quién era el padre de tu hijo.
Qué hombre te engañó hasta el punto de pensar que una mujer puede ser más que un medio para llegar a un fin en un matrimonio.
Quién es el malnacido que te hirió tan hondo como para imaginar que te amaba, lo bastante como para concederte el lugar que sin duda mereces, aunque no a su lado.
—De dos zancadas regresó a su lado, pero la ira fulminante parecía haber desaparecido de sus rasgos cuando volvió a sujetarla por los hombros—.
Qué clase de bastardo se preocupó tanto en hacerte creer que no debías sentir placer en vuestros encuentros, fueran muchos o pocos.
Me lo vas a contar todo, porque necesito saber con qué clase de mujer me voy a casar.
—Ya lo sabes. —La boca de Eithne se secó de repente. El pánico la hizo temblar, pero intentó aparentar seguridad mientras le sostenía la mirada—. Conoces a mi familia. Al hombre que nos ha arrebatado todo. Incluso los motivos que me llevaron a marcharme de Duntrune como si fuera una fugitiva…
—Lo eras. Pero también sé que no eres una asesina, aunque el miedo arraigado en ti te impulsa a cometer estupideces como la que nos mantiene aquí, ahora.
—Los ojos ambarinos se entrecerraron y la presión de sus manos aumentó, sin causarle dolor—.
Es lo único que sé de ti, escocesa. Eso y la entrega que me demostraste, y que puede hacerme perder la cordura si me dedico a pensar demasiado en ella.
De modo que, si ese va a ser mi destino, al menos necesito saber quién es en realidad la persona a la que voy a mostrar el alcance exacto de su placer y las múltiples maneras en las que puede conseguirlo.