26
Había respetado su espacio tres días.
Incluso se había enterado por Marsaili de que su estado después del aborto había mejorado de forma significativa.
—Eso para una mujer quiere decir que está lista para recibir a un hombre, mi señor —le había explicado la curandera, sin esperar su pregunta incómoda—.
La recuperación de lady MacSorley me ha sorprendido incluso a mí, pero os garantizo que ahora mismo está en plenitud de facultades.
No desea bajar porque… bueno, supongo que necesitará su tiempo para hacerse a la idea de que pronto cambiará su condición.
Si de él hubiera dependido, ya habría cambiado.
Era lo que estaba dispuesto a decirle antes de ofrecerle los papeles del acuerdo para que estampara su firma en ellos.
Pero Eithne no había acudido a su llamada.
Algo tan sencillo como acompañarlo en la comida, y se encontraba tan solo como si en realidad tampoco Tavish estuviera allí.
—No desesperéis, mi señor. A las mujeres les gusta acicalarse y hacernos esperar hasta el límite, aunque sea para algo tan cotidiano como comer.
—No desespero. Solo me estoy empezando a extrañar, De Moray —respondió cuando tiró su contención por la ventana y decidió que ya había esperado bastante.
¡Cielos, nunca se había caracterizado por su paciencia! Ni por su consideración, ni por el manejo adecuado de la palabra cuando tenía delante a toda una dama…
¿Ni siquiera si esa dama no era doncella y se había entregado a él en aquel mismo salón, poco antes de que le propusiera su unión bajo sus costumbres?
—Mi laird , deberíais tranquilizaros…
—¡Al infierno cristiano con la tranquilidad!
—tronó, levantándose de golpe justo cuando escuchó la agitación que provenía de fuera—.
Tu pupila no ha dejado de darme problemas desde que nuestros caminos se encontraron, y al parecer piensa seguir con la misma fastidiosa costumbre.
¡Si no baja ahora, subiré yo mismo a por ella!
Esperó lo que le pareció una eternidad ante la pasividad del viejo escocés, que lo observaba poco menos que divertido, hasta que abandonó el salón hecho una furia, escaleras arriba.
Antes de llegar a su destino, se encontró con Marsaili, que salía de los aposentos que habían acabado siendo propiedad de Eithne, al menos hasta que su casamiento se hiciera efectivo.
—¡Mi señor, me habéis dado un susto de muerte! —exclamó la muchacha, con la mano en el pecho—. Ahora mismo me dirigía a comprobar si el dolor de cabeza de lady Sorcha ha remitido…
—¿Quién te ha ordenado que hagas tal cosa?
— Lady Eithne, mi señor. Justo antes de bajar hasta el Gran Salón… —Su voz se fue extinguiendo ante la cara de furia de Rurik—. ¿No está con vos?
—¿Me encontraría yo aquí, buscándola, si estuviera conmigo?
—Supongo que… no, mi señor. —Se mordió el labio y a continuación sacudió la cabeza—. ¡Juro por lo más sagrado que no tengo ni la menor idea de adónde ha ido, mi laird ! ¡Yo seguí vuestras instrucciones, pero ella…!
—Ha decidido huir. ¿Por qué no me sorprende?
Corrió escaleras abajo, ignoró los requerimientos prudentes de Tavish y se dirigió hacia los establos, con un extraño temor oprimiéndole el pecho, mientras su parte más egoísta le gritaba que la dejara marchar.
Así, buena parte de sus problemas se acabarían. Terminaría tomando otra esposa para satisfacer a Alexander, sí, pero sería alguien mucho más dócil. Menos respondona y terca. Que no lo desafiara a cada paso, hasta perder el control.
Como le estaba ocurriendo cuando entró en los establos y solo encontró al mozo de cuadras.
No la percibía. Y era algo que le ocurría demasiado a menudo en los últimos tiempos. Si Eithne no estaba con él, se inquietaba y todas sus dudas salían a flote. Si la tenía a la vista, deseaba que estuviera más cerca, incluso con esas ganas de batallar que nunca parecían abandonarla.
Le encantaba que lo desafiara. Despertaba su deseo como una llama en las hojas secas y siempre aspiraba su aroma como si lo necesitara para seguir respirando: olía a flores silvestres, húmedas de rocío. Frescas. Aquel olor provocaba en sus sentidos el mismo efecto que un buen trago de hidromiel.
¡Deseaba a Eithne MacSorley con tanta desesperación que le costaría un mundo esperar hasta poder hacerla suya! Le había supuesto mucha energía llegar a tal conclusión como para tener que enfrentarse a un rechazo.
Porque la realidad era que había decidido escabullirse antes del casamiento. Y él se había comportado como un estúpido, como un tonto confiado, al permitirle la intimidad que creyó que necesitaría para asimilar el nuevo orden de las cosas.
Su cara debía reflejar tal grado de furia que el mozo se apresuró a prepararle a Aska, junto con su habitual manta, antes de señalar más allá de las murallas con un dedo tembloroso.
—Se fue por allí, mi señor… Pero si os apresuráis, podréis alcanzarla antes de que los daños sean mayores.
Rurik clavó los talones en los flancos del animal y salió de la fortaleza como si el diablo lo persiguiera, con una diferencia.
Era él quien perseguía a una bruja poderosa que había tejido una tela de araña a su alrededor sin que se diera cuenta, hasta colarse entre sus huesos. Eithne no le inspiraba los mismos sentimientos que en su día lo habían encadenado a Freydis. Tampoco la indiferencia de Lillias.
Pero representaba todo un desafío para él.
Y estaba decidido a aceptarlo.
En cuanto consiguiera sacudirse de encima ese terror que lo hacía cabalgar de aquella manera suicida, ante la posibilidad de no encontrarla.
Eithne había intentado marcharse, en uno de los actos más cabales desde que había pisado aquella fortaleza, sin duda, pero el vikingo se había empeñado en mantenerla con él para seguir las órdenes de Alexander.
Algo muy perjudicial para sus intereses y los de Lachlan. Sobre todo, si lo que se proponían era desacreditarlo ante el monarca, para tenerlo de su parte antes de darle el golpe de gracia.
Por un instante, contempló la posibilidad de no volver a ver a Eithne nunca más casi con alegría. Hasta que recordó su propio motivo para vengarse.
No era conveniente perderle la pista, del mismo modo que tampoco le convenía que ella y Rurik unieran sus fuerzas, pero de momento no podría hacer nada al respecto, salvo intentar destruir la poca confianza que los aldeanos habían comenzado a depositar en su señor y en la que sería su señora, después del episodio del secuestro del recién nacido.
—Espero que esta vez salga mejor —se dijo mientras esperaba a que un furioso Erling abandonara la torre para hacer lo propio, en dirección a la aldea donde vivía Lorna, la madre del pequeño.
No tardó en encontrarla. Nadie reparó en su presencia, en pleno día y sin escolta.
Tampoco les pareció raro que Lorna le abriera la puerta con total confianza y se hiciera a un lado para permitirle el paso.
Después de un tímido saludo que escondía tanto agradecimiento como el que dispensaba al señor de Jura, la aldeana se dirigió al caldero humeante que colgaba sobre el fuego y revolvió su contenido, mientras con el pie meneaba la pequeña cuna que ocupaba su hijo.
—Ha dormido desde que lady Eithne me lo devolvió —explicó—. No me atrevo a dejar de mecerlo cuando no lo tengo en los brazos. Temo…
—Nadie más va a intentar arrebatártelo de nuevo, mujer.
Dudo que alguien en su sano juicio se arriesgue, después de comprobar lo sucedido.
Tanto con vosotros como con el desgraciado que estuvo a punto de matarlo.
—Su sonrisa pretendía ser tranquilizadora, aunque Lorna palideció, supuso que al recordar los acontecimientos—. Sabes que el campesino murió.
—Después de intentar escapar. Por aquí las noticias corren deprisa.
—Entonces sabrás también que todos piensan que fue una mujer quien intentó ayudarlo. La misma que, según tu relato, acompañaba al secuestrador cuando te arrebataron al niño.
—¡No fue un simple relato, sino la verdad!
—No dudo de tu palabra, Lorna. —Poco a poco, se dirigió a donde se encontraba la cuna y echó un vistazo al bebé.
Alargó una mano hasta tocar su carita, mientras sus ojos se dirigieron a la madre, con un silencioso mensaje que esta comprendió de golpe.
Palideció y avanzó con la intención de coger a su hijo en brazos, pero se lo impidió—. Oh, no deberías.
—Eres… Tú eres…
—En efecto. Quería comprobar si me reconocías.
He visto que no es así, pero ya es demasiado tarde para que me pueda marchar en la seguridad de que no gritarás en cuanto te dé la espalda.
—Lorna contuvo un alarido de pánico cuando sacó al bebé de su cunita y lo apretó contra su pecho, sin que se despertara—.
¿Ves? Él sabe que nada malo le ocurrirá conmigo…
siempre y cuando su madre haga lo que yo le diga.
—¿Qué quieres de mí?
—Lealtad. Fidelidad. Valentía. Discreción y arrojo suficiente como para arriesgar tu vida en beneficio de la del pequeño.
—Con una sonrisa, depositó un beso en su frente—.
Es tan tierno, tan suave. Tan inocente… Sé que estás sola.
Tu marido murió antes de que parieras. Sobrevives a duras penas, gracias en parte a la caridad de tus vecinos y a la del señor, ahora que sabe de tu existencia.
Pero el tiempo te dejará de nuevo en la más absoluta miseria —le susurró, acercándose a su oído solo para percibir los temblores de la pobre mujer—.
Yo tengo el poder, Lorna. Siempre lo he tenido.
De ti depende que quiera compartir algún beneficio contigo o que, por el contrario, acelere tu triste final y el de tu hijito…
Supo que había vencido cuando Lorna cayó de rodillas a sus pies, con las mejillas empapadas en lágrimas y suplicando por su vida y la de su odiosa descendencia.
No se inmutó ni mostró emoción alguna. Hacía tiempo que estaba por encima de semejantes inmundicias. Solo las utilizaba cuando tenía que interpretar algún papel, y el que había adoptado había conseguido engañar incluso a Eithne.
Había requerido de esfuerzo e improvisación. Sin embargo, aquella harapienta que le besaba los pies se lo había puesto tan fácil que decidió no perder más el tiempo. Sin soltar al niño, tiró de ella.
—Aún es pronto para que me rindas la pleitesía que sin duda merezco —le dijo, con el orgullo de una reina que esperaba recuperar su trono más temprano que tarde.
Aprovechando su cercanía, la aldeana alargó los brazos para recuperar al niño, pero lo retiró de su alcance a tiempo—.
Aún es pronto —repitió—. Antes tengo que saber a qué estás dispuesta.
—A todo. ¡Lo juro! Incluso a enfrentarme a mis señores…
—Te avergüenzas. Piensas que vas a traicionarlos si te pliegas a mis deseos.
—¡Ellos me devolvieron a mi niño! ¡Se arriesgaron por él, por mí! ¡Si piensas hacerles algún daño a través de mí y yo accedo, será una traición!
—No cuando descubras la clase de alimañas sin corazón que son. Los dos. Pero para eso, deberás seguir mis instrucciones. Sin una sola duda. Aceptando las consecuencias, tanto si hay errores como si hay aciertos. ¿Lo harás?
No siguió hasta que la mujer no asintió, envuelta en un llanto que no se molestó en disimular ni ocultar.
¿Qué importaba la pena de un ser tan insignificante como aquel, cuando estaba en juego algo mucho más trascendental?
Después de tanto tiempo, tanto sufrimiento y tanta desesperanza, al fin había llegado su momento. No pensaba desaprovecharlo.
Conteniendo su euforia, cuchicheó al oído de la campesina los pormenores de su siguiente plan. Cuando terminó, le devolvió al pequeño y salió de la aldea con tanta despreocupación como había entrado.
Si todo salía como tenía planeado, el rey tendría conocimiento de las imperdonables negligencias de su último vasallo, un hombre del norte que le había arrancado un pedazo de tierra escocesa vital para sus propósitos.
Aquel sería el principio del fin de Rurik el Escocés. Y con él, el de su díscola esposa…
Si es que lograba hacerla suya, después de todo, concluyó con una sonora carcajada, que retumbó hasta en el último rincón del bosque.