Hijos del invierno (La estirpe del halcón 3) 25
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—¿Os vais a casar, milady ? ¿Con el señor?

—Hasta el momento, me temo que mis pecados no le han resultado tan graves como para arreglar mi unión con un guerrero o cualquier campesino, Marsaili.

El sarcasmo no le sirvió de gran cosa, aparte de sorprender a la muchacha que, a aquellas horas de la mañana, tres días después de aceptar la propuesta de matrimonio, había acudido a ayudarla a prepararse para la comida.

Después de su conversación con Rurik, Eithne no había experimentado ni un solo remordimiento al pensar que él seguiría durmiendo sobre un incómodo jergón, rodeado de ronquidos y olores para nada agradables.

¡Se lo tenía bien merecido por haber jugado sus cartas con tanta maestría como para acabar con ella acorralada!

Como una cervatilla, se había visto sorprendida por el enorme depredador y no había tenido otra opción que plegarse a sus deseos, por mucho que en el último momento hubiera aludido a un supuesto intento de protegerla de Lachlan.

Así, a la desesperada. Como si se le hubieran acabado los recursos.

Y, sin embargo, en el fondo de su ser, Eithne sabía que sentía cada una de sus afirmaciones. Que no había hablado por hablar. Que no había ni pizca de mentira ni de mezquindad en sus intenciones, aunque estas pasaran por una ambición cuya razón se le escapaba.

Porque seguro que había una lo bastante importante como para obligarlo a legalizar el deseo que decía sentir por ella, y que le había demostrado.

Eso tampoco lo dudaba. Había sido esa sensación de volver a sentirse el objeto de la lujuria masculina lo que la había tenido en vela la primera noche, hasta que decidió que se quedaría allí, para evitar más encontronazos con su futuro esposo.

Rurik no pareció ofendido. Al día siguiente, Marsaili le llevó sus comidas por orden del señor, sin que el señor en cuestión se dignara aparecer.

Pero ya habían pasado tres jornadas. Y todo parecía en una calma demasiado sospechosa…

Marsaili le colocó delante de las narices un cuenco con gachas.

—Coméroslo, milady —casi la obligó, con una sonrisilla—. De lo contrario, mi señor me regañará y subirá él mismo para asegurarse de que no habéis recaído y que, en realidad, es cabezonería y no falta de apetito lo que os hace negaros a comer…

—¿Ahora se muestra preocupado?

—Oh, siempre lo ha estado. Es solo que no va a demostrárselo a nadie, y mucho menos a vos. Él tiene su orgullo, ya me entendéis. Por eso hoy quiere que lo acompañéis en la mesa para la comida.

—¿Y cómo piensa que voy a tener apetito para la comida si pretende obligarme a tragar este desayuno a estas horas?

—Supongo que confiará en su poder de persuasión. —Marsaili le acercó la cuchara a la boca, como si fuera una criatura incapaz de alimentarse por sí misma, con tanta vehemencia que no tuvo más remedio que abrirla y masticar sin ganas—. No os desesperéis. El señor Tavish también estará…

Vaya. Tampoco había vuelto a saber de Tavish ni de Sorcha una vez accedió a ser la señora de Jura. Como si los dos hubieran estado conspirando contra ella.

—¿Y lady Sorcha?

—Desde ayer se niega a salir de sus aposentos, milady . Tampoco debéis preocuparos por eso. De ese modo, puedo contar con más tiempo para dedicaros a vos.

—Ella también necesita de tu tiempo.

Sobre todo si tenía en cuenta su aspecto cuando Rurik la apartó del cadáver del campesino de aquella forma tan poco… adecuada para una dama.

Se llevó la mano al cuello de forma inconsciente, pero Marsaili lanzó una exclamación de sorpresa.

—¡No tenéis vuestro colgante! —murmuró—. ¿Lo habéis perdido?

—No tengo ni la menor idea.

—Es posible que lo hayáis dejado en aquella gruta de donde sacasteis al pequeño de Lorna.

La campesina. Ella se llama Lorna, y me temo que a estas alturas ya ha cantado vuestras alabanzas por todo lo alto y ancho de Jura.

No creo que haya alguien que desconozca vuestro acto heroico.

Los aldeanos la admiran, los siervos la idolatran…

—¿Y tú?

—Para mí sois un ejemplo que pienso seguir —respondió la joven curandera con una sonrisa de oreja a oreja—. Y mi heroína. Si ahora mismo me pidierais que fuera a esa gruta a buscar vuestro colgante, lo haría sin dudar.

¿Y su amiga? ¿Demostraría la misma fe ciega en ella? Necesitaba saber dónde había estado mientras el campesino intentaba escapar. Por qué había irrumpido en sus habitaciones con aquel aspecto de haber estado revolcándose en el heno justo antes de que la aldeana denunciara el secuestro de su niño.

—¿ Lady Sorcha requerirá de tus servicios hoy? —preguntó.

—No lo creo. Se quejaba de un fuerte dolor de cabeza, así que le administré una infusión de betónica.

Quise prepararle una cataplasma con ella, pero me dijo que con el bebedizo bastaba, así que la dejé tranquila cuando empezó a quedarse dormida.

Además, el señor me indicó que no abandonara esta puerta desde el amanecer, cuando se ha levantado, como siempre.

—¿Como siempre? ¿Ese hombre nunca duerme?

—He oído decir al señor Tavish que no parecíais muy conforme con el acuerdo, así que mi laird piensa terminar de convenceros.

Eithne contuvo una risotada. ¡Pues claro que no estaba conforme! ¿Cómo iba a estarlo cuando su futuro esposo representaba para ella un interrogante tan grande como ella para él? ¿Cómo podía una unión sobrevivir a ese tipo de comienzo? ¿Quería ella que sobreviviera?

Nunca debió aceptarlo, pero todavía estaba a tiempo de evitar aquel sinsentido, producto de su debilidad.

Podría marcharse, incluso en pleno día. La guardia de Rurik había llegado a confiar en ella después del episodio del recién nacido. No tendría dificultad en hacerse con una montura que la llevara de vuelta al mar. Una vez allí, conseguiría que alguien la trasladara lejos de Jura y de Duntrune.

No importaba que su colgante hubiera desaparecido. Cuando el orden de las cosas fuera restablecido, regresaría y lo recuperaría.

De todos modos, ni siquiera había tenido ocasión de denunciar su desaparición.

Rurik se comportaría como el señor que era con el resto de sus invitados.

Sorcha lo entendería, si es que no había formado parte de aquel despropósito.

En cuanto a Tavish, no habría peligro para él si decidía permanecer junto a Rurik.

Solo ella era víctima de sus propios impulsos. De esa excitación que le recorría el vientre cada vez que su mente regresaba al momento compartido con Rurik, a hurtadillas, en el Gran Salón. El modo en que le había mostrado su propia naturaleza, su placer, a costa de él mismo.

Eso fue lo que la empujó a acceder a su propuesta. Pero aún no era su esposa. Podía desdecirse, echarse atrás. Y aunque sabía que él jamás aceptaría una negativa tan repentina, había otro camino: el de la libertad que aún tenía como mujer.

Con la decisión tomada, le brindó a Marsaili su sonrisa más inocente y dejó que la muchacha la vistiera y peinara.

—Tienes el colgante de lady Eithne.

Erling se limitó a constatar un hecho, de tanta envergadura que incluso se olvidó del lugar en el que se encontraba. Solo parecía concentrado en la mujer que tenía delante, con tal cara de culpabilidad y arrepentimiento que todas sus sospechas saltaron al mismo tiempo.

—El colgante, Sorcha —insistió, dando un paso adelante en los aposentos de la escocesa, con la mano extendida.

Se había colado en ellos en cuanto Rurik le comunicó sus planes de boda con respecto a Eithne. No se molestó demasiado en explicarle los motivos, aunque no hizo falta. Erling se había preguntado cómo había tardado tanto en aprovechar las ventajas que la condición de la joven le procuraría.

Era más que probable que Rurik solo viera las que tenían que ver con su situación en Escocia, pero él… él veía más allá, como siempre. Y albergaba esperanzas, como nunca.

Aunque, por el momento, su principal problema tenía una preciosa melena azabache que en aquel momento llevaba suelta, sobre una camisa de dormir inmaculada, y un par de brillantes ojos grises que pretendían mirar a cualquier lugar menos a él.

—¿Qué te hace pensar que lo tengo yo?

Vaya. Estaba lejos de ser la negativa que Erling esperaba.

—Todos te vimos salir del lugar señalado por el campesino. Él habló de un colgante. Y aunque ella no ha dicho nada, también pudimos apreciar que lady Eithne no lo llevaba encima.

Sorcha palideció. Y sus entrañas se retorcieron.

¿Cómo podía haberse equivocado tanto? ¡Hubiera debido estar más atento a las señales que su simple apellido le enviaron, por los dioses!

Pero en lugar de mantenerse alerta, ¡se había dejado seducir por una preciosa sonrisa, una conversación agradable y un provocativo contoneo de caderas!

¡Por culpa de todo eso se hallaba allí, como un pasmarote, deseando que aquella maldita arpía replicara todas sus insinuaciones, en lugar de encogerse como una ladrona… ! ¡O algo peor!

—Me he dado cuenta de tu apellido —siguió, intentando por todos los medios recuperar la indiferencia necesaria para pensar con claridad—. De la importancia que tiene para mí, quiero decir. Es obvio que me di cuenta la primera vez que lo escuché, pero no establecí relación hasta un poco… después.

—¿Qué tiene eso que ver con tu acusación?

—Los Lamont y los MacSorley siempre han tenido buena relación. No puede decirse lo mismo de tu familia y nosotros, los hombres del norte.

—Seguimos en una especie de guerra de guerrillas que no termina nunca. Si pretendes que pague por los actos de alguno de mis antepasados…

—No es ahí a donde quiero llegar. O quizá sí. Dímelo tú. —El corazón le latía tan fuerte que tuvo que apoyarse contra la puerta para no mostrar debilidad—. En estos días, ambos hemos llegado a conocernos un poco, al menos.

—Pues parece evidente que tú no has aprovechado bien el tiempo.

—Al contrario, ha sido tan productivo que me asustan mis propias conclusiones.

No eres una mujer fácil de impresionar ni de engañar.

No te agradan los subterfugios ni los rodeos; prefieres la sinceridad, por dura que sea —comenzó.

La boca se le secó cuando ella solo asintió, esperando—.

Bien, entonces no me dejas otra alternativa que la de hacer precisamente eso.

—¿Ser sincero? ¿Es que hasta el momento no lo has sido?

Claro que no. Ningún halcón lo era con cualquier persona que no perteneciera a la estirpe.

Ni siquiera con los de la propia estirpe.

Pero Sorcha solo había mostrado un pequeño interés por su halcón tatuado cuando lo vio, durante un único encuentro, que permanecería en su memoria grabado a fuego, de una forma mucho más profunda que su tatuaje.

—Las cosas han empezado a complicarse desde tu presencia aquí. Incluso podría sospechar de lo… de esto —añadió, señalándolos a los dos, sin ser capaz de verbalizar lo que los unía, a pesar de ambos—. Los Lamont nunca han estado muy de acuerdo con el nombramiento de mi señor.

—Eso no es ningún secreto. Sin embargo, tus insinuaciones me ofenden.

—Son tantas las coincidencias que me hacen sospechar.

—Erling sabía que lo que estaba a punto de afirmar podría dar al traste con todo lo que sentía por aquella mujer, pero debía recordar que las lealtades tenían una prioridad.

Y la estirpe y Rurik eran la suya—. El campesino señaló a una mujer que tenía un colgante.

La madre del niño secuestrado habló de una mujer.

Tú apareciste en el lugar señalado por el secuestrador que, por cierto, apareció fuera de las mazmorras, a punto de fugarse, gracias a alguien…

Sorcha lo miró con los ojos como platos. Palideció. Su mentón comenzó a temblar. ¿De miedo? ¿De furia? ¿De tristeza? Quizá de todo al mismo tiempo. Durante un minuto completo, ninguno de los dos habló, pero la mirada de la escocesa le hizo sentir como el ser más miserable sobre la faz de la tierra.

Después, avanzó hacia él y lo abofeteó con todas sus fuerzas.

Erling no intentó detenerla. Aceptó el golpe porque, en el fondo, pensaba que se lo tenía más que merecido. Pero cuando volvió a levantar la mano, apresó su muñeca y apretó los dientes.

—Una vez, milady . Dos sería demasiado humillante, incluso para mí —siseó.

—¿No querías una respuesta? Pues ahí la tienes, malnacido. En cuanto al resto…

La frase quedó a medias porque él la silenció con un beso furioso. Quería someterla. Aplastar cualquier duda con respecto a su honorabilidad. Lo necesitaba porque la necesitaba a ella. Tal y como la había conocido. Con todo lo que había descubierto.

Deseaba verla como a una mujer noble que había decidido dar una oportunidad a eso que sentían y que no tenía un nombre especial, porque sencillamente sería intolerable que una traidora estuviera rindiéndose a él con aquel abandono.

Con esos gemidos intermitentes que salieron de su boca cuando Erling profundizó en ella con su lengua.

Con ese delicioso cuerpo que parecía hecho para el suyo…

—Basta. ¡Basta! —La apartó como si fuera una maldita hechicera y la mantuvo a distancia mientras recuperaba el dominio de sí mismo—. Si de verdad eres inocente… demuéstramelo.

—¿Cómo?

—¡Permite que registre tus aposentos en busca del colgante! Porque si eres culpable… ¡Te juro por los dioses de mis ancestros que te haré pagar, aunque contigo se vaya la sangre de mis venas!

Sorcha lo miró de arriba abajo, lívida. Hasta que afrontó su mirada con otra de desprecio, que le golpeó en el pecho como si fuera un puño.

—Te prohíbo que pongas tus sucias zarpas en cualquier lugar de mis aposentos privados a partir de ahora, guerrero —sentenció entre dientes—. No tengo nada que demostrarte. Sobre todo cuando tú ya me has juzgado mucho antes.

—No podrás negarte si es mi señor quien lo ordena.

—En ese caso, que sea él quien lo ordene.

Se mantuvo con el mentón en alto, desafiante, hasta que Erling inclinó la cabeza. Se negaba a sentirse culpable, pero no pudo evitar esa carga cuando, con un frío asentimiento de cabeza, salió de las habitaciones.

Solo cuando cerró la puerta tras él se permitió el lujo de dejar que la pena y la ira se mezclaran, hasta el punto de tener que contener unas lágrimas que nunca habían aparecido hasta el momento.

Pero no lloraría por la única mujer que había llegado a importarle lo suficiente como para dudar de todo lo demás, se dijo cuando se alejó, antes de hacer algo de lo que luego se arrepentiría.

Si lo hacía, estaría en la misma situación que Rurik, que Freydis o incluso que Eirik Hauksson antes que ellos. Y ninguno de los dos podía permitírselo.