24
Había afirmado que no era una asesina, y la creía.
Que la culpa por el destino incierto de su hermano la había llevado a abandonar Duntrune con la firme intención de no volver jamás. Y por los dioses que hasta la última fibra de su ser apoyaba su decisión, de forma tan egoísta que incluso a él mismo le repugnaba.
Todavía pendían demasiados interrogantes sobre Eithne, pero le había contado lo suficiente como para dar el paso que le parecía más natural antes de arrepentirse.
La excitación por su fogoso e inesperado encuentro aún le ardía en las venas cuando fue en busca de la misiva de Alexander, donde se le exigía tomar una nueva esposa de sangre celta si quería conservar Jura.
Tenía a la candidata perfecta entre sus muros. ¿Quién mejor que una MacSorley para ocupar ese puesto? ¿Una muchacha que había escapado de las garras de Lachlan de Grey y que vivía para contarlo?
Sin duda, se convertiría para el escocés en una enemiga mucho más peligrosa que él mismo si descubría que seguía con vida… con él.
Rememoró las razones que lo habían llevado a aquel enfrentamiento sangriento contra quien se había convertido en el nuevo laird de Duntrune, con el beneplácito de Alexander, al parecer…
«—¡Te juro por mis dioses y por los tuyos que pagarás cara la muerte de Lillias! ¡Ella será tu ruina, maldito vikingo del demonio! ¡Y yo la vengaré enviándote al infierno! ¡Te arrepentirás de haberme dejado con vida!».
Aquellas habían sido sus proféticas palabras.
Porque años después, Rurik comprendió que la invasión de Lachlan solo era un paso más en su obsesión por él. Emplearía todos los medios necesarios para hacerle pagar el destino de Lillias. No se detendría ante nada… ni ante nadie.
Y ese nadie incluía a Eithne.
Ignoraba su relación anterior al ataque, si es que había existido. Pero todo parecía indicar que ella desconocía las circunstancias de la muerte de la hermana de Lachlan, o el vínculo que lo había unido a ella en el pasado.
Una vocecita en su interior le dijo que era mejor que todo siguiera así entre ellos…
—Si sigue aquí, no podrá hacerlo en calidad de invitada —respondió a su conciencia—. Su secreto dejará de serlo tarde o temprano. Y si Alexander averigua que la tengo conmigo, Lachlan también lo hará.
En cuyo caso, tendría una razón más para intentar apoderarse de Jura… Y de su cabeza.
Se llevó la mano a la empuñadura de su espada en cuanto pudo imaginarse a Eithne en manos de aquel malnacido al que el destino, y el rey escocés, habían puesto en su camino.
Una vez había intentado ganarse a los malditos celtas a través de un matrimonio concertado que no le ofreció más que dolor y ansias de venganza.
No volvería a cometer el mismo error, aunque su fin siguiera siendo permanecer cerca de Freydis.
—Freydis…
Un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando se dio cuenta de que, desde que Eithne se había cruzado en su camino, apenas había pensado en la vikinga.
Sus cinco sentidos habían estado supeditados a los problemas causados por su inesperada invitada y, precisamente por eso, no consentiría que Lachlan pusiera sus garras sobre ella.
Tenía ante él la solución perfecta. Si la joven aceptaba su propuesta, no solo la mantendría a salvo, sino que, al mismo tiempo, se convertiría en un arma potente y mortífera contra su enemigo si se veía forzado a utilizarla.
—Utilizarla.
En cuanto escuchó la palabra en voz alta, supo que no sería capaz de hacerlo. Nunca.
Aquella mujer lo atraía en un sentido que iba mucho más allá del cuerpo. Se había colado en su mente sin pedir permiso, y parecía dispuesta a quedarse allí.
Dioses, la deseaba de muchas formas, y quería tenerla, porque ella también lo deseaba a él. Lo había olido, paladeado, escuchado y tocado. Durante unos instantes, en aquel salón, se había sentido anhelado como hombre. No como instrumento de poder, ni de placer, ni de ascenso social.
Solo como Rurik.
Y acababa de decidir que le encantaba aquella sensación. Que deseaba que se prolongara en el tiempo… Aunque para ello tuviera que aplastar los remordimientos de haber tratado a Eithne como a una mujerzuela, proporcionándole aquel momento de placer en el lugar menos oportuno.
Debía resarcirla de aquella vergüenza, pero sobre todo… debía convencerla.
Algo poco menos que imposible cuando analizó al detalle su expresión mientras leía la misiva del rey.
—Has estado casado antes —murmuro con incredulidad.
—Sí —respondió Rurik, regando su garganta con un buen trago de cerveza para templar sus nervios.
—Con una mujer llamada Lillias… ¿de Grey?
—En efecto. Vivió gran parte de su vida en el Priorato de Sion, hasta que se decidió que nuestro enlace sería beneficioso para todos.
—¿Para todos?
Parecía a punto de desmayarse. Era obvio que, hasta aquel momento, desconocía la existencia de Lillias. Rurik tuvo que contenerse para no tomarla de nuevo entre sus brazos y depositarla sobre su lecho para que se recuperara de la impresión.
Por experiencia propia sabía que la fortaleza de aquella muchacha era mucho mayor de lo que parecía a simple vista.
—Para el rey, que conseguía la lealtad de un hombre del norte por matrimonio con una heredera escocesa. Para Lachlan, que accedía al poder de Jura, aunque fuera a través del esposo de su hermana…
—¿Y para ti?
«Para mí, porque de ese modo me encadenaba al lugar donde permanecía la mujer que amaba».
Amaba. En pasado.
Rurik apretó los dientes y se concentró en el asunto que tenía entre manos. Sus sentimientos por Freydis estaban fuera de toda duda, y en el más absoluto de los secretos.
—Como puedes ver, ya no tengo esposa y el rey me exige que tome otra —respondió, eludiendo su mirada para clavarla en la ventana, sin ser capaz de ver nada—. La misiva llegó el mismo día que nos encontramos en el río. Salí a dar un paseo para poner mis ideas en orden, y volví… contigo.
—Una supuesta campesina que resultó ser la hermana de un laird huido, o muerto, aún no lo sabemos con certeza, y que llevaba la peor de las deshonras con ella.
—Su sonrisa triste le atravesó el corazón como si fuera una daga envenenada—.
Comprendo. Has visto en mí la solución a todos tus problemas. Quieres que me case contigo.
—Te has anticipado a mis intenciones, desde luego.
—Pero he acertado. Piensas que lo ocurrido hace un rato aquí mismo me obligará a aceptarte.
—Como si no estuviera tan dolida como su mirada parecía gritar, Eithne se colocó a su altura y le arrebató la jarra de cerveza con una tranquilidad escalofriante—.
Que no tengo otra opción. Que actúas movido por el honor que, en apariencia, me has arrebatado.
—¿Y no es así?
—No me forzaste a nada, ni te di nada que yo no quisiera entregarte, pero no te confundas, Rurik el Escocés.
No voy a enfadarme porque hayas intentado utilizarme en tu beneficio.
Me presté a ello conociendo las consecuencias —añadió, dejando caer sus hombros hasta que pareció tan desvalida que él se insultó en todos los idiomas conocidos por su imprudencia—.
Sin embargo, no podrás seguir haciéndolo.
Porque no provocas ninguna clase de emoción en mí.
Aquello fue como una bofetada en plena cara, aunque ambos sabían que era mentira. Rurik se quedó tan rígido que temió romperse por la mitad cuando fijó sus ojos en ella, procurando que no expresaran ninguna de las emociones que en aquel momento se peleaban dentro de él.
—Como acabas de descubrir, no es la primera vez que disfruto de las mieles del matrimonio —afirmó, señalando el pergamino que ella todavía tenía en la mano—, pero siempre he exigido a mi esposa obediencia.
—Nosotros aún no estamos casados, mi señor.
Rurik se esforzó por controlarse. Sus ojos se convirtieron en dos trozos de hielo.
—Y es muy poco probable que lo estemos por mucho tiempo si empezamos de esta manera, milady . Aun así, pretendo que al menos escuches mi propuesta al completo antes de decidir algo al respecto.
—¿Es que acaso hay más?
—Todo un año… y un día. —Él aprovechó su sorpresa para continuar hablando. Algo que se le daba peor que mal, pero que era más que necesario—. Te ofrezco una unión a prueba, que es una pequeña parte de lo que diferencia a las mujeres decentes de las prostitutas.
—¿Qué me estás llamando, mi laird ?
Eithne lo miraba como si quisiera asesinarlo a sangre fría.
Por los dioses, si había metido la pata en algo tan sencillo como halagarla, ¿qué sería capaz de hacer bien después?
—No quiero que haya lugar a equívocos entre nosotros, así que seré claro —insistió, después de un pequeño carraspeo—. Lo llames como lo llames, lo cierto es que esa costumbre da un sello de aprobación a la mujer que se acuesta con un hombre…
—¿Estás insinuando que quieres acostarte conmigo y buscas un modo de hacerlo parecer legal?
—¿Quieres dejar de interrumpirme, mujer? ¡Eres escocesa! ¡Deberías saber que esa unión suele acordarse como paso previo al matrimonio formal! Solo sería un año y un día…
—¿Solo?
—Al finalizar, decidiremos si nos casamos o nos separamos, pero si de nuestra unión naciera un niño, sería legítimo aunque no se legalizara el casamiento. No te escandalices tanto. En el fondo, sé que ahora mismo te encuentras valorando la propuesta. A mí.
Ella no se molestó en negarlo, algo que desde luego ayudó mucho a lo que Rurik se proponía.
—Sé que no eres un fanfarrón ni un petimetre.
Que sabes lo que quieres y vas a por ello —comenzó a definirlo con una precisión escalofriante—.
Por eso mismo, también sé que quieres algo de mí.
Lo he visto desde el primer momento, y me lo has confirmado no hace mucho.
Con tus actos, no con tus palabras, aunque ahora pretendas refrendar los primeros con las segundas.
—Sería un necio si te contradijera, kàlfrinn .
—Atraído por sus afirmaciones, se acercó a ella de nuevo, hasta atreverse a enlazar su cintura con un brazo.
Le hubiera encantado pegarla a él para demostrarle lo acertada que estaba, pero tuvo miedo.
Al rechazo, pero también a sus propias reacciones.
Solo dejó su boca a medio suspiro de la de Eithne, satisfecho al comprobar que contenía el aliento—.
Lo que quiero de ti es difícil, físico, arrollador.
Pero también sincero. Algo que tu cuerpo resistiría si lo acepta, estoy seguro.
—Quizá mi alma no pueda hacerlo con tanto convencimiento.
Lo dijo en un tono de voz tan bajo que, por un momento, Rurik pensó que se lo había imaginado. Pero solo tuvo que mirar sus mejillas rojas, sus ojos bajos o el modo en que se mordió el labio para comprobar que había oído perfectamente.
Eithne MacSorley poseía un alma que temía entregarle.
En otras palabras, le tenía miedo.
—¿Crees que si accedes serás la esposa de un monstruo?
—le preguntó cuando alzó su mentón hasta encontrarse con su mirada—.
¿Piensas que voy a hacerte daño de alguna manera?
¿Es que acaso no he demostrado con creces que nunca lo he pretendido siquiera?
¿Cómo puedo demostrarte que no es tu alma lo que ansío?
—Es mi cuerpo y lo que este puede proporcionarte, ya lo sé.
—Cuando se apartó de él para darle la espalda, sintió una corriente fría envolviéndolo tan fuerte que tuvo que contenerse para no frotarse los brazos—.
Las tierras de los MacSorley, si es que consigues vencer la resistencia de Lachlan de Grey, o incluso te haces con el favor del rey…
Hijos legítimos… La confianza y el reconocimiento de tu gente, a través de tu unión con una mujer celta.
Algo difícil, puesto que ni tú mismo confías en ti…
La voz se le fue apagando al mismo tiempo que su resistencia y esa fuerza que siempre parecía acompañarla. El mentón le temblaba y tenía el ceño fruncido. De algún modo que Rurik no alcanzaba a comprender, se sentía engañada, estafada. Pero controlaba sus emociones.
—No voy a engañarte —afirmó, con la extraña sensación de que él era el débil, el que se encontraba fuera de lugar—. Desde que el mundo es mundo, las alianzas entre hombre y mujer han tenido que ver con todo menos con…
—¿… el amor?
—En nuestro caso, con la protección. ¿Te has parado a pensar que mis motivos podrían tener que ver con tu seguridad? Como mi invitada, nada impedirá a De Grey reclamarte para sí, en cualquiera de las formas que se le ocurra. Pero como mi esposa, le cortaremos las alas.
—¿Y las tuyas? ¿Te has enamorado alguna vez, vikingo?
¿Conoces lo que se siente cuando eres correspondido?
¿O cuando no lo eres? —Ella le plantó cara con los ojos brillantes de furia contenida, pero también de dignidad.
¿Cómo se las arreglaba para manejar ambas cosas con tanta pericia?
—. No me respondas si no quieres. En realidad, no me interesa lo más mínimo si a ti tampoco te atrae la idea.
—¿Y si me atrajera? —no pensó en lo que acababa de decir hasta que la sujetó por los hombros para mantenerla cerca de él, y al mismo tiempo a una distancia prudencial.
Eithne le sostuvo la mirada con serenidad.
Y en su interior, algo comenzó a agitarse con furia—.
Respóndeme. ¿Qué ocurriría si yo… si nosotros… ?
—No te atreves a pronunciar la palabra, ¿eh, hombretón?
La temes casi tanto como a todo lo que significa, pero te lo pondré fácil.
—Ella elevó el mentón con altanería y señaló la puerta cerrada—.
De acuerdo. Accedo. Pero date prisa en cumplir con los trámites lo antes posible, porque si me molesto en pensarlo un poco más… puede que cambie de opinión.