Hijos del invierno (La estirpe del halcón 3) 23
42%

23

La terrible expresión de odio e ira desapareció del rostro de Rurik.

Pero sus ojos…

Señor de los cielos, su mirada era más profunda que cualquier océano que ella pudiera imaginar. Más cálida, más…

—¿Por eso huías? —le preguntó con la voz queda, rígido contra ella, pero sin dejar un resquicio de sus músculos fuera del contacto con su cuerpo, hasta convertirse en una segunda piel.

Si Eithne respiraba, sus senos colisionaban contra su torso.

Si él avanzaba, su erección encajaría entre sus muslos de un modo que…

—. Respóndeme. A pesar de todo lo que he descubierto de ti del peor modo posible, he permitido que te quedaras aquí.

Me he marchado de mis propios aposentos.

He hecho oídos sordos a las habladurías que ya te confieren el rango de amante del señor, porque de lo contrario me quedaría sin efectivos militares, eso por no hablar del resto de la población.

—¿Creen que somos amantes?

—La cuestión es: ¿tengo que pensar que estoy dando cobijo a una asesina?

—No parecerías muy alterado si así fuera.

—Cierto. Son otras circunstancias las que me alteran ahora mismo.

—Y para demostrárselo, dejó caer su boca sobre el hombro que la bata había dejado al descubierto.

Eithne se estremeció al contacto de aquellos labios cálidos y húmedos sobre su piel, pero no lo apartó.

Se veía incapaz de hacerlo—. Podría ser pasto de las llamas del infierno si negara que te deseo como hacía tiempo que no deseo a una mujer…

Pero también lo haría si no fuera capaz de contenerme hasta no saber de verdad quién se esconde tras esta apariencia.

—No soy una asesina. En realidad… ni siquiera sé con certeza si mi hermano ha muerto en el ataque a Duntrune… Pero cometí errores que han podido ocasionar su desgracia.

—¿Y te sientes incapaz de vivir con los remordimientos?

¿O es la incertidumbre la que te está matando?

—Los labios ascendieron por la suave curvatura de su cuello con la única intención de debilitar su voluntad…

O de desbaratarla del todo—. Vamos, dulce Eithne.

Desafía a tu propio rey con tal de rechazar lo que te estoy ofreciendo ahora mismo.

—¿Deseo?

—Y seguridad. Y también poder. Aunque ahora mismo estés a punto de desmayarte y me asegures que tú misma has matado a tu hermano, jamás te creería.

—Cuando apartó su rostro de ella, tuvo que contenerse para no gritar de frustración—.

Las circunstancias que hayas vivido han podido convertirte en una mentirosa, en una mujer de recursos infinitos, en una inmejorable actriz e incluso en una persona cuya fortaleza me asombra a pesar de mí mismo, pero nunca en una asesina.

Eso se lo dejaremos a otros, como Lachlan de Grey.

Colocó ambas manos a los lados de su cabeza y se limitó a observar sus reacciones, pegado por completo a ella. Con una sonrisilla cínica que debió ahuyentarla, pero que solo estimuló esa necesidad que lograba que cada poro de su piel vibrara con el contacto a través de la ropa.

—Eres demasiado benevolente si decides otorgarme el beneficio de la duda, a pesar de todo lo que te he contado —murmuró.

—En realidad, no me has contado nada. Todavía.

Los ojos del color de la miel líquida abandonaron su expresión fría, a pesar de demostrarle hasta qué punto le afectaba el contacto que él mismo había provocado, y brillaron con la contención de una bestia, esperando el mejor momento para darse un banquete.

—¿Te encuentras bien? —le preguntó con inesperada ternura, mientras dejaba resbalar las yemas de los dedos por el contorno de su cara.

—Todo lo bien que puedo estar después de lo ocurrido, y de lo que estás insinuando…

—Si no querías que insinuara, no deberías haberme desobedecido.

Si te hubieras quedado aquí, en lugar de seguirnos, ahora mismo ni siquiera sabrías por qué hay un hombre muerto en el patio de armas, después de que lo haya golpeado hasta casi matarlo con mis propias manos —continuó, mostrándole sin remordimientos los nudillos despellejados—.

Si te hubieras comportado como se espera de cualquier dama de buena cuna, no te encontrarías contra la pared, invadida por mi…

cuerpo y esas insinuaciones de las que hablas.

—Lo sucedido en los acantilados habría acabado en tragedia si no me hubieras permitido intervenir —le replicó, inspirando hondo para insuflarse valor y no sucumbir al brutal atractivo que él desplegaba a su alrededor—.

Por fortuna, el pequeño se halla a salvo con su madre.

Yo lo percibí desde el principio como algo inevitable. Predestinado.

No sabía por qué había confesado aquello con tanta naturalidad, pero Rurik se limitó a asentir, como si esperara más.

No le dijo que sus propias emociones la habían llevado a desafiar su autoridad. Él seguía intentando imponerse. Si se lo permitía, la trataría como a una niña que había cometido una travesura.

Y ni aun así conseguiría inspirarle miedo. Ni acabar con la fascinación que sentía por él.

En ese mismo instante, encarnaba la pasión más pura. Ella no era ninguna virgen. Sabía muy bien que podría perderse en esa fuerza si sentía un mínimo contacto contra su piel desnuda.

—Aunque insuficiente, es una explicación —le murmuró él al oído, con una suave risilla llena de petulancia—. Lástima que no te sirva para salvarte.

—Ignoraba que tuviera que salvarme de nada.

—Eso tiene fácil arreglo, ¿no te parece?

—La sonrisa fue sustituida por una mirada feroz, llena de cólera y, al mismo tiempo, de una preocupación casi enfermiza—.

¡No te haces una idea del esfuerzo que estoy haciendo ahora mismo para no castigarte como te mereces!

¡Si pienso en lo que pudo ocurrirte en aquel acantilado… !

—Me temo que ahora mismo no eres ni mi padre, ni mi hermano, ni mi esposo, ni nadie que pueda ejercer esa potestad sobre mí, mi señor —le respondió ella con idéntica furia.

—Lo cual tiene también un arreglo muy sencillo.

Se abalanzó sobre ella como un sediento ante la corriente cristalina de un río.

Sus labios se pegaron a los de ella. Su lengua traspasó la barrera de los dientes de Eithne y paseó con libertad por cada rincón de su boca.

Dios del cielo, era la segunda vez que la besaba. Y si la primera pudo controlarla, aquella arrasó con su voluntad como un incontenible temblor de tierra.

Se vio llena de él. Incapaz de rechazarlo, o de intentarlo al menos.

Solo quería seguir. Que las maravillosas sensaciones que se arremolinaban alrededor de su vientre hasta endurecerlo de dolor se alargaran. Se perpetuaran.

Conocía lo que ocurría entre un hombre y una mujer. Había sufrido la peor cara de las consecuencias. Pero jamás había sentido con ningún otro esa necesidad primigenia de ser complacida. De actuar como una mujer, sin inhibiciones ni temor a lo que podría ocurrir después.

Desde el principio, aquel hombre la había atraído; era inútil negarlo. Había en él algo más profundo que la mera apariencia física. Un dolor arraigado, junto con una oscuridad casi perpetua, que parecía atraerla mucho más que el magnetismo de su cuerpo.

Por eso se dejó llevar. Con un ligero gruñido, separó más sus labios.

Se derritió ante la vigorosa embestida. Se encontró recorriendo aquella formidable espalda y los hombros con las manos.

Metiendo los dedos entre las ondas de su pelo y lanzando sus caderas hacia delante cuando él la sujetó por el cuello y ladeó su cabeza para profundizar más en el beso.

Mordisqueó sus labios y luego los lamió. Gruñó cuando casi rasgó su ropa de dormir para poder tener un mejor acceso a la blanca y suave piel de la base de sus senos.

—Oh, Señor…

Eithne estaba siendo conquistada de un modo tan delicioso que todo lo demás desapareció de su mente.

De pronto, se encontró pensando solo en él.

En la búsqueda de un placer más intenso.

Más profundo y perenne. Como si la preñez y el aborto no hubieran tenido lugar.

Como si el desengaño que le había roto el alma jamás hubiera ocurrido.

Su naturaleza perversa la obligaba a entregarse a las caricias de aquel hombre.

Al asalto continuado de unos labios que atrapaban su pezón sobre la tela, mientras con la mano libre amasaba su pecho, seguro de que obtenía el efecto deseado.

—Creo que el Señor nada tiene que ver con lo que está ocurriendo ahora mismo entre nosotros, milady .

—Sus ojos estaban velados por el deseo cuando alzó la cabeza para apropiarse de nuevo de su boca en un beso furioso, que consiguió que los últimos vestigios de resistencia se evaporaran por efecto del calor—.

No me preguntes por qué, pero he deseado esta situación desde que te conocí, Marion.

Rik quería hacerte suya. Rurik lo conseguirá.

Lanzó sus caderas hacia delante con tanto ímpetu que Eithne solo pudo elevar una pierna y rodear su cintura con ella para evitar caer.

Un último destello se encendió en el interior de su mente para advertirle del peligro que corría.

De que el aborto aún estaba demasiado reciente.

Incluso del fajín que permanecía alrededor de su cintura, aprisionándola, y que Rurik pasó por alto cuando decidió delinear el contorno de su cadera sin prescindir de la tela de su camisón.

Olvidó todo eso y mucho más cuando los dedos masculinos se aposentaron entre sus piernas para calentar aquel lugar con su mera presencia.

—Sé lo que ocurre. Lo último que quiero es humillarte —murmuró, en clara alusión al ligero sangrado que todavía sufría—. Solo deseo…

Parecía demasiado excitado como para terminar la frase. Sus ojos se oscurecieron hasta parecer casi negros. Un ligero destello, que Eithne interpretó como arrepentimiento, brilló en ellos. Durante un segundo, la tensión lo dominó.

Después, escondió la cabeza en su cuello para continuar torturándola a base de besos que la harían arder en el infierno por siempre, mientras su mano comenzaba a moverse entre sus muslos, sobre la tela, con tanta pericia que su mente dejó de funcionar en aquel preciso instante, para pasar a ser esclava de los actos de aquel hombre. Igual que todo su cuerpo.

—Rurik, no deberíamos…

—Lo que deberíamos y lo que deseamos a menudo son dos cosas diferentes, milady . Te aconsejo que disfrutes de la segunda antes de dejarte manipular por la primera.

Una sonrisilla pícara asomó a sus labios antes de que estos se pegaran de nuevo a los de ella en un beso que calcinó las pocas objeciones que pudiera poner al respecto. Se encontró pegada a él, entregada a él, mientras los dedos masculinos comenzaban a obrar su magia.

Oyó un extraño sonido. Un profundo gruñido que provenía de su propia garganta. Abrió los ojos y se vio reflejada en los de él, que la miraban con una quietud que no se atrevió a interrumpir.

No cuando parecía tan concentrado en ofrecerle algún tipo de desenlace desconocido a aquello que se arremolinaba en su bajo vientre. Que la llenaba de presión, de ansiedad, de…

Eithne jamás había sentido nada parecido en los brazos del padre de su hijo malogrado. Ignoraba incluso que una mujer pudiera experimentar semejante goce y tormento.

Hasta ese momento, y por extraño que pudiera parecer, jamás había tenido excesiva conciencia de aquello que habitaba entre sus piernas. Ahora lo percibía sensible, tibio, vivo y húmedo. El calor y la presión de aquella mano potente eran tan deliciosos que creyó que se derretiría por dentro.

Seguro que no había nada más exquisito, pero se equivocaba.

Cuando él empezó a frotar su hueso púbico con la palma de la mano, el placer más puro le hizo cerrar los ojos y gemir con suavidad.

Intentó controlar la respiración, pero los movimientos de los dedos se hicieron más profundos, con un ritmo tan salvaje que el gemido se convirtió de pronto en un grito de agonía y liberación, cuando su cuerpo alcanzó el clímax y se sacudió como un náufrago en mitad del mar.

Eithne tardó una eternidad en poner los pies en el suelo.

En todos los sentidos de la palabra. Su corazón seguía bombeando como si necesitara una cantidad doble de sangre para poder pensar.

Para poder recuperar el sentido común que había arrojado lejos de ella en algún momento, antes de experimentar algo inaudito.

Nunca había ascendido a esas cotas de placer con ningún hombre.

Se había limitado a ofrecer placer, creyendo que los chispazos de anhelo que experimentaba eran lo máximo que se podía permitir a cambio de la total liberación de la otra parte.

Cuando comprobó las consecuencias de su abandono, lo aceptó como parte de su error…

Pero aquello había sido diferente, y no solo para ella.

Con la garganta seca y la respiración demasiado rápida como para poder controlarla, miró hacia su abultada entrepierna.

Dios del cielo, le dolía. Se notaba en su mandíbula rígida, en sus pupilas dilatadas por el deseo. En los puños cerrados contra la pared, a ambos lados de su cabeza. Todo en él hablaba de contención, pero también de…

—Te arrepientes.

—No por mucho tiempo, te lo aseguro. —Desvió sus ojos de los de ella con culpa y la dejó allí abandonada, sin saber qué pensar, qué decir o hacer al respecto. Pero antes de que pudiera reaccionar, regresó con un pergamino entre las manos que le entregó—. ¿Sabes leer?

— Por supuesto. Tavish me enseñó…

— Entonces, lee.

Su tono volvía a ser frío, apremiante. Estaba tan rígido como podía hallarse ella, después de recuperarse de lo sucedido mientras recomponía su fachada, aunque aún le temblaban las manos cuando desdobló el papel y lo acercó a una vela.