22
Cuando Eithne se llevó la mano al cuello, se dio cuenta de dos cosas.
La primera, que su mente había establecido relaciones que no le parecían ni siquiera aceptables en el momento en que la campesina había aparecido denunciando la desaparición de su hijo.
Un hombre y una mujer, eso había dicho. Y Sorcha se había presentado desaliñada en sus aposentos, justo antes.
Una mujer…
No, era imposible. Sorcha jamás se prestaría a ese tipo de intrigas, aunque, según sus propias palabras, su tío se había mostrado en desacuerdo con el nombramiento de Rurik como señor de Jura. Lo cual creaba de por sí aún más interrogantes.
La segunda, casi tan inquietante como sus absurdas conclusiones, era que su colgante había desaparecido.
Descubrió que no lo llevaba puesto. Y ni siquiera recordaba dónde lo había dejado. Su mente era un laberinto en el que permanecía grabado a fuego el rescate del bebé, después de que hubiera decidido contravenir las órdenes de Rurik con todas sus consecuencias.
De nada sirvió que Tavish, e incluso Sorcha, intentaran razonar con ella para detenerla.
El simple hecho de que un pequeño estuviera en peligro fue motivo suficiente como para que los siguiera a pie, sin pensar en los riesgos que podría correr. O, ya puestos, en su propio estado de salud.
De cualquier forma, todo hubiera quedado olvidado cuando Rurik decidió hacerle caso y dejar que fuera ella quien bajara por aquella chimenea infernal hasta dar con el niño. Cuando él mismo la ayudó, descendiendo por el desfiladero hasta donde se encontraba.
Cuando dejó de lado su enfado y todo lo que no fuera su salvación.
Aquellos ojos de mirada fría se habían convertido en dos faros llenos de emociones intensas cuando los clavó en ella.
Sus manos la trataron con tanta ternura que, cuando la abrazó, ya en la cima y con el pequeño a salvo, Eithne se permitió sentir, aunque solo fuera por unos instantes, que nada lograría ponerla en peligro mientras estuviera con él.
Pero él aún desconocía su decisión. Esa era la realidad.
Y cuando tuviera el valor de informarle, era muy posible que la enviara de vuelta con Tavish, sin que le importara su destino lo más mínimo.
Aunque no había visto eso en la mirada de anhelo que le dedicó. Ni en el aliento que le bañó la piel cuando unió su frente con la de ella. Ni en aquel «gracias» que le calentó el corazón, antes de encargarse del hombre que había estado a punto de asesinar a aquel pobre niño.
No sentía lástima por él, ni rechazo por los métodos que habría empleado Rurik. Pero la sensación de que volvía a estar sola, pese a contar con la compañía de Sorcha y Marsaili hasta que se quedó dormida, fue demasiado desconcertante y pesada como para que pudiera asumirla en su totalidad…
—¡No! ¡Deteneos! ¡No sigáis disparando!
Siguiendo el alarido de Rurik, Eithne se dirigió hacia la ventana. Solo logró ver un montón de sombras que se precipitaban al centro del patio, entre las que destacaba la del vikingo.
Se cubrió con la bata que Marsaili le había proporcionado y corrió escaleras abajo descalza, ignorando el frío de la piedra a su paso.
—No deberías salir ahora mismo si no quieres sufrir la ira del señor de Jura, muchacha.
Tavish la interceptó, ya fuera de la torre, con toda la intención de llevarla adentro de nuevo, pero ella le lanzó una mirada ceñuda.
—Intuyo que estás deseando terminar tu conversación con él, pero eso no justifica tu tranquilidad cuando está ocurriendo algo grave —lo acusó.
—Algo que, por el momento, no es de nuestra incumbencia. He venido a por ti, Eithne. Mi misión es reunir a una familia destrozada por un ataque injustificado, para poder pedir ayuda al mismísimo Alexander si es necesario.
—Después hablaremos. Ahora, pienso averiguar qué es lo que está pasando —afirmó, alejándose de Tavish a la carrera, para acabar dándose casi de bruces contra el corpachón de Rurik.
—¡¿Se puede saber qué haces aquí?!
Él se apartó lo justo para que ella pudiera ver al campesino, atravesado por media docena de flechas, alumbrado por un par de antorchas mientras agonizaba en el suelo.
Durante unos instantes, sus ojos se quedaron clavados en los del hombre, pero una mano fuerte la apartó de semejante espectáculo con tanta rapidez que apenas pudo reaccionar.
—Te he hecho una pregunta, maldición —siseó Rurik en su oído—. Deberías estar durmiendo, no presenciando…
—¿Un acto más de desobediencia? Te he escuchado exigir a tus hombres que se detuvieran. Al parecer, ellos…
—Recibirán el mismo castigo que tú. Por cierto, nadie te ha dado permiso para hablar, ni para permanecer aquí.
El rostro barbudo del vikingo captó toda su atención. A la luz de las antorchas, las sombras de sus rasgos parecían tan siniestras como su expresión de advertencia, pero ella decidió desoírla una vez más.
—Solo he escuchado gritos que me han despertado y decidí acudir por si se me necesitaba. Tengo algún conocimiento en hierbas medicinales —se excusó, aunque tenía una réplica mucho más aguda en la punta de la lengua que decidió guardarse por el momento.
—Para eso ya está Marsaili. Tú…
—¡Mi señor, parece que aún vive y quiere hablar!
Eithne agradeció la intervención del soldado. Él pareció dejar de querer asesinarla con la mirada y se inclinó hacia el rostro del desdichado, que tenía los ojos desorbitados por el pánico, pero centrados en un punto más allá de todos los presentes.
—¿Quieres confesar? Adelante.
—Es… Vino a mi celda… Me sacó…
—¿Quién?
—Allí… —Su dedo tembloroso señaló un lugar indeterminado—. Está allí… Se quedó para ver si conseguía… escapar… El colgante…
—¿Qué colgante?
—Me lo dio… Allí… —repitió, un instante antes de exhalar su último aliento.
Rurik se puso en pie, maldiciendo en su lengua, y repasó a los guerreros con una mirada que lo dijo todo.
—Este hombre podría ser parte de una conspiración contra nosotros. No me importa si sois celtas o vikingos, os aseguro que recibiréis vuestro castigo por haber desobedecido mis órdenes —aseguró.
—Pero, mi señor, él iba a escapar… —murmuró uno de los guerreros—. Fue tan inesperado que solo pudimos detenerlo de esta forma.
—¿Cosiéndolo a flechazos? ¡Por el amor de Dios, me habéis escuchado cuando todavía estaba con vida!
¡Y aun así, habéis seguido disparando! ¡Vosotros, prended al guardián de la mazmorra!
¡Y a todo aquel que haya disparado una maldita flecha!
¡Y vosotros, registrad cada recoveco en busca de alguien que haya podido ayudar a este desventurado a salir de su prisión!
—Parecía fuera de sí cuando se giró hacia Eithne—.
¡Tú has vuelto a ponerte en peligro de una forma tan inconsciente como todas las anteriores!
Este hombre ha tenido su merecido. Los niños son sagrados, más cuando logran venir a este mundo…
¡Pero tú y yo vamos a hablar de una buena vez de tu situación aquí! ¡Andando!
—Hablar. Tú lo has dicho. —Ante los atónitos ojos de todos los presentes, Eithne decidió no comportarse como se esperaría de una mujer y lo enfrentó, echando chispas por sus hermosos ojos y los brazos en jarras—. Esto que estás haciendo no es hablar…
—Oh, por las barbas de Odín. Que conste que me has obligado.
Fue lo último que escuchó antes de que se la echara al hombro, como si fuera un saco de centeno, y caminara con ella a grandes zancadas.
Eithne chilló, lo insultó, pataleó y lo golpeó con sus puños, pero era como golpear un muro de granito.
Solo calló cuando, cabeza abajo, vio a Sorcha emerger de las sombras a paso ligero.
Tan concentrada en sus pensamientos, tan desaliñada y con un gesto tan furioso, que cuando vio a Eithne, se quedó inmóvil. Con la boca abierta y el rostro descompuesto…
Saliendo del lugar que el campesino había señalado antes de morir.
—¡Ayúdame, Sorcha! —gritó, sin pararse a pensar más allá—. ¡Es un salvaje que pretende hacerme daño!
—No os preocupéis por ella más que por vos misma, milady —fue la calmada respuesta de Rurik—. Tendría que haber perdido el poco juicio que me queda para enfrentarme a una gata como la que tengo sobre el hombro.
Lo último que vio Eithne antes de volver a posar los pies en tierra firme fue la silueta de su amiga encogiéndose de hombros, y la puerta del Gran Salón a punto de salirse de sus goznes cuando él la cerró de un puntapié.
—Estamos los dos solos. Algo que de por sí mancillaría tu virtud, pero que, puesto que llegaste aquí sin ella, podremos pasarlo por alto —le escupió con sarcasmo—. Ahora sí, milady . Ahora sí que hablaremos de todo lo que ha ocurrido, y de lo que va a ocurrir.
Eithne dio un paso atrás, desconcertada.
—Si esperas intimidarme… —comenzó.
—Lo que espero es la verdad. De una vez y sin recursos propios de mujeres sin honor. A no ser que seas una de ellas, en cuyo caso…
—¡Deja de referirte a mi preñez y a mi aborto como si fueran armas que pudieras blandir contra mí como te plazca! Tanto una cosa como la otra me pertenecen, ¡así que no te escudes en ellas para justificar tus actos contra una persona que te ha ayudado cuando lo has necesitado!
Incluso ella se sorprendió de su ataque de ira.
Tuvo que coger aire para evitar ahogarse mientras contemplaba las posibles consecuencias, pero Rurik solo la miraba, tan desconcertado como ella misma.
En la gruta, había visto una nueva faceta de él.
Una en la que le mostraba que tenía conciencia.
Pero en aquel momento, toda señal de civilización parecía haber desaparecido del vikingo.
Se asemejaba a un auténtico salvaje. Con el poder del líder indiscutible y el feroz encanto de un león.
Eithne sabía que en aquel momento podía correr tanto peligro como si estuviera perdida en cualquiera de los bosques de Jura, a merced de las alimañas.
Rurik el Escocés estaba deseoso de luchar.
A pesar de que hasta el momento se había mostrado contenido, reservado, con argumentos de toda lógica, no era un hombre que se limitara a mirar cómo los demás se lanzaban contra las espadas de sus enemigos.
El incidente con el bebé escondía mucho más.
Y esa añadidura podría desembocar en una guerra de proporciones épicas si cometía algún error imperdonable.
Ella podría representar aquel error. Y él lo sabía.
—Entonces, hablemos con la sinceridad que nos caracteriza a ambos. —Su tono templado era más temible que cualquier advertencia. Eithne contempló cómo servía vino caliente en un vaso y se lo ofrecía—. Bebe. Lo vas a necesitar.
—¿Para qué?
—Para escucharme, para explicarme y después para aceptarme. Sinceridad. Tú has comprobado cuál es mi situación aquí. Es justo que me muestres algo de la tuya, ya que no contemplas tu partida con De Moray como deberías.
—¿Y cómo debería, según tú?
—Con alegría, a pesar de que lograste escapar al ataque de Lachlan de Grey. Con esas ganas de pelear que me has demostrado hace un momento, para recuperar lo que es de tu hermano y tuyo. Poniendo tu inteligencia al servicio de tu propio clan, para acudir a tu rey en busca de ayuda si es necesario.
—¿Sola?
—Con tu preceptor… Incluso conmigo. Cuéntame, lady MacSorley.
¿Cuáles son tus planes más inmediatos, ahora que tu antiguo maestro está aquí?
—Rurik dio un paso en su dirección, y ella retrocedió, dejando caer el pergamino al suelo—.
Porque intuyo que, ya que no me has replicado a ninguno de mis razonamientos, en verdad piensas regresar…
—¡No! —El simple hecho de encontrarse cara a cara con Lachlan logró que se quedara tan pálida como la cera—. ¡No puedo volver! ¡Yo…! ¡No puedo, eso es todo!
—¿Seguimos con los secretos? —Otro avance, otro retroceso—. ¡Tu propio primo se ha apropiado de tu casa! ¡Tu maestro ha arriesgado su vida siguiéndote hasta aquí! ¡Tu hermano podría estar necesitándoos a ambos! ¿Y tu reacción es esconderte lejos? ¿Suplicando mi misericordia, tal vez?
—No he suplicado todavía.
—Lo harás. Porque crees que es el único modo de que te permita quedarte en Dùn na Seabhaig.
—En algún momento había pulverizado la distancia que los separaba, acorralándola contra la pared.
Cuando Eithne quiso escapar, él la correspondió enredando los dedos en sus rizos sueltos, con el ceño fruncido—.
Sin embargo, existen otras maneras, mucho menos lesivas para los dos, de que te quedes aquí por tiempo indefinido.
Aunque Alasdair me lo echará en cara algún día…
Acercó su cara a la de ella poco a poco. Como si temiera un rechazo y, al mismo tiempo, lo esperara.
Eso debía hacer. Rechazarlo. Luchar por controlar de nuevo una voluntad que le había cedido sin ser consciente de ello. Pero solo pudo emitir un gemido al pensar que iba a besarla. No como un premio, sino como un método de presión que por fin dio sus frutos.
Sus ojos se llenaron de lágrimas que no contuvo. Con el mentón alzado y los dientes apretados, colocó sus manos sobre el pecho masculino para detener sus avances. Para poder seguir respirando.
—¡Mi hermano está muerto! —exclamó entre sollozos—. ¡Por mi culpa!