Hijos del invierno (La estirpe del halcón 3) 21
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—¡Espera! ¡Contrólate, o no sacaremos nada en claro!

Con los dientes apretados y el puño en alto, Rurik desvió su mirada del prisionero y trató de poner un poco de distancia.

Aunque le resultaba demasiado complicado con la imagen de Eithne, agotada, dormida en su propia cama después de tomar un baño y comer algo.

Se había sentido incapaz de mostrarse duro con ella, contemplando la envidia con la que había mirado al bebé en brazos de la campesina.

El dolor que apagó sus ojos cuando, de forma instintiva, se había llevado la mano al vientre.

—Un niño. ¡Una criatura inocente de todo mal! —Con un rugido, volvió al prisionero y estampó su puño en la cara ya sanguinolenta—. ¡No mereces vivir!

¡Por todos los dioses, él añoraba pocas cosas tanto como tener un hijo! ¿Y esa sabandija repugnante había estado a punto de arrebatarle el suyo a una pobre mujer?

Una oleada de furia lo llevó de nuevo a levantar el puño, pero Erling lo detuvo a tiempo.

—Calma, amigo mío —murmuró en su oído, para que ninguno de los dos hombres que los acompañaban en la celda pudiera escucharlo—. Entiendo tu cólera, tu dolor, pero no es el momento. No ahora, cuando detrás de este acto puede haber otros mucho más importantes.

—¿Más importantes que la vida de un niño?

—Hijo de una mujer celta, mi hersir . Por sus venas corre la misma sangre que la de aquellos que han estado buscando nuestra desgracia los últimos tiempos.

—¡Celta o vikinga, es irrelevante en lo que al crío se refiere! —Lanzó una mirada de odio al campesino, que hacía todo lo posible por arrastrarse lejos de él—. Sin embargo, tienes razón… Debemos averiguar muchas cosas, y el tiempo se te acaba, desgraciado.

Llevaban horas de interrogatorio, sin sacar nada en claro.

Y el prisionero había demostrado una resistencia encomiable a todos los métodos de tortura que, en otros, ya habrían surtido el efecto deseado.

—La campesina jura y perjura que no lo conoce, que nunca lo había visto antes y que prefiere que lo cuelgues. Pero te supongo lo bastante inteligente como para no fiarte de ella, por mucho que te la hayas ganado con lo de su hijo.

Rurik lanzó a Erling una mirada tan sombría como sus pensamientos.

—Llevo aquí el tiempo suficiente como para no enternecerme con tanta facilidad como insinúas —replicó con aspereza—. El agradecimiento de la aldeana entra dentro de lo previsible.

—Del mismo modo que el tuyo hacia lady Eithne, supongo.

—Supones bien. Que me muestre inflexible cuando la ocasión lo requiere es una cosa, y que no sepa cuándo debo reconocer los méritos ajenos, aunque estos provengan de una mujer que me desafió, es otra muy distinta.

Lo último que deseaba era dañar a Eithne, de cualquiera de las formas en las que podría dañarla. Por eso la había dejado al cuidado de Marsaili, ya que lady Sorcha se había declarado indispuesta después de que su amiga se hubiera marchado como si tal cosa para seguirlo hasta los acantilados.

Tavish era harina de otro costal. Su pupila había burlado su vigilancia; eso había afirmado cuando él le pidió explicaciones… Aunque su mirada decía que se lo había permitido.

En cualquier caso, ya no importaba. Tenía ante sí parte de las consecuencias, y debía arrancar a aquella escoria humana cualquier confesión que mereciera la pena.

Después se encargaría de Eithne y su desobediencia.

De Eithne y su voz melodiosa y firme.

De Eithne y su cuerpo cimbreante pegado al suyo, con esos labios voluptuosos tan cerca, como si estuvieran pidiendo a gritos un segundo beso…

—Si formas parte de un complot, te conviene confesarlo cuanto antes —dijo, molesto consigo mismo y con el rumbo de sus pensamientos, cuando se centró en el prisionero—.

Robar un recién nacido a su madre es un delito que por sí mismo te conducirá a la horca.

Pero si estás encubriendo a alguien más, con unos fines mucho más oscuros que sacrificar a la criatura para calmar la ira de una supuesta bruja, te aseguro que tu agonía será lenta y dolorosa.

—Mi laird , no tengo nada que ocultar, ni tampoco que confesar…

—¿Ahora es tu laird ? —Erling le propinó un nuevo golpe en la mandíbula ensangrentada, que lo tiró del taburete en el que estaba sentado—. ¡Habla, o no vivirás para ver la luz de un nuevo día!

Rurik lo observó con un bufido de disgusto.

Su estado era deplorable. Apenas conseguía conservar la consciencia.

Aquella era la única frase que repetía de forma coherente hasta la saciedad.

Aunque en un principio su mirada desafiante se había clavado en los guerreros que lo torturaban sin piedad, poco a poco se había ido apagando, hasta desvariar por completo.

Cuando su lugarteniente tomó unas tenazas, con toda la intención de aplicarlas en la única uña que le quedaba al prisionero en su mano derecha, él lo detuvo.

—Ahora mismo, dudo que sea capaz de contarnos nada, ni siquiera en el supuesto caso de que quiera hacerlo —murmuró con fastidio—. Si seguimos, conseguiremos acelerar su muerte, pero nada más. Y muerto, no podrá sernos de utilidad alguna.

—Mi hersir , las gentes de Jura no te quieren aquí.

No nos quieren aquí —rectificó Erling, arrojando las tenazas al suelo con rabia—.

Han tenido que acatar la orden real, pero sabes que son muy capaces de involucrarte en todo tipo de conspiraciones para conseguir que Alexander te retire lo que te ha otorgado.

—¿De veras piensas que son tan organizados? —Él dedicó una mirada especulativa al desgraciado que tenía delante, con el ceño fruncido—. ¿Que pueden ir tan lejos?

—Todo lo lejos que precisen si no consiguen acabar contigo a la manera tradicional —respondió Erling con una ceja alzada—.

Por el momento, solo tenemos el testimonio de la madre del niño, y el hecho de haber pillado a esta sanguijuela huyendo hacia el mar.

Pero no había barca que lo esperase, ni tampoco rastro de la mujer que supuestamente lo acompañaba.

—¡No había ninguna mujer! —gritó el desdichado, sacudiéndose sobre el banquete hasta que cayó al suelo. Se arrastró lejos de los guerreros, con los ojos desorbitados por el miedo y la sangre escurriéndose por su barba—. ¡Lo hice yo solo! ¡No había nadie más!

—¿Un simple campesino, empeñado en asesinar al niño de una aldeana a la que no conoce, es el cabecilla de…

qué, exactamente? —Rurik lo sujetó por su camisa destrozada, hasta ponerlo en pie—.

Puedes pensar que somos invasores. Salvajes.

Hombres del norte que se comen a sus víctimas…

cualquier cosa que provenga de vuestra imaginación siniestra, y que os impida aceptar la autoridad que ahora mismo representamos, conmigo a la cabeza.

¡Pero si nos tomas por tontos, terminarás sin una sola uña, con las tripas fuera y suplicando tu muerte!

Rurik había sido entrenado para aplicar las torturas más inverosímiles a guerreros empeñados en guardar silencio, hasta conseguir que estos lloraran como niños, suplicando por su vida, mientras confesaban.

Había visto a demasiados hombres en manos de miembros de la estirpe del Halcón, incluidos él y Erling, como para no distinguir los primeros signos de la rendición de un prisionero.

Los ojos de aquel brillaron con un instante de reconocimiento. Luego, se desplazaron por toda la celda, como si mirara sin ver en realidad.

—No hay ninguna mujer… Yo solo secuestré a la criatura para acallar a la bruja… No conozco a la madre, porque lo elegí al azar… Nadie más está… —canturreó, como una letanía que él detuvo con un simple puñetazo.

—Echadle un cubo de agua por encima y dejadlo aquí —sentenció, meneando la cabeza con desánimo—. Mañana regresaremos y continuaremos en el punto exacto donde lo hemos dejado.

—Rurik…

—Erling, lo mejor que podemos hacer ahora es dejar que se recupere.

Sabes que de esa manera su sufrimiento posterior será más intenso.

Alargará el que ya lleva y lo destrozará por dentro —lo interrumpió en un susurro que nadie más oyó, con las manos sobre sus hombros y un gesto de determinación—. No es la primera vez que hacemos esto.

—Es la primera vez que lo hacemos por nosotros y no por otros.

—No te engañes. Haakon sigue muy presente entre nosotros, para nuestra desgracia. Solo espero que aplastemos las malditas emboscadas lo suficiente como para que podamos llamar hogar a este trozo de tierra, porque yo al menos no pienso volver.

Se marchó antes de afrontar la mirada interrogante de su amigo, porque ni siquiera estaba seguro de cuáles serían sus respuestas.

Los acontecimientos se habían precipitado de un modo inesperado.

Había tenido que improvisar. Y odiaba las improvisaciones.

Lachlan le había enseñado que no había mejor plan que aquel que se trazaba al dedillo, sin dejar ningún cabo suelto ni lugar a sorpresas.

Pero el suyo, al parecer, se había convertido en un coladero con la detención del campesino que había secuestrado al niño recién nacido.

No era que no creyera en leyendas, alimentadas por sus propios dioses celtas y por las costumbres que siempre habían regido su vida desde su niñez. Pero poner de excusa el carácter de una bruja para justificar unos actos abominables era, cuanto menos, dudoso.

Al menos desde su parecer. Aunque no se quedó de brazos cruzados.

Vio en el campesino retenido una oportunidad única de asegurarse su objetivo: Lachlan.

Aprovechó que la atención de toda la fortaleza, en su práctica totalidad, se hallaba con lady Eithne, Tavish y la expectación que causaba el prisionero, y se escabulló hasta los establos.

Ensilló el primer caballo con el que se encontró y se encaminó hacia la aldea más próxima al mar.

El pescador de turno estaba tan muerto de hambre como el resto, así que ni siquiera tuvo que esforzarse en tentarlo con un soborno muy alto.

Bastó una simple moneda para que siguiera sus instrucciones.

Después, regresó a Dùn na Seabhaig con la seguridad de que debía actuar antes de que su señor terminara con su única esperanza de contactar con Lachlan.

Ya había visto suficiente del vikingo como para saber que no era un crédulo al que se pudiera manejar a placer, sino un auténtico líder.

Rezumaba autoridad a cada paso que daba, en la misma proporción que esa escalofriante serenidad que advertía de lo peligroso que resultaría acercarse a él con malas intenciones.

El campesino había traspasado esa línea, y ahora afrontaba las consecuencias, pero el destino siempre le ofrecía otra posibilidad, y pensaba aprovecharla antes de que fuera demasiado tarde.

No tuvo problemas en colarse en las mazmorras de la fortaleza.

El único vigía que las custodiaba, a aquellas horas de la madrugada y con el ajetreo del rescate del mocoso, dormía tan profundamente que tampoco tuvo que esmerarse demasiado en quitarle las llaves que llevaba colgadas al cinto sin que se diera cuenta.

Al parecer, Rurik El Escocés no solía dejar prisioneros vivos.

Las habladurías, en ese sentido, eran ciertas.

Aquel miserable podía sentirse afortunado por poder seguir en pie, aunque su aspecto era tan horrible que, cuando abrió la puerta cargando con una antorcha y lo vio en un rincón dejando que las ratas lo mordieran, comenzó a dudar de su plan.

—Levántate. Hoy es tu día de suerte —le susurró, sobreponiéndose al hedor de la celda para propinarle un puntapié que lo despabiló.

Acercó la llama a su cara lo bastante para que no pudiera ver su aspecto.

De esa forma, se aseguraba su anonimato—.

No tenemos toda la noche. Ponte en pie. Si me sigues y haces lo que te diga, vivirás lo que te quede en este mundo lejos de aquí, sin que nadie vuelva a hacerte lo que hoy te han hecho.

El campesino tardó en asimilar que, en efecto, alguien acudía a su rescate. Parpadeó y se arrastró por la pared hasta ponerse de pie. Después, miró en dirección a la puerta abierta, como para cerciorarse de que no era un sueño, sino su única posibilidad de salvación.

—Pero… pero vos sois…

—Tu ángel guardián. Alguien a quien agradecerás tu liberación obedeciendo —lo interrumpió con disgusto. Al parecer, la luz no le había cegado lo suficiente como para que no descubriera su identidad—. Sígueme.

No cruzó más palabras con él hasta que no atravesaron el estrecho corredor y al vigía dormido, pero se detuvo en la puerta y señaló la parte trasera de la fortaleza.

—El muro tiene un pequeño agujero justo allí.

Corre en dirección al mar. Un barquero te está esperando.

Dile que acudes de mi parte y dale esto como prenda —añadió, entregándole el colgante que había arrebatado a Eithne, aprovechando que, después de su baño, había caído tan profundamente dormida que no se dio cuenta de que alguien entraba en sus aposentos y se lo quitaba del cuello—.

Él te llevará hasta Duntrune Castle, donde exigirás que Lachlan de Grey te reciba.

Lo hará en cuanto le enseñes la joya. Debes advertirle de la presencia de Eithne MacSorley en Jura.

De su estrecha relación con Rurik El Escocés y de los problemas que podrán ocasionarnos.

Si es tan inteligente como ha demostrado desde que nos conocemos, no perderá tiempo en hacer algo al respecto, antes de que sea demasiado tarde.

Se ocultó entre las sombras de la noche cuando el hombre salió a la carrera hacia el lugar indicado, pero fue demasiado escandaloso. Demasiado desesperado por alcanzar la libertad.

Antes de que consiguiera llegar, el grito del vigilante de la torre alertó al resto de los guerreros.

El silbido de un montón de flechas rasgó el aire hasta alcanzar el cuerpo del campesino, pero cuando la confusión comenzó a reinar en la fortaleza, se deslizó hacia él como una sombra y le arrebató el colgante de nuevo.