20
Ya tenía la gruesa cuerda asegurada alrededor del tronco del árbol, así que se descolgó por la pared vertical abierta, desafiando al vacío, hasta alcanzar la repisa donde ella se encontraba.
—Me dijiste que si necesitabas ayuda la pedirías, así que aquí estoy —afirmó, señalando el borde del acantilado por el que acababa de descender.
—Yo… —Eithne pareció tan sorprendida que fue incapaz de reaccionar como él se temía.
Desplazó sus ojos de su silueta a la cuerda, y después otra vez a él—.
Si es un castigo por mi osadía al desafiarte delante de tus hombres, te pido disculpas, pero, hasta donde yo recuerdo, me temo que no te he pedido ayuda.
—Enumerar todas tus heridas es una razón bastante urgente para mí.
No pidió permiso. Simplemente, tomó sus manos para examinarlas al detalle, aunque solo podía utilizar la luz de una luna que se escondía tras las nubes en unos intervalos demasiado largos.
Sus ojos no se apartaron de los de ella mientras tocaba cada una de las heridas, manchándose con la sangre.
Notó la tibieza de la piel rasgada. La textura del líquido cubrió las yemas de sus dedos, pero ella no retrocedió ante la caricia, sino que contuvo el aliento con tanta fuerza que incluso él pudo escucharlo.
—No voy a hacerte daño. Nunca. Ni a ti, ni a la criatura —añadió con voz queda, desplazando las manos al pequeño bulto que ahora parecía descansar tranquilo contra el pecho femenino—. Lo sabes, ¿verdad?
—Sí.
—Entonces, esta vez serás tú quien confíe en mí para salir de aquí. Necesito mis dos manos libres para poder tirar de vosotros sin riesgo para nadie, así que debes… encaramarte a mí.
—¿Cómo?
—Convirtiéndote en una extensión de mi propio cuerpo. —La situó frente a él y se señaló a sí mismo—. No puedo creer que vaya a decir esto, pero… rodea mi cintura con tus piernas, justo por encima del cinturón de cuero, y cruza los tobillos detrás de mi espalda. De esa forma, no caerás.
—Pero…
—Hazlo, kàlfrinn . Por favor.
Agradeció que no pudiera verlo, porque se estaba ruborizando como si fuera una jovenzuela.
¡Por todos los demonios!
Desplazó los dedos hacia el contorno de su cara.
Se atrevió a acariciarla para asegurarle que nada malo le ocurriría si seguía sus instrucciones.
No estaba seguro de lograr lo que se proponía, pero cuando sintió sus brazos rodeándole el cuello, al mismo tiempo que sus piernas parecían absorberlo hacia ella a la altura de su cintura, estuvo a punto de gritar de alivio…
Y de una inesperada excitación que lo mantuvo demasiado rígido para conseguir lo que se proponía.
Porque sentir la presión de aquellos deliciosos pechos contra su torso se convirtió en una tortura para la que no estaba preparado.
En absoluto. Como tampoco lo estaba para el delicado asalto del aliento de Eithne sobre su oreja, cuando se acercó tanto a él que pudo oler su aroma único, mezclado con otro inconfundible para él.
El de la incertidumbre. El del miedo que siempre parecía haberla acompañado, que había desaparecido cuando se ofreció a bajar hasta aquel infierno… y que había decidido regresar, precisamente en aquel momento.
Apretó los dientes. Sus instintos más primitivos lo empujaban a aprisionarla contra la roca, dejar al pequeño cerca de ellos y mostrarle hasta qué punto lo alteraba, pero su sentido común se impuso justo cuando la acomodó contra su cuerpo, de modo que ambos encajaron a la perfección.
—Así está… mucho mejor —consiguió decir sin parecer un hombre con la sangre hirviendo en las venas por la cercanía de la mujer que deseaba—. De este modo, el pequeño queda protegido entre tu pecho y mi abdomen, a salvo de los posibles impactos contra la roca.
—¿Habrá impactos?
Rurik la sintió temblar contra él. Siseó una maldición.
—Procuraremos que no los haya —afirmó—. Ahora, vamos.
Mantenerse impasible. Eso debía hacer. Y todo parecía indicar que lo lograría, hasta que ella se sujetó con fuerza alrededor de su cuello, clavando los dedos en el cuero grueso de su jubón.
La garganta de Rurik se secó de golpe. Se tragó un gemido cuando sintió la opresión de los pechos de Eithne, y dedicó todos sus esfuerzos a pensar que la cuerda cargaría con el peso de tres personas suspendidas en el aire.
No había posibilidad de error alguno, o caerían al vacío.
—¿Confías en mí? —le dijo, cuando aferró la cuerda con ambas manos.
Ella vaciló.
Algo más que lógico, pero que le molestó demasiado como para reconocerlo.
—Si no confías… —empezó de mala gana.
—Sí, confío.
Dos palabras que lo reconfortaron lo suficiente como para esbozar una sonrisa.
Su musculatura se fue tensando hasta alcanzar el límite cuando comenzó a avanzar a tirones.
Para aliviarse, clavó las punteras de sus botas en las pequeñas rugosidades de la roca.
Caminó de forma vertical por la pared, usando la fuerza de sus piernas para impulsarse hacia arriba.
—Eithne… —murmuró sin aliento.
—Sé lo que quieres.
«¿De verdad?», preguntó la parte más socarrona de él, que relegó a un rincón oscuro de su mente, donde no estorbara.
Sí, era cierto. Ella sabía lo que necesitaba, y lo demostró.
Para evitar que el balanceo los estrellara contra el acantilado, funcionó como un contrapeso vivo.
Movió su cadera y apretó sus muslos al ritmo de los tirones de Rurik, de forma que amortiguó los impactos con sus propias rodillas y costados, protegiendo siempre el lugar donde permanecía el bebé.
El tiempo se ralentizó entonces. Rurik fue consciente de que su sudor la empapaba, mientras el viento del norte amenazaba con congelarlos, a pesar de hallarse en otoño.
La debilidad comenzó a manifestarse. Sus ojos se clavaron en los de ella con un mensaje de auxilio silencioso que Eithne interpretó a la perfección.
—Vamos a lograrlo —respondió con firmeza.
Y así fue, como si los dioses hubieran decidido echarles una mano en el momento adecuado.
Justo cuando sus dedos estaban a punto de ceder por el cansancio extremo, los antebrazos alcanzaron el borde de turba y hierba de la cumbre, logrando arrastrar el cuerpo de ambos hacia la superficie.
El recién nacido estaba a salvo del abismo de la bruja.
Con un grito de alivio ensordecedor, su madre se precipitó hacia ellos y lo cogió en sus brazos en cuanto Eithne se lo entregó. Después, entre lágrimas, inclinó la cabeza.
— Milady , mi señor, jamás podré agradeceros lo que habéis hecho por mí… —Se dejó caer de rodillas, aferrando al pequeño, que dormía junto a su pecho, tranquilo al fin—. A partir de esta noche, os juro fidelidad absoluta…
No se daba cuenta, pero para Rurik, aquel era el primer juramento que lo aceptaba como su señor.
Algo tan inesperado que lo abrumó. Aunque no lo bastante como para no ser consciente de la mujer que tenía al lado. Sin aliento. Derrengada, al igual que él. Jadeante por el esfuerzo, pero emocionada y sonriente.
Como si intuyera el examen al que estaba siendo sometida, dirigió sus preciosos ojos hacia él.
—Al menos a este he podido salvarlo —musitó, antes de abrazarse las rodillas para contemplar la escena.
Soledad e inseguridad se reflejaban en ella como si estuvieran pintadas por un artista.
Dios. Deseó poder retenerla entre sus brazos, solo para jurarle que nada volvería a dañarla mientras estuvieran juntos, pero se sintió abrumado por la situación.
La lección que acababa de darle era tan taxativa que no fue capaz de hilar una frase coherente.
Sus ojos la recorrieron entera, sin disimulos posibles.
—Me parece que no…
—Calla y déjame que me asegure de que estás bien, kàlfrinn .
Tienes las manos heridas. Rasguños en la cara, maldito sea el infierno.
—Tocó cada parte, solo para cerciorarse de que sus ojos no lo engañaban.
Embobado por la suavidad de su piel a pesar de las magulladuras, ascendió con las yemas de los dedos hasta su cabello—.
Tu pelo es lo más parecido a un nido de pájaros.
—Si te ofende de alguna manera…
—¿Ofenderme el coraje de una mujer que no ha dudado en contravenir mis órdenes para ayudar a una criatura indefensa? ¡Habría perdido el juicio si no te lo agradeciera como mereces!
Eithne MacSorley tenía una veta salvaje e indómita, como los seres vivos con los que solía comunicarse. Poseía un don especial por el que los animales confiaban en ella y se le acercaban sin temor.
En ese instante, él era la mejor prueba de ello.
La necesidad de besarla era abrumadora. Las ganas de hacerlo delante de todos eran tan irresistibles que las contuvo a base de fuerza de voluntad. Pero el aroma, el sabor que ya había probado antes, todo lo que ella desprendía, le hicieron flaquear.
Tenía el corazón en la garganta cuando la abrazó. Sin tener en cuenta que su ropa interior rasgada dejaba al descubierto un sensual hombro. O que el vestido que no había dudado en quitarse yacía a los pies de ambos. No hubiera admitido un rechazo, pero tampoco se produjo.
Cuando apoyó la barbilla en los rizos castaños desordenados, elevando una silenciosa plegaria de alivio al tenerla sana y salva, escuchó su suspiro. Sintió cómo el cuerpo femenino se aflojaba contra el suyo.
Como si siempre lo hubiera reconocido.
Dios, era tan gratificante tenerla así, que Rurik se sorprendió de sus propias reacciones. En aquel momento, solo quería calmar los ensordecedores rugidos de su cuerpo, que de forma incomprensible la reclamaban como suya, a pesar de que apenas se conocían.
Solo una vez en toda su vida había sentido tanta necesidad de proteger a alguien. Pero entonces se había quedado solo con sus sentimientos.
Aquel recuerdo le perforó el corazón, pero le devolvió el sentido común que había estado a punto de perder.
Con un suspiro que solo ellos escucharon, se separó de Eithne hasta una distancia más prudente, cuando el resto de hombres, comandados por Erling, llegaron con el secuestrador maniatado.
—Mi laird , aquí tenéis al culpable.
—Entonces no tenemos nada más que hacer. —Aún se hallaba demasiado afectado por lo vivido como para soltarla, así que enmarcó su cara entre las manos y juntó sus frentes—. Gracias —murmuró, apenas sin aliento.
Y solo cuando ella, con los ojos brillantes de una emoción desconocida, asintió y le brindó una sonrisa que apenas curvó sus sensuales labios, Rurik le dio la espalda, satisfecho, para encargarse de aquella escoria como merecía.
Aunque su pulso siguiera palpitando en cada rincón del cuerpo, como quizá nunca lo hubiera hecho.