Hijos del invierno (La estirpe del halcón 3) 19
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—¡Mi señor, por favor, ayudadme! ¡Mi niño ha desaparecido! ¡Una criatura de tan solo unas semanas! ¡Me la han robado de su cuna! ¡Ha sido un hombre, acompañado por una mujer que después ha desaparecido!

La campesina cayó a los pies de Rurik, envuelta en violentos sollozos. A su lado, Eithne y Tavish permanecían en silencio, observando la escena.

—Tus acusaciones son muy graves, mujer —dictaminó—. ¿Tienes pruebas de lo que estás diciendo?

—¡Reconocería al hombre si lo viera, mi señor!

Entró en mi casa aprovechando que yo había ido a por agua.

Intenté detenerlo, pero no pude. Se marchó corriendo…

¡con mi pequeño en brazos! —Su cara, negruzca por la suciedad y las lágrimas, se elevó para echar un vistazo alrededor.

Rurik casi esperó que el culpable se hallara entre el pequeño contingente de guerreros que habían entrado con ella.

Hombres del norte que siempre se habían mostrado fieles a él, y que por ello se habían ganado la hostilidad de los habitantes de Jura—.

¡Lo acompañaba una mujer, pero ni siquiera logré ver el color de su cabello!

Corrí hasta que caí agotada, mi señor… ¡Pero no logré alcanzarlos!

—¿Podrías decirme al menos hacia dónde se dirigieron?

—¡Hacia Bagh nam Muc [3] ! —exclamó la mujer, con los ojos desorbitados por el terror—. Hacia Corryvreckan.

—Santísimo Dios… —Eithne se cubrió la boca con la mano para contener un jadeo.

—¿Qué ocurre?

—Yo… —Se mordió el labio, indecisa. Sus ojos lo miraron espantados.

Por un instante, Rurik creyó que desvelaría la identidad del secuestrador o de la mujer, pero comprendió lo descabellado de su idea cuando ella chascó la lengua—.

Como sabréis, mi señor, el torbellino de agua de ese lugar es mortal la mayor parte de las veces.

La gente piensa que ese abismo marino es el caldero de La Cailleach, la bruja y diosa del invierno…

—¡Oh, lo es, milady ! ¡El rugido del agua es el sonido de la bruja lavando su gran manto de lana en el fondo del mar!

—Cuando el manto está limpio y blanco, la nieve cubre Escocia —continuó Erling—. Mi laird , no me mires como si fuera la primera vez que me ves. Todo el mundo conoce esa leyenda.

Él también la conocería si se hubiera tomado la molestia de escuchar a su gente. Porque era su gente, tanto si ambos bandos lo querían como si no.

—Explícame qué tienen que ver esas supersticiones con el robo de tu hijo, mujer —exigió—. Y hazlo rápido. Si todo ha sucedido como cuentas, a estas alturas podría ser demasiado tarde para él.

La campesina los recorrió con una mirada huraña mientras se mordía el labio, considerando si seguir o no.

—¡Han estado conspirando contra vos! ¡Pero jamás han logrado llevar a cabo sus planes hasta el final! ¡Piensan que la bruja está furiosa con nosotros! ¡Que por esa razón vos seguís… con vida! Saben que realizando una ofrenda podrán aplacarla. ¡Y decidieron utilizar a mi niño!

La primera reacción de Rurik ante semejante sinsentido fue reírse. Inspiró hondo y dedicó unos minutos a sopesar los pros y los contras de actuar en consecuencia, pero antes incluso de tomar su decisión, supo que alguien la había tomado por él.

Eithne lo miraba como si esperara un milagro.

Y él no creía en los milagros. De hecho, era el menos indicado para provocar uno.

—Tienes que ayudarla, laird —la oyó afirmar con rotundidad. Como si su sufrimiento se hubiera hecho a un lado para permitirle mostrar un poco de su verdadero carácter—. Si no lo haces tú, lo haré yo.

—¿Tú? ¿Vas a seguir el rastro de los secuestradores, encontrar al niño y salvarlo?

—A pesar de tu escepticismo, sí.

—¡No hay tiempo que perder, os lo ruego! —La súplica de la campesina los distrajo por un segundo—. Mi niño… ¡Por favor!

Se derrumbó de nuevo en medio de un llanto desesperado que Eithne decidió aplacar precisamente en ese momento, arrodillándose junto a ella para abrazarla. Delante de sus hombres.

Maldita fuera.

—Ya hablaremos tú y yo en cuanto estemos solos —le susurró cuando la tomó del brazo para que se pusiera en pie—. Por el momento, te quedarás aquí con tu maestro.

—No. Iré. No puedes impedírmelo. —En el mismo tono, ella se apartó y alzó el mentón—. No te pertenezco de ninguna de las maneras en las que una mujer puede pertenecer a un hombre.

—¿Un beso apasionado no cuenta como acto de posesión?

—bromeaba, pero consiguió enfurecerla, que era justo lo que pretendía—.

Tu estado de ánimo no es el mejor para afrontar un rescate de esta envergadura, y yo no puedo perder el tiempo discutiendo contigo.

Te quedarás aquí. De Moray, os hago responsable de su seguridad, así como de la de lady Sorcha —añadió—.

Erling, reúne a media docena de hombres y acompañadme. Vamos.

La campesina no dudó ni un segundo a la hora de mostrarles el camino en cuanto estuvieron preparados.

Rurik comandaba la comitiva a pie, examinando con rapidez cada rastro que descubrían.

El barro por las recientes lluvias delataba la presencia de huellas de un pie grande, junto a otras más pequeñas.

—Todo parece indicar que un hombre, acompañado de una mujer o un niño, ha recorrido este trayecto, pero eso no los convierte en culpables de nada —murmuró ensimismado—. Aun así, debemos ser sigilosos. Si de verdad se proponen asesinar a esa criatura, el silencio será nuestro mejor aliado.

En ese momento, el chillido de un niño muy pequeño los paralizó. La campesina reaccionó como una loba en busca de sus cachorros, pero Rurik la detuvo a tiempo de que cometiera una imprudencia.

—No —le susurró con autoridad—. Vete al final, con mis hombres. Nosotros nos encargamos.

Desenvainó su espada y avanzó inclinado, con sus sentidos afinados, en la dirección en la que habían escuchado el llanto. El terreno se volvió cada vez más rocoso. La única antorcha encendida que llevaban le sirvió para distinguir mejor lo que veía.

Ante él se abrió la oquedad de lo que parecía una chimenea natural de roca dentro de los acantilados, una grieta oculta que se abría sobre el abismo rugiente de Corryvreckan. Cuando se asomó, pudo ver una sombra corpulenta que portaba un bulto que no cesaba de moverse.

El niño.

—¡Alto! —su grito detuvo al maleante. Miró hacia arriba, justo antes de dejar el bulto y emprender la carrera—. ¡Erling, atrápalo como sea! ¡Nosotros intentaremos acceder al niño desde arriba!

No tenían tiempo de buscar un sendero que les condujera abajo. Cuando lo encontraran, si es que existía, el desconocido ya se habría ido por donde había llegado.

El pequeño era su prioridad absoluta.

Echó un breve vistazo a la campesina, y después desenrolló la cuerda que uno de sus hombres había llevado por si les resultaba de ayuda.

Ordenó a uno de ellos que atara uno de los extremos al grueso tronco de un árbol cercano, pero cuando se disponía a descender, se dio cuenta de que él no cabría por el agujero.

Un breve vistazo a la torturada madre le dijo que ella tampoco cabría, a pesar de ser más pequeña que él.

—Yo lo haré.

En un primer momento, pensó que su imaginación exaltada lo había engañado, pero no. En cuanto se giró, comprobó que Eithne se hallaba a su lado. Montada en un espléndido caballo, como si fuera una hermosa valkiria. Retándolo a que la contradijera con una mirada llena de decisión.

Rurik apretó los puños y los dientes al mismo tiempo.

—Creí que había dejado claro lo que debías hacer —masculló entre dientes—. ¿Piensas que no tengo suficiente tarea con un recién nacido y su madre, que además debo ocuparme de una escocesa testaruda y convaleciente, que no acepta órdenes?

—He venido a aliviar tu principal tarea, no a agrandarla —respondió ella, desmontando con soltura para acercarse al agujero sin miedo alguno—.

Sí, soy escocesa. Y me temo que también testaruda, para tu completa desgracia.

Pero no estoy convaleciente, y acepto órdenes, siempre y cuando sean sensatas.

—¿Intentar mantenerte a salvo no es sensato?

—Mi señor, te agradezco tu preocupación por mí.

—La muy ladina realizó una profunda reverencia en cuanto se dio cuenta de que los hombres que todavía los acompañaban mostraban confusión ante la aparente insubordinación de la dama—.

Pero veo que ninguno de los aquí presentes podrá deslizarse por la cuerda, excepto yo.

Mi complexión menuda me facilitará las cosas, y al pequeño también.

No tengo miedo, pues sé que estarás al otro lado, presto a ayudarme si lo necesito.

Y si lo necesito, no dudes que lo pediré.

—No es prudente. Careces de experiencia.

—Confiaste en mí cuando te dije que Aska tenía una astilla en la pezuña que podría ocasionarle daños más graves.

—El tono de su voz lo atrajo como la luz a las polillas.

Y cuando ella posó la mano sobre su brazo, fue como si un hierro candente lo marcara—.

Solo te pido una pequeña parte de esa confianza también ahora.

Puedo ayudar. Deja que te lo demuestre. Después de todo, no tienes nada que perder, ya que tu orgullo estará a salvo.

Podía perderla a ella.

El pensamiento lo sobresaltó mucho más que el hecho de que aquella mujer acabara de dar la vuelta a la situación con su falsa humildad.

Pero a él no lo engañaba.

Incluso en la penumbra de la noche, pudo distinguir el destello de rebeldía que brilló en sus ojos claros mientras esperaba su sentencia.

Aunque era lo último que deseaba, comprendió que no le quedaba otra opción que aceptar.

—De acuerdo. Pero cuando todo esto acabe, marcaremos nuestros respectivos límites —le advirtió.

—No tengo ningún inconveniente, mi laird . Lo haré gustosa, mientras contemplo a esa criatura en brazos de su madre, de donde nunca debieron arrancarlo.

Sus labios apenas se curvaron en una sonrisa de agradecimiento mientras, con movimientos rápidos y resueltos, como si estuviera acostumbrada a resolver aquel tipo de contingencias, se despojó de la capa que la cubría y del calzado.

Pero en lugar de utilizar la gruesa cuerda, se introdujo poco a poco en el hueco, apoyando la espalda contra una pared de la grieta y las rodillas y los pies contra la pared contraria.

—Mi señor, siento decirlo, pero su estatura y agilidad nos ayudarán —le susurró uno de sus guerreros, que permanecía tan atento a los progresos de Eithne como él mismo—.

Un hombre alto como vos o nosotros tendría las rodillas pegadas al pecho y no podría generar la palanca necesaria para sostenerse.

Rurik no tuvo aliento para responderle. Lo estaba empleando todo en rogar para que ella no sufriera daño alguno. Su conciencia no podría resistir esa desgracia… y su corazón tampoco.

Pero el peligro de la roca era extremo. La piedra se hallaba fracturada en bordes tan afilados como cuchillos. Ella avanzaba despacio, sabiendo que un mal movimiento le destrozaría las manos.

En ese momento, el viento del norte lanzó ráfagas de aire helado y salitre por la grieta, entumeciendo sus dedos y humedeciendo la piedra. Al llegar a la repisa inferior, expuesta directamente al vacío y al oleaje, Rurik vio que había encontrado al bebé.

—¡Lo tengo! —exclamó, mirándolo entusiasmada.

«Odín, no permitas que le ocurra nada malo. No ahora…».

—¡Debes asegurarlo antes de intentar nada más! —exclamó, con todos sus sentidos supeditados a cada uno de los movimientos de Eithne.

—Ya lo sé. ¿Es que no puedes dejar de dar órdenes, mi señor?

Maldición. Hubiera debido sentirse furioso con ella, pero lo único que hizo fue sonreír ante su insolencia.

Ordenó que acercaran aún más la antorcha encendida para comprobar cómo se desprendía de su propio vestido, quedándose con la ropa interior, y lo enrollaba alrededor de su cintura para envolver al niño contra su pecho.

Después, lo cruzó con fuerza sobre sus hombros para mantener sus manos completamente libres.

—Ya está, pero tengo los dedos sangrando —murmuró Eithne—. Mis músculos están agotados por el esfuerzo. El niño no pesa demasiado, pero no sé si podré subir por el mismo sitio por el que he bajado.

Estaba atrapada.

Y él sabía lo que hacer.